El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
Recuerdos de Oviedo: Por el Hotel de la Reconquista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-12-2017 | 12:23| 0

“La melancolía no es más que un recuerdo que se ignora”. (Flaubert).

“Quien no encaja en el mundo está siempre cerca de encontrarse a sí mismo”. (Hermann Hesse).

Fue en el verano de 1974 cuando acudimos por vez primera a la cafetería del Hotel de la Reconquista. Dada la prestancia y el poderío del edificio, estábamos convencidos de que aquella cafetería tenía que estar marcada por una declarada voluntad de estilo. También dábamos por hecho que cualquier consumición que allí se sirviese tendría garantizada no sólo la calidad sino también el cuidado estético en su presentación. En efecto, así fue.

Una mañana de un martes del mes de agosto en la cafetería del Hotel de la Reconquista. Vacaciones en un Oviedo en el que en pleno verano la actividad menguaba mucho, en el que el turismo no abundaba. Desayunamos café con bollería, sin prisa, observando aquel espacio tan amplio dentro de un hotel lujoso. Amplitud entre mesa y mesa. Amplitud de una barra cómoda y enorme.

El mayor encanto consistía en que, a pesar de que había bastantes clientes en la cafetería, no se percibía sensación de lleno. Se diría que todo armonizaba, que todo estaba en su justa medida.

Sentíamos curiosidad por conocer por dentro el imponente edificio. Se hablaba mucho en Oviedo acerca del lujo que allí habitaba, lujo con solera, y una rehabilitación que, respetando la deslumbrante estética, le daba funcionalidad al hotel.

En el verano de 1974, el Hotel de la Reconquista llevaba más de un año abierto, aunque su inauguración oficial, por parte de la mujer del dictador, había tenido lugar, si los datos no me fallan, unos pocos meses antes, concretamente, en junio.

Desde luego, era un lujo para la ciudad contar con un hotel de esa envergadura que, en lo que se refiere a su poderío estético, en nada tenía que envidiar a los Paradores nacionales. Y, para quienes vivíamos en Oviedo, resultaba muy agradable conocer muchas de sus estancias, sin necesidad de hospedaje.

Lo cierto es que, a la hora de rememorar mis recuerdos sobre el Hotel de la Reconquista, me resulta muy significativo el hecho de haber conocido y frecuentado la cafetería del establecimiento del que venimos hablando en plena adolescencia, a los diecisiete años, y que unos cuantos años después, principiando la década de los ochenta, ya en plena veintena, encontrase un encanto especial en otra cafetería mucho más pequeña a la que se accedía desde el interior del mismo hotel, que era un lugar pintiparado para conversar, por lo común, a primera hora de la tarde, con tazas de café por el medio.

Recuerdo haber leído en EL COMERCIO en octubre de 2014 que “el bar americano” se reabría tras haber estado cerrado desde 2011. Y aquella noticia me reconfortó por tratarse de un lugar de referencia en los primeros años ochenta.

Y vuelvo a aquellos primeros años ochenta, cuando en “el bar americano” era frecuente encontrase también con fuerzas vivas de la ciudad, cuando nuestra generación estaba convencida de que lo deseable no era imposible, cuando no existía un desapego tan grande hacia lo que viene siendo la vida pública.

Nunca olvidaré la comodidad de la que allí disfrutábamos. Hablábamos de cine, comentábamos los libros que leíamos con avidez, deteniéndonos en muchas ocasiones en determinados pasajes de aquellos libros que daban mucho de sí a la hora de interpretarlos. Versos y frases que interiorizábamos con una intensidad no menor que el resto de las vivencias nuestras de cada día.

Allí, podíamos ser –y lo éramos- una isla, ajenos a cuanto teníamos alrededor, disfrutando de la comodidad a la que ya aludí. Pero, de vez en cuando, reparábamos en determinadas celebridades astures que por allí deambulaban. Era realmente llamativo estar –a la vez- tan lejos de aquellas conversaciones más o menos conspiratorias. Tan lejos de su mundo y tan cerca compartiendo el mismo espacio.

¡Cuántas tardes pasamos allí entre 1980 y 1983! Desde la agonía de UCD, hasta los principios de la era felipista, pasando por el fallido golpe de Estado del 81. Y, en nuestro más acá, desde la etapa de Riera Posada como Alcalde al primer mandato del Masip al frente del Consistorio. A veces, antes, a veces, después de grabar un programa radiofónico que hacíamos en una emisora de Oviedo sobre la Universidad.

¿Cómo olvidar aquella tarde de octubre de 1981 en la que nos adentramos en uno de los ensayos más estremecedores de Unamuno que tiene por nombre “Soledad”? Aquellas frases subrayadas donde el gigante del 98 habla de que se distanciaba de la multitud precisamente por amor a ella. Frases subrayadas sobre un papel amarillento y ajado que rascaba la piel. El volumen lo había publiado la bendita y venerable colección Austral, y, en su momento, estuvo prohibido en España. Había llegado a manos de mi padre desde el Uruguay.

“Bar americano” en el Hotel de la Reconquista, un enclave lujosamente atopadizo, un lugar de referencia de los tiempos inmediatamente anteriores a nuestra incorporación a la profesión docente.

La cafetería estrenada en la adolescencia.
El “bar americano” frecuentado en los primeros años de una década que, a pesar de su desenfado y colorido, marcaría el camino a un mundo en el que todo sería – y es- “pos”: desde la Posmodernidad hasta la “posverdad”. Lo que va después, sin especificar destino.

Como mínimo, inquietante.

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MÁS QUE TABARNIA, CELTIBERIA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-12-2017 | 12:14| 0

Resultado de imagen de Tabarnia, el comercio

 

La nación, y la historia con ella, es el capullo que protege la vida del patriotismo en larva, pero si ha de convertirse en mariposa espiritual que se bañe en luz y sea fecunda, tiene que romper y abandonar el capullo”. (Unamuno).

Si hay una herramienta imprescindible para que la inteligencia no se oxide, es, sin duda, la ironía. Ya no entro, en el caso que nos ocupa, si lo de Tabarnia es brocha gorda o es algo más sutil de lo que parece. Sea como fuere, está sirviendo para quitar dramatismo a la situación de Cataluña y, de paso, baja la estridencia.

Con lo de Tabarnia, se plantean, sobre todo, dos cosas. Primero, es un buen ejercicio dialéctico a la hora de combatir el argumentario de los que enarbolan el llamado derecho a decidir, eso sí, sobre el territorio y no sobre otras muchas cosas. Y, en segundo lugar, pone de manifiesto que, les guste más o menos a los independentistas, en todo lo que viene ocurriendo con el llamado movimiento soberanista, está omnipresente lo celtibérico como denominador común sofocando supuestos «hechos diferenciales». Hechos y derechos.

Bien mirado, si se invoca el llamado a decidir de Cataluña con respecto a España, con el mismo planteamiento dialéctico podrían hacerlo determinadas provincias y territorios catalanes con respecto a esa unidad de destino que reclaman los independentistas. Se entraría así en un laberinto retórico y dialéctico bastante hilarante.

Por otra parte, las reacciones que ha despertado este invento llamado Tabarnia son, en su mayor parte, celtibéricas. ¿Acaso no es celtibérico el señor Rufián, con sus intervenciones tan pintorescas? ¿Acaso no son igualmente celtibéricas las reacciones a lo de Tabarnia, tanto las que lo celebran con sentido del humor, como quienes montan en cólera?

Lo cierto es que, en un escenario alarmante tanto para España como para Cataluña, lo de Tabarnia –insisto– está contribuyendo a rebajar la tensión dramática no sólo por todo lo que vengo apuntando, sino también porque se pueden intuir respuestas a ello que pretenden ser contundentes y sesudas pero que no pueden evitar que, en algún momento, se asome cierta retranca, incluso por parte de quienes se sienten ofendidos ante este engendro tan celtibérico.

¿Saben? Lo de Tabarnia no está lejos de ser una especie de sainete que se podría haber inventado Boadella. Y, desde luego, Rufián parece responder a un personaje imprescindible en esta obra.

Más que Tabarnia, Celtiberia. A ritmo de fandango. Todo ello, como contrapunto celtibérico a una crisis inquietante, a una encrucijada de muy difícil solución.

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¿Tiene salida el problema catalán?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-12-2017 | 4:18| 0

Se diría que, parafraseando a Brenan, lo que tenemos ante nosotros es «el laberinto catalán», esto es, que el laberinto español ha hecho parada y fonda en Cataluña, y todo parece indicar que irá para largo.

Ante todo y sobre todo, teniendo en cuenta que se ha llegado a un frentismo entre constitucionalistas y secesionistas, si nos moviésemos en el mejor de los mundos posibles, se debería mover ficha por ambas partes para no seguir polarizando a la sociedad catalana. Cuentan que Puigdemont, cuando estaba decidido a convocar elecciones, su discurso llevaba un preámbulo que consistía en afirmar que su voluntad era la de ser el presidente de todos los catalanes, no solo de los independentistas. Bueno sería que, pasada la euforia de estos días, lo retomase. Por su lado, tampoco estaría mal que la señora Arrimadas, en tanto es la candidata más votada, se expresase en términos similares.

Miren, la cosa está muy clara: hemos pasado de «las dos Españas» a «las dos Cataluñas». Y sería un apoteósico triunfo para todos que esas «dos Cataluñas» intentasen entenderse. El frentismo solo alargaría y agravaría el conflicto.

Escribí recientemente que, por mucho que los independentistas se mostrasen pletóricos por su mayoría parlamentaria, no pueden obviar que el reparto de votos, trasladado a un referéndum, no supondría un triunfo de la independencia. Les toca salirse de la unilateralidad y mostrarse dialogantes.

¿Y qué le tocaría a Ciudadanos como fuerza más votada? Desde luego, no sería excluyente mantenerse en sus convicciones no separatistas y, al mismo tiempo, intentar por todos los medios el diálogo con sus adversarios frentistas en busca de una salida al conflicto.

Seamos realistas: los votos independentistas del 21 de diciembre no otorgarían, en términos numéricos, la mayoría absoluta a los secesionistas en un referéndum, pero tampoco se quedaron muy lejos de sus deseos y no es de descartar que el independentismo se siga incrementando. Tampoco lo contrario.

Laberinto catalán: lo primero el imperativo de diálogo. Además de un conflicto entre Cataluña y España, lo es también, y sobre todo, entre la ciudadanía catalana. Sería fantástico que se produjese una lección de madurez y de talante democrático por parte de todos, especialmente por parte de aquellos que se empecinan en falacias como vino haciendo Puigdemont.

Pero, si nos situamos en lo más inmediato, el panorama ofrece una complejidad gigantesca. En el caso de que las fuerzas independentistas, apuesten por el señor Puigdemont, ¿qué pasará si no regresa para estar presente en la sesión de investidura? ¿Qué pasará si regresa y es encarcelado? ¿Se resolvería el problema convirtiéndolo en mártir de su causa? ¿Sabemos hasta cuándo seguirá en prisión Junqueras? Imaginemos que continúa encarcelado cuando se forme el Parlamento. ¿Cómo se afrontará eso políticamente?

No solo estamos ante la necesidad de una tregua y de un entendimiento que se antojan muy difíciles, sino también ante un proceso judicial que puede complicar hasta lo indecible la situación.

Laberinto catalán, nada borgiano, sino muy español, muy celtibérico.

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DESDE EL MÁS ACÁ DE LOS PRESUPUESTOS AUTONÓMICOS
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-12-2017 | 7:13| 0

El presupuesto naufraga y Asturias irá a la prórroga en 2018

«La vida sólo se comprende mirando hacia atrás, pero sólo puede ser vivida mirando hacia delante». (Kierkegaard).

Se confirmó lo que se esperaba, esto es, que no habrá presupuestos en Asturias para 2018, pues, al final, no hubo acuerdo entre el Gobierno autonómico y la formación morada. Confieso que, de todo esto, lo que no acaba de encajarme es que el busilis estuviera en la apuesta de Podemos por la gratuidad de la escuela de 0 a 3 años. No porque esto no sea importante, sino porque se me ocurren otras muchas cuestiones para el desacuerdo y la discrepancia.

Sea como sea, resulta muy llamativa la reacción de Javier Fernández, al hablar de “vetocracia”, culpando a Podemos de converger con la derecha con su enmienda a la totalidad. Y me sorprende porque, en lo que se refiere a votar con la derecha, nuestro Presidente tiene experiencia, sin ir más lejos, eso ocurrió con los presupuestos del pasado año. Y tengo para mí que, si no hubo acuerdo con el partido conservador este año, fue, sobre todo, porque la actual FSA no lo vería con buenos ojos y se escenificaría un desencuentro entre el partido y el Gobierno que ambos quisieron evitar.

En ese “más acá” del implorado pacto presupuestario con las formaciones de izquierda, está, a mi juicio, el dramatismo del actual Presidente, al que no parece entusiasmarle pasar a nuestra pequeña historia como un dirigente socialista que no fue capaz de entenderse con todas las fuerzas de la izquierda. De ahí que se quiera responsabilizar a la formación morada con la onerosa carga de que estuvo en su mano que Asturias tuviese en el año entrante unos presupuestos de izquierda, o, al menos, pactado entre formaciones que son izquierdistas en sus siglas.

No exagero cuando hablo del dramatismo que sufre un Presidente que rehúye analizar el pasado más inmediato y que responsabiliza en exclusiva a la otra parte, en este caso a Podemos, de la falta de acuerdo, por mucho que un acuerdo sea siempre cosa de dos.

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Tras las elecciones catalanas: Hagamos números
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-12-2017 | 6:17| 0

 

Lo que en verdad toca, tras las elecciones catalanas, es hacer números, números que dicen claramente que los partidos no independentistas lograron más votos que las formaciones políticas que se decantan por la secesión. Frente a ello, está el dato de que, a la hora de contabilizar los escaños, a resultas de la ley electoral, tienen mayor representación los grupos políticos que están por la independencia.

Pero, ante todo y sobre todo, si se extrapolasen los votos del 21 de diciembre a un referéndum, la independencia no triunfaría. Por tanto, nunca se debe perder esto de vista a la hora de interpretar los resultados.

A partir de aquí, las incógnitas que se plantean son enormes. Habrá que dar por hecho que llegarán a un acuerdo las dos fuerzas independentistas más votadas, esto es, Junts Per Catalunya y ERC y, tras ese acuerdo, necesitarían también el apoyo de la CUP. Por otro lado, no se sabe qué hará el ex Presidente Puigdemont, ni tampoco tenemos noticia del tiempo que seguirá en prisión el señor Junqueras.

¿Toca seguir hablando del conflicto entre Cataluña y España, sin poner sobre la mesa que la madre de todos los conflictos está en la sociedad catalana, ya que lo que dicen los números es que no hay una mayoría aplastante que esté por la independencia ni tampoco por continuar formando parte de España? Y esto último, sobre el papel, debería obligar a un diálogo entre las fuerzas políticas catalanas, buscando un acuerdo que se antoja muy difícil de conseguir, pero que tienen el imperativo de buscar.

Desde luego, el resultado electoral del 21 de diciembre no despeja en modo alguno el panorama. Sin embargo, el no hacer caso a lo que dicen los números se volvería a la larga en contra de quienes se empecinasen en obviarlo.

Por otra parte, el enorme batacazo sufrido por el PP no es atribuible, por mucho que se insista en ello, a la aplicación del famoso artículo 155 de la Constitución. ¿Acaso se puede negar que el partido político que consiguió mayor número de votos y de escaños no sólo apoyó la referida aplicación, sino que fue el primero en pedirla?

Lo que queda por delante es sobre todo incertidumbre. Y lo deseable sería que se abandonasen por parte de todos frentismos que impiden un diálogo que dé salida a un conflicto social y político que amenaza con ir a más, si las partes implicadas se enquistan en la rigidez.

Por último, es irremediable consignar que la debilidad de Puigdemont por el efectismo de sus proclamas le lleva a proferir disparates insostenibles. Por ejemplo, su afirmación de que la República catalana le ganó la partida a la Monarquía del 155. ¿No es consciente el mandatario huido a Bruselas que la vertebración territorial de España va más allá de la monarquía o la república como formas de Gobierno? ¿Acaso no existe un republicanismo no independentista?

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