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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Mientras Correa canta
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-10-2016 | 3:52| 0

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«Y a menudo he pensado en otra historia/ distinta y menos simple, en otra España/ en donde sí que importa un mal gobierno» (Gil de Biedma).

Mientras Correa canta, Rajoy se prepara para una nueva sesión de investidura a la espera de que el PSOE, con su abstención, le dé vía libre para formar un nuevo Gobierno. Mientras Correa canta, el partido que en su día fundó Pablo Iglesias y que concibió como un instrumento de lucha contra la desigualdad y el caciquismo, atraviesa sus horas más bajas y críticas, al tiempo que Javier Fernández, en apariencia, más hamletiano que nunca, mide los pasos y cuida sus palabras para que todo se desatasque y, por fin, se pueda anunciar con humo que habemus Gobierno en todas las Españas.

Mientras Correa canta, el partido más salpicado por escándalos de corrupción, que es al mismo tiempo el más votado, está a la espera de salir de la provisionalidad y de buscar argucias retóricas, poco consistentes, para que el escándalo del juicio que nos ocupa no obnubile los ceremoniales que se presumen.

Mientras Correa canta, todo parece indicar que gobernará el partido de la trama que se está juzgando al tiempo que su enemigo íntimo, apuntalando el sistema, se los pondrá en bandeja.

Mientras Correa canta, sin perder de vista en ningún momento que pude haber inculpaciones y exculpaciones no muy inocentes, uno se pregunta hasta qué punto la ciudadanía se tomará la molestia de hacer la abstracción que sigue. A saber: que la podredumbre está en el sistema. Que si, según declara el personaje que aquí nos trae, el primer Gobierno de Aznar organizó sus ‘mordidas’, además de la falta de escrúpulos innegable, ello fue posible porque había un sistema que lo permitía cuando el PP ganó las elecciones en el 96, y, por cierto, el PSOE, más que a hacer oposición y seguimiento, dio entonces la batalla sobre todo en asuntos concernientes a plataformas digitales. Y el sistema con el que se encontró el PP algo tuvo que ver necesariamente con los gobiernos anteriores de González.

No, la corrupción en España no la estrenó el PP, conviene recordarlo. Y, en un momento como éste, incluso dando por hecho que hay dirigentes del PP y del PSOE que desean de verdad una regeneración política, lo que está claro es que la susodicha no es prioritaria, sino la salvaguarda de un sistema que cada vez hace más aguas por todas partes.

Mientras Correa canta, la vieja política, esto es el PP y no pequeña parte del PSOE, se protege y se las intenta ingeniar para sobrevivir. Se diría que la corrupción no va con el PP, a pesar de que el partido está procesado por financiación ilegal. Se diría que el dirigente máximo de la gestora del PSOE, que cita a Cánovas y no a Pablo Iglesias, al margen de los panegíricos que se le están escribiendo, quiere que no lleguen los intrusos a la política, quiere que la abstención derive en algo muy lampedusiano.

Mientras Correa canta, la España oficial se prepara para una nueva liturgia. Frente a ello, la España real está cada vez más al margen de la política.

¿Tiramos cohetes? Me niego.

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Memoria y venganza
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-10-2016 | 7:24| 0

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El sábado, 7 de octubre, en una solemne liturgia en la catedral de Oviedo, fueron recordadas las víctimas de Nembra. Nada tiene de extraño ni de rechazable que la Iglesia rinda homenaje a personas que entregaron su vida a aquello en lo que creían, máxime cuando se da la circunstancia de que, en el caso que nos ocupa, se les dio muerte por sus hábitos.

Se da, sin embargo, la circunstancia de que en la jornada previa a esta liturgia leímos en EL COMERCIO que el arzobispo de Oviedo arremetió con dureza contra la llamada ley de memoria histórica. Y, dado que su ataque no estaba basado en cuestiones jurídicas propiamente dichas, toca, al menos, preguntarse por qué unas víctimas merecen todo tipo de reconocimiento, incluido el martirologio cuando no la beatificación, mientras que otras, por lo que parece, no merecen ser ni recordadas por los suyos ni tampoco reconocidas legalmente dentro de un sistema de convivencia al que llamamos democracia.

Doy por hecho que su Ilustrísima sabe que en la Guerra Civil hubo víctimas en ambos bandos. Doy por hecho que la piedad también es digna de ser aplicada a personas no creyentes.

Ya no se trata de esperar que una autoridad eclesiástica como el arzobispo Sanz Montes llegase a manifestar su piedad por las víctimas republicanas. A tanto no llegan nuestras aspiraciones, pues nos conformaríamos con que respetase que cada cual pudiese llorar, recordar y homenajear a los suyos.

¿Es justo sostener que reivindicar la memoria de los republicanos represaliados equivalga a un afán de venganza? ¿Sólo son dignas de ser recordadas las víctimas que estaban del lado del bando sublevado? Lo cierto es que hay planteamientos que, por mucho que uno se esfuerce en intentar comprenderlos, resultan de todo punto inaceptables.

¿Sería de recibo decirles a quienes tienen a antepasados suyos en las cunetas que deben renunciar a averiguar dónde están sus restos y renunciar también a llevarlos al panteón familiar? ¿Sería de recibo que tuviésemos que olvidar a víctimas del franquismo cuyo trágico fin supuso en su momento escándalos internacionales, por ejemplo, García Lorca y Leopoldo Alas?

Sin la más mínima acritud, se entiende y se respeta, como no podría ser de otro modo, que la Iglesia celebre liturgias solemnes en memoria de sus víctimas, que, desde luego, las hubo. Pero es inadmisible que no merezcan ser recordadas las víctimas del franquismo. ¿Acaso alguien puede negar que tal cosa ocurrió?

El pasado domingo, Leopoldo Tolivar, con mesura, elegancia y equidad, hacía referencia a este asunto en el un artículo en EL COMERCIO. Suscribo cuanto decía en su columna.

Y, por último, me atrevería a sugerir que se recordase aquel espléndido y conmovedor discurso de Azaña, cuando, en plena Guerra Civil, imploraba la paz, la piedad y el perdón.

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Al margen de Javier Fernández
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-10-2016 | 6:39| 0

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A la sociedad española le inquieta la crisis que atraviesa el PSOE, crisis que alcanzó su punto álgido el pasado sábado, 2 de octubre, cuando la sede de Ferraz acaparó la atención mediática a resultas del tremendo rifirrafe que allí tuvo lugar.

El partido político más antiguo del país, más allá de los nombres, tiene que sentirse obligado a dar una respuesta al momento que vive España. Y, desde luego, a estas alturas, ya no serviría considerar que la corrupción es algo sólo imputable al PP. Y, desde luego, hora va siendo ya de que dé respuesta a una situación límite en la que los privilegios de la mal llamada clase política son de todo punto inaceptables. Y, desde luego, un partido como el PSOE, que se concibió hace más de cien años para la consecución de una sociedad más justa, no puede soslayar que, en este momento, una de sus tareas más insoslayables consiste en presentar un proyecto contra la creciente desigualdad que sufrimos tras la crisis. Un partido como el PSOE, en el momento mismo que se reclama de izquierdas y de progreso, está obligado también a captar las necesidades más urgentes que tiene este país, en lugar de instalarse en un conservadurismo que lo desvirtúa por completo.

De todos es sabido, y en Asturias tenemos total constancia de ello, que al actual presidente de la gestora del PSOE le quita el sueño el secesionismo catalán. Lo que me pregunto es si piensan actuar como Rajoy frente a ese problema, o si están dispuestos a poner sobre la mesa propuestas que ambicionen abordar y resolver el asunto. Por ejemplo, una reforma de la Constitución que facilite la cobertura legal del Estatuto de Autonomía que en su día invalidó el Tribunal Constitucional. Por ejemplo, dirigiéndose a la ciudadanía de Cataluña con un discurso que busque persuadir a la sociedad catalana en el sentido de que no puede ser imposible un gran acuerdo que permita salir de la actual encrucijada. Porque, si hay algo innegable, es la existencia de un malestar creciente en Cataluña que se manifiesta en las urnas. ¿Alguien puede creerse que es suficiente con argumentar que todo debe seguir igual? No se puede renunciar, en política, a convencer. ¿Piensan intentarlo?

A la militancia y a los dirigentes de este partido, más allá de la herida que están padeciendo con la crisis interna que tienen ante sí, les correspondería preguntar y preguntarse sobre el papel que le toca al PSOE en la actualidad, empezando por algo muy elemental, y es si lo pertinente consiste en actuar como un partido que pretende conservar un marco político que necesita cambios importantes, o si les toca afrontar una situación en la que las exigencias de los tiempos son muy otras.

¿Cree el PSOE que su papel es apuntalar lo que hay? ¿O dará un paso más allá buscando responder a lo que el momento demanda? ¿Cree el PSOE que el problema territorial y la crisis económica y social se pueden afrontar con los mismos planteamientos con los que gobernaron durante veintiún años, con luces, sin duda, pero con muchas sombras y no pocas traiciones al legado moral de un partido político que nació para hacer de España un país menos desigual y más a la altura de los tiempos?

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PSOE: Horas bajas y ruina ideológica
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-10-2016 | 7:21| 0

Sobre la defenestración de Pedro Sánchez, cuando transcurra el tiempo, acaso se hablará más del cómo que del qué. No olvidemos que todo se precipitó a partir del momento en el que Felipe González declaró sentirse engañado por el exsecretario del PSOE. A partir de ahí, se desencadenó un proceso que culminó con la escandalera del pasado sábado.

Quienes se cargaron a Sánchez parecen estar de acuerdo en que hay que evitar como sea una nueva convocatoria electoral. Y esgrimen que tal planteamiento viene dado por «el bien de España». En su prédica no dicen moverse por el interés del partido. ¡Conmovedor!

Por otro lado, Pedro Sánchez también decía pensar en el bien del país. Todos sus movimientos estuvieron encaminados hacia tal fin, y jamás se le hubiera ocurrido pensar en estrategias para conservar su puesto. ¡Maravilloso!

Y, con el espectáculo que se dio el sábado en Ferraz, las horas bajas y la ruina ideológica que sufre el PSOE se pusieron de manifiesto con crudeza.

El camino hacia la fórmula que le permita a Rajoy formar Gobierno se abrió el pasado sábado, se puso en marcha soslayando que el PSOE está en un mal momento. Tanto es así que los batacazos sufridos en Galicia y en el País Vasco no se hubieran podido evitar con otra persona al frente de la Secretaría General. Ni el PSOE hubiese salido mejor parado en el caso de que en agosto se hubiesen abstenido para permitir gobernar a Rajoy.

La decadencia que vive el PSOE tiene un recorrido mucho mayor que la etapa de don Pedro. Negar esto significaría ceguera o cinismo hiperbólico.

Y, por último, confieso que me gustaría sumarme a quienes se prodigan en elogios a Javier Fernández, pero lamento no poder hacerlo. Si se pretende que el PSOE recupere la confianza de la ciudadanía, lo primero de todo sería distanciarse claramente del PP. Y, para ello, no parece muy adecuado coincidir con Cánovas del Castillo. Digo esto, porque el artífice de la Primera Restauración es autor de la frase que sigue: «En política, todo lo que no es posible es falso». Don Javier, por su parte, declaró muy recientemente estas palabras: «Me gustaría un gobierno entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos, pero no es posible y en política lo que no es posible es falso, y tenemos que reconocerlo». Convendrán conmigo en que ningún dirigente histórico del PSOE pensó jamás que Cánovas pudiera ser un referente.

Un PSOE que se reclama socialdemócrata no puede parecerse tanto al PP. Un PSOE que quiere regenerar la política y combatir la desigualdad no puede tener como reina madre a Felipe González.

El cortoplacismo les lleva a la estrategia inmediata de evitar otro descalabro electoral, evitando que haya comicios en diciembre. La recuperación de la credibilidad, sin embargo, tendría que pasar necesariamente por un rearme ideológico. ¿Alguien piensa que las viejas glorias de este partido son las personas indicadas para ello?

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En el centenario de Buero Vallejo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 29-09-2016 | 9:24| 0

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Cuando Buero Vallejo vino al mundo, un 29 de septiembre de 1916, Valle- Inclán estaba a punto de convertirse en «el hijo pródigo de la generación del 98», al decir de Pedro Salinas, mientras que a Lorca le esperaban las glorias como dramaturgo. Es decir, el autor de ‘El Tragaluz’ nace muy pocos años antes de que se fuesen estrenando las obras dramáticas que alcanzarían auténticas cumbres en el género, cumbres que no se habían conquistado desde los llamados Siglos de Oro.

Y, sin embargo, dejando de lado por el momento las circunstancias biográficas de nuestro autor, no perdamos de vista que Valle-Inclán fallece en enero de 1936, mientras que Lorca sería asesinado en agosto de ese mismo año, en plena guerra civil. Y no olvidemos que la última obra dramática de Lorca data de ese mismo año. En efecto, ‘La Casa de Bernarda de Alba’ se estrenaría póstumamente en 1945. Y que en 1936 muere Unamuno, cuya obra dramática, tan difícilmente representable, admiró Buero.

En este caso, veinte años, los que transcurren entre el nacimiento de Buero y el estallido de la guerra civil, son mucho, puesto que estamos hablando de un periodo de tiempo en el que el teatro español vivió grandes glorias y sufrió tremendas tragedias, tragedias que, en este caso, no serían género literario, sino historia, la nuestra, la que siempre termina mal, según Gil de Biedma.

Dicho esto, tengamos en cuenta algo muy esencial con respecto al autor que aquí nos trae: sería Buero Vallejo el dramaturgo que dignificó nuestro teatro a partir del estreno de ‘Historia de una escalera’ a finales de los años cuarenta. Es Buero Vallejo el autor teatral más importante de la segunda mitad del siglo XX en España.

Buero y su teatro. Buero y esa ceguera omnipresente en muchas de sus obras. Buero y su afán irrenunciable de agitar y despertar conciencias. Buero y su continua lucha contra la censura franquista y contra las miserias de la España de su tiempo. Buero y su exilio interior.

Buero y la historia de España, pues por sus dramas desfila lo mejor que hemos tenido: pensemos en Velázquez, pensemos en Larra, pensemos en quienes lucharon por las libertades. Buero, y, por decirlo al unamuniano modo, la intrahistoria de España, justo la que le tocó vivir y sufrir.

Buero y su simbología contra el franquismo. Pensemos, entre otras muchas obras, en ‘La Fundación’. Buero y su posibilismo frente a un Alfonso Sastre que apostaba por lo contrario, pero que terminaría por escribir obras posibilistas.

Buero y su existencialismo, existencialismo que era entonces omnipresente en la literatura que se escribía en Europa y en la propia España.

Buero y su afán por considerar, como Camus, que la literatura tenía que ir más allá de lo que es la exigencia estética propiamente dicha, sin renunciar a ella, y tenía que ir más allá asumiendo un papel de conciencia de su tiempo, de la sociedad de su tiempo.

Buero y el teatro español de la última mitad del siglo XX. Como digo, dignificó el género, llevó a las tablas obras que fuesen mucho más allá del divertimento más frívolo, obras con altura de miras desde la ética y desde la estética.

Buero y la España de su tiempo. Sus años en la cárcel, su militancia antifranquista. Su teatro contestatario al conformismo humano y al régimen franquista que se prolongó durante décadas.

Buero y la España de su tiempo. Al final de su vida, ya en plena transición, fue muy crítico con los apaños que se hicieron, con un PSOE que había renunciado a su legado, con un conformismo que nos haría cada vez más mediocres y estúpidos.

Buero y la España de su tiempo. La cárcel, el exilio interior y la decepción. Su obra refleja esas etapas, esa rebeldía, ese talento, ese compromiso con el género.

Buero, una cumbre en el teatro español de la segunda mitad del siglo XX.

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