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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

VALLE DE LOS CAÍDOS

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“No ha sido posible dar por sabidas ideas básicas antes expuestas, porque su verdad no es demostrable matemáticamente; hubo así que tener presentes -en interés de esta causa- a quienes razonan mediante «juicios antipáticos a priori»” (Américo Castro).

Esa Cruz del Valle de los Caídos que no tarda en divisarse desde el coche, en el viaje de regreso desde la capital del reino a nuestra tierra. Produce desgarro tener a la vista semejante construcción a poco que conozcamos su significado y su historia, a poco que conozcamos lo que atestigua, de muerte, de sufrimiento, de campo de concentración. Si El Escorial fue, según Ortega, un monumento al esfuerzo, el Valle de los Caídos es un monumento al horror, a nuestra historia más tenebrosa.

Produce desgarro también su cercanía a aquel monumento al que Ortega definió como piedra lírica, a aquel Escorial en cuyo interior habitó el innominado personaje de Azaña, al que alguien definió como «el Amiel sin miel de El Jardín de los Frailes».

Por mucho que los separen siglos de distancia, por mucho que el Real Sitio fuera concebido, entre otras cosas, como el enclave de un gigantesco imperio, por mucho que el Monumento Escurialense le haya inspirado a Unamuno la genialidad de que Felipe II fue en realidad un Quijote de covachuela, se diría que aquel general quiso dejar su impronta muy cerca de tan histórico lugar para que saliese a escena la omnipresencia de la muerte entre españoles. Gigantesca sepultura en la que el tamaño sí que importaba mucho.

Siempre se habló de caídos por Dios y por España, frente a aquellos otros que sufrieron muerte, cárcel, o exilio. Caídos a resultas de una cruenta guerra que trajo una de las dictaduras más largas de la historia de occidente. Caídos por defender una idea de España ciertamente distinta de la que resultó triunfante.

Aquel Quevedo que hablaba en un inolvidable soneto de que en todo cuanto veía se topaba con la sombra de la muerte viene muy bien al caso. La guerra y la muerte, cuya sombra tiene en este caso color de osamenta. Algo demasiado serio, algo demasiado trágico, para afrontarlo sin solemnidad.

¿Es posible reconvertir el Valle de los Caídos en algo diametralmente opuesto a lo que fue concebido? ¿Es posible no tener en cuenta el sufrimiento y el horror que semejante enclave supuso a las víctimas de aquel horror?

Desde luego, un Estado democrático no puede rendir honores estéticos al horror y a la tiranía. Y el busilis de la cuestión no está sólo en poner a disposición de la familia de Franco los restos del dictador. Lo esencial es saber qué se puede hacer con esa mole para que deje de ser un oprobio a las libertades, a los derechos y a la dignidad humana.

No es fácil dar con una solución estética que esté a la altura de tanto dolor. Y sería todo un detalle que, más allá de las discrepancias ideológicas entre los distintos partidos que conforman el Parlamento español, se buscase un acuerdo partiendo del respeto a tanta sangre, a tantos trabajos infrahumanos y a tanto dolor.

Hablamos de una tragedia, en este caso, no literaria, merecedora –insisto– de respeto. De una tragedia no literaria a la que hay que darle forma.

Semejante imperativo no es nada fácil.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/

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