El Comercio
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Lorenzo Cordero, un guerrillero de la columna
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Luis Arias Argüelles-Meres | 26-04-2014 | 14:34| 0

Un tiempo socialmente gris y políticamente azul. Un periodista de izquierdas al que nunca le faltó la mordacidad para dar cuenta, a pesar de la censura, de sus trabajos y sus días en la vieja ciudad de provincias que en su momento le sir vió a Clarín de inspiración para modelar una obra maestra del género narrativo. ‘El rojo color de la memoria’, de Lorenzo Cordero es un libro i mprescindible no sólo para adentrarse en la historia de la prensa asturiana durante el franquismo, sino también para conocer la Asturias de la época a través de una serie de artículos que constituyen una excelente crónica de aquel periodo. Y, al mismo tiempo, asombra por su actualidad en la medida en que, mucho antes de que se viviese la presente agonía de esta segunda Restauración borbónica, nuestro columnista, desde la lucidez y el coraje, se percató de que aquel tiempo de esperanzas y miedos que fue l a transición derivaría en una suerte de democracia tutelada con sus tabús y limitaciones. Una izquierda de siglas que cedió y concedió más de lo debido ante intereses y poderes que nunca estuvieron dispuestos a perder sus privilegios.

Por otra parte, tanto en estilo como en los contenidos, nos encontramos con unos textos marcados por la originalidad. Hablamos de un columnista con estilo propio y habl a mos t a mbién de un guerrillero del género. Cordero, ante la máquina de escribir, dando en cada artículo su visión de lo abordado, sin más apoyo que sus convicciones y su facilidad para expresarlas, f r ente a todas las limitaciones a la libertad de expresión que l os tiempos marcaban. Es meritorio haber conseguido saltar los cercados de l a censura, dejando al público lector mensajes marcados por la mordacidad y la ironía.

Hay saltos temporales que nos retrotraen a momentos que explican en no pequeña parte el presente desde el que escribía Cordero. Y lo hace con el suficiente oficio para que el lector no se pierda ni se desoriente.

Hay en este libro episodios que explican a la perfección lo que fue la prensa en una España marcada por la censura, episodios que tuvieron al autor del libro como protagonista. Y es muy significativo que aquí no se incurre en un victimismo llorón que implora martirologios y heroísmos, aquí se cargan las tintas contra las miserias y los miserables que hicieron de la mordaza vocación y profesión. Desde ministros como Arias Salgado o Sánchez Bella hasta personajes de la vida oficial llariega de entonces como el comisario Ramos o como Mateu de Ros.

El pas o del que habl a ba Azorín, que va de las volanderas páginas de los periódicos al libro, no sólo nos rescata artículos que arrojan luz y memoria sobre un tiempo muy reciente, sino que además, pl a s man l a merecida prestancia de un periodista culto y con estilo propio.

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Más sobre política y toros
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-04-2014 | 09:16| 3

 

«Si yo fuera dictador de España, suprimiría de una plumada las corridas de toros. Pero, entretanto que las hay, continúo asistiendo. Las suprimiría porque opino que son socialmente un espectáculo nocivo. Continúo asistiendo porque estéticamente son un espectáculo admirable y porque individualmente, para mí, no son nocivas, antes sobremanera provechosas, como texto donde estudiar psicología del pueblo español». Ramón Pérez de Ayala.

No es que doña Esperanza Aguirre tenga su reloj parado desde Dios sabe cuándo, sino que su mundo no es de este tiempo. Que alguien, en el siglo XXI considere que hoy, como hace cien años, la llamada fiesta de los toros constituye un inequívoco signo de españolidad implica un anacronismo en toda regla. Es más, a decir verdad, dudo mucho de que esta buena señora se haya leído a Pérez de Ayala y a otros intelectuales que la consideraban toda una referencia para entender la realidad española de su tiempo.

Declaró doña Esperanza que el rechazo a la fiesta de los toros significa una manifiesta voluntad de dejar de ser español. Ignora, seguro, que, según sus tesis, Jovellanos, Clarín y Eugenio Noel, entre otros muchos personajes de renombre, eran o bien apátridas o bien malos españoles, como parece ser que dijo Franco del bueno de Berlanga.

Lo más asombroso de doña Esperanza, más allá del continuo anecdotario con el que nos entretiene, consiste en que, desde que los madrileños la hicieron lideresa, nos retrotrae a la majeza y ‘La verbena de la Paloma’, pero no desde una actitud crítica al modo de Arniches, sino que parece haber estado siempre dentro de un sainete o de una zarzuela, y, desde luego, se encuentra muy a gusto.

Por otro lado, sirve de entretenimiento patrio a quienes, a falta de esgrimir discursos propios mínimamente elaborados, agotan su capacidad intelectual en criticarla duramente a base de obviedades.

Es ella, doña Esperanza, la que más aporta, a día de hoy, sobre política y toros. Hasta tal extremo llega su inconsciencia, que no parece capaz de darse cuenta de que el texto ayalino que encabeza este artículo, a día de hoy, casi con total seguridad, no se referiría a la llamada fiesta nacional, sino, más bien, a la telebasura o, tal vez, a ese comportamiento, tan recurrente y actual, de peña futbolística a la hora de hablar de política, es decir, hay un partido político pluscuamperfecto, frente a otro nefasto, sin que sea concebible la más mínima fisura en semejante maniqueísmo.

Ya no es la España de ‘Frascuelo’ frente a ‘Lagartijo’, sino la del PP frente al PSOE. Y el espectáculo nacional está marcado por semejante dialéctica, enjundiosa y rica a más no poder.

Por lo demás, señora lideresa, lo que usted pone de relieve, seguramente sin que haya voluntad de semejante cosa por su parte, es el listón tan bajo tierra que tiene a día de hoy la discusión pública en este país al que seguimos llamando España.

Sería muy conveniente que la mal llamada clase política, con sus corifeos mediáticos de tertulianos y plumas de alquiler, leyesen el libro de Pérez de Ayala que precisamente tiene como título ‘Política y toros’. Se trata de un compendio de artículos de prensa publicados en las dos primeras décadas del siglo XX. Quien tenga a bien leerlo se encontrará no sólo con una excelente prosa y admirable agudeza, sino también con la sensación de que muchos de los problemas planteados por Ayala parecen estar refiriéndose al momento presente, especialmente en lo que atañe a la plutocracia de la que se ocupa reiteradamente nuestro gran escritor.

Les puedo asegurar que se asombrarían con la lectura del susodicho libro.

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Ávidos de fantasía (En la muerte de García Márquez)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-04-2014 | 14:23| 1

 

Necrológicas de urgencia, inacabable repertorio de topicazos, cursilerías empalagosas, confesiones pueriles de cercanía y proximidad al genio. ¿Y qué más? Lo cierto es que la obra de García Márquez sigue y seguirá viva, mientras que toda la catarata de escritos de ocasión sobre su figura ya tiene caducidad en el momento mismo de ser publicada. Catarata tan prescindible como inevitable. Sólo cabe a este propósito manifestarse sobre la experiencia lectora y es posible que en algún caso se encuentre complicidad.

Se diría que la inmensa mayoría de los escribidores de ocasión se reclaman sus íntimos. Se diría que sueñan con estrechar ese vínculo mediante algo tan sencillo como soltar topicazos sobre él. Y, en otro caso, lo que es todavía menos digerible, con ponerse estupendos planteando pegas a su obra desde una nadería que, a decir verdad, invita a la conmiseración.

Y, en cualquier caso, junto a la experiencia lectora que puede propiciar la creación de complicidades o apertura de caminos, sólo cabe incidir en su importancia dentro de la historia de la literatura.

Miren, cuando en aquellos años 60, el llamado realismo social de la novela ya producía agotamiento hasta el extremo de que un crítico del género clamó estar ávido de fantasía, llegó el llamado boom de la literatura hispanoamericana y ventiló el panorama literario. Porque una de las muchas grandezas de la obra de García Márquez consistió en que no sólo puso en evidencia que también la voluntad de estilo es revolucionaria cuando se logra, sino que además la fantasía no es menos subversiva que el panfleto a ras de suelo.

Y, a todo esto, hay un importante añadido a consignar: hay autores –y García Márquez es también en esto uno de los grandes– que es tal su ambición narrativa que arrolla al lector de tal modo que lo hace cómplice de sus historias. Fíjense, en una de las obras menos citadas del autor que nos ocupa, en ‘Noticia de un secuestro’, resulta imposible, desde el comienzo, que el lector abandone el interior de ese coche con el que arranca la acción, es tal la fuerza, tan electrizante la forma en que se cuenta, que, cumpliéndose esta vez el tópico, atrapa al que allí se asoma. Al secuestrado de la historia se suman los lectores que allí se adentran. La narración periodística, el reportaje bien entendido es en García Márquez lo que el cuento policial en Borges. No se pierda esto de vista para saber de qué escritor estamos hablando.

Otro aspecto insoslayable de la trayectoria de García Márquez son determinadas ciudades. Diré tres. Aquella Barcelona que descubrió el boom de la literatura hispanoamericana para España y para Europa. Aquella Barcelona literaria que consiguió el milagro de no reparar en que existía Franco. Eso sí que fue un hecho diferencial, admirable e irrepetible. Aquel París en el que una serie de escritores hispanoamericanos, entre ellos García Márquez, estaban esperando la noticia de la caída de sus dictadores, que tanto se parecían entre sí. Desde la suprema gloria literaria, Valle-Inclán los presidía. Y –¿cómo no?– La Habana. No hay duda de que la relación entre García Márquez y Castro da mucho de sí, también literariamente. En todo caso, el destino tenía que unir a un escritor de referencia con un mandatario al que no se le puede negar su protagonismo en el siglo XX así como su atractivo literario, no siempre pintiparado para las hagiografías, pero de una potencialidad extraordinaria.

Por otra parte, ¿cómo no tener en cuenta lo mucho que se le debe a un escritor que, para millones de lectores, les supo mostrar la realidad de lo fantástico en muchas de sus historias, especialmente en la que está considerada su obra maestra? ¿Cómo no preguntarse, en unos tiempos como éstos en los que la literatura está tan sofocada por las etiquetas y tan marcada por el mercado, lo providencial que resultó para muchos adolescentes la lectura del libro al que acabamos de hacer mención? Uno de mis mejores amigos me comentó muy recientemente que a sus 14 años una de las cosas más importantes que hasta entonces había sucedido en su vida fue haber leído ‘Cien años de soledad’.

Y, volviendo a lo que es el periodismo en García Márquez, a muchos nos congratula el recuerdo de la ansiedad con que esperábamos que llegase el miércoles en aquellos años en que escribía su artículo en ‘El País’. ¡Qué lujo supuso disfrutar de aquel escritor de periódico, sin pedanterías, sin moralinas, con admirable oficio! Por algo, se negó a conceder entrevistas precisamente por lo mucho que amaba a aquel subgénero periodístico tan de capa caída en los últimos tiempos. Por algo, se refirió a que las grabadoras hacían perder al entrevistador los pálpitos del entrevistado. Por algo dijo que el término «posicionar» era un palabro que debería estar prohibido. Por algo, advirtió contra los adverbios terminados en «mente», incluso antes de que se prodigara tanto el «absolutamente».

Y apuntemos por último su maestría para los títulos. Desde García Márquez, no sólo es el coronel el que no tiene quien le escriba, no sólo es la suya la crónica de una muerte anunciada, no sólo el amor está en los tiempos de cólera.

No toca sumarse a tantas plañideras corales, sino a la lectura o relectura de un genio al que tanto y tanto le debe la literatura.

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La apuesta por Europa del partido casquista
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-04-2014 | 01:41| 3

 

«Platón quería que gobernasen los filósofos; no pidamos tanto, reduzcamos al mínimum nuestro deseo, pidamos que no nos gobiernen analfabetos. Y aún peor, señores, que los analfabetos intelectuales son los que a la vez practican el analfabetismo moral». José Ortega y Gasset.

 

Cascos no se pierde convocatoria electoral, incluso con el riesgo de llevarse batacazos, como le sucedió al presentar candidatura al Parlamento español desde Madrid en 2011. Y, ahora, vuelve a arriesgarse al decidir que su partido concurra a las elecciones europeas. Seguro que tiene sus cálculos hechos y que es consciente de las escasas posibilidades, por no decir nulas, de que su formación logre un solo eurodiputado.

Así las cosas, lo más probable es que se tome las elecciones europeas como un sondeo de lo que podría alcanzar su partido el próximo año en los comicios autonómicos, donde, en verdad, se lo jugará todo. Y, de paso, consigue, lo que le debe proporcionar no pequeña satisfacción, que el PP astur se afane y se desvele por quitarle votos, haciendo que sus otrora compañeros de partido tengan que discurrir un discurso distinto al que esgrimirían en el caso de ser la única fuerza de derechas por esta tierra (bien es verdad que otros partidos como el PSOE son también de derechas, aunque exhiban siglas de izquierda).

Como dijo muy recientemente Juan Neira en las páginas de este periódico, la estrategia del PP astur en las europeas tiene que ser contra Cascos. Así pues, desde el plano meramente discursivo, la campaña para el 25 de mayo en tierras llariegas será más divertida.

Y, por otra parte, Cascos le saca partido de nuevo a determinados personajes y episodios históricos de la historia de Asturias. Esta vez no será Jovellanos, con quien llegaron compararlo muchos de sus ahorra acérrimos enemigos peperos, sino un acontecimiento histórico que coincidirá con la fecha de los comicios europeos, es decir, el de aquel 25 de mayo de 1808, cuando Flórez Estrada invocó a la ciudadanía para combatir al invasor francés y se decidió enviar delegados astures a Londres.

Desde luego que el señor Cascos no es Flórez Estrada y que sus cabezas de lista a las europeas nada tiene que ver con los personajes entonces enviados a Inglaterra. No obstante, bien está que se aluda a la historia, concretamente a un episodio que debería ser la referencia para la fiesta civil asturiana al margen de fervores covadonguistas que, de suyo, pertenecen a un ámbito que no es el civil.

Sea como sea, Cascos anima el cotarro, obligando a pensar más de lo esperado a sus excompañeros de formación política y sacando a relucir una fecha clave en la historia de Asturias de la que ningún otro partido tiene a bien ocuparse. Y, de paso, aun corriendo riesgos como dije más atrás, está claro que el líder de Foro no quiere perderse ninguna liturgia política.

Dicho todo ello, lo curioso es que, partiendo de un más que probable fracaso electoral, la concurrencia de Foro a las europeas supone un cambio no pequeño en las estrategias electorales a seguir especialmente por parte del PP. Y supone también que la historia, con más o menor rigor, vaya a tener un protagonismo en la campaña que el resto de los partidos parlamentarios en Asturias no iban a darle.

Más de uno tendrá que acudir a Wikipedia e imprimir y luego subrayar la información que está allí consignada sobre Flórez Estrada y el 25 de mayo.

¿Verdad, doña Mercedes, que nunca es tarde para aprender?

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Semana tricolor
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-04-2014 | 01:21| 0

 

«La República española se distinguió de la de Weimar y de las demás repúblicas de su tiempo por la ambición y la amplitud de su visión social y política. Sigue siendo una presencia más viva porque sus aspiraciones eran más elevadas que las de las demás repúblicas contemporáneas suyas” (Eduardo Malefakis).

 

De nuevo, efemérides republicanas. De nuevo, semana tricolor. De nuevo, habrá quien le rinda culto al 14 de abril sin apostar por la proclamación de la Tercera República. De nuevo, cita con el único Estado no lampedusiano de la España contemporánea.

Sin embargo, la madre de todas las novedades será esta vez el declive cada vez más acuciante que vive el régimen de esta Segunda Restauración borbónica. Por vez primera, según se desprende de las encuestas, ni el PP ni el PSOE tienen asegurada mayoría en la ya cercana cita electoral del 25 de mayo, que, en no pequeña parte, será leída también en clave nacional. Pero no sólo eso, sino que además se baraja la posibilidad de que, entre ambos, no llegasen a lograrla.

Ante un panorama marcado por una clase política, tan incapaz como corrupta, esto es, tan mediocre como mezquina, ese paisaje histórico tan sepultado como es el republicanismo español, se convierte en punto de atención de la ciudadanía, de tal modo que cada vez es contemplado con menos temor y temblor.

Y no se trata de una nostalgia consistente en volver a un pasado que, como tal, no puede ser resucitado. De momento, es distinta cosa lo que aquí se dilucida. De momento, puede que sean cada vez más las miradas que vayan más allá de los topicazos que tanto vienen insistiendo en lo que llaman fracasos de las dos repúblicas que en España han sido, al tiempo que se soslaya y se obvia que ningún reinado borbónico, excepción hecha de Carlos III, se caracterizó por ser un modelo a seguir.

De momento, pueden que sean más las miradas que se detengan en lo que se puede considerar que es el legado moral del republicanismo español que, llevados por su afán pedagógico heredado del institucionismo, apostaron por la enseñanza pública. Y que, por otro lado, hicieron del regeneracionismo bandera.

Y es que nadie puede negar, ni siquiera los mayores entusiastas de esta Segunda Restauración borbónica, que este país necesita una apuesta por la enseñanza pública que nos aleje del furgón de cola de Europa. También es irrebatible que se necesita, ahora como entonces, acabar con los abusos de la plutocracia.

Añádase a lo anteriormente expuesto esto que sigue: resulta irrebatible que la mejor España en lo literario, en lo artístico y hasta en lo científico fue la del exilio, la que no tuvo sitio en el franquismo, esto es, la España republicana. Así las cosas, en la presente coyuntura, nada tiene de extraño que las miradas, como dije más arriba, se dirijan a ese legado que no sólo se sepultó en el franquismo, sino que además tampoco fue todo lo reivindicado que realmente se merecía desde la transición a esta parte.

Semana tricolor, digo. Cada vez resulta menos consistente atrincherarse en una Constitución que, lejos de hacernos iguales ante la ley, establece distingos impositivos entre unas y otras Comunidades autónomas y fija distintos sueldos a funcionarios en el desempeño del mismo trabajo con idénticas titulaciones, con las mismas oposiciones, según el territorio donde se preste ese servicio público.

Semana tricolor que traerá más miradas sobre un legado que responde en no pequeña parte a muchos de los grandes problemas que tiene la ciudadanía de este país, problemas que hoy, como hace cien años, recaen sobre una situación política de declive, corruptelas, caciquismos y agonía.

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Crónica en “El Comercio” de la presentación en el Ateneo Jovellanos del libro “En torno a Fernando Vela”
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:24| 0

 

«Fernando Vela es un asturiano universal»

Luis Arias Argüelles-Meres, Leopoldo Tolivar, José Luis Fernández y Celsa Díaz presentaron ‘En torno a Fernando Vela’, el ensayo que recupera la figura del filósofo asturiano 

 

«Fernando Vela fue un hombre disperso en multitud de profesiones, pero cuya vida y obra no gozan del reconocimiento que se merecen». Con estas palabras de Luis Arias Argüelles-Meres, quien es el coordinador del volumen -y  colaborador de EL COMERCIO-, dio comienzo el acto de presentación de ‘En torno a Fernando Vela’, el último ensayo que pretende recuperar la figura del filósofo, periodista y escritor asturiano. Los encargados de presentarlo en Gijón fueron cuatro de los diez autores que firman el libro: Leopoldo Tolivar, José Luis Fernández, Celsa Díaz y el ya mencionado Argüelles-Meres. Sus nombres aparecen en la autoría junto a los de José Carlos Mainer, Elvira Bobo, Manuel Neila, Azucena López Cobo, Teófilo Rodríguez y Lluis Álvarez. Juntos han cubierto las múltiples facetas de Fernando Vela, comenzando por su dedicación a la filosofía, la escritura y el periodismo; recuperando su afición por el arte, además de su relación con Leopoldo Alas ‘Clarín’ y con la Asturias que le tocó vivir.

El catedrático de Derecho administrativo y colaborador también de este diario, Leopoldo Tolivar Alas, fue el encargado de exponer la relación  el protagonista y ‘Clarín’, su bisabuelo. De documentos escritos y de comunicación oral con su familia se valió para recoger la corta relación que unió a ambos, pues el escritor asturiano falleció cuando Vela tenía 12 años. «La prueba de su presencia en mi familia está en que mis abuelos conservaron, pese a no destacar por su pasión por la filosofía, muchos números de la Revista de Occidente», explicó Tolivar.

El periodismo y el arte fueron los otros dos pilares sobre los que giró el acto, celebrado en el Ateneo Jovellanos en colaboración con el Aula de Cultura de EL COMERCIO. De la faceta periodística se encargó José Luis Fernández. «Fernando Vela es un asturiano universal, cuya verdadera pasión estaba junto a la rotativa», explicó, al tiempo que describió su relación con Ortega y Gasset como «el tándem cultural más productivo del siglo XX». Para Fernández, el periodismo ‘vital’ de Vela estaba a medio camino entre el ensayo y el artículo. «Su anonimato, con todo ello, se  deber a la ingenuidad y modestia propia del carácter asturiano, un complejo que tenemos por aquí y afecta a lo bueno que hacemos, que no es tanto, por lo que no deberíamos esconderlo», sentenció.

La pintora Celsa Díaz se encargó de la faceta más artística. «Vela inaugura una crítica más allá de la valoración técnica, sus textos van a lo inherente de la actividad. Su manera de entender el arte está en la explicación y observación, basándose en el pasado pero superándolo, no rompiendo drásticamente con él», señaló. Éstas son solo tres visiones complementarias de las diez que dan  a la obra. Todas ellas, ahora, convergen en este libro imprescindible sobre Fernando Vela.

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Justo homenaje a Fernando Vela
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:19| 0

Hora es de que se sepa, sobre todo en Asturias, quién fue y qué fue Fernando Vela, cuya vida transcurrió según testimonió el propio interesado, entre dos muertes, la de ‘Clarín’ (1901) y la de Ortega (1955). Cierto es que en los últimos años se dieron pasos para el conocimiento y reconocimiento del autor de ‘El arte al cubo’. El primero de todos ellos fue el libro de Teófilo Rodríguez Neira ‘Fernando Vela y Asturias’. Muchos años después, en 2010, la Fundación Banco Santander publicó una selección de su obra. En ese mismo año, hubo unas jornadas en la Universidad de Oviedo que abordaron el significado de su obra. Y, en este año 2014, el Servicio de Publicaciones de nuestra Universidad saca a la luz el libro que hoy se presenta, que se abre con un capítulo escrito por la máxima autoridad académica en las letras españolas del siglo XX; se trata, naturalmente, de José Carlos Mainer. En el citado volumen colaboran también Azucena López Cobo, Elvira Bobo Cabezas, Celsa Díaz Alonso, Teófilo Rodríguez Neira, Leopoldo Tolivar Alas, Manuel Neila Lumeras, Lluis Álvarez, José Luis Fernández López y el arriba firmante que hace de coordinador del mencionado volumen.

Lo esencial es no perder nunca de vista la pujanza cultural de Asturias a principio del siglo XX, representada por el autor que aquí nos trae. Vela, como Ortega, Azaña, Pérez de Ayala y Augusto Barcia, militó en el reformismo melquiadista, cuyo partido fue el principal vivero de la Segunda República.

No menos esencial resulta conocer no sólo al Fernando Vela que fue el hombre de confianza de Ortega, sino también al autor de ensayos memorables sobre Charlot, sobre el cine, sobre las vanguardias artísticas, sobre ‘Clarín’, sobre la filosofía existencialista y un largo etcétera. Al autor, asimismo, de excelentes biografías, entre otras, sobre Mozart y Roosevelt. Al periodista que, tras la guerra civil española, tuvo un gran protagonismo en un islote de libertad como fue el diario ‘España’ de Tánger, diario en el que dejaron su impronta otros grandes periodistas asturianos como Juan Antonio Cabezas y Jaime Menéndez ‘el chato’.

Frente a la labor de almirez que trituró la memoria de la mejor España y de la mejor Asturias intelectualmente hablando, lo que toca es recuperar a las grandes figuras intelectuales de nuestra historia contemporánea, entre las que se encuentra, con toda justicia, Fernando Vela.

Me atrevo a pedir solemnemente al público lector de este diario que se sume al homenaje a Vela que supone el libro que hoy se presenta en el Ateneo Jovellanos.

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Emilio Lledó, por ejemplo.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:14| 0

«Espinosa no quiso ser profesor, si lo hubiera sido, inevitablemente habría sido acusado de «hacer política», y acaso no hubiese sido defensa suficiente la de alegar que para un filósofo hacer política es explicar la lección 15 del programa». (Vidal Peña)

 

Emilio Lledó, por ejemplo. Tiene como aval un inmenso saber atesorado en toda una vida dedicada al estudio y al pensamiento. Se rebela contra la estulticia y los atropellos que nos asolan de continuo aquí y ahora. No entiende que la tarea del filósofo consista sólo en especular al margen del tiempo que le toca vivir y al margen de los trabajos y los días de sus conciudadanos. Cuantas veces sale a la palestra en entrevistas que le hacen, uno no puede no sentirse aliviado, cuando arremete sin reparo alguno contra las miserias que estamos sufriendo. Miserias no sólo en el orden económico, aunque también.

Emilio Lledó, por ejemplo. Recuerdo un libro suyo en el que explicaba magistralmente la filosofía de Platón. Lo hacía, siguiendo la consigna de Ortega, con claridad y, también, con voluntad de estilo. Por eso, tiene que resultarle muy irritante que, en tiempos como éstos, se insulte a la inteligencia con tanto descaro y con tamaña torpeza.

Emilio Lledó, por ejemplo. Más cerca de sus libros que de otras lisonjas. Mucho más proclive a dejarse deslumbrar por la inteligencia que por becerros de oro. Y, desde luego, no se anda con paños calientes a la hora de pronunciarse en público acerca de lo que está pasando.

Ni ñoño ni complaciente. Ni sumiso ni condescendiente. Es él y sus libros. Es él y su memoria. Es todo un gran valedor del saber y la inteligencia.

En un país en el que el esfuerzo por el conocimiento lleva décadas orillado y en el que, en los últimos años, los recortes, no sólo de derechos, proliferan y van a más, que exista alguien como Emilio Lledó que llama a las cosas por su nombre, y no sólo desde el rigor de su formación filosófica, sino también desde la verdad y desde la razón.

En un país en el que la telebasura fabrica personajes omnipresentes en las conversaciones cotidianas, tanto públicas como privadas, es necesario que haya figuras como Emilio Lledó que ejemplifican lo que es la excelencia frente a la chabacanería.

Emilio Lledó, por ejemplo. Con personalidades como él, la indignación generalizada, que cada vez tiene mayor presencia pública, puede construir un discurso convincente y tenaz, desde el rigor y la clarividencia.

Para alguien como Lledó, hablar de política, también de política con minúsculas, no es nada extraño, porque la filosofía no puede no ocuparse de ella, sin necesidad de fárragos, ni de evasiones más o menos disculpables.

¿Cómo no recordar a aquel Blas de Otero que, en su confesión más angustiosa, decía quedarle la palabra? Digo esto porque con Lledó sabemos que el logos puede ser clave para  explicar lo más intrincado y sublime, pero también lo más cotidiano y sórdido.

Cómo no recordar a aquel Blas de Otero que, en su confesión  más angustiosa, decía quedarle la palabra? Digo esto porque conLledó sabemos que el logos puede ser clave para explicar lo más intrincado y sublime, pero también lo más cotidiano y sórdido.

Emilio Lledó, por ejemplo: el saber y el rigor, la batalla de la inteligencia, por la inteligencia, la que nos da, la que nos tiene que dar, como le imploraba Juan Ramón Jiménez, el nombre exacto de las cosas.

Emilio Lledó, por ejemplo: el saber y el rigor, la batalla de la inteligencia, por la inteligencia, la que nos da, la que nos tiene que dar, como le imploraba Juan Ramón Jiménez, el nombre

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SEPULTUREROS DE SUEÑOS EN OVIEDO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:06| 0

«Déjame vivir como acero mohoso. Sin puño tirado en las nubes. No quiero saber de la gloria envidiosa. Con rabo y cuernos de ceniza». Luis Cernuda.

El óxido que destaca en el Calatrava. El venerable nombre de Jovellanos empresarialmente utilizado. El mamotreto construido en el solar donde estuvo la muy querida Estación del Vasco. La ‘performance’ organizada por ‘Rivi’ con el entusiasmo al que nos tiene acostumbrados. Y resulta que Gabino de Lorenzo no quiere actuar en ella. Como si no hubiese sido el alcalde de Oviedo cuando se llevó a cabo el proyecto.

¡Cuánto estropicio, Dios mío, cuánto estropicio! Se demolió el Carlos Tartiere. Había mucho empeño en construir un nuevo estadio y no se optó por otras posibilidades. Gastos y más gastos. La era del despilfarro. Como si las instituciones autonómicas no tuviesen dónde ubicarse, se decidió instalar en el inmueble calatraveño la Consejería de Cultura. También un palacio de congresos. Todo era poco. Y, sin necesidad de que transcurriesen muchos años, el proyecto se reveló ruinoso, al tiempo que el óxido calatraveño fue –y sigue siendo– toda una metáfora de aquellos grandonismos.

Nostalgia al recordar los muchos episodios de gloria en aquel estadio a lo largo de muchas décadas, desde la legendaria y mítica delantera ‘eléctrica’ hasta la última etapa del Oviedo en

la división de honor del fútbol español. Gloria azul épica, lírica y heroica con jugadores que son leyenda del fútbol español. ¿Y de qué sirvió aquella demolición con su subsiguiente proyecto? De deuda y de óxido. Nostalgia no menor al recordar lo que la Estación del Vasco significó en Oviedo. No sólo aquella estética tan genuina del pasadizo hacia los andenes. No sólo el legado de la educación sentimental en la que tenían presencia los anuncios. Y, pasados los años, se presentó Calatrava a sugerir una especie de trillizas inclinadas, que, ciertamente, entusiasmaron a muy pocos. Entre las excepciones, el señor Mortera.

¿Y cómo no recordar el episodio protagonizado por la señora Sainz proponiendo que se construyese una especie de Ciudad de la Justicia en el solar de la vieja estación? Aquello fue un bluf. Pero, por grandonismos, no se quedó. Y, miren ustedes por dónde, no dejaba de ser llamativa la paradoja que sigue: erigir una Ciudad de la Justicia tras la injusticia estética que

supuso aquella demolición.

Cuando los episodios del despilfarro nos siguen cobrando factura, llega Gabino de Lorenzo con su negativa a declarar en la ‘performance’ presidida por ‘Rivi’. Nada menos que todo un delegado de Gobierno negándose a colaborar con el esclarecimiento de una historia que, a día de hoy, es ruina, óxido, endeudamiento y paseos por los juzgados.

Los polvos y los lodos. Los derroches. Los grandonismos. Todos ellos como sepultureros de sueños. Todos ellos como causantes de un sonrojo colectivo. Todos ellos como engendros del triste presente que nos está tocando vivir. Y aquí no está solo un legado económico deplorable. Aquí está también un legado moral deprimente con responsables, al menos en lo político, que tienen nombres y apellidos.

No, aquí la historia no los absolverá. Aquí, lo único que cabe como desquite es que se vayan a su casa los que avalaron políticamente aquello. Y, llegado el caso, que la ley se aplique a quienes pudieron haber cometido irregularidades. Sepultaron sueños para traer ruina.  Es imperdonable tanto horror, tanta ambición desmedida y tanta horterada.

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No nos cautive, monseñor Rouco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-04-2014 | 20:52| 1

«España no se constituye, digo, en torno a una unidad dogmática, sea religiosa, o política, o social, o económica, para expulsar de la convivencia nacional a todos los que no han perecido en la contienda contra este dogma. Esto sería una manera de entender la nación que destruiría en su base el concepto mismo de lo nacional… Sería un concepto de pueblo fanático, que lo mismo puede venerar la cruz que la media luna, pero que arroja a las tinieblas exteriores a todo el que no comparta su adoración». Manuel Azaña.

 

No es justo que en el 75 aniversario del final de la Guerra Civil tengamos que desayunar con la prédica de monseñor Rouco Varela, advirtiéndonos del peligro de que la historia se repita. No es de recibo que, tras haber transcurrido cerca de 40 años desde la muerte de Franco, los funerales de Estado se sigan celebrando desde el catolicismo oficial y, teniendo en cuenta al oficiante, desde el nacionalcatolicismo. ¿No habíamos quedado en que la intocable Constitución garantizaba un Estado aconfesional?

Extraño maridaje el de un Estado supuestamente aconfesional con una institución monárquica católica. Extraño comportamiento, desde la muerte de Franco a esta parte, de una izquierda de siglas que, tras haber gobernado durante veintiún años, no cambió esto, ni siquiera lo planteó como debate.

Y es que ni una nación ni una democracia pueden ni deben constituirse sobre la base de unos rituales que se corresponden con una confesión religiosa, por mucho que la susodicha sea omnipresente en nuestra historia.

¿Cómo es posible que, para despedir a una figura histórica que dijo apostar por la concordia se haya esgrimido una prédica como la de monseñor Rouco? ¿Qué grado de asentamiento y credibilidad puede tener una democracia en la que las personas que representan a las instituciones civiles tengan que asistir a ceremoniales bendecidos por la Iglesia?

Una ciudadanía democrática no puede estar bajo el cautiverio de ningún credo religioso. Una ciudadanía democrática no puede aceptar de ningún modo advertencias apocalípticas que la quieren desarmar como soberana.

¡Qué manera más inapropiada de digerir el 75 aniversario del final de una guerra y del principio de una dictadura que no se asentó precisamente sobre las bases de la paz, la piedad y el perdón que Azaña había implorado!

¿A qué viene ese afán por resucitar fantasmas? ¿A qué viene ese afán por dudar de la capacidad de la ciudadanía para dirimir sus diferencias democráticamente? ¿A qué vienen semejantes recordatorios?

Recuerdo aquellos años en los que había caravanas de coches para asistir a las misas oficiadas por monseñor Guerra Campos, si mi memoria no me falla, camino de Cuenca. Pero aquello no era la España oficial. Ahora las cosas son muy distintas. Se diría que hemos desandado. Se diría que la jerarquía eclesiástica es un poder espiritual sobre todo el país desde el momento mismo en que todas las instituciones asisten a estas liturgias.

¿Tan difícil es separar lo público de lo privado? ¿Tan difícil es que el Estado democrático tenga sus propias liturgias al margen de las creencias de quienes están al frente de las instituciones, creencias que pertenecen, como no puede ser de otro modo, al ámbito privado?

75 aniversario del fin de una guerra, insisto. Y, en lugar de construir un discurso sobre la base de la reconciliación, lo que se hace es plantear casuísticas que puedan suscitar una guerra, otra guerra. ¿Acaso no hubiera sido más pertinente basarse en la figura de Suárez para incidir en que nunca puede haber razones para una contienda como aquella?

Porque aquí hay dos problemas de gran calado. Uno es que no se escenifique lo que es un Estado confesional. Y otro es el discurso de la Iglesia Católica, que parece haber regresado al nacionalcatolicismo.

No nos cautive, monseñor. No nos desarme, monseñor. Los primeros y últimos objetivos de una democracia se basan en la plenitud de derechos y libertades, y no en los espadones ni en los cirios, ni en los palios.

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