El Comercio
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Recuerdos de Oviedo: Alma Máter
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-08-2015 | 13:53| 0

«Era Oviedo, propia y típicamente, una ciudad universitaria. Y la Universidad, un núcleo familiar, un hogar del espíritu». (Ramón Pérez de Ayala).

 

Desasosiego en estado puro. Un atardecer de diciembre, caía un fuerte chaparrón acompañado de un viento enfurecido y frío. El paraguas, en lugar de servir de amparo frente a la lluvia, se había vuelto vulnerable ante el temporal y era necesario esforzarse para mantenerlo a salvo. Un fuerte aguacero iba formando regueros que buscaban destino. Pasábamos por delante del edificio de la Universidad camino de un establecimiento en la plaza de Riego donde mi madre compraba figuras y objetos para ir completando y aumentando el Belén. Y estoy por asegurar que aquella fue la primera vez que reparé en las gruesas cadenas que se dejan ver en la acera que da entrada a lo que actualmente se llama Edificio Histórico de nuestra Alma máter.

MARIO ROJAS

En casa, le pregunté a mi padre acerca del sentido que podían tener unas cadenas que, en realidad, no cerraban el paso. Le hizo gracia que se lo plantease y me vino a decir que delimitaban lo que era el espacio perteneciente a la Universidad. No debió considerar del caso explicar más a fondo el asunto a un niño de nueve años.

También debo añadir que lo que hoy se llama Edificio Histórico era ante todo la Facultad de Derecho en la que habían cursado sus estudios muchos antepasados por parte de mi madre. De hecho, en su momento, me planteé estudiar la carrera de leyes, aunque, al final, me decidí por Filología Española en la rama de Literatura.

Y, a propósito de literatura, a medida que fui conociendo el significado de la obra de Clarín, sobre todo tras la lectura de ‘La Regenta’ ya en mi adolescencia, el llamado Edificio Histórico era para mí la referencia de un tiempo que ya no volvería en el que nuestra Universidad llegó a alcanzar su máximo prestigio.

En ese sentido, me influyó mucho lo que mi padre me contaba sobre anécdotas de Clarín en el aula, que conocía sobre todo a través de la biografía de Cabezas. Y la Facultad de Derecho me emplazaba en la literatura, es decir, en los trabajos y los días del autor de la que es quizás la mejor novela que se publicó en España en el XIX.

Sin embargo, cuando supe el significado simbólico de aquellas cadenas, también fui consciente de que aquello tenía una carga histórica importante, es decir, hasta la dictadura, en teoría, estaba obligada a respetar lo que podía decidirse intramuros del ámbito universitario.

Alma máter. Siempre, la sombra, luminosa y cómplice, de Clarín. No era difícil imaginar sus tránsitos, sus idas y venidas, su carga intelectual. Si las cadenas tenían un significado simbólico frente a otros poderes, no perdía de vista que el propio Alas, a la hora de escribir su novela, fue demoledor con todos los ámbitos de poder de Vetusta excepto con la Universidad a la que pertenecía. Y, como mucho, si se puede ver, en efecto, que aunque no esconde las debilidades del erudito oficial de la ciudad, el personaje está humanizado y recibe un trato mucho más considerado que el resto, excepción hecha de Frígilis. Así pues, algo sagrado había en aquellos muros para el presente que entonces se vivía y también para el pasado que Clarín había novelado en su inmortal obra.

Alma máter. Algo sagrado, digo. Así lo entendí cuando pude saber bien el significado de aquello que se llamaba «libertad de cátedra», siempre tan combatido, pero que, en todo caso, figuraba en los designios de la institución. Libertad siempre frente a algo. Libertad que, aún a regañadientes y en el plano teórico, se reconocía, nominalmente, en plena dictadura.

Alma máter, fundamentalmente literaria, no sólo por la omnipresencia de Clarín. Nunca olvidaré a este propósito que, estando en un aula de la actual Facultad de Derecho en el Cristo, como miembro de un tribunal de la PAU, vi una serie de orlas históricas en las que figuraba expresamente «Universidad Literaria de Oviedo». Pues bien, en una de esas orlas estaba un tío bisabuelo mío, Lorenzo Longoria Casares. En su rostro, se reflejaba la misma tristeza y elegancia que transmiten las fotos de los álbumes familiares.

Alma máter. Recuerdo haber estado en alguna manifestación que terminaba en el patio donde figura su fundador. Recuerdo también haber asistido a alguna que otra sesión inaugural del curso académico, entre ellas, la que dio Gustavo Bueno hablando de «el papel del individuo en la historia».

Alma máter a la que también me asomé leyendo las memorias de Adolfo Posada, es decir, a través de los libros. Y puedo decir que para mí tuvo un profundo significado que en 2010 tuvieran lugar las Jornadas en torno a Fernando Vela en un aula del Edificio Histórico. Con los trabajos y los días de Vela, se daban cita Clarín y Cabezas y, de paso, lo mejor de la Edad de Plata.

Alma máter. ¿Cómo no hacer mención a su magnífica biblioteca, a las piedras nobles de los muros y del patio? ¿Cómo no hacer mención, también, al rector Alas, que fue el último representante de los mejores días de nuestra Universidad?

Y, ante todo y sobre todo, las cadenas, esas cadenas, cuyo significado simbólico no siempre se respetó, pero que, en todo caso, daban cuenta de la consideración debida al saber, al estudio, al conocimiento y, más que nada, a la libertad.

Esas cadenas, cuyo significado es justamente una antítesis de ciertos clamores de un pueblo que a principios del XIX  le daba vivas al Rey Absoluto, tal y como consignó Galdós en muchas de sus novelas.

Esas cadenas y esos muros, nunca desmoronados, al quevedesco modo. Esas cadenas y esos muros, testigos de tantas glorias, como las de la Extensión Universitaria, testigos de las emociones que confesó Cabezas cuando rindió culto a Clarín, testigos también de los años de formación de Pérez de Ayala que tanto admiró a su maestro Leopoldo Alas.

Alma máter, templo del conocimiento y la libertad, morada de Leopoldo Alas padre y de Leopoldo Alas hijo, cita obligada con el genio y la tragedia, con nuestros mejores sueños que en su momento se volvieron pesadillas cuando se asesinó al rector Alas.

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¿QUÉ PASA CON RODRIGO RATO?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-08-2015 | 02:46| 0

«Somos criaturas tan tornadizas, que acabamos por experimentar los sentimientos que fingimos». (Benjamin Constant).

Sociedad del espectáculo, a menudo circense, por lo común, puro vodevil. Devoción, obscena, al Acontecimiento con mayúsculas. La mano en la nuca justo antes de que Rato se introdujera en el coche que lo llevaba a declarar. Imagen de apertura en los telediarios. ¿Y después? Palabrería en las tertulias, obviedades en las columnas de opinión. Declaraciones obligatoriamente previsibles, en las que sólo varía que se abra más o menos la boca para soltar la perogrullada de turno. Rodrigo Rato, un juguete roto que vivió de las rentas desde el apogeo del azanarismo hasta que las circunstancias, encadenadas de forma endiablada, lo llevaron a ser poco menos que un apestado. Y, dos guindas, para poner fin al adorno del pastel: de un lado, su entrevista con el titular de Interior, con toda la escandalera política y mediática que trajo consigo. Y, por otra parte, la confusa historia de la detención de un supuesto testaferro suyo.

No nos engañemos. De entrada, cuando su imagen entrando en el coche dio tanta truculencia a los telediarios, era previsible que estábamos ante una puesta en escena del circo con que acostumbran a entretenernos. Pero, ¡ay!, tan pronto transcendió que fue recibido por el Ministro que se encarga de velar por el orden en nuestro país, el contrapeso a su aparente calvario mediático fue de órdago. Miren, no puedo saber los entresijos de esta historia; pero no cabe ninguna duda de que el apestado Rato hizo toda una demostración de poderío al ser recibido nada menos que por el señor Fernández Díaz. Todo un aviso a caminantes y a navegantes: desde los ámbitos del poder gubernamental parecía escenificarse que Rato sigue siendo de los suyos. Desde su propia estrategia, quedaba claro que, en apariencia, no está desprotegido ni abandonado. Lo dicho: el contrapeso a su calvario.

¿Qué pasa con Rodrigo Rato? ¿No es cierto que la detención del ciudadano al que los medios consideran su testaferro recuerda –mutatis mutandis– a aquel episodio, que no está claro que hubieran podido llegar a concebir ni Dostoievski ni Kafka, en el que, tras comparecer el señor Gil ante el juez, el detenido fue su abogado?

¿Qué pasa con Rodrigo Rato? Consta que, bajo su dirección, Caja Madrid acabó en la ruina, aunque su antecesor también colaboró lo suyo. Consta también que fue muy laxo con el uso y abuso de las tarjetas opacas, tanto personalmente como también a la hora de dejar hacer al resto de poseedores de tan inaceptable privilegio. Consta también que está siendo investigado por determinadas prácticas no muy filantrópicas. Consta, en fin, que su presunto testaferro está corriendo, a día de hoy, peor suerte que el propio don Rodrigo.

Tocó la campana con la entrada en bolsa de Bankia. Campanazo el suyo omnipresente en la memoria mediática. Y, desde luego, la cuenta de resultados de la entidad no mejoró mucho a resultas de su gestión. Luego vendrían las escandaleras a las que acabamos de hacer alusión.

¿Qué pasa con Rodrigo Rato? Apestado y, al tiempo, protegido. Muñeco de pimpampum de un tiempo y un país donde los despilfarros fueron hiperbólicos. Estrella de la política económica del aznarismo. Protagonista de episodios de sainete como el de sus cojines, que recuerda a una canción de Peret.

¿Y qué decir de todos aquellos que lo adularon hasta la náusea y que a día de hoy se muestran escandalizados? ¿Y qué decir de un Gobierno que saca pecho afirmando que la ley es igual para todos pero que lo recibe en un despacho oficial? ¿Y qué decir de todas las autoridades políticas que llevaron la ruina las Cajas de Ahorro y que desvirtuaron el significado que tuvieron cuando se fundaron?

¿Qué pasa con Rodrigo Rato? No nos engañemos: no es un garbanzo negro, no es un patito feo entre cisnes. Nada de eso: más bien se trataría de la personificación de unos comportamientos que no fueron, ni mucho menos, un caso aislado.

Y, en cualquier caso, esto no es una catarsis, sino un episodio más de ruido y furia en un ceremonial de la confusión estridente y vodevilesco hasta lo insufrible.

Y lo dicho: no perdamos de vista su aviso a navegantes y a caminantes. Ahora bien, ¿sólo ‘avisó’ el propio interesado?

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“BISINDICALISMO” ASTUR
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-08-2015 | 02:25| 1

¿Cómo evitar quedarse uno patidifuso al ver a los señores Pino y Braga saliendo a la palestra en calidad de poderes fácticos del entramado político llariego cuando sus resultados en las elecciones sindicales en sectores clave no invitan a triunfalismo alguno? Y, por otro lado, ¿puede negarse lo hilarante que resulta su mera puesta en escena al unísono, que intenta negar la existencia de otros sindicatos?

Miren, me puedo imaginar los rostros de la mayoría de los profesionales de la sanidad cuando leyeron en EL COMERCIO las soluciones que proponían estos señores tan clarividentes. Me imagino el sonrojo ajeno de quienes no sólo no se sienten representados por ellos, sino que además se saben indefensos en lo que respecta a sus condiciones de trabajo. Me consta, por citar lo que me toca más de cerca, la escasísima afiliación sindical en el sector de la tiza, así como los resultados de las últimas elecciones sindicales en el ámbito docente. Y, aun así, ninguna autocrítica. Y, aun así, ningún acercamiento a los supuestos representados para conocer el estado de la cuestión del profesorado.

¿Qué puede ocurrir en Asturias para que no haya apenas ruedas de prensa en las que tengan presencia la mayoría de los sindicatos? ¿Qué puede estar ocurriendo entre nosotros para que, liderando la decadencia en casi todo, los dos principales líderes del ‘bisindicalismo’ astur estén tan encantados de haberse conocido?

No hace mucho, en una carta abierta a don Justo Rodríguez Braga, le decía que cada vez recordaban más al sindicalismo vertical. Y lo cierto es que desde los ámbitos de poder político se cuenta con ellos como si no hubiera más sindicatos en Asturias. Y lo cierto es que comparecen en la vida pública sin dar acuse de recibo en ningún momento de que cada vez cuentan con menos afiliados. ¿No les debería preocupar tal cosa?

Ignoro cómo se manejan puertas adentro para apenas tener contestación interna. Pero, en todo caso, un poco más de realismo sería obligado de su parte.

¿Se habrán preguntado alguna vez lo que pueden pensar de ellos las generaciones jóvenes a las que, desde luego, no apoyan, especialmente en la enseñanza donde tienen prácticamente cerrado el paso? ¿Se habrán preguntado alguna vez si se pueden sentir orgullosos de que la inmensa mayoría de los colectivos en lucha, que no son recibidos por un Gobierno que es de izquierdas en sus siglas, no tienen la más mínima esperanza de ser defendidos por los sindicatos que lideran estos dos señores?

Siendo más necesario que nunca el sindicalismo, en un momento en que no sólo se recortan los salarios, sino también los derechos de los trabajadores, ¿de verdad pueden creerse los señores Rodríguez Braga y Pino que están cumpliendo con su tarea, que socialmente se tiene confianza en ellos?

El mundo al revés. Un Gobierno que se reclama de izquierdas y que se niega a recibir a colectivos de trabajadores en lucha, que tiene en los sindicatos mayoritarios unos aliados leales y fieles. Pero, ¿a quién defienden? ¿Pero a quién apoyan? Y, aun así, salen a la palestra pública como poderes fácticos.

¡Qué locura de vida pública! ¡Qué desvarío! ¡Cuánta impostura!

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De cuando Oviedo fue Camelot
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-08-2015 | 13:59| 0

«Nada es tan difícil como no engañarse». (Ludwig Wittgenstein).

 

La noticia publicada por EL COMERCIO acerca de la enorme suma de dinero que reclama Jovellanos XXI al Ayuntamiento de Oviedo pone de manifiesto las consecuencias de la megalomanía del entonces primer edil de Vetusta y toda su corte milagrera de palmeros que apostaban por un grandonismo ridículo, que, a día de hoy, amenaza con ser muy costoso para la ciudadanía a la que le toca con sus impuestos hacer frente a las hipotecas ‘diferidas’ de la etapa política de Gabino de Lorenzo al frente del Consistorio, a no ser que los servicios jurídicos locales puedan impedirlo.

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M. ROJAS
Gabino de Lorenzo saluda a Santiago Calatrava.Hay que reconocerlo: Oviedo fue Camelot. Se hablaba de una operación llamada ‘los palacios’, como si esta ciudad fuera una especie de Corte de los Milagros y como si aquí mandara un Rey Midas reencarnado. Y, al mismo tiempo, el Prerrománico no merecía ni afanes, ni desvelos, ni la protección necesaria. ¿Para qué?

¿Pero qué palacios? ¿De verdad, podemos estar satisfechos y orgullosos de la obra que nos dejó aquí Calatrava, que parece una gigantesca ala de pájaro disecado de la que el óxido se viene apoderando? ¿Pero qué palacios? ¿Acaso estaban masturbándose la mente con una ciudad plagada de residencias de lujo para jeques árabes?

Aquí nada se le ponía por delante a Gabino de Lorenzo. Había que ampliar el Campoamor, había que hacer un hípico, había que construir los palacios. Había que erigir un Palacio de Justicia. Hasta hubo quienes aplaudieron aquella ocurrencia del señor Calatrava de las tres torres inclinadas. ¡Sería por perres! ¡Sería por falta de afanes faraónicos!

¡Cuánto camelo! ¡Cuánta horterada! ¡Cuántos abigarramientos! Todo era posible. Y, desde luego, no faltaban pesebreros ni oportunistas animando el cotarro.

Fíjense: el Calatrava oxidado. El complejo del antiguo hospital vallado y vacío. De la llamada parcela del Vasco, mejor no hablar. De los números rojos del hípico en Llanera, también tenemos información. Y a saber en qué da al final lo de villa Magdalena.

Sin duda, Oviedo fue Camelot. Eso sí, un Camelot a imagen y semejanza de Gabino de Lorenzo. Pero aquí el problema no es sólo una estética infame y ruinosa. Aquí, se cierne la amenaza de un endeudamiento que ya se sabe bien a quién le tocará asumir. Ante ello, responsabilidad cero. ¡Genial!.

Pero volvamos al Calatrava. ¿De verdad tuvo sentido demoler el viejo Carlos Tartiere y privar a la ciudad del privilegio que suponía un estadio de fútbol tan céntrico? ¿Tenemos que creer que no había otra solución? ¿De verdad fue necesario que la Administración autonómica se implicase en aquel delirio, ubicando allí la Consejería de Cultura? ¿De verdad, le dio y le da vida a Oviedo el palacio de marras?

No sólo hablamos de un estropicio estético, no sólo hablamos de óxido. Hablamos también de las consecuencias que tuvo todo aquello para Sedes. Hablamos también del dinero público que se malgastó. Hablamos, en fin, de las responsabilidades que le reclaman al Consistorio.

Habrá quienes se llamen a andanas. Habrá quienes teman que alguien tire de hemeroteca para dejar bien claro que pueden criticar ahora lo que en su momento alabaron sin pudor. Y, sobre todo, habrá quienes quieran ocultar inútilmente tanto despropósito esperando que escampe Dios sabe cuándo y Dios sabe cómo.

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Carta abierta a Lisardo Lombardía
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Luis Arias Argüelles-Meres | 21-08-2015 | 01:37| 0

«El hombre es, por encima de todo, heredero. Y que esto y no otra cosa es lo que le diferencia radicalmente del animal. Pero tener conciencia de que se es heredero es tener conciencia histórica» (Ortega y Gasset).

Querido Lisardo: Al tiempo que el Gobiernín llariego va ultimando su capítulo de nombramientos, también decidió acerca de la concesión de las medallas de oro y plata a empresas y personas que vienen destacando por sus contribuciones a la sociedad asturiana. Y me complace mucho que estés entre los galardonados. Me complace porque mereces sobradamente el reconocimiento público que simboliza la Medalla de Plata que te acaban de conceder.

Es incuestionable que la cultura asturiana te debe mucho y que, desde que ejerces tu labor como director general del Festival Intercéltico de Lorient, la música asturiana tiene en ti un embajador de lujo. Pero, más allá de eso, lo que conviene que se sepa es que eres una de las pocas personas que se viene ocupando de Asturias en tus trabajos y tus días desde hace mucho años. Es más, no sería exagerado afirmar que has consagrado y consagras tu vida a esta tierra.

Voy a permitirme, Lisardo, hablar aquí de las muchas conversaciones que tuvimos a lo largo de los años, especialmente de aquello que tienes tan claro al decir que «Asturies ye el país que nun quier ser». Y es esa falta de voluntad colectiva la que trae como consecuencia no pocos de los males que venimos padeciendo desde hace muchos años.

Algún día, querido Lisardo, tendrá que escribirse la historia de la transición en esta tierra y también la historia del asturianismo desde la caída de la dictadura a esta parte, asturianismo que, en lo político, cosechó muchos y sonados fracasos. Asturianismo que, en lo social, se encontró siempre con complejos que aún no pasaron por el diván, complejos que tienen mucho que ver con el hecho de que no pocas personas sienten vergüenza ante el hecho de que sus padres y abuelos calzasen madreñes y calasen boinas. Asturianismo que se encontró siempre con la falta de voluntad política y social para sentirnos y reclamarnos como pueblo.

Y lo paradójico del caso, amigo Lisardo, es que en no pequeña parte del asturianismo está lo más lúcido de esta tierra, en tanto que es, además de otras cosas, heredero de la etapa más brillante de la historia de nuestra Universidad.

En todo caso, amigo Lisardo, una vez expuesta la necesidad de un estudio exhaustivo y claro de las etapas que acabo de nombrar, considero que es de justicia que, a la hora de hablar de tu trayectoria en la vida cultural de esta tierra, se tenga en cuenta que tu aportación y tu obra no es sólo la erudición que atesoras sobre nuestra música, así como el empuje internacional que le vienes dando, sino que, además de todo eso, de por sí muy relevante, hay que tener en cuenta el todo y no una de las partes.

Y ese todo es tu asturianismo irrenunciable, a contracorriente, en una tierra que no quiere creer en sí misma, en una tierra que, por lo común, rinde culto y pleitesía al foráneo por el hecho de serlo, en una tierra que padece las consecuencias de estar en el extremo contrario del chauvinismo, en una tierra que aún no asumió oficialmente que la palabra ‘esperteyu’ no es menos digna y menos culta que su equivalente en castellano, en una tierra que, oficialmente, no hace suya su propia lengua.

Y hacerla suya no es ir contra ninguna otra, sería sumar y no estar, con perdón por incidir una vez más en lo obvio.

Lo dicho, querido amigo, me alegra que se haya hecho justicia reconociendo tu trayectoria, una trayectoria, insisto, en que lo único a destacar no es tu contribución a la música, sino tu asturianismo, un asturianismo omnipresente en tus trabajos y tus días.

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GARCÍA LORCA: LOS ENIGMAS QUE NO CESAN
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-08-2015 | 03:55| 0

Una historia no es sólo verdad cuando se narra cómo ha sucedido, sino también cuando relata cómo hubiera podido acontecer (Johannes Mario Simmel).

Bien mirado, la paradoja no puede ser mayor: hablamos, a un tiempo, del crimen de nuestra guerra civil que más horrorizó al mundo y también de los enigmas que empiezan tras el fusilamiento, enigmas que se multiplican cada vez que se conmemora la tragedia que se cebó sobre el autor del ‘Romancero gitano’. Federico, el poeta siempre vivo, cuyo cadáver no se sabe a ciencia cierta dónde está. García Lorca, el autor teatral que, con una fuerza poética envidiable, hizo decir a uno de sus personajes que a la muerte había que mirarla cara a cara. Por otro lado, se diría que esa misma dama de la guadaña quiso ocultar sus restos para siempre. La paradoja, así pues, no puede ser mayor: un cadáver que no se localiza a ciencia cierta y, al mismo tiempo, un mito que está cada día más vivo.

La España que le dio muerte, desde el odio a la genialidad y a todo lo que fuese magia, no podía imaginarse ni de lejos que, con el paso del tiempo, su crimen no iba a ser olvidado, sino que, antes al contrario, iba a estar más presente que nunca en el país que lo vio nacer y en el deslumbrante mundo en el que vivió su víctima.

Cada nueva indagación demuestra que aquí algo juega al escondite. El paso del tiempo no hace más que acrecentar el pudor de la muerte misma que se niega a que se encuentren los restos de un crimen que conmovió al mundo.

Cada año, la memoria colectiva culmina su peregrinación al lugar donde supuestamente pueden encontrarse los restos de Lorca. Pero resulta que no se da con ellos, pero resulta que no hay algo material a lo que rendir culto. Pero resulta que los versos más inmortales de Federico suenan y resuenan dando vida a una obra inmortal. Pero resulta que el conmovedor poema de Machado tras el asesinato de Lorca se convierte en el himno coral de la memoria. Pero resulta que la tragedia y el drama se presentan y se representan sin una hornacina visible y tangible a la que dirigirse.

Y es que –fíjense bien– es ella, la muerte, la que se diría que no resiste ser mirada cara a cara por todos los que se sobrecogen ante el recuerdo de Federico. Es ella, es la muerte, la que huye. Es ella, la muerte, la que se vuelve esquiva.

¿No es esto que digo la prueba irrefutable de un simbolismo gigantescamente trágico? ¿No es esto que digo la demostración más dramática de que los clamores contra un crimen monstruoso se niegan a certificar la muerte de uno de los grandes de la poesía y la tragedia?

Todo lo demás, todas las horas previas a su detención y asesinato, son los prolegómenos de una muerte a la que no le quedó más opción que esconderse y avergonzarse, porque –reitero– no se siente con fuerza para que la miren cara a cara.

A ella y, por supuesto, a sus secuaces.

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En la muerte de Rafael Chirbes
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-08-2015 | 02:33| 0

 “La literatura no sirve más que para contar la infamia permanente”. (Rafael Chirbes).

 

Una prosa con sabor aguardentoso. Unas tramas narrativas que están muy lejos de perseguir lo políticamente correcto. Un universo literario muy centrado, hasta las mismas entrañas, en el aquí y el ahora de este país. Una obra literaria que, sin duda, será siempre una referencia obligada para adentrarse en la mediocridad y mezquindad de nuestro presente más inmediato.

Alejado de farándulas, indiferente a los coros y danzas oficiales de cualquier pesebre, lo suyo era la ambición por dar cuenta de los entresijos de una sociedad cada vez más putrefacta y desencantada.

Tras su muerte, hay voces que se suman a los lamentos y pesadumbres, entre ellas, las de quienes representan justamente todo lo contrario del significado de la obra de Chirbes. Pero eso está siempre en el guion: santificar a los muertos y reclamar a quien fue independiente y honesto como uno de los suyos. ¡Cuánta hipocresía!

En una época de consignas y beateríos, en un reinado del pensamiento blando y ñoño, en un tiempo en que la indignación aleja de los pesebres, en un mundillo farandulero marcado por la misma corrupción que el propiamente político, la obra de Chirbes  representa un bofetón en toda regla a tanta impostura, a tanta necedad, a tanta estupidez.

Lo dicho: la prosa que sabe a aguardiente,  la extrema dureza de la falta de escrúpulos, la sordidez extrema que vampirizó cualquier ideal, cualquier grandeza. Las caídas del caballo de muchos que empezaron con poses revolucionarias y terminaron por ser unos virtuosos de las mordidas y los pelotazos, con sus pretendidas argumentaciones vomitivas e inconsistentes a más no poder, la falacia de una vida pública que tiene de casi todo menos proyecto de sociedad o de país.

Mundo y submundo el nuestro que tiene su cabida en las novelas de Chirbes. De algún modo, es el Galdós de nuestros días, en lo que se refiere a la plasmación literaria de este tiempo que es el nuestro. Una obra que es también todo un alegato contra lo descafeinado, contra toda suerte de sucedáneos.

¿Qué decir de “Crematorio”? Imprescindible lección de lo que es la vida pública actual, donde salen a la luz tantas y tantas miserias, donde lo metafórico se cubre y recubre de paradoja, donde lo simbólico adquiere, en aparente contradicción, un realismo crudo y cruento, donde no hay lugar para las medias tintas.

¿Quiere usted llevar en su mochila unos cuantos libros que le sirvan de catarsis contra las servidumbres y sordideces de esta época, contra los cinismos, traiciones y renuncios? Pues cargue usted en ella los libros de Chirbes y de Belén Gopegui. Puedo asegurarle que echará fuera todos los ardores que le torturaban el estómago.

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La encrucijada educativa
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-08-2015 | 14:50| 0

Está claro que el nuevo ministro del ramo tiene una actitud más dialogante que su antecesor, lo cual no es en modo alguno difícil, y, de entrada, cedió en algunas cuestiones que le plantearon los consejeros autonómicos pertenecientes a Gobiernos del PSOE. De todos modos, la encrucijada educativa que tenemos ante nosotros es inquietante. Para empezar, en el último trimestre de este año, se convocarán elecciones generales, y, salvo sorpresas mayúsculas, por fortuna, parece claro que el PP, en el más favorable de los supuestos, no revalidará una mayoría absoluta que le permita, de nuevo,  aprobar leyes sin tomarse la molestia de consultarlas con otros partidos, ni tampoco con los profesionales concernidos, ni menos aún con las asociaciones ciudadanas relacionadas con el sector que sea del caso.

Traducido esto a la LOMCE de Wert, queda fuera de toda duda que, sea como sea, la susodicha ley será sometida a importantes modificaciones, y buena falta hace. Dicho esto, como el estropicio ya está causuado, al menos en gran parte, es decir, como se va a implantar en el próximo curso, sería muy de agradecer que, en el momento en que se acometan reformas a la LOMCE, se tenga en cuenta la necesidad de un pacto que sea amplio y ambicioso, pacto que no se limite sólo a los partidos políticos.

Miren, hay muchos puntos nefastos en la LOMCE, nefastos, peligrosos y reaccionarios. Dicho esto, no hay que perder de vista otra cosa, y es que el sistema educativo hasta ahora en vigor dista mucho de resultar óptimo y necesita ser profundamente modificado, mucho más allá de cuestiones terminológicas de un neolenguaje, por lo común tan ñoño como reaccionario, mucho más allá de inventarios de intenciones que a nada comprometen y que nada concretan. Se trata de algo tan simple como no orillar el esfuerzo, como apostar por ambición a la hora del aprendizaje, como no renunciar bajo ningún concepto a que la enseñanza, en sus distintos niveles, alcance un grado de formación que no nos sonroje como viene sucediendo en los últimos años, por no decir lustros.

El Gobierno de Rajoy desaprovechó estos cuatro años para proponer y negociar un sistema educativo comprometido con la calidad y el rigor. Por su parte, la izquierda de siglas, sindicatos incluidos, no fueron más allá del rechazo, totalmente razonable, a la LOMCE, al tiempo que no aceptaron en ningún momento las deficiencias de lo anterior, deficiencias de las que son en no pequeña parte responsables.

Encrucijada educativa que vive un profesorado con el que nadie cuenta, al que se le multiplicaron las tareas al margen de la docencia, al que se le negó una carrera profesional de una manera tan incomprensible como injustificable. Encrucijada educativa a resultas de una LOMCE que se lanzó a la yugular de materias tan básicas como la filosofía. Encrucijada educativa, al desconocer qué proyecto tienen al respecto los partidos de la oposición. Encrucijada educativa, al no contar ni siquiera con la certeza de que existe para lo sucesivo una predisposición al diálogo y al acuerdo por parte de los partidos políticos en este asunto tan trascendental como es la formación de las jóvenes generaciones.

En la próxima legislatura, habrá dos grandes retos, el educativo y el de la vertebración territorial de este país, retos muy serios para una mal llamada clase política, que, salvo excepciones, está marcada por la mediocridad, la cicatería y el clientelismo. Aun así, todo el mundo debería tener presente que un proyecto serio de país necesita mucha ambición en lo educativo. Y mucho me temo que no estamos sobrados ni de lo uno ni de lo otro, es decir, ni de proyectos de país, ni tampoco de ambicionar una sociedad bien formada.

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Recuerdos de Oviedo: El Teatro Filarmónica
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-08-2015 | 01:54| 0

« Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos » .  (Chesterton).

« La única educación eterna es ésta: estar lo bastante seguro de una cosa para atreverse a decírsela a un niño ». 

(Chesterton).

 

Recupero a ráfagas imágenes de aquella tarde de invierno. El autobús estaba detenido en el semáforo de la calle Argüelles. Cruzamos camino del Filarmónica. ‘Doctor Zhivago’ era la película que ponían a las siete y media. El patio de butacas estaba casi lleno. Recuerdo el tren, recuerdo los paisajes invernales, recuerdo la serenidad que transmitía el protagonista en aquellos lances tan difíciles en los que le tocaba desenvolverse. Recuerdo la tristeza que inundaba la sala. Se diría que la historia que allí se proyectaba no era sólo entretenimiento. Se diría que había en la trama un dramatismo contagioso. Frío, mucho frío, el de los escenarios y paisajes. Y silencio, mucho silencio, entre un público que apenas gesticulaba. Se diría también que, entre los espectadores, no pequeño número había visto ya la película, o, en todo caso, conocía la historia.

MARIO ROJASNunca pregunté por qué me habían llevado a ver aquella película. Tal vez, me tocó ser mero acompañante. Sea como fuere, puedo decir que no me quedé con la historia, pero sí con su atmósfera donde el sufrimiento era omnipresente, donde el mundo no parecía estar concebido a la medida de los sueños, sino de las pesadumbres. Al héroe, representado por Omar Sharif, la suerte no le sonreía. Supe, bastantes años después, que muchas escenas de aquella película se habían rodado en España. Y es uno de los pocos casos en que el libro lo leí mucho después de haber visto la película. Y, a decir verdad, no establecí comparaciones porque el largo lapso de tiempo hizo que la versión cinematográfica no solapase la lectura.

Lo llamativo del caso es que fue tal el modo en que penetró en mí aquella atmósfera de drama y dolor que hasta los momentos anteriores a la película, sobre todo el del trayecto desde la plaza del Carbayón hasta el Filarmónica, se empaparon en mi recuerdo de desgarro y tristeza.

No eran indios contra vaqueros. No era un duelo de principio a fin entre el bueno y el malo, con o sin un feo por el medio. No era un espectáculo trepidante y lujoso de romanos. Aquello era otra historia muy distinta, una historia que calaba, como el frío y la humedad, hasta los huesos.

Pero, por fortuna, aquella película fue una excepción en la niñez. Pero, por fortuna, el Filarmónica tendría protagonismo en mi infancia más allá de ‘Doctor Zhivago’. Recuerdo una ocasión en que vimos la película de turno desde gallinero. Y lo más novedoso fue que accedimos al cine, no por la puerta principal, sino por otra mucho más pequeña que se encontraba al lado. Llegamos con la función empezada. Era del Oeste. Y jamás olvidaré que, en la fila uno había una pareja que no paraban de discutir, si bien nadie les llamó la atención. Y hubo un momento en que dos fornidos pistoleros echaron un pulso. Fue entonces cuando la susodicha pareja se concedió una tregua y pusieron toda su atención en aquel lance. Si la memoria no me falla, al lado de cada brazo, clavadas en una madera, había una navaja.

También hubo películas en las que los buenos no acabaron bien: ‘Murieron con las botas puestas’. El héroe salía, claro está, bien parado ante el público espectador. Cierto es que el contratiempo de que los buenos no triunfasen en nada se pareció en este caso al poso de tristeza que había dejado entre el público la versión cinematográfica de la novela de Pasternak.

Sin duda –y perdón por la obviedad- todo era ficción, pero hasta un niño podía percatarse de las enormes diferencias que podía haber entre una historia concebida para el entretenimiento, o el enaltecimiento de un mito, como era el caso de ‘Murieron con las botas puestas’, frente a otras como ‘Doctor Zhivago’ en las que se contaban tramas mucho más cercanas a la realidad de lo que hasta el espectador más avispado podía imaginarse. Y es que, volviendo a ‘Doctor Zhivago’, confieso que no pude no pensar en esta película cuando leí unas luminosas y terribles páginas de Cioran en las que establece dramáticos y trágicos paralelismos entre Rusia y España, entre España y Rusia.

Por otra parte, el Filarmónica no es solo el cine más próximo a mi infancia, sino que además su estética está marcada por la nobleza de un marco que es adecuado al cuadro.

En el Filarmónica, tuve la suerte de recibir en 2007 una distinción concedida a resultas de la presencia de un libro mío, el que tiene por título ‘Ortega y Asturias’, en la Asturias de la emigración. Y es que hablo de un entorno de palabras e imágenes, en este caso, cinematográficas, que forjó y moldeó un mundo a la medida de mis sueños, ese mundo que descubrimos en la infancia a golpe de asombros y afanes por aprender y jugar.

Pero, ante todo y sobre todo, el Filarmónica fue también el escenario en el que la Academia de la Llingua me hizo el honor de invitarme a intervenir en la ceremonia del Día de Les Lletres asturianes en 2012. En aquel discurso, intenté devolver las palabras y los sueños a mi mundo en Lanio y en Oviedo, a la biblioteca de mi padre, a los trabajos y los días de un universo que conocí e interioricé, con la lengua de los sueños, los juegos, las aventuras y las personas que marcaron mi vida.

Y no dejó de ser un magnífico regalo haber tenido la oportunidad de manifestar todo aquello en el Filarmónica, el cine que más frecuenté en mi infancia, el cine en el que vi historias que se fundieron y confundieron con ese arsenal onírico que, en última instancia, nos sostiene.

Y nos tiene.

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Ministros de España
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-08-2015 | 02:15| 0

«Platón quería que gobernasen los filósofos; no pidamos tanto, reduzcamos al mínimum nuestro deseo, pidamos que no nos gobiernen analfabetos. Y aún peor, señores, que los analfabetos intelectuales son los que a la vez practican el analfabetismo moral». (Ortega y Gasset).

 

Ministros de España, el señor Méndez de Vigo y el señor Fernández, con sus carteras de Educación e Interior respectivamente. Ministros de un Gobierno reaccionario y con un inequívoco afán de contrarreforma.

Al primero, según acaba de declarar en una entrevista, le parecía lúgubre, por no decir tétrico, un retrato de Unamuno que hizo Gutiérrez Solana en 1936. Por eso ordenó retirarlo. Por eso –y también– para que no estuvieran frente a frente ValleInclán y el ex rector salmantino.

¡Ay! Tengo para mí que lo en verdad le molesta el señor Ministro de Educación es la heterodoxia de Unamuno en cuestión religiosa. Si esto fuese así, como intuyo, se entiende mal que conserve el retrato de Valle, a no ser que desconozca la obra de don Ramón. Si lee ‘Divinas palabras’, se sentirá testigo de una especie de enloquecedor aquelarre y le faltará tiempo para ir en busca de auxilio espiritual.

¡Ay! Pero, más allá de las hipótesis, lo que manifiesta don Íñigo acerca de lo inquietante del retrato pone de relieve que no comprende, o que se niega a comprender, lo que plasma Solana de inquietud y angustia en un año como 1936, angustia que refleja el semblante del gigante del 98. Si todo un ministro de Cultura no es capaz de asimilar una representación pictórica de un momento histórico concreto, muy mal vamos.

¡Ay! Pero es que además la máxima autoridad política en materia educativa y cultural confiesa que le encanta un programa televisivo de cine en el que se reponen películas en su mayor parte casposas, en su mayor parte de la España cañí. ¡Madre mía!

Por su parte, no es poca la escandalera que hay a resultas de que don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro del Interior, haya recibido recientemente a don Rodrigo Rato, sobre el que recaen últimamente sospechas que dieron lugar a procesos abiertos. Aun en el supuesto de que los temas de conversación abordados hayan sido los fisiócratas o recuerdos de los tiempos del cuplé, la metedura de pata de don Jorge es soberana y debería dar lugar a la dimisión o al cese. Pero esto es España, y aquí, ya se sabe, nunca pasa nada.

O sea, tenemos a todo un ministro de Educación y Cultura a quien le desasosiega un retrato de Unamuno. O sea, tenemos a un ministro del Interior que, a la hora de recibir a ciudadanos, el criterio que más parece prevalecer es el amiguismo.

Ministros de España, de la España más casposa y reaccionaria, de la España del amiguismo.

¿Hay alguna maldición para que en este país, en lo esencial, nada cambie en lo que respecta a su vida pública, en lo que respecta a su reaccionarismo, en lo que respecta a ese analfabetismo, también moral, del que habló Ortega en su momento y que reproduzco en el encabezamiento de este artículo?

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