El Comercio
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Autor: luisariasarguellesmeres_72
El desconcierto en la izquierda
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-01-2018 | 4:20| 0

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No sólo en Cataluña se escenifica el desconcierto y el descalabro de la izquierda. No sólo en Cataluña, digo, donde el voto mayoritario en muchos barrios obreros fue para doña Inés Arrimadas. Y, ante ello, las preguntas son tan obligadas como inevitables para la izquierda.

Si de Cataluña pasamos al resto del país, las últimas encuestas -con  la prudencia obligada con la que hay que encararlas- no resultan muy favorables precisamente para las fuerzas políticas que se reclaman de izquierdas. Y, en fin, en el contexto europeo,  salvo muy contadas y honrosas excepciones, tampoco se puede decir que corren buenos tiempos para los partidos que  pretenden combatir la desigualdad y la miseria.

Entre las muchas paradojas que viene provocando la crisis, está el hecho de que, a pesar de ella, los partidos de izquierda no vienen cosechando resultados que nos puedan hacer pensar que las personas más desprotegidas socialmente demuestren su confianza en formaciones políticas que, en teoría, están para combatir las causas y los efectos de un empobrecimiento creciente de la inmensa mayoría de la población.

Pero vayamos por partes: si Pedro Sánchez ganó las primarias en su partido fue porque la mayoría de la militancia socialista estaba harta de que, con siglas de izquierdas, se practicasen políticas de derechas donde viene gobernando el PSOE o que, desde la oposición, se permitiese gobernar al PP. Pero, tras esa batalla ganada por el actual secretario general socialista, queda un largo recorrido pendiente lleno de dudas, que pasa por saber  si la ciudadanía estará dispuesta a creer en su proyecto de país, un proyecto de país que, en lo social, en lo económico y en lo cultural, ni puede ni debe ser idéntico al del partido conservador.

De todos modos, el batacazo del PSC en las elecciones catalanas, dando por sentado que las extrapolaciones no deben hacerse alegremente, no le augura al PSOE un panorama despejado para recuperar tantos y tantos votos que se fue dejando en el camino.

Por otro lado, siguiendo con la izquierda patria, tampoco se puede afirmar que Podemos esté atravesando un buen momento: a veces, las circunstancias son muy exigentes y, para sobreponerse a ellas, hace falta algo más que el acierto en los eslóganes.

¿Y qué decir de IU? Ciertamente, es triste que, desde la marcha de Anguita, haya pasado de ser la marca blanca del PSOE, sobre todo en Andalucía y en Asturias, a diluirse dentro de Podemos.

¿Qué hacer y qué decir para que las personas más desfavorecidas vuelvan a depositar su confianza, mayoritariamente hablando, en la izquierda? Tiene que resultar desolador, si de verdad hay un proyecto de país diferente, comprobar que los colectivos a quienes dirigen sus proclamas no depositen su confianza en partidos políticos de izquierdas.

Toca elegir entre la autocrítica y la resignación, una autocrítica que lleve, si no a un cambio claro en el discurso, sí al menos a una serie de apuestas convincentes, apuestas por lo irrenunciable, que no por lo posible.

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La Legislatura de la “noluntad” unamuniana
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Luis Arias Argüelles-Meres | 27-01-2018 | 4:33| 0

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“Querido y admirado maestro: Leí su “Noluntad Nacional”. Mucha razón tiene usted. España no sabe lo que quiere y, acaso, no quiere querer”. (De una carta de Machado a Unamuno en 1915).

Doy por hecho que la mayoría de nuestros dirigentes políticos –empezando por Rajoy- no dedican mucho tiempo a la lectura de nuestros clásicos de la llamada generación del 98. Pero lo cierto es que, si se topasen con un texto de Unamuno que tiene por título “La noluntad nacional”, la sorpresa sería mayúscula. Pasaríamos de la voluntad de no ser a una Legislatura marcada, ante todo y sobre todo, por el marasmo.

Mientras la atención se centra en las idas y venidas de Puigdemont, apenas queda espacio en el debate público para hablar de la mísera “subida de las pensiones”, para poner coto, con algo más que retórica, a la corrupción galopante que, día tras día, golpea nuestra sensibilidad en los juicios que se están celebrando.

Tampoco tiene protagonismo esa reforma constitucional de la que se habla, sin que sepamos no ya qué se quiere cambiar, sino tan siquiera si hay voluntad de reformar todo aquello que permite una serie de privilegios a la mal llamada clase política, privilegios a todas luces insultantes en una situación en la que la crisis no es sólo un mal recuerdo, sino una realidad que continúa produciendo desgarros y sufrimientos.

Desde luego, el problema catalán es grave, tal cosa no se pone en duda, pero no es de recibo que obnubile el resto de desafíos y urgencias que tiene este país.  Estamos en una Legislatura en la que apenas se aprueban leyes, en la que no se logran acuerdos mínimos, ni siquiera en el tema presupuestario, en la que no se abordan el resto de asuntos que nos apremian.

Aquí, volviendo a Unamuno, lo que se percibe es la no voluntad de responder a los retos del momento, la no voluntad de articular un proyecto de país en el que la inmensa mayoría encuentre acomodo, y no sólo en lo que se refiere a la vertebración territorial.

Y, por cierto, al margen de otras muchas consideraciones, cabría preguntarse qué pudo haber pasado, qué se hizo de forma inadecuada para que el independentismo en Cataluña haya aumentado de forma exponencial en los últimos años, y con esto no se pretende justificar el modo de actuar circense de ese señor que reside en Bruselas y que viaja a Dinamarca, sino que hay cosas que exigen una seria reflexión que, desde las instancias gubernamentales no hay disposición de hacer.

Se necesita debatir sobre muchos asuntos, se hace necesario buscar grandes acuerdos con una perspectiva de Estado, se pone de manifiesto la urgencia de, una vez más, reinventar el país.

Y, ante todo eso, sólo parece tener protagonismo el llamado problema catalán que, por cierto, no es sólo de sus políticos, sino también de una parte no pequeña de la ciudadanía cuyo desapego sigue siendo, con mayor o menos racionalidad, creciente.

Esto escribía Unamuno en su artículo “La Noluntad Nacional” en 1915: “Los que forman el comité de un partido político no quieren nada para la nación. A lo sumo para sí mismos”.

¿Les suena? ¿A que podría decir lo mismo 103 años después, viendo el marasmo de esta Legislatura?

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Podemos en horas bajas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-01-2018 | 4:21| 0

Las últimas encuestas ponen de relieve una pérdida de credibilidad de la formación morada. Y, en la opinión publicada, hay un criterio casi unánime al respecto: y es que ello obedece sobre todo a la postura que adoptó el partido de Pablo Iglesias con respecto al conflicto catalán, postura ambigua y tibia que, por otro lado, denunció la propia Carolina Bescansa. No cabe ninguna duda de que Podemos nunca debió perder de vista que es un partido de ámbito estatal al que se le supone un proyecto político para España en su conjunto. Y que incurrió en un error que está muy inveterado en la izquierda española, como es considerar que la izquierda debe apoyar a los nacionalismos más radicales.

Sin embargo, tengo para mí que su tibieza en Cataluña no solo no constituye la única causa del supuesto declive de la formación morada, sino que acaso cabe pensar que no es ni siquiera el principal motivo que lleva a Podemos a su peor momento político desde su puesta en marcha en 2014.

Me atrevería a asegurar que el principal activo de Podemos, es decir, Pablo Iglesias, es, al mismo tiempo, el mayor problema de este partido, sobre todo, por su egocentrismo desmedido. Se puede argüir que dicho ‘problema’ siempre estuvo ahí, algo que es obvio. Ahora bien, desde que se cargaron a Errejón, desde que desapareció esa especie de ‘bicefalia’ en el partido, algo que tuvieron otras formaciones políticas, el egocentrismo de Iglesias vino a más de una forma tan exagerada que influyó lo suyo en esa pérdida de credibilidad.

Y, por otra parte, Podemos no logró evitar que el conflicto en Cataluña orillase otros problemas realmente importantes como la corrupción política, como el combate contra la desigualdad (también en el ámbito territorial, aunque no sólo), como los apremiantes cambios que necesita la Constitución, y así un largo etcétera.

Pero, en todo caso, hay que advertir de que, en esta crisis de credibilidad de Podemos, no solo se pone de manifiesto el delicado momento que atraviese la formación morada, sino también toda la izquierda, incluida la izquierda de siglas liderada por don Pedro Sánchez, esto es, el PSOE. Fíjense: ni Podemos sale beneficiado por la falta de presencia del PSOE en el debate público, ni el partido del que el señor Sánchez es secretario es el receptor, en hipotéticos votos, del desgaste que sufre Podemos.

Tenemos una izquierda que está más en las consignas que en el discurso, que se escandaliza y no escandaliza, que no es capaz de transmitir con claridad un proyecto de país que responda a las desigualdades y a los recortes de derechos. Tenemos una izquierda a la que, por un lado, le afecta la crisis que sufre en todo el mundo occidental, y a la que, por otro lado, la sociedad española en su conjunto no acaba de ver en ella un verdadero factor de cambio y de progreso.

A la nueva política que Podemos representa le aquejan males que afectan a toda la izquierda, y a ello se añade el egocentrismo, las purgas internas recientes, la frivolidad y la ausencia de un discurso que plantee con claridad un proyecto de país, un cambio que ilusione, un cambio en el que creer.

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INTERVIÚ: EROTISMO Y DESCARO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-01-2018 | 12:48| 0

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Fue en 1976 cuando salió esta revista, descarada y descarnadamente erótica. Pero su descaro no consistía solo en las portadas que mostraban tetas y culos, sino también en los artículos de algunos de sus columnistas como Vázquez Montalbán y Umbral, a lo que habría que añadir reportajes, a veces memorables, que ponían (también) al desnudo muchas de las miserias de la España de entonces.

Con el cierre de ‘Interviú’ se escenifica una especie de oración fúnebre de los primeros años de la transición, y no acierto a explicarme cómo es posible que en la opinión publicada no se haya reparado en esto.

¿Cómo no recordar a aquellos personajes rijosos, con sus gafas oscuras, sus gabardinas, sus bigotitos, que compraban la revista ‘Interviú’ a veces al salir de misa y que la ocultaban dentro de periódicos todavía adeptos al régimen?

¿Cómo no recordar a aquellos otros que le decían al quiosquero de turno que la “leían porque había muy buenos reportajes de ciclismo, o de política internacional, o vaya usted a saber de qué?

Interviú: el descaro, porque descaro fue que en aquella España pacata y rancia, un año después de la muerte del dictador pudiesen verse en los quioscos cuerpos desnudos que resultaban provocadores no solo para la libido de más de medio país, sino también para quienes, en muchos casos hipócritamente, predicaban la santa castidad y las no menos santas buenas costumbres.

La historia es muy literaria: al menos en sus primeros años, muchos de quienes devoraban sus imágenes eróticas más o menos a escondidas, abominaban de sus contenidos, rojos e irreverentes hasta la extenuación. Muchos de quienes se divertían de verdad con las columnas de opinión y con los reportajes obviaban lo mucho de erótico que había en la mayoría de los números de aquella revista. O sea, la que fue durante décadas la revista más descarada tenía un público muy variado en lo ideológico pero muy uniforme a la hora de que casi todo el mundo ocultaba ciertas ‘debilidades’ lectoras.

Hablamos también de una época en la que las revistas se vendían masivamente. ¿Cómo no recordar publicaciones semanales como ‘Cambio 16’ y ‘Triunfo’ (cuando no la secuestraban), que empezaron a publicarse en el tardofranquismo y que continuaron varios años hasta que los suplementos semanales de los periódicos les empezaron a hacer la competencia?

‘Interviú’ fue, además de otras muchas cosas, una especie de amalgama entre el descaro político con que informaba ‘Cambio 16’ y el excelente columnismo que había en la revista ‘Triunfo’. De hecho, Vázquez Montalbán y Umbral, entre otros, escribieron en esta última revista y también, como consigné más arriba, en ‘Interviú’.

El cierre de Interviú –insisto– significa la oración fúnebre que se le rinde a los primeros años de la transición.

¿Cómo no recordar la transgresión que supuso el desnudo de la que había sido la niña mimada del régimen, convertida ya en mujer con un marcado compromiso político? Pepa Flores desnuda en la portada de ‘Interviú’ fue una tremenda afrenta a los restos del naufragio de una dictadura que intentaba sobrevivir sin el dictador.

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¿LA NUEVA DERECHA?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 09-01-2018 | 7:29| 0

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«En preguntar lo que sabes / el tiempo no has de perder… / Y a preguntas sin respuesta, / ¿quién te podrá responder?» (Antonio Machado).

Tras el batacazo electoral del PP en Cataluña, cada vez proliferan más los análisis que plantean que, sin tardar mucho, el PP dejará de ser el partido casi hegemónico del conservadurismo español y que ese espacio político será ocupado por Ciudadanos. De cumplirse esta ‘profecía’, volvería a ocurrir algo muy similar a lo que aconteció en 1982, cuando UCD entró en un proceso de agonía política, ocupando su lugar AP, que, años más tarde, tras un proceso de refundación, pasaría a llamarse PP.

Por supuesto, hay que ser prudentes y sería, como mínimo, arriesgado dar por hecho que el PP empezó un declive imparable, al tiempo que Ciudadanos está llamado a ir a más y a convertirse en el gran partido del conservadurismo en España. No olvidemos que, en su momento, UPyD, al decir de muchos analistas, llevaba camino de convertirse en una formación política decisiva en toda España, y a la vista está lo que sucedió.

Desde luego, si se tiene en cuenta el dato estadístico de la franja de edad de la mayoría de los votantes del PP, no sería descabalado aventurar que, sin tardar, el PP irá menos. Ello por no hablar de los continuos escándalos de corrupción que lo salpican, de los que, por cierto, se habla mucho menos a resultas, sobre todo, de la situación política catalana que viene acaparando incesantemente la mayor atención mediática.

A decir verdad, resulta harto paradójico que, para el PP, el conflicto catalán sea a un tiempo un bálsamo que hace de tapadera de sus episodios de corrupción y que, por otro lado, ponga de manifiesto un declive que lo acaba de convertir en un partido residual en Cataluña. Salvoconducto y, al mismo tiempo, condena. ¡Qué cosas!

Y, en lo que respecta a Ciudadanos, quienes dan por hecho que este partido tendrá un crecimiento exponencial, a partir de su indiscutible éxito en las elecciones catalanas, deberían ser también prudentes. Rivera no es Arrimadas.

Dicho esto, no se puede perder de vista que la formación naranja supone, entre otras cosas, un cambio generacional y que, en el supuesto de que llegase a convertirse en el partido conservador de referencia en España, se pondría fin a algo muy atípico, pues los grandes partidos de la derecha europeos no fueron fundados por exministros de regímenes totalitarios, tal y como viene sucediendo hasta ahora en España.

Por otra parte, estando muy claro que, en lo referente a políticas territoriales, Ciudadanos no es hasta el momento un partido dado a componendas, como las que tuvieron y sostuvieron en su día el PSOE y el PP, habría que saber con precisión y claridad si sus planteamientos en materia socioeconómica y educativa difieren o no significativamente del PP.

¿Es coherente que Ciudadanos, sosteniendo un discurso contundente contra la corrupción, sea el principal apoyo del PP en el ámbito estatal?

En definitiva, hacer profecías es muy fácil, pero también resulta muy arriesgado.

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