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¿Javier Fernández se atrinchera?

La FSA confirma la celebración del 32 Congreso Autonómico para los días 29 y 30 de septiembre y 1 de octubre

No deja de ser paradójico que Javier Fernández, al mismo tiempo que proponía un pacto de las fuerzas de izquierda basado en siete posibles acuerdos, resolviese la última dimisión de su Gobierno nombrando a uno de sus más fieles colaboradores. Y, a decir verdad, todo parece indicar que el actual Presidente de Asturias se atrinchera no sólo frente a la oposición política, sino también ante la nueva etapa que se abre en su partido tras las últimas primarias en las que se reeligió al secretario general.

Y, por otra parte, ante las semblanzas que se están escribiendo sobre la consejera dimisionaria y su sustituto, lo que más llama la atención, lisonjas aparte, es que, por un lado, no se haga balance de la gestión de doña Belén y que, por otro lado, se dedique mucho espacio a la trayectoria de Lastra que a los retos que tiene por delante su consejera. Tales ausencias pueden obedecer al hecho de que ya estamos ante el final de un periodo en el que, más que los balances, lo que en verdad tiene peso son las incertidumbres.

La ex consejera en todo momento fue fiel a sí misma y se caracterizó, sobre todo, por adoptar una postura de defensa férrea de una gestión que siempre tuvo flancos y frentes que, sin embargo, no la llevaron nunca ni a la autocrítica ni tampoco a la rectificación. Rocosa y resistente doña Belén, con decisiones muy arbitrarias y laxas en asuntos medioambientales, que hacían albergar muchos temores ante los poderes que concentraría en su persona en ese proyecto de la Asturias metropolitana.

Y, en cuanto a Fernando Lastra, a quien no se le puede negar su habilidad como buen parlamentario, así como sus capacidades organizativas, todo parece indicar que su papel será mucho más político que técnico y que su presencia en el Gobierno autonómico servirá para que don Javier se sienta más reforzado en su última etapa.

Javier Fernández, pues, se atrinchera, sabedor de que, en lo que toca a su gestión al frente del Gobierno asturiano, no le tocará sufrir embestidas por parte de las personas que están al frente del partido. Sabedor también de que tendrá que tragarse muchos sinsabores en el día a día, sinsabores que tendrán que ver con el continuo flujo de noticias acerca del “caso Hulla”, que tendrán que ver con la polvareda mediática que se levante cuando se conozcan las sentencias del llamado caso Renedo, que tendrán que ver con las planteamientos de la nueva dirección socialista que colisionan con sus convicciones más arraigadas en materia de política territorial.

Todo ello tras la convulsa etapa al frente de la gestora del PSOE, todo ello tras la caída de uno de los principales mitos de la FSA, esto es, de Maese Villa.

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¿GIRO A LA IZQUIERDA O CEREMONIA DE LOS ADIOSES?

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¡Cuánto daría de sí un análisis perspicaz del lenguaje gestual de Javier Fernández en el último pleno de la Junta! Mientras, hacía su propuesta de «pacto de izquierdas», planteando un número de acuerdos nemotécnico, esto es, siete, faltaban pocas horas para que se hiciese pública la ‘dimisión’ de Belén Fernández y para que uno de sus hombres de máxima confianza pasase del Parlamento al Gobierno, o sea, Fernando Lastra, que se encargará de la consejería a la que le toca gestionar los asuntos medioambientales y las infraestructuras. Seguro que su pulso no temblará.

Atrás se quedó la etapa al frente de la gestora del PSOE. Atrás se quedaron también aquellos años de vino y rosas en los que en la FSA las discrepancias, como mucho, eran anecdóticas. En el momento presente, la militancia socialista asturiana se pronunció mayoritariamente en contra de la candidatura preferida de don Javier. Otro PSOE, pero, sobre todo, otro tiempo.

Y, en esa cuenta atrás nunca reconocida explícitamente, don Javier fue fiel a sí mismo, repitiendo su voluntad de pactar con las fuerzas de la izquierda asturiana, aun a sabiendas de que el entendimiento con Podemos es poco menos que imposible, aun a sabiendas de que, a pesar de la buena voluntad de Llamazares, hay cosas que la coalición de izquierdas no puede apoyar.

Vayamos, telegráficamente, a los siete pactos: presupuestos, fiscalidad, regeneración, área central, demografía, política estatal y la situación en el Ayuntamiento de Gijón. En cuanto al primero, hay una experiencia reciente de fracaso; sobre la fiscalidad, lo acordado con el PP acerca de la rebaja del impuesto de sucesiones hace difícil considerarlo viable. Sobre la llamada área central, habría que ser más ambiciosos, buscando un pacto más amplio, y no perder de vista que tal cosa no podría acarrear el abandono de las restantes comarcas. En el asunto demográfico, el declive es imparable en los últimos años y habría que concretar si existe un proyecto más allá de declaraciones retóricas. ¿Y qué decir en torno a la regeneración de la vida pública? Habría que preguntarse hasta dónde está dispuesto a llegar el presidente en asuntos como las puertas giratorias, las sinecuras, los nombramientos a dedo, y un largo inventario de asuntos que, sin ser ilegales, habría serios reparos que oponer a su supuesta legitimidad.

Que Moriyón sea la regidora de Gijón es algo que no soportan ni la FSA ni el propio don Javier. ¿Pero hay argumentos para demostrar que, en lo social, sería más avanzado e igualitario un equipo de gobierno liderado por el candidato socialista? ¿Estaría dispuesto Fernández a tener la misma generosidad que demostró Taboada en Oviedo, o sea, a que gobernase la izquierda, aunque no fuese el grupo municipal de la lista más votada? O sea, una declaración de intenciones, «sin esperanza, con convencimiento», parafraseando al poeta.

Y, por otro lado, le tocó una crisis en el Gobierno autonómico, con dos consejeros dimitidos.

En medio de todo esto, declaración de intenciones que no puede ocultar una sensación de cuenta atrás con su hartazgo y agotamiento.

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A propósito del concejo de Salas

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La presidenta del Foro Asturias, según leo en EL COMERCIO, se personó por estos parajes para anunciar una enmienda de su partido a los Presupuestos Generales del Estado encaminada a que se pongan de nuevo en marcha las obras del tramo entre Cornellana y Salas perteneciente a la autovía del Occidente. Conviene recordar que las tales obras llevan paralizadas desde julio de 2010, cuando Pepiño Blanco vino a inaugurar el tramo Grao-doriga y, de paso, mandó parar. (Entre paréntesis: nunca olvidaré que, tras el ceremonial de cortar la cinta, el entonces diputado socialista en la capital del Reino, don Álvaro Cuesta, escanciaba sidra con entusiasmo para el entonces ministro de Fomento).

Así pues, de llevarse a cabo esa reanudación del tramo referido, se haría tras siete años de parálisis, tras siete años de bajón demográfico en el concejo de Salas, tras siete años de abandono no solo en la infraestructura de la que venimos hablando.

El concejo de Salas, al que, como ya tengo escrito, no se le incluye ni en eso que llaman «área metropolitana» de Asturias, ni tampoco en el plan del Suroccidente, continúa siendo el fiel reflejo de la particular geografía del abandono que viene sufriendo el Occidente de Asturias desde hace Dios sabe cuántas décadas.

Esta autovía del Occidente que, teóricamente iba a estar en servicio en 2009, era el instrumento perfecto para que, de un lado, el municipio de Salas se acercase al área central, y también para vertebrar las comunicaciones en el Occidente de Asturias. Pero, como se sabe, los retrasos no hicieron más que incrementarse, y, en el mejor de lo casos, podría estar terminada en su totalidad en 2020, o sea, once años de retraso. No me negarán que no está nada mal.

En fin, hablamos de  años y años de retraso, que, en realidad, son muchos más si se piensa en que el proyecto de esta autovía tendría que haberse puesto sobre el tapete mucho antes, lo que, sin ser la panacea para resolver todos los problemas, hubiera evitado tanta despoblación, tanto abandono y tanto declive.

Como coda, una pregunta a todos los grupos parlamentarios de la Junta: ¿Les parece de recibo a todos ustedes que el concejo de Salas, grande en extensión y en recursos, se quede en tierra de nadie, que sus habitantes sean, no ya de segunda, sino de tercera, al no estar incluido en ningún proyecto?

¿Alguien se atreverá a responder?

Prometo estar muy atento.

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¿Un “nuevo” PSOE?

«Con el comienzo de la década de los 80, los socialistas estrenaron un nuevo lenguaje político, cuyos conceptos claves no eran ya la clase obrera como sujeto histórico, el socialismo como nueva sociedad ni la República federal como forma de Estado, sino la modernización de la Administración pública, la consolidación de la democracia y la redistribución de la riqueza». (Santos Juliá).

En el 39º Congreso del PSOE, las viejas glorias del felipismo se quedaron fuera de juego y, con ellas, Susana Díaz, que basó su candidatura a las primarias en la continuidad de las políticas que se fueron llevando a cabo en los 21 años de gobiernos socialistas. Hay otra razón más para hablar de «un nuevo» PSOE, y es el cambio generacional.

En la opinión pública, se da por hecho que el centro izquierda se quedará atrás y que se apostará, nítidamente, por políticas de izquierda. Primero, habría que ver si don Pedro tendrá la oportunidad de llevarlas a cabo. Y, en segundo lugar, no hay que perder de vista que el flamante e indiscutible ganador de las primarias se fue escorando a la izquierda tras los resultados de las pasadas elecciones generales de junio. Hasta entonces, se había venido decantando por lo políticamente correcto.

Este partido dejará de estar en manos de baronías y de notables y tendrá un protagonismo muy grande la militancia. Y hay una importante lección aprendida: hacer políticas de derechas con siglas de izquierdas es un salvoconducto a la irrelevancia, tal y como acaba de suceder en Francia.

Ante el problema catalán, que se vino incrementando desde el famoso Estatuto que tumbó el Constitucional, hace falta, sobre todo, plantear propuestas a la ciudadanía de ese territorio que, mayoritariamente, está votando a partidos independentistas. Lo que Pedro Sánchez propone es la famosa declaración de Granada. No sé si podría servir como punto de partida, pero sospecho que es momento de concreciones y no de generalidades, y que el mencionado problema les viene demasiado grande a los políticos actuales.

Cunde el escepticismo cuando se ve que entre las personas de confianza del nuevo secretario general, hay también profesionales de la política que no destacaron precisamente por discursos brillantes ni tampoco por una coherencia a prueba de hemeroteca. Sin ir más lejos, podríamos poner como ejemplo a más de una persona del PSOE de Asturias que forman parte de la nueva Ejecutiva.

Y, al final, si el PSOE quiere recuperar la credibilidad perdida y paralizar su continuo declive, no necesita extremismo alguno, sino claridad, coherencia y proyecto de país, partiendo de planteamientos irrenunciables en una formación que se reclama de izquierdas: combatir desigualdades, ahondar en derechos y libertades y redefinir la vertebración territorial de España, eliminando privilegios, también en ese sentido.

No nos confundamos, aquí no hay un nuevo ‘largocaballerismo’, sino un cambio generacional, que está por ver si cumple su misión, o si va a ser una decepción más.

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Tras la moción de censura

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Irene Montero, desde la indignación, desplegó todos sus argumentos para dejar claro que el PP, salpicado de continuo por casos de corrupción, no debe continuar en el Gobierno. Pablo Iglesias, además de abundar en lo mismo, planteó las líneas básicas de lo que sería su proyecto de país. Además, se percibió claramente una diferencia en el tono. Pasaron de la asamblea o el mitin al discurso parlamentario propiamente dicho.

Y, a la hora de valorar lo que supuso la moción de censura, es obvio que no se trata de considerar que fracasó por el hecho de haber cosechado muchos menos votos a favor que en contra. Lo que hay que preguntarse es si el líder de Podemos se ha ganado mayor confianza entre la ciudadanía.

Por otro lado, el señor Ábalos no solo no defraudó, sino que además sus planteamientos acerca de la Transición facilitaron un debate muy necesario, precisamente en un momento en el que se cumplen cuarenta años de aquellas primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. No le faltó razón cuando habló de lo que era el afán de aquel momento: la necesidad de reconciliación de aquellas dos Españas de las que había hablado Machado en un memorable poema, poema que, por cierto, citó. Distinta cosa es que, a pesar de aquel afán de reconciliación, sin duda alguna necesario, el sistema político que se vino construyendo haya permitido la desafección política que ahora padecemos, así como un desprestigio creciente de la mal llamada clase política. Y, por otra parte, ni el señor Ábalos –ni ningún líder socialista– puede desconocer que el PSOE permitió y alentó una forma de hacer política que, en determinados episodios, trajo corrupción y enfangó la vida pública. No lo pueden desconocer, pero tampoco es previsible que lo reconozcan.

En otro orden de cosas, cuando tuvo lugar el enfrentamiento dialéctico entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, se confirmó una vez más la falta de entendimiento entre los dos líderes de los partidos que, sobre el papel, encarnan la nueva política, por mucho que compartan la urgencia de regenerar nuestra vida pública. Va en el guion que no se pongan de acuerdo en cuestiones socioeconómicas, pero cabría esperar que hubiese una mayor sintonía frente a la llamada vieja política.

Por último, la intervención del señor Hernando no solo fue inoportuna, sino que contribuyó a agriar y a crispar innecesariamente. Su falta de elegancia solo puede volverse en su contra. ¿Tan difícil es mantener las formas?

Tras la moción de censura, se intuye un mayor entendimiento entre el PSOE y Podemos a la hora de hacer frente al PP, lo que no significa que desparezcan los recelos y los antagonismos entre dos partidos que compiten por los votos del mismo espectro político. Y se pone también de manifiesto que toca hacer propuestas para intentar desbloquear los abismos que hay en lo que se refiere a la vertebración territorial del país.

No fue solo circo. Y tampoco cabria hablar de éxito, pero sí de expectativas.

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A propósito de Juan Goytisolo

Juan Goytisolo, fotografiado en la Biblioteca Nacional dos días antes de recibir el Premio Cervantes de manos de los Reyes en 2015 (abajo). «Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo», leyó en su discurso al recoger el galardón, que cerró con un «digamos bien alto que podemos».

Más allá de los tópicos que se vienen publicando a raíz de la muerte del autor de “Señas de Identidad”, acaso convenga recordar que, por mucho que se apure y se sintetice una necrológica, conviene no dejar en el tintero aspectos que, además de ser relevantes, dan cuenta de lo más genuino de una obra literaria.

Y es que no sólo estamos hablando, como tanto se insiste, de uno de los principales novelistas que en los años sesenta hicieron profundos cambios en las técnicas narrativas, sino que hay otras cuestiones en la obra de Goytisolo  que no tienen menor transcendencia. Y, por otra parte, cuando se habla de su pensamiento  parece no tenerse en cuenta que no es algo monolítico y firme. Pero vayamos por partes.

Por ejemplo, hay un libro suyo, “La Chanca”, que data de 1962, pero que no se publicó en España hasta casi 20 años después, concretamente, hasta 1981. De “La Chanca”, habría que destacar no sólo la deslumbrante belleza de muchas descripciones, sino también la denuncia de la miseria que se sufría en la España de los años sesenta, concretamente, en la provincia de Almería. Goytisolo denuncia y, al mismo tiempo, no renuncia a una voluntad de estilo que recorre este libro de principio a fin. Miseria de un territorio que hoy vive tiempos muy distintos.

Por otra parte, sin que ello suponga menoscabo alguno para la importancia de su talla como literato, hay que decir que, en lo que se refiere al cultivo de las nuevas técnicas narrativas, el escritor que nos ocupa no sólo no fue el único en ponerlas en práctica, sino que acaso haya que plantear que tampoco nos encontramos ante el novelista más importante en cuanto a esas innovaciones tan decisivas en el género. Y habría que añadir a este respecto que la principal aportación de la novela “Señas de Identidad” no radica en esas nuevas técnicas narrativas, sino en la ruptura social y cultural del autor con su entorno catalán, así como con la clase social a la que pertenecía, novela de búsqueda individual y colectiva, que, a su vez, sería susceptible de incorporarse al manido “tema de España” de nuestra literatura contemporánea.

Y, en otro orden de cosas, cabría hablar también del atractivo que para Goytisolo supusieron determinados literatos que cabrían ser insertados en lo que en su momento Menéndez y Pelayo definió como “heterodoxos”.

En este sentido, la “Reivindicación del Conde don Julián” no sólo es una original interpretación del personaje histórico, sino que, entre digresión y digresión, aprovecha para arremeter contra figuras como Unamuno y Ortega, a los que somete a críticas muy severas.

Y, siguiendo con su pasión por la heterodoxia, habría que referirse también a lo que Goytisolo escribió sobre Blanco White(1775-1841), un escritor español que se mostró comprensivo con los movimientos independentistas que empezaban a brotar en lo que entonces se llamaban colonias de Ultramar.

Y, más tarde, el encuentro entre Américo Castro y Goytisolo, cuyo epistolario fue publicado por la editorial Pre- Textos, tiene un enorme interés y demuestra  la admiración que nuestro novelista sintió hacia una de las principales figuras que estudiaron a fondo nuestra historia desde una pasión intelectual que, al mismo tiempo, sobrecoge y deslumbra.

Y, en 2004, se produce el último gran encuentro de Goytisolo con la heterodoxia, al publicar un ensayo sobre Azaña, titulado “El Lucernario” y que tiene como subtítulo “La pasión crítica de Manuel Azaña”, cuyas tesis, a decir verdad, no son originales, pero que, a pesar de ello, se trata de una reivindicación justa y lúcida de la gigantesca talla intelectual de una figura histórica que sigue siendo odiada por el más rancio reaccionarismo español y que, por otro lado, continua siendo, en lo que a su pensamiento se refiere, un desconocido en la España de hoy a resultas de una amnesia fraguada y programada desde antes de la muerte del dictador.

Y, en otro orden de cosas, no hay que perder de vista que Goytisolo fue también un excelente escritor de periódico, que publicó artículos memorables sobre lo que dio en llamar la censura comercial, y que se pronunció con frecuencia sobre el mundo árabe, sin ocultar su pasión por Marruecos, y –todo hay que decirlo- sin analizar con la profundidad que cabría esperar la barbarie de un terrorismo que nos sigue amenazando y conmocionando.

En definitiva, no hay que quedarse, a mi juicio, con el topicazo de un novelista técnicamente innovador, sino con el conjunto de una obra que, por otro lado, tiene sus desequilibrios, pues publicó en los últimos años novelas que nada aportaron.

En todo caso, su pasión por la heterodoxia, la calidad de novelas como “Señas de Identidad”, su faceta polemista como escritor de periódicos, su lucha por la paz y su inconformismo permanente hacen de Goytisolo un escritor imprescindible y con muchas aristas.

Los tópicos en las necrológicas de urgencia son tan inútiles como empobrecedores.

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