El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Esa amarga lucidez (En la muerte de Leopoldo María Panero)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2014 | 7:36| 0

Padre poeta, y oficialmente adicto al régimen. Hijos díscolos, al igual que los de Sánchez Mazas. Los Panero, una vez muerto su patriarca, fueron conocidos, sobre todo, por la película de Chavarri, afortunada en casi todo, hasta en el título, pues el desencanto que habitaba en la casa astorgana tenía mucha más solera y antigüedad que el de la transición. Lo mejor de aquella película sigue siendo el buen trato al idioma de todos sus protagonistas.

Poeta maldito Leopoldo María Panero, que no malo, toda vez que muchos de los segundos quisieron siempre refugiarse en lo primero. Y, sobre todo, poeta de amarga lucidez, sin asomo de sobriedad, ebria y delirante.

Estremece el cara a cara no sólo con la muerte, sino también con los hallazgos que pone a la vista la lucidez. Nunca olvidaré lo mucho que me sobrecogió en su momento una imagen de aquel novelista que fue un eterno segundón, Alfonso Grosso, en la última etapa de su vida, con la razón perdida. Aquel contador de historias, aquel autor de novelas que nunca alcanzaron la excelencia, pero que, sin embargo, no quedaban lejos, parecía reflejar un tormento muy hondo en el que acaso tuviera cabida una lucidez que no parecía encontrar salida. Y, en cuanto a Leopoldo María Panero, ya en la conocida película, dejando de lado los recursos no mal manejados de lo contestatario y del iniciado que parecía estar de vuelta de casi todo, apuntaba los alfilerazos de la lucidez más hiriente. Y, andando el tiempo, se fue perdiendo lo primero y cobrando intensidad lo segundo.

Mesa, silla, suelo de jardín. La soledad de un enfermo que se abisma en sí mismo, poseído e invadido por ella. Locura, delirio, dolor. Agitado todo ello, con la dosis imprescindible de talento, surgen chispazos de genialidad que tanto gustan de aflorar en la poesía, en la buena poesía, aquella que, con muy pocas palabras, expresa lo esencial de sentimientos y pensamientos, aquella que, con muy pocas palabras, da cuenta de un hallazgo que se sabe bien expresado. Parto angustioso de dolor.

No nos encontramos ante una cumbre de la poesía en nuestro idioma, pero, sin duda, muchos de sus poemas certifican muy a las claras que estaba muy por encima de lo discreto y de lo mediocre. Pero, sin duda, la genialidad le brotó en muchos de sus poemas.

Paradoja trágica la de quien se sabe desposeído de la lógica y de la razón más compartida y a ras de suelo y que, al mismo tiempo, tiene mucho que decir y  muy profundo. Ponerle letra y música a ayes y desgarrones, ponerle letra y música a una insatisfacción permanente; ponerle letra y música a un discurso tan amargo como lúcido y delirante, que es todo un himno de destrucción contra los tópicos que hacen de salvavidas y consuelo.

No hay lugar para el optimismo, no hay ambición de plenitud. Lo que se manifiesta de continuo es dolor y pérdida.

Razón perdida y acaso no rescatable. ¿Quién sabe si una poesía como la del poeta recién fallecido es  el desesperado himno que busca lo irremediablemente perdido, ese sosiego que desaparece con la razón y al que se implora desde la amargura y el dolor?

¡Qué soledad más desgarradora la de aquel que hace de orfebre de la palabra y que, sin embargo, no encuentra el cauce comunicativo conesa otredad tan desesperadamente sartriana!

Nos queda esa poesía aguardentosa, ácida, cítrica más que crítica, fuera de toda convención, provocativa y descarada, construida contra la lógica y contra el propio poeta que la sufre.

Clamores y más clamores, destellos de genialidad, tan punzantes como lúcidos. Así es la poesía de Panero, infatigablemente dolorosa, envidiablemente contestataria contra todo, contra todos, contra sí mismo.

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Confederación hidrográfica, versus Gobierno de Asturias
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2014 | 7:34| 0

 

¿Se ha pronunciado el Gobierno de Asturias sobre las sanciones impuestas por Confederación Hidrográfica a la multinacional minera por los vertidos o filtraciones detectados en las proximidades de Boinás? ¿Se puede poner en duda que la legalidad en materia medioambiental debe aplicarse no sólo a los ganaderos que vierten sus purines a los ríos, tal y como le sucedió a un ciudadano llanisco, sino a todo aquel que las incumpla? ¿Pedir que toda explotación se ajuste a la legalidad equivale a estar contra la empresa de turno? Se habla de puestos de trabajo, que ciertamente no sobran en los tiempos que corren y menos aún en comarcas que están perdiendo de continuo población.  Ahora bien, eso no puede implicar de ningún modo que sea de recibo que determinadas empresas puedan tener  carta blanca y no estén obligadas a respetar la legalidad. No basta, como dijo la Alcaldesa de Belmonte, que la multinacional de turno se comprometa a hacer todo lo posible para que no se repita lo que dio lugar a las sanciones de la Confederación hidrográfica. Lo que hace falta es que se ajuste escrupulosamente a lo que está estipulado por ley. Y eso no admite medias tintas.

Nadie en su sano juicio puede oponerse a actividades empresariales que generen y mantengan puestos de trabajo. Tan indiscutible es esto como la exigencia de que la ley no sea vulnerada. Insisto en algo tan obvio habida cuenta que, según  determinados discursos, todo lo que sea pronunciarse contra vertidos o filtraciones peligrosas supone estar contra una empresa. Y se da por hecho que esos vertidos o filtraciones existieron desde el momento en que Confederación Hidrográfica impuso sus sanciones.

Y, a propósito de Confederación Hidrográfica y de explotaciones mineras de oro, fue muy aleccionadora la reciente intervención de la Consejera Belén Fernández en el Parlamento asturiano a propósito de los reparos que esgrime la citada institución con respecto al proyecto minero de Salave. Se diría que esta buena señora parece ignorar lo que es el Estado, o sea, que el Gobierno autonómico está tan obligado a hacer cumplir la ley como cualquier otra institución oficial.

Y me pregunto también qué pensará nuestro Presidente Javier Fernández acerca de todo esto. Resulta curioso que un político que manifiesta de continuo un rechazo tan frontal a los discursos nacionalistas se inhiba tanto en un asunto en el que el Estado al que su Gobierno representa en Asturias tiene la obligación no sólo de hacer cumplir la ley, sino también de preservar los tesoros medioambientales de esta tierra, todos ellos, desde el río Narcea hasta todo el entorno de Salave.

Ciertamente, sería muy difícil entender que, desde una posición ideológica que se declara de izquierdas, el Estado deje de cumplir su papel, plegándose a la voluntad de una multinacional a la que cabe exigirle el cumplimiento de la ley lo mismo que al resto de empresas y ciudadanos.

Y, por favor, basta ya de demagogias. Aquí nadie está en contra de ninguna iniciativa empresarial. Aquí se está a favor de que la ley se respete y de que sea igual para todos. Aquí se está a favor de que se preserven tesoros medioambientales que son, además de otras cosas, garantía de futuro. Aquí no todos aceptamos mirar hacia otro lado y guardar silencio.

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Entrañas del occidente astur
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-03-2014 | 2:29| 0

Cómo no estremecerse ante el reportaje publicado por EL COMERCIO sobre esos detonadores que acaban de aparecer en la Mina Conchita, cuando está a punto de cumplirse una década de aquel horrendo atentado del 11-M? Resulta inevitable que la vista se detenga un momento en esa especie de osamenta de la Asturias ignota y desentrañada, en la que las zarzas abrigan los despojos de una actividad minera que se paralizó hace tiempo.  Produce espanto recordar que desde allí partieron en su momento los explosivos para una matanza tan escalofriante.

Entrañas del occidente astur abiertas en su momento para extraer caolín. Tras ello, ninguna cirugía en el paisaje. Tras ello, la herida abierta. Tras ello, el abandono, instrumental mortífero incluido. Tras ello, tan macabro desguace.

Entrañas del occidente astur, yacimiento arqueológico de una historia que está por escribir, la de la minería del caolín por estos contornos, breve y fugaz, provisional y efímera si se piensa en un ciclo económico. La amarga paradoja es que la historia no sólo hablará en este caso de la explotación minera, sino también de los explosivos sustraídos, para sorpresa y horror de todos, por haber formado parte de un cronicón de los horrores que tanto y tanto recuerda a aquellos golpes tan fuertes que suceden en la vida tan maravillosamente versificados por César Vallejo.

Mina Conchita, anatomía de un paisaje rocoso, que parece tener voluntad de ofrecer resistencia a mostrarse accesible y sumiso. Suelo abandonado, subsuelo herido.

Despojos de anciana habitación, parodiando un hipérbato quevedesco donde la ruina y lo decadente son protagonistas, donde los muros patrios se desmoronan. Y desorden, todo desorden. Porque si el suelo y el subsuelo parecen, como dije, ofrecer resistencia a toda invasión, los regueros, las torrenteras, las aguas que se abren paso van camino del centro de Asturias con el Narcea como apeadero y ruta. Aguas que, poco más arriba, son retenidas para producir energía. Aguas, las del suroccidente de Asturias, que en su momento fueron aprovechadas para el progreso industrial de esta tierra.

Huella indeleble la de los materiales explosivos que ya no estaban destinados a abrir las entrañas de estos rincones del suroccidente para extraer caolín. Sobrantes los que acaban de encontrarse de un ceremonial tétrico. Y, en medio de todo ello, una amplia batería de preguntas que difícilmente tendrán respuestas adecuadas. Pero, en todo caso, es injustificable e inexplicable que, diez años después de aquella matanza, aún permaneciesen en el lugar en el que se robaron los explosivos detonadores y material de ese tipo. Nada tiene de extraño en tal sentido que Pilar Manjón se pregunte en la entrevista publicada en EL COMERCIO cómo es posible semejante cosa.

A quienes contaron más los supuestos votos perdidos que las muertes en aquel día de horror, a quienes tuvieron la responsabilidad institucional por controlar el estado en el que quedan las minas cuando cesan en su actividad, habría que preguntarles muchas cosas y exigirles, como mínimo, responsabilidades políticas.

Pero, por lo que se ve, se da la paradoja de que por estos lares la única dinámica es el abandono. Y las entrañas del occidente astur sufren desatención real y metafórica. Y  nadie parece inmutarse por ello.

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En el 75 aniversario de la muerte de Antonio Machado
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-02-2014 | 7:20| 0

El 22 de febrero de 1939 fallecía en Colliure don Antonio Machado. Se fue de la vida, como había escrito, ligero de equipaje. Dejaba tras de sí una España derrotada en la que el poeta no podía tener sitio. De su último y agónico periplo da noticia con precisión Corpus Barga. Últimos versos mirando al mar. Últimos suspiros por y para España. Envejecido y derrotado, se murió don Antonio. Acaso el poeta por excelencia a la hora de buscar el legado moral de un tiempo y un país que se despedía de su segunda edad de oro acosado y perseguido por un afán destructivo que conmovió al mundo.

Aliño indumentario descuidado, versos contados con los dedos, sin la pulcritud juanramoniana, sin la musicalidad de Darío. Pero viendo claro pasado y presente. Pero haciendo de la tarde una cita poética ineludible. Todos los tópicos del 98, la Castilla miserable y terrible, la sangre de Caín. La España que bostezaba. El hombre del casino provinciano. El desgarro ante la muerte de Leonor.  El erotismo difícilmente contenible transmitido a Guiomar. La apócrifa verdad de Mairena, apócrifa y lúcida, socrática, sabia, irónica.

El tiempo que somos entre Bergson y Heidegger. La agonía unamuniana. La envidiable inspiración para retratos poéticos nunca superados. El compromiso cívico. El legado institucionista. La bienamada y soñada república. La espectral noche en la que asesinaron a Lorca, eternamente fantasmagórica, inolvidable pesadilla el oprobioso crimen.

El tiempo que somos, digo. Bergson, insisto, el tuno del que tanto aprendió del que le habló a su querido don Miguel. El tiempo, la historia, el amor, la leyenda, lo terrible, la miseria.

Tres cuartos de siglo después de su muerte, don Antonio Machado es, ante todo y sobre todo, un poeta necesario, por ética y por estética, por forma y contenido, la forma que, según Flaubert, era la hoguera que provocaba el fondo.

Un poeta necesario, en efecto, para pensar España, para repensar la historia, para añorar referentes lúcidos y honestos, para ver que lo bello y lo sublime no son necesariamente, con permiso de Kant, incompatibles con una expresión austera, sencilla.

Un poeta necesario para que la izquierda se mire en su propio espejo. Un poeta necesario para demostrar que la mejor poesía no está reñida con un compromiso ético insobornable. Un poeta necesario para estos tiempos de orfandad intelectual.

Soria, el río Duero, el viejo olmo, el Dios Ibero, Leonor, Guiomar, Abel Martín, Mairena. ¿Cómo explicarnos España sin ellos? ¿Cómo hacer calas en nuestra mejor literatura sin todos esos apeaderos de lujo?

Flechas de Cupido, Mañara, rosas con fragancia poética. Y, en medio de todo ello, sobriedad, ninguna estridencia, poesía sin torbellinos, sin mezcolanzas empalagosas, sin sobrantes. Poesía sin excesos barrocos, directa al corazón, regalo al entendimiento. Cita con la intrahistoria que en su día atisbó Unamuno. Machado es el siempre de nuestra poesía, el ayer no acabado, el presente no menos imperfecto. Y el futuro que está por escribir, pero que tendrá que contar con la obra machadiana, con la España que quiso y no pudo ser, la de la rabia y la de la idea. Con el manantial sereno, pero vivo y permanente, del que brota esa cumbre poética que es su obra.

Repito: un poeta siempre y todavía necesario. Y esos versos últimos que hablan de mar y de la infancia, en los que se sumergió camino de aquella muerte que cruzó la frontera.

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La Concha de Artedo después de la batalla
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-02-2014 | 2:07| 0

 

Decidí aplazar  la visita que no podía rehuir a la Concha de Artedo. No dejé de pensar durante los últimos temporales en el estrépito que estarían haciendo las piedras inmediatamente después de que cada ola gigante se retirase. En todo momento me pregunté por la relación entre la profundidad de esta playa, a poco que uno se adentre en ella, y lo vulnerable que es a los vientos y tempestades. ¿Siempre es vulnerable lo más profundo?

Concha de Artedo, pedregosa, rebelde a toda mansedumbre. Concha de Artedo, profunda, no se sabe bien cuánto. Concha de Artedo que se niega a brindar comodidad de acceso al visitante. Concha de Artedo, escenario de mi primera novela, publicada en 1998. Concha de Artedo, bravía, tempestuosa, sonora.

Sus piedras, como trincheras que parecen tener vocación de defensa de ese aislamiento al que propende. Quizás tenga voluntad de ser contemplada desde lo alto. Tal vez se niegue a ser invadida por viandantes, o, al menos, se lo pone difícil.

La Concha de Artedo después de la batalla, tras esa locura que se apoderó del mar asturiano en los pasados temporales. ¡Cuánto arrasó, qué huella más larga ofrece! Seguro que las piedras que en gran medida la cercan sintieron que sobre ellas caía la fuerza de un río enloquecido, de un río en el que los rabiones se crecieron y multiplicaron.

Lo cierto es que uno de los diversos encantos del paisaje asturiano radica en que son muchos los rincones en los que lo ñoño no puede tener presencia, no puede quedarse. Y uno de esos enclaves imposibles para cualquier nadería es la playa de la Concha de Artedo.

Romanticismo, sí, con todo el brío, con toda su autenticidad, que nada tiene de cursi, ni de empalagoso, que es el propio de esas almas atormentadas a las que tanto les debe la literatura. Hablo de ese romanticismo que, literal y literariamente, inventó el paisaje. El mismo que algún momento tendría que hacer justicia a ciertos escenarios asturianos, entre los que esta playa sería uno de los enclaves más pintiparados.

Paisaje para el desgarro y los desgarrones, paisaje para lo profundo, paisaje para los embates de esa angustia que a veces nos atosiga con firme determinación de arrasar. Paisaje para esa belleza de lo tumultuoso, de lo turbulento, de lo agitado, de lo febril, de lo delirante. Paisaje para la música wagneriana. Paisaje para lo aguardentoso, que rasca, sí, pero que también limpia y libera. Paisaje para lo agónico en el sentido unamuniano, para la lucha interna, para el traqueteo que forman y conforman nuestras contradicciones más zozobrantes.

La Concha de Artedo después de la batalla ofrece al visitante un espectáculo digno de ser interiorizado, capaz de contribuir a recuperar energías adormecidas, pero nunca muertas. Paisaje para las heridas, no cicatrizadas, que dejó el temporal a su paso.

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