El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Carta abierta a Adrián Barbón
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-09-2017 | 7:21| 0

Por mucho que suene a topicazo, toca felicitarle por su triunfo en las primarias recién celebradas, así como desearle suerte en su cometido. Desde la defenestración de Pedro Sánchez, lo que más se debatió en el PSOE fue si tocaba seguir siendo el partido sagastino de esta segunda Restauración borbónica, o si, por el contrario, había que recuperar el legado moral e ideológico de una formación política que fue concebida para luchar contra la desigualdad, apostando por políticas sociales inequívocamente avanzadas. El resultado de ese debate es conocido: Sánchez, abanderando su ‘no’ a Rajoy fue revalidado por la militancia, y, en Asturias, defendiendo tesis similares, acaba usted de salir victorioso.

Sin embargo, me permitirá usted que le plantee mis reservas e inquietudes. Para empezar, el izquierdismo de don Pedro Sánchez fue, de algún modo, sobrevenido tras las elecciones adelantadas de junio de 2016, pues hasta entonces había esgrimido otro discurso y había pactado con la formación política liderada por el señor Rivera. Habrá que ver hasta dónde y hasta cuándo se mantiene en la órbita de la izquierda de don Pedro.

Centrándonos en Asturias, convendrá conmigo en que, habiendo sufrido tantos mazazos relacionados con la corrupción en Asturias, como el ‘caso Renedo’ y el ‘caso Villa’ entre otros, necesitamos ver no solo gestos, sino también políticas que se desentiendan totalmente de las personas que incurrieron en semejantes fechorías.

En Asturias, salvo la legislatura en la que gobernó Marqués y el año incompleto de Cascos, desde la preautonomía, gobernó la FSA. Sería maniqueo negar luces, pero solo desde la ceguera y el cinismo se podrían negar sombras, no pocas y muy alargadas. Toca romper con muchas cosas y con muchas dinámicas totalmente rechazables. Aun suponiéndole la mejor voluntad para ello, no lo tiene usted nada fácil.

Y, por otra parte, teniendo en cuenta las trayectorias de personas como doña María Luisa Carcedo y doña Adriana Lastra, cuesta creer que representen a un nuevo PSOE totalmente desvinculado de lo que vino siendo la FSA durante décadas.

El señor Sánchez y usted se reclaman de izquierdas y reivindican la ideología progresista para su partido. Aquí no es fácil, con un Javier Fernández que cita a Cánovas sin nombrarlo y que pacta antes con el PP que con Podemos.

Y, por otra parte, habrá que ver la composición de su nueva ejecutiva, habrá que ver si en ella están las personas más capaces y más alejadas de lo que vinieron siendo las grandes sombras de su partido.

Fíjese: no solo toca el cambio generacional, toca además que esa nueva generación sea de ruptura.

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Riopedre y sus palabrotas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-09-2017 | 11:33| 0

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«Bien puede haber puñalada sin lisonja, mas pocas veces hay lisonja sin puñalada». (Quevedo).

Detesto los linchamientos y me parece muy poco estético sumarse a ensañamientos contra el muñeco de pimpampum de turno. Y, en el caso que nos ocupa, está de más decir que Riopedre tiene todo el derecho del mundo a defenderse y a impugnar la sentencia del llamado caso Renedo en lo que a su persona concierne.

Dicho esto, por un lado, cabe recordar que lo que alega el ex consejero no es nuevo, pues se manifestó en términos muy semejantes cuando compareció en la comisión que se creó sobre el caso en el Parlamento autonómico.

Y, miren, me llama mucho la atención que, por así decirlo, ‘confiesa’ haber dicho expresiones inapropiadas, o sea, ‘palabrotas’, y cabe colegir que eso que reconoce se refiere a alguna de las conversaciones telefónicas que se grabaron en las investigaciones sobre el proceso judicial que aquí nos trae.

Y, por mucho que en la sentencia se recoja que parte de sus actuaciones tuvieron como causa la voluntad del ex consejero de favorecer a la empresa de su hijo, don José Luis niega tal cosa, al tiempo que manifiesta que nunca fue sabedor de posibles irregularidades de otras personas. Y, como guinda a todo ello, pone de relieve que lleva un tipo de vida austero, esto es, que no se enriqueció a resultas de su cargo.

Por si todo ello fuera poco, se reclama luchador por la justicia y la democracia, y, en este sentido, la sociedad podría sentirse en deuda con él. No llega al extremo de considerar que la democracia llegó gracias a su actividad política, pero sí afirma que luchó en pro de las instituciones democráticas.

Así las cosas, a través del comunicado enviado a la prensa por el despacho de abogados que se encarga de su defensa, se pretende transmitir la imagen de un combatiente por la democracia y de un hombre austero con una capacidad de resistencia muy estoica.

No hay autocrítica de su gestión, no se siente responsable político de lo que pudieron haber hecho otros cargos de su consejería. Sólo se reconoce, así pues, una posible debilidad: haber dicho palabrotas en conversaciones privadas. O sea, pecados veniales.

¿Nos lo podemos creer?

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Aquiescencia y conciencia
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-09-2017 | 7:45| 0

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«Les juro, señores, que tener una conciencia sobradamente sensible es una enfermedad, una verdadera y auténtica enfermedad». (Dostoievski).

La sentencia del llamado caso Renedo pone claramente de manifiesto que hubo aquiescencia del ex consejero Iglesias Riopedre a la hora de permitir que la señora Otero favoreciese a las dos principales empresas implicadas en este sumario con contratos fraccionados y, en varios casos, sin que se hubiese tenido lugar la publicidad necesaria para que otras firmas pudiesen concurrir. Y, a resultas de los tratos de favor concedidos a las empresas de marras, doña María Jesús recibió determinadas compensaciones. Por su parte, el ex consejero incurrió en tratamientos de favor a Igrafo a cambio de contratos para la empresa de su hijo.

A tenor de los que establece la sentencia, cabe suponer que el ex consejero mirase hacia otro lado en determinadas operaciones de la señora Otero, pues se puede barruntar que esta persona era conocedora de lo que acontecía con la empresa del hijo de don José Luis.

Todo esto acaeció en la consejería responsable de la enseñanza en Asturias, de una consejería a cuyo frente estuvo una persona con una trayectoria política de izquierdas y que siempre se declaró defensor de la educación pública.

Y, por otra parte, la sentencia pone de relieve que la señora Renedo cometió irregularidades, con falsificaciones de firmas y pagos por obras inexistentes, entre otras lindezas.

Aquiescencia y conciencia. Más allá de los recursos que puedan interponerse a la sentencia que hemos conocido ayer, la sensación que produce su lectura es demoledora. No sólo nos preguntamos en manos de quién hemos estado durante casi una década, sino que además se nos deja meridianamente claro cuáles eran los principales afanes y desvelos del señor Riopedre durante el largo ejercicio de su cargo como consejero de Educación.

Parece claro que no sólo fallaron los controles en ambas consejerías, sino que además se utilizaron los cargos en el asunto que nos ocupa, bien para favorecer asuntos de familia, bien para enriquecerse. Y esto, a la vez, indigna y deprime.

Por otra parte, con independencia de que la Audiencia pueda reunirse la próxima semana para decidir si dicta prisión provisional para las personas encausadas, el estupor que venimos padeciendo con esta historia desde que la juez Pandiella tomase sus primeras decisiones, no sólo ha sido permanente, sino que además no dejó de incrementarse conforme se van conociendo más detalles sobre el asunto.

Para mayor baldón, se viene a decir que no es posible cuantificar con precisión el montante económico que ha supuesto para las arcas públicas toda esta historia. Y, en este sentido, nos importa mucho más la restitución material que ninguna otra cosa, aunque no cabe ser muy optimistas al respecto.

Por último, agradecería que, a la hora de esgrimir argumentos en su defensa, no se nos diga que la democracia está en deuda con alguno de los encausados, porque tal cosa supondría pervertir y emponzoñar el concepto mismo de democracia.

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Incertidumbres astures
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-09-2017 | 10:44| 0

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«La inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar». (Immanuel Kant).

Se dio la circunstancia de que en el mismo fin de semana coincidieron en Asturias dos grandes acontecimientos deportivos y la fiesta de la autonomía. A ello hay que añadir la convulsión mediática y social que está generando en todo el país el llamado problema catalán, omnipresente en los discursos institucionales llariegos.

En efecto, en la ceremonia de la entrega de las medallas que otorga cada año el Gobierno asturiano, Cataluña estuvo presente en el discurso del jefe del Ejecutivo, lo cual no es ninguna novedad. Por su parte, en el Parlamento autonómico, los grupos políticos también se pronunciaron acerca del contencioso existente entre las instituciones catalanas y el Estado. Don Javier Fernández, en su discurso institucional con motivo del día de Asturias, también se ocupó del conflicto catalán. Y, como colofón a todo esto, en la liturgia en Covadonga, la máxima autoridad de la jerarquía eclesiástica en Asturias felicitó a nuestro presidente por su defensa de la unidad en España.

Así las cosas, en Asturias, la armonía impera en las relaciones entre la Iglesia y Estado, al tiempo que, tras varias décadas de autonomía, en esta tierra no hay una fiesta cívica, al margen de las devociones marianas. Se ve que tal cosa no es apremiante.

En todo momento me pregunté si fue pertinente que el problema catalán tuviese tanto protagonismo en unos actos institucionales en los que tocaba hablar de nosotros mismos, de nuestro presente, de nuestros horizontes, de nuestros problemas, de nuestras esperanzas.

Es insoslayable –y perdón por la obviedad– que el problema catalán es grave, porque, de consumarse la independencia de ese territorio, significaría un estrepitoso fracaso de España como nación, y eso no nos puede resultar ajeno. Por tanto, que se haya hablado de este asunto desde los ámbitos institucionales astures no es en modo alguno extraño, pero eso no tenía que haber llevado a lo que sucedió: hablando de Cataluña, preocupación y dramatismo; hablando de Asturias, ambigüedades y topicazos que ocuparon el tiempo y el espacio de haber abordado los grandes problemas que hay en esta tierra. Incertidumbres astures ante un futuro inquietante mientras no se detenga el declive demográfico, mientras no se despejen las incógnitas del necesario cambio generacional en los partidos políticos tradicionales, mientras no se tenga claro qué proyecto de Asturias tienen todos, también los nuevos partidos.

Y, por otra parte, los días pasados dejaron una lección muy clara: la Asturias oficial iba por un lado, mientras que la Asturias real se hizo notar con su entusiasmo en la etapa de L’Angliru y en el derbi futbolístico. Y, por favor, no me vengan con memeces supuestamente sesudas que desprecian las pasiones por el fútbol y el ciclismo, entre otros deportes, pues tales pasiones dan cuenta de una sociedad que está muy viva y que no sufre letargo alguno, a pesar de la clase política que soporta y que incluso tolera.

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¿Una España plurinacional?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-09-2017 | 6:18| 0

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“Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos <<oprimidos>> por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja hará de parecer grotesca. Pero a quien le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute”. (Ortega y Gasset en 1921).

Mientras se libran continuas batallas en el Parlamento catalán entre los partidarios del referéndum independentista y sus detractores, está sobre la mesa la propuesta de Pedro Sánchez que aboga por una España “plurinacional”, propuesta que también está suscitando polémicas y chanzas, incluso por parte de gentes de su propio partido. Y, en el momento en el que el líder del PSOE planteó, “al menos”, la existencia de tres naciones dentro de la madre España, hay quienes se hacen oír reclamando que sus territorios también lo son, como es el caso de Andalucía.

Antes del famoso “café para todos” de Clavero Arévalo, se hablaba de una España descentralizada con tres grandes autonomías: Cataluña, el País Vasco y Galicia. Pero se optó por un Estado autonómico, en el que unos territorios alcanzarían su techo competencial antes.

¿Cómo no recordar las declaraciones que hizo en su momento Tarradellas en las que puso de manifiesto que “Cataluña no podía ser tratada igual que la Mancha”?  Aquello originó una fuerte polémica, porque se consideró que el planteamiento del líder catalán significaba que unos territorios tendrían más derechos que otros. Y no se interpretó que los derechos de la ciudadanía son per se, es decir, que no tendrían que sufrir menoscabo alguno en función de dónde se gestionan la sanidad y la educación, que lo esencial sería que esos servicios públicos fuesen de calidad.

El hecho fue que la cuestión terminológica se resolvió al dividir los territorios en “nacionalidades” y “regiones”, terminología que trajo su polémica, pero que, con mayor o menor reparo, se acabó aceptando.

Podría haberse construido un modelo territorial con tres grandes autonomías. No obstante, se optó, como sabemos, por el modelo actual cuya base teórica podría relacionarse con las tesis que en su momento defendió Ortega y Gasset en su ensayo “La redención de las provincias”.

Pero ahora, a la espera de lo que vaya a suceder a partir del 1 de octubre,  toca reinventar la llamada vertebración territorial. Y hay motivos sobrados para poner en duda que un cambio terminológico que hable de “naciones” en lugar de “nacionalidades” vaya a resolver la situación.

Serán muchos los territorios que se reclamen “nación”, considerando que no merecer tal consideración significaría aceptar una inferioridad de condiciones que no estarían dispuestos a aceptar.

Sin embargo, la cuestión es mucho más profunda, pues, de entrada, habría que tener muy claro qué se entiende por nación. Escuchemos a Renan: “Tener glorias comunes en el pasado, una voluntad común en el presente; haber hecho juntos grandes cosas, querer hacer otras más; he aquí las condiciones esenciales para ser un pueblo… En el pasado, una herencia de glorias y remordimientos; en el porvenir, un mismo programa que realizar… La existencia de una nación es un plebiscito cotidiano”.

Escuchemos a Ortega y Gasset: “Repudiemos toda interpretación estática de la convivencia nacional y sepamos entenderla dinámicamente. Los grupos que integran un Estado viven juntos para algo: son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. No conviven por estar juntos, sino para hacer juntos algo”.

Pregunta retórica: ¿Están nuestros políticos a la altura de plantear un proyecto de Estado en el que haya sitio para esos anhelos de nación que se respiran en determinados territorios de España? Desde luego, los conceptos que al respecto desliza Pedro Sánchez son, buenas intenciones aparte, simplistas y ñoños.

¿Alguien defiende un proyecto de Estado en el que no se paguen más o menos impuestos en función del territorio donde se vive, en el que, por el desempeño del mismo trabajo, se perciban sueldos diferentes? ¿No habría que discutir y pactar esto?

La idea de nación puede ser aplicada a más territorios de los que propugna Pedro Sánchez, entre ellos, por supuesto a Asturias, sin que esto signifique que, en nuestro caso, haya una voluntad secesionista. Urge resolver el problema territorial, y la agenda de la vida pública así lo marca.

El problema, como ya escribí, no es que haya unos políticos en Cataluña más o menos desnortados, sino que el independentismo fue creciendo en los últimos años en la ciudadanía de este territorio, y eso, desde una óptica democrática, no se puede soslayar.

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