El Comercio
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De los particularismos al fatalismo
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-08-2016 | 10:56| 0

«Tarde o temprano en la vida, todos nos sentamos en un banquete de consecuencias» (Robert Louis Stevenson).

Estaría bien que nos preguntásemos qué se dirá en el futuro del momento que vive la vida pública española, momento en el que los particularismos han llegado al extremo de un fatalismo enfermizo e irrespirable. Al tiempo que don Mariano se atrinchera en la Moncloa, se nos sirven en bandeja sondeos que dejan claro que otra convocatoria electoral arrojaría unos resultados no menos complejos que los de ahora. Así es que el callejón sin salida está servido.

Sobre la mesa, no hay proyectos de país para ser discutidos. Tampoco hay llamamientos a que se alcancen acuerdos de mínimos para que esto empiece a andar. Éste es un juego de birlibirloque en el que los principales actores se reprochan entre sí que no hay coordinación para la función comience.

Aquí hay un presidente en funciones que lo deja todo en interrogantes. Por su parte, contamos con una izquierda desnortada que aún no se repuso del resultado electoral. Por su lado, las formaciones nacionalistas están más desconectadas que nunca de un proyecto común. Sin embargo, nadie parece querer percatarse de que, aun en el supuesto de que llegase ese acuerdo de Gobierno, todo apunta a que la situación de parálisis estaría muy lejos de conjurarse, porque habría que pactar presupuestos, habría que elaborar un nuevo sistema educativo, habría que buscar acomodo al llamado problema territorial, habría que afrontar la crisis, habría que garantizar las pensiones, y así un largo etcétera.

Y lo cierto es que, dejando de lado la incapacidad de la mayor parte de los dirigentes políticos de este país, tampoco se les ve voluntad de trabajar por esos grandes acuerdos que la sociedad necesita.

Demasiada mediocridad, excesivos sectarismos. Alguien debería darse cuenta de las exigencias del momento. Alguien tendría que ser consciente de que la existencia de un Gobierno no es en estos momentos garantía de nada. Me refiero a los notables que firman manifiestos pidiendo que se deje gobernar a Rajoy.

Ni el mismísimo doctor Pangloss contemplaría la posibilidad de que, de repente, don Mariano se convirtiese en un político capaz de generar acuerdos entre diferentes fuerzas políticas. Por eso, sin perder de vista que fue el candidato más votado en las elecciones de junio, tampoco debe soslayarse que el actual presidente es parte –y no pequeña– del problema.

Miren, en un momento en el que languidece un sistema político cada vez más aquejado de endogamia y mediocridad, cada vez más alejado de la meritocracia, los líderes políticos en su mayoría se aferran a sus privilegios y a sus coros y danzas, defendiendo una plaza asediada. Por eso van de los particularismos a un sectarismo que los acabará vampirizando y destruyendo.

Este país no se repone de los continuos y crecientes mazazos morales que viene sufriendo con una corrupción galopante y con una mediocridad nociva. Ya no es desafección, lo que esto alcanza es el peor de los fatalismos, es resignarse a lo irremediable.

Escalofriante.

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En la muerte de Gustavo Bueno
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-08-2016 | 03:28| 0

Siendo adolescente, cuando oí hablar por vez primera de Gustavo Bueno, su nombre infundía respeto. Se decía que su saber era enciclopédico y que las clases que impartía despertaban un interés que iba mucho más allá de una mera sesión docente.

Más tarde, me hablaron de un libro suyo que tenía por título “Ensayos materialistas”, cuya lectura obligaba a continuas idas y venidas por todo tipo de referencias. Era la época en la que se acostumbraba a leer entre líneas, y aquello fue muy interesante. Me adentré también en la lectura de su polémica con Manuel Sacristán acerca del papel de la filosofía.

Con él, iban siempre la polémica y la erudición. Y, por otro lado, en aquellos primeros años setenta, se consideraba  que Gustavo Bueno era un filósofo muy heterodoxo con respecto al régimen imperante, y, en Oviedo, se hablaba de él, a un tiempo, con sigilo y admiración.

No me tocó la época de aquel plan de Filosofía y Letras en el que su asignatura era común, y, por tanto, no asistí como alumno a sus clases, si bien acudí a muchos actos públicos en lo que intervenía el filósofo que acaba de fallecer, filósofo que fue construyendo un sistema que a día de hoy cuenta con su prestigio y seguidores.

Por otra parte, en una trayectoria tan dilatada como la suya, hay varios puntos de inflexión, no sólo en su obra publicada, sino también en su vertiente pública como filósofo mundano. Estudiosos hay de la obra de Bueno más estrictamente académica, como también hay seguidores suyos que avalaron sus posiciones en la vida pública siguiendo siempre la estela de su admirado maestro.

Cierto es que aquella izquierda que lo admiró tanto no dejó de ser objeto en su momento de planteamientos muy críticos por parte de Bueno. Cierto es que dio mucho que hablar su libro “El Mito de la izquierda”, con postulados que desconcertaron a muchos de los que le consideraban una referencia de primer orden. Cierto es que no pasó inadvertido el apoyo que tuvo por parte de Gabino de Lorenzo, así como los elogios mutuos entre ambos.

A partir de los años 90, Bueno se afanó mucho por ocuparse de temas y asuntos candentes, así como por mostrarse combativo contra todo aquello y contra todos aquéllos que se decantasen por discursos nacionalistas con planteamientos muy alejados, cuando no contrarios, a la unidad territorial de este país. En el ámbito llariego, su postura acerca de la llingua asturiana también fue muy clara y nunca estuvo exenta de polémicas, a veces estridentes.

Acaba de fallecer un filósofo que no sólo no rehuyó la polémica, sino que además la fomentaba. Nada humano, en la vida pública asturiana y española, le era ajeno.

Por otra parte, Bueno manejaba con destreza la lógica a la hora de triturar argumentos más o menos comunes. Y tengo para mí que se expresaba con mayor claridad en el debate público, en la conferencia que por escrito.

Y, tras la fase de las hagiografías, inevitable en estos casos, quedará su obra, su sistema filosófico, sin duda, con enorme potencialidad.

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Los centellazos de Álvarez-Cascos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 07-08-2016 | 03:48| 0

Álvarez-Cascos acusa a Montoro de aplicar con Asturias «la ley del embudo»

Cascos nos lleva, más que de sorpresa en sorpresa, que también, de centellazo en centellazo. Tras una victoria política memorable para un partido recién fundado, en menos de un año de Gobierno, adelantó las elecciones. Tras haber hecho una oposición incisiva durante los tres siguientes años, decidió no encabezar las listas de Foro Asturias en los comicios de 2015. Tras el batacazo que sufrió Foro, en los susodichos comicios, su formación política, con el visto bueno del patrón, decidió pactar con el PP, ello a pesar de la extrema dureza de sus discursos en los últimos años contra el partido en el que había militado hasta 2011. El tortuoso y estridente regreso a la política de Álvarez-Cascos es uno de los episodios más llamativos, sociológicamente hablando de nuestra tierra.

Y, hete aquí, que, de repente, reaparece y despotrica contra los ediles valdesanos de Foro Asturias que decidieron abandonar el partido. Pero la cosa no se queda en una mera reprimenda doméstica. Por un lado, carga las tintas contra Montoro. Recordemos que estamos hablando del mismo ministro que amenazó con intervenir Asturias en los últimos días del Gobierno de Cascos. Y, por otro lado, en sus últimas comparecencias don Francisco tampoco se ahorró invectivas contra Javier Fernández.

Los centellazos de Álvarez- Cascos. ¿Se imaginan lo tortuosos y tormentosos que serían para el señor Fernández los plenos en la Junta teniendo que vérselas, al mismo tiempo, con Emilio León y con Cascos? ¿Soportaría nuestro mandamás autonómico las invectivas que le caerían por uno y otro lado?

Porque las andanadas que recibiría de Cascos seguramente no versarían, en su mayor parte, acerca de los impuestos y del gasto público en servicios, sino que tendrían mucho más que ver con la ineficacia del Gobierno autonómico y con la imparable decadencia de esta tierra, ello a pesar de que don Javier prometió luchar por convertir a Asturias en la Alemania hispana. ¡Ay!

Los centellazos de Álvarez-Cascos. Decibelios excesivos, incoherencias manifiestas, espantadas memorables. Aun así, barrunto que, de vez en cuando, para salir del tedio, se decide a animar el cotarro, mandándole recados a Montoro y recordándole a Javier Fernández datos demoledores.

Y lo dicho: Tiene que ser inconmensurable el alivio que siente don Javier con la ausencia de Cascos en la Junta. A Cherines la ve venir. A Cristina Coto la ningunea. Ya se tambalea su ánimo bastante con las críticas que le hacen desde Podemos.

Si a esto se añadiese Cascos con sus diatribas, me pregunto hasta dónde, hasta cuándo y hasta qué podría mantener su templanza don Javier.

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SOBRE ‘LAS TRECE ROSAS’ Y LA MEMORIA
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-08-2016 | 05:47| 0

«Procuremos que la memoria colectiva sirva para la liberación de los hombres y no para su sometimiento» (Jacques Le Goff).

El 5 de agosto de 1939 fueron fusiladas estas trece mujeres a las que en muchos lugares de nuestro país se rinde homenaje. Hablamos de un tiempo en el que la represión era feroz y cruel. Hablamos de un país que, en aquella guerra, perdió lo mejor que tenía, bien camino del exilio, también interior, de la cárcel o del paredón. Hablamos de una memoria que no sólo se pretendió tergiversar y enmudecer durante la dictadura, sino que, incluso en el momento presente, hay quienes aducen que recordar aquellas cosas sólo puede obedecer al resentimiento y al rencor. Hablamos de un país que todavía tiene muchas cuentas pendientes con esa memoria que se pretendió sepultar.

¿Rencor? ¿Resentimiento? ¿Es que se va a negar el derecho, individual y colectivo, a recordar a quienes consideramos nuestros? ¿Es que se va a negar el derecho a homenajear a quienes, en muchos casos, forman parte de nuestros genes, a quienes representan un ejemplo a seguir para determinados ideales?

Y, cuando no se ponen por delante planteamientos que hablan del rencor o resentimiento, por no decir venganza, se arguye que ya es tiempo de reconciliación, que hay víctimas de la Guerra Civil en todo el espectro ideológico y que lo mejor es olvidar. ¿No se quiere caer en la cuenta, cuando se manifiestan estas cosas, de que el culto y el respeto a los antepasados es algo que se remonta al mismo origen de la humanidad y que recordar a determinadas personas es la única forma de dar sentido a sus luchas, a su afanes, a sus desvelos? Convendría reparar en estas palabras de Todorov, pertenecientes a su ensayo ‘Los abusos de la memoria’: «Los individuos y los grupos tienen el derecho de saber; y por tanto de conocer y dar a conocer su propia historia; no corresponde al poder central prohibírselo o permitírselo».

‘Las trece rosas’ y la memoria. ¿Es de recibo que, dependiendo de la adscripción ideológica de las víctimas de la Guerra Civil, haya habido quienes merecieron todo tipo de honores y martirologios, pero que, si se trata de personas de izquierdas, de personas que perdieron la guerra, su mera mención suponga resentimiento, venganza o rencor? ¿Alguien tuvo a bien pensar que la palabra ‘mártir’, semánticamente, remite a ‘testigo’? ¿Existe el derecho a negar a algunas personas el mero hecho de haber nacido, tal y como planteó en su momento una autoridad franquista a la hora de negar la presencia en el Registro Civil del político republicano Casares Quiroga?

Bendita memoria, bendita libertad. Que cada cual homenajee y recuerde a quien desee. Pero, por favor, en un Estado supuestamente democrático como el nuestro, ya es hora de que se haga frente con argumentos contra quienes pretenden silenciar las atrocidades de una de las dictaduras más largas del siglo XX.

Bendita memoria que nos hace conocer y rendir homenaje a unas mujeres que fueron víctimas del horror de una dictadura y que siempre serán recordadas por encarnar, en el sentido más trágico de la expresión, lo mejor de nosotros mismos, esto es, la lucha por la justicia y la libertad.

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PP y PSOE: Vieja política en estado puro
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Luis Arias Argüelles-Meres | 04-08-2016 | 13:04| 0

«Una máxima brechtiana: no fundarse en lo bueno de antes, sino en lo malo de ahora». (Walter Benjamin).

Rajoy, tras la entrevista con Pedro Sánchez, se muestra plañidero, al tiempo que advierte que, sin el ‘sí’ del PSOE, se abriría el abismo de una nueva convocatoria electoral adelantada. Por su parte, el líder del PSOE manifiesta que quiere ser la oposición y, ante todo y sobre todo, que la izquierda es él. ¿Se puede dejar más claro que, tanto el PP como el PSOE se aferran al asidero de la vieja política, actuando como si el resto de los partidos de ámbito estatal no existieran?

PP y PSOE, vieja política en estado puro. El primero, lanzando un SOS envenado al segundo: ‘o me apoyas o tú serás el responsable del caos que se avecina’. El segundo, lejos de adecuarse a la nueva situación y de buscar, al menos por ahora, otras alternativas, está en un discurso muy bipolar, diciéndole al PP: ‘no te apoyaré en la investidura, pero quiero ser la oposición única al Gobierno que tú formes’. Todo un laberinto.

¿Y qué hace, frente a todo esto, la nueva política que en teoría representan Podemos y Ciudadanos? ¿Cómo es posible que estos dos partidos ni siquiera expliquen a la ciudadanía qué es aquello que los une frente a la vieja política?

En cuanto a la formación morada, cierto es, como ya escribí más de una vez, que el señor Iglesias hizo demasiado el payaso desde diciembre a esta parte, mostrando, sin pudor, un egocentrismo desmesurado y dando unos bandazos en su discurso que nos hicieron recordar a Zapatero, al que, por cierto, aduló en la pasada campaña de un modo tan asombroso como hilarante. A ello habría que sumarle episodios de incoherencia de algunos de sus principales dirigentes.

Por otra parte, el señor Rivera, sobre el papel, tiene muy fácil mostrarse ante la ciudadanía como un partido conservador de este tiempo, diferenciándose muy claramente de un PP fundado y refundado por un exministro franquista, y que, en pleno 2016, no es ni siquiera capaz de desmarcarse sin tibiezas de la dictadura y del dictador. En este sentido, el PP es una excepción en toda Europa, como partido conservador más o menos hegemónico. Siendo esto así, ¿cómo es posible que Ciudadanos no se gane la confianza de los votantes conservadores?

¿No quieren avenirse Podemos y Ciudadanos a comparecer ante la sociedad española como los partidos que encarnan la nueva política y que tienen en común una apuesta inequívoca por la regeneración democrática en España? ¿No son capaces de percatarse de que esta batalla, por el bien de la nueva política, deberían librarla juntos?

Mientras Podemos manifieste que considera a Ciudadanos una especie de marca blanca del PP, al tiempo que el partido del señor Rivera plantee que la formación morada es un foco de extremistas que idolatran a Chávez, más que combatirse entre sí, lo que hacen estas dos formaciones es fortalecer la vieja política.

PP y PSOE, vieja política en estado puro. Para el primero, todo debe seguir igual, como si la nueva política, a pesar de todo, a pesar de sí mismos también, no hubiera llegado. Para el PSOE, a pesar de haber propiciado la privatización de las cajas de ahorro, de haber sido pioneros en la reforma laboral y en los recortes, de seguir apostando por favorecer el negocio de la llamada enseñanza concertada, no hay otra izquierda que la que ellos representan.

Si esto no es vieja política, que resuciten Cánovas y Sagasta y que lo desmientan.

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Cecilia y nuestra educación sentimental
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Luis Arias Argüelles-Meres | 03-08-2016 | 02:48| 0

En aquel año 76 en el que Patxi Andión publicaba acaso el que fue su mejor disco, “Tabaco y Oro”, Cecilia fallecía en un trágico accidente un dos de agosto. En aquel año 76, de esperanzas y miedos, en el que este país salía de un letargo que se había hecho eterno, se apagó la vida de una cantante que forma parte de la educación sentimental de al menos dos generaciones.  Aquel dos de agosto de 1976, no sabría precisar con exactitud a qué hora de la tarde, tuve noticia por la radio, mientras viajaba en el coche, camino de Lanio, concretamente en el tramo entre Trubia y Vega de Anzo, del accidente que le costó la vida a Cecilia cuando recorría el país de concierto en concierto.

 Tiempo de cantautores, de aquella canción protesta que, al lado de grandes luces, también tuvo sus sombras de pose e incoherencias. Un verano, el del 76, en el que se anunciaba “un otoño caliente” a resultas de una multitud de conflictos laborales. Un verano en el que Adolfo Suárez acababa de estrenarse como Presidente del Gobierno, y era todavía una incógnita. Un verano que fue un hervidero en lo que a las ansias de libertad se refería. Un verano de música y cine. Un verano a la expectativa de tantas y tantas cosas.
  ¿Pero quién era Cecilia? ¿Qué representaba en aquella España, tan convulsa como apasionada del 76? Ante todo, hay que decir que, según creo haber percibido en su momento, su público, tanto en lo generacional como en lo ideológico, era muy amplio. No era rechazada por las generaciones más maduras de entonces, ni siquiera por la mayoría de las gentes más tradicionales. Había puesto mucha ternura en una canción que hablaba de un cura muy tradicional, don Roque. Contaba una historia que, con toda seguridad, provocaba suspiros a muchas señoras de alto nivel social entradas en años. Hablo de “Dama, dama”.  Quería a su país, al decir una conocida canción suya, desde un innegable fatalismo que podía ser, como de hecho sucedió, altamente compartido.
  Por su lado, las generaciones que entonces suspirábamos por grandes cambios, veíamos en Cecilia a una cantante que no incurría en sentimentalismos hueros ni almibarados, que nada tenía que ver con la España cañí. Veíamos en ella a una joven que ponía voz a muchas cosas de aquel momento, sin recurrir a estridencias ni a panfletos.  Era una de las nuestras.
 Canciones de amor, letras pulcras, música muy de su tiempo. Desencuentros, como era inevitable, con la censura. Mientras, el país se despertaba ante unos horizontes inciertos. Mientras, se caían vendas, los tabús, en su mayoría, eran combatidos. Mientras, la música que venía de más lejos se iba incorporando a nuestro lenguaje, también corporal. Mientras, mi generación dejaba atrás una adolescencia que se nos hizo larga y nos asomábamos a una juventud que tendría tantas y tantas citas con el desencanto.
 Nos quedamos sin Cecilia, la perdimos y nunca dejamos de preguntarnos cómo hubiera evolucionado artísticamente. Cecilia y nuestra educación sentimental. Una España pulcra, sin charanga y pandereta. Una joven de 27 años que nos acompañó tanto y tanto.

Cecilia y nuestra educación sentimental, la cantante que, sin soñarla, soñó con nosotros, asomándose sin aspavientos a los abismos de nuestras vidas, a los precipicios y horrores de nuestra historia.

 Era verano, era un día luminoso. La noticia de su muerte me produjo una inquietante e indeseada soledad.
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¿Es Felipe González la reina madre del PSOE?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-08-2016 | 10:34| 0

«A un Gobierno encabezado por Felipe González se le exigía un proyecto regeneracionista basado en la conciencia cívica, la transparencia democrática, el imperio de la ley y la dignidad de lo público. Al socialismo en el poder se le exigía el ser ejemplarizante y educador en el sentido más amplio del tema. No lo fue»(Tom Burns Marañón).

Estaba cantado que Felipe González terminaría por sumarse a las voces que conminan a Pedro Sánchez a que facilite que Rajoy pueda gobernar. El mismo Felipe González que no hizo ascos a ser nombrado consejero de grandes empresas eléctricas. El mismo Felipe González que no se ruborizó a la hora de decir que habría que alargar la edad de jubilación. El mismo Felipe González que no vio con malos ojos un posible pacto entre el PP y el PSOE, pensando en el bien de España, claro está.

Desde luego, si el PSOE actual pretende de verdad abanderar la regeneración política, tiene muy difícil contar con Felipe González como reina madre, y no tanto por la deriva conservadora del expresidente, que no deja de acrecentarse, sino también y, sobre todo, porque en los últimos años de Gobierno de González el grado de corrupción al que se llegó en la vida pública fue bochornoso. Añádase a ello la incoherencia que suponen sus actividades internaciones y sus amistades por el mundo, que ciertamente no guardan gran congruencia con lo que se supone que representa un partido que se reclama de izquierdas.

Y es que, más allá de lo discutible que resulta su recomendación de que el PSOE deje gobernar a Rajoy, si este partido persigue, al menos, frenar su decadencia, necesita desmarcarse claramente del personaje del que venimos hablando, personaje que nos lleva episodios de corrupción política y terrorismo de Estado, episodios que, inexplicablemente, no pueden ser recordados sin recibir como respuesta que tales menciones obedecen al odio y al rencor.

Pero, claro, el problema es que existieron los GAL. Pero, claro, el problema es que don Mariano Rubio ingresó en prisión y que Roldán se dio a la fuga. El problema es que tales infamias tuvieron lugar, y recordarlas no es odio ni rencor, sino memoria, bendita memoria.

¿Es Felipe González la reina madre del PSOE? ¿Aceptan sus actuales dirigentes contar con semejante lastre? ¿No se dan cuenta, en ese caso, de que ello conlleva que el partido que en su día fundara Pablo Iglesias Posse seguirá de lleno en la vieja política y que, con ello, insisto, el declive del PSOE continuará imparable, permanezca o no don Pedro Sánchez como secretario general?

Por favor, reparen en el dato que voy a apuntar a continuación: según cuentan sus primeros biógrafos, la obsesión de Felipe González, tan pronto ganó las elecciones de 1982, era que no le sucediese lo que a Azaña, es decir, convertirse en un personaje odiado por la derecha, odio que aún permanece en el siglo XXI. Lo que hizo fue contentar a la derecha con la inmensa mayoría de las políticas que llevó a cabo. Y eso –¡ay!–, no le evitó el odio político y mediático del más rancio reaccionarismo español, sobre todo en sus últimos años de mandato. Al final, se comportó de tal guisa que recordaba mucho más a Lerroux que a Azaña.

¿Puede, así las cosas, el PSOE aceptar que este ciudadano siga siendo su reina madre?

 

*Luis Arias es autor del ensayo ‘La España descabezada’, libro que se ocupa del periodo comprendido entre 1982-1999.

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¿Acorralar al soldado Sánchez?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-08-2016 | 02:30| 0

«Destruye mis deseos, erradica mis ideales, muéstrame algo mejor y entonces te seguiré». (Dostoievski).

Miren ustedes por dónde, nunca me imaginé que llegaría a estar de acuerdo en algo con don Pedro Sánchez. Confieso que, cuando irrumpió en el escenario de nuestra vida pública, me daba la impresión de que estábamos ante un jefe de planta de una tienda de ropa y me lo imaginaba diciendo al cliente de turno que la corbata que acababa de probarse no sólo le daba prestancia, sino que además combinaba perfectamente con la camisa y la americana.

Miren ustedes por dónde, ante las continuas presiones mediáticas que sufre el soldado Sánchez para que, por pasiva, permita que don Mariano Rajoy nos gobierne, le doy la razón al todavía secretario general de un partido político que, en sus siglas, sólo en sus siglas, es de izquierdas. Y es que si da ese paso, no dejará ningún margen para la duda en el sentido de lo que es la vieja política, en lo referente a que al PP y al PSOE es mucho más lo que los une que lo que los separa. De eso, aquí en Asturias, sabemos un rato largo.

Cierto es que hay quienes acaban de descubrir de nuevo el Mediterráneo cuando argumentan que, para ejercer como principal partido de la oposición, tiene que haber Gobierno. Cierto es que, ante la fragmentación política existente, que muchos, por lo que parece, no han asimilado, más que de la oposición, habría que hablar, como tantas veces escribió Azaña, de ‘las oposiciones’, y cierto es que, si Rajoy acaba gobernándonos, cada partido tendrá que diseñar muy claramente qué tipo de oposición piensa plantear. En este sentido, tiene mucho camino por delante don Pedro Sánchez.

Pero, fíjense, el secretario general del PSOE tiene que hacer frente no sólo a manifiestos de notables (‘notables’ entre los que se encuentran veteranos dirigentes de su partido) que le piden que se abstenga para que gobierne don Mariano. Es que además también le ponen sobre la mesa del desayuno encuestas, que, por cierto, teniendo en cuenta lo que pasó el 26 de junio, lo demoscópico dista mucho de estar en su mejor momento. Y –no lo duden– también se unirán a estos coros voces que se atribuyan saber lo que piensan las llamadas instituciones europeas.

Acorralado el soldado Sánchez, mediática y políticamente, al tiempo que hay algo que en la opinión publicada apenas de habla de esto que sigue: la suma que obtendrían PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos no sólo desbarataría las posibilidades aritméticas que pudiera tener Rajoy de formar Gobierno, sino que además permitiría que, aunque fuese a trompicones, echase a andar otra forma de hacer política. Sería muy complicado que se formase un tripartito entre formaciones tan dispares que, además, colisionan en puntos claves de sus respectivos programas. Pero, como ya escribí, no puede ser imposible un acuerdo de mínimos para que la regeneración política sea una apuesta seria. Además, tampoco sería imprescindible que esos tres partidos formasen Gobierno. Podrían hacerlo dos de ellos, y el restante optar por la abstención. Y entonces no cabría el pretexto de que, ante todo y sobre todo, hay que facilitar la gobernabilidad de España, porque de tal guisa se abriría un cauce para ello.

De paso, el PSOE abandonaría con hechos la vieja política. De paso, el señor Iglesias demostraría que sus apariciones públicas no siempre son circo. De paso, el señor Rivera daría una lección de coherencia.

¿Es totalmente descartable volver a poner sobre la mesa los acuerdos que alcanzaron hace unos meses el PSOE y Ciudadanos, ponerlos sobre la mesa para que Unidos Podemos dirima lo que hay ahí de aceptable, negociable y modificable?

Ante el acorralamiento que tiene sí el soldado Sánchez, le pediría un paso al frente que no fuese resignarse a que Rajoy nos siga gobernando.

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¿Democracia parlamentaria?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 31-07-2016 | 00:24| 0

“La política debería ser realista. La política debería ser idealista: dos principios que son verdaderos, cuando se complementan. Falsos, cuando están separados”. (Bluntschli).

 ¿Nadie tiene a bien a preguntarse cómo es posible que estemos viviendo un momento en el que el parlamentarismo en particular está aún más devaluado que la política en general, y ya es decir? ¿Nadie tiene a bien plantearse que la transparencia que tanto jalean los partidos políticos puede empezar –y de hecho empieza- con los debates parlamentarios en los que debe discutirse, si de investidura hablamos, el proyecto de país? ¿Nadie quiere caer en la cuenta de que es tan importante convencer como vencer y que lo primero hay que intentarlo en la discusión parlamentaria que es, además de otras cosas, la escenificación de las distintas ideas y proyectos a la que puede asistir todo el país?
 Si todos los líderes políticos, empezando por Rajoy, están tan convencidos de lo que este país necesita aquí y ahora, lo primero que debería hacer el candidato de turno, don Mariano, en este caso, sería proponer su plan de Gobierno, intentado no sólo ganar a la hora de conseguir los apoyos parlamentarios, sino también convencer al país entero.
 Moraleja: A Rajoy no le interesa convencer, sólo quiere vencer. Pero, cuando no se cuenta con mayoría absoluta, lo segundo no se logra sin lo primero.
 Moraleja: A Rajoy le puede la galbana. Le resulta muy fatigoso intentar convencer a nadie. Si por él fuera, se ahorraría el trámite del debate de investidura y se pondría directamente a gobernar. Lo malo es que -¡ay!- se supone que esto es una democracia,  parlamentaria, además.
  No se necesita ser especialmente avispados para percatarse de que, tanto la crisis que padecemos como también la fragmentación política que refleja el Parlamento obligan a intentar por todos los medios que se alcancen acuerdos de gobernabilidad. Tampoco se necesita una perspicacia extraordinaria para ser conscientes de que Rajoy no sabe cómo afrontar esa fragmentación política y esa necesidad de pactos. Con lo cual, el panorama que tenemos ante nosotros es el que sigue: resulta que el candidato más votado es el mayor problema que este país tiene para afrontar políticamente el momento presente. Apela a que le dejen gobernar por ser el partido más votado y por el encargo del Jefe del Estado. Pero de ahí no parece estar dispuesto a pasar a mayores: o sea, a pactar, o sea, a convencer. Quiere un “sí” incondicional. Eso es mucho pedir, don Mariano.
 ¿Democracia parlamentaria? ¿Podrá darse la circunstancia de que, ante este estado de cosas, los líderes de los partidos políticos que no son el PP intenten siquiera acometer la tarea de alcanzar un acuerdo de Gobierno sobre la base de un común denominador que sea, pero en serio, la regeneración política? ¿Ni siquiera se plantea nadie la posibilidad de un acuerdo entre el PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, un acuerdo no necesariamente de Gobierno entre las tres formaciones políticas, pero sí para dejar gobernar, siempre que se pacten unos mínimos?
  ¿No estaría bien que la discusión política y el diálogo se ubicase en el Parlamento? ¿No es esto, en teoría, una democracia parlamentaria?

Por favor, intenten, al menos, convencer, convencernos.

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¿Fuego amigo?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-07-2016 | 02:57| 0

En el último –o penúltimo– acto de la liturgia del mayor caso de corrupción política hasta ahora juzgado en Asturias, como era de esperar, se cruzó el fuego (¿amigo?) entre las defensas de Riopedre y Otero. Según la abogada de doña María Jesús, su patrocinada no era Dios en la consejería. O sea, solo había un Dios padre, esto es, Riopedre. Además, las trapisondas de la política decidieron convertirla en «garbanzo negro», por no estar afiliada al partido hegemónico de esta bendita tierra. Aun así, actuase o no por libre, episodios que se apuntaron en este proceso, como la rehabilitación de la casa de un familiar de la señora Otero en Zaragoza, tienen difícil justificación.

Por su lado, la defensa del señor Riopedre insistió en la sobriedad del ex fraile, ex comunista ortodoxo y ex consejero. Sus mayores pecados fueron la imprudencia en alguna conversación telefónica y la debilidad enternecedora que sentía por su hijo. ¡Ay!

Si al principio del proceso, cuando doña María Jesús respondió a las preguntas de su defensa, se veía venir que la intención de esta ejemplar ciudadana era dejar muy claro que el mandamás en Educación era el consejero, y que, por tanto, no se le podían atribuir a ella las responsabilidades de las decisiones más importantes. Pero, andando el tiempo, esta tendencia a apuntar hacia arriba pareció diluirse. Pero ayer se volvió a la carga en las conclusiones de la defensa, que presenta a su patrocinada como una suerte de chivo expiatorio por manejos de otros. De todos modos, hay muchos interrogantes abiertos a este respecto, y no parece fácil admitir que muchas de las facturas que aparecieron fuesen falsedades urdidas contra la señora Otero.

En cuanto a las conclusiones que expuso el defensor del ex consejero Riopedre, lo cierto es que –perdón por la perogrullada– que la pasión por un hijo no lo puede justificar todo, menos aún si hablamos de dinero público. Y es que a estas alturas nadie pone en duda que en esa consejería imperaba el caos, caos que tenía un máximo responsable político. Y, por otra parte, todo lo que se apuntó, en el sentido de que hubo actuaciones que parecían estar encaminadas a favorecer a la empresa del hijo del entonces consejero, reviste una gravedad no pequeña.

¿Fuego amigo? Imagino que este final fue inevitable. No había muchos asideros a los que agarrarse. En todo caso, tengo para mí que se cruzó el mínimo posible e imprescindible.

Con todo ello, son muchos los interrogantes, y no menores los sonrojos y los bochornos.

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