El Comercio
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¿Legislar contra el odio virtualmente expresado?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 23-05-2014 | 07:54| 7

«Sóbrale al mar de amargura lo que a menudo le falta de firmeza, pereciendo en él todos los que se adentran sin estrella» (Gracián).

 

Una frase corta, un bramido, una blasfemia, una insulto hiriente, una pintada, una amenaza, una maldición. Todo ello y todas ellas caben en pocos caracteres; vienen a ser los espumarajos de un continuo y frenético oleaje empujado desde la vida pública y que se estrellan sobre los muros virtuales, no sé si infinitos, pero sí, desde luego, ilimitados. A menudo, sintaxis alicortada, semántica de brocha gorda, morfología balbuciente, discordancias llamativas. A menudo, la paradoja que supone agarrarse al asidero de la soledad desde donde se escribe y, al mismo tiempo, sentirse envalentonados imaginando la pléyade de receptores de su bufido. No, su casa no está sosegada, como la del poeta místico. Pero el arrebato expresado en tan pocos caracteres sí que está cargado de decibelios.

Más allá de lo que sea posible y plausible legislar al respecto, sin que sufra menoscabo la libertad de expresión, nos encontramos claramente ante un problema de géneros, más de bien se subgéneros. Si, como reza el tan recurrido tópico, se supone que el papel lo aguanta todo, preguntémonos hasta dónde llega la inexpugnable resistencia (también indiferencia) de los muros virtuales.

Más allá de que se legisle contra las injurias, más allá de que se intente exigir que lo que se dice está contrastado, lo que le falta a  esta realidad virtual, cada vez más frecuentada en las redes sociales, es solemnidad.  Es en esa ausencia de solemnidad donde radica la grandeza y la miseria de la incesante catarata de decires en las redes sociales. Grandeza, por la espontaneidad que permite; miseria, por lo poco que importa expresarse sin decoro y sin rigor.

Desde el crimen de León, se diría que las alarmas se han disparado hasta que muy recientemente, a resultas de un partido de baloncesto, hubo inundación de comentarios racistas que, según parece, fueron en muchos casos objeto de denuncia.

El odio y el ingenio, –perdón por la perogrullada- tan omnipresentes en las pintadas y en las redes sociales, se asoman con mucho más pudor en otros ámbitos de expresión, pero, en el mundo virtual, son irrefrenables y, sobre todo, esenciales.

Y no perdamos de vista que, si bien es cierto que las andaduras digitales dejan huella, la realidad virtual se vive, en la mayor parte de los casos, como un ámbito anónimo. El insulto no es cara a cara. La amenaza no se manifiesta en presencia física. El alarido racista, machista, clasista, (y todos los “istas” que se quieran) se lanza desde la covacha de la soledad. Distinta cosa es que esa covacha pueda ser, llegado el caso, localizada y rastreada. Pero, desde ella se actúa como si se estuviese en un atrincheramiento infranqueable.

Legislar contra el odio virtual, además de generar debates que forman parte del entretenimiento público, viene a ser –mutatis mutandis- como la lucha contra las pintadas más o menos irreverentes, más o menos insultantes, más o menos ingeniosas, más o menos cobardes, pero siempre inevitables. Y, hecha la necesaria selección que impone el paso del tiempo, necesarias como testigos de los afanes de un tiempo y un territorio, necesarias como muestras de un derroche de ingenio que, por fortuna, nunca cesa.

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La desfachatez del bipartidismo astur
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Luis Arias Argüelles-Meres | 20-05-2014 | 17:50| 2

¿Desconocen los asesores del PP y del PSOE que existe un incómodo testigo de la memoria que se llama hemeroteca? ¿Cómo pueden tener la desfachatez de discutir ahora si la autovía de la Espina tiene que llegar a Ponferrada? Miren, en la campaña de las elecciones municipales y autonómicas de 2007, se dirimía si llevarla hasta Ponferrada o alargarla nada menos que hasta Portugal. Siete años después, la autovía de marras no llega ni a Cornellana. En 2010, Pepiño Blanco, acompañado de la plana mayor de la FSA, cuando inauguró el tramo Grao-Doriga, paralizó las obras de esta autovía. Un mes después, se dio un parón definitivo a la segunda calzada entre Salas y La Espina. Ni Areces ni Javier Fernández se pronunciaron al respecto. Ante todo, la disciplina de partido. Por otro lado, desde la victoria de Rajoy en 2011, los susodichos tramos siguen paralizados

Ya puestos a hacer memoria de tantas patrañas, recordemos también que los estudios geológicos fallaron, pues la salida de la autovía que estaba prevista en Doriga, hubo que habilitarla por otro recorrido. Y ahí nos dejaron, además de despilfarros, un destrozo paisajístico importante. Y no olvidemos que las autoridades socialistas insistieron mucho «en el horizonte de 2009» como conclusión de las obras. Cinco años después, no se otea horizonte alguno. Les debemos gratitud infinita.

Por su lado, el PP, que tanto criticó los retrasos en esta autovía, mantiene un mutismo total ante la falta de voluntad del Gobierno de Rajoy de reanudar las obras que paralizó el PSOE.

Ante un panorama tan desolador, ¿cómo tienen la desfachatez los canovistas y los sagastinos (léase peperos y socialistas) de reabrir esta discusión? ¿Con qué credibilidad pueden hacerlo? ¿No cuentan con otros planteamientos más apropiados que éstos con vistas a unas elecciones al Parlamento Europeo?

El sistema bipartidista que languidece y agoniza, está utilizando su último recurso: el circo de aparentes rifirrafes que son pura falacia, pues se saben igualados en incumplimientos electorales. Como no tienen temas de fondo sobre los que discutir, porque son mucho más los acuerdos que las verdaderas desavenencias, convergen en el circo de las descalificaciones mutuas.

Es grande, muy grande, la desfachatez del bipartidismo astur. Es grande, muy grande, más que el sucursalismo, el señoritismo en el que incurren con respecto a sus dirigentes estatales, cuyos dedos quitan y ponen cargos y prebendas.

Y sólo hay un modo que está a nuestro alcance a la hora de combatir tamaña desfachatez que consiste en negarles el voto, no ya por el mayor o menor acuerdo que tengamos con sus postulados, sino por sus continuas falacias.

Desde la memoria que atestiguan las hemerotecas, hay que decir que valió, valió, valió.

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Manuel Neila, un poeta de lo esencial
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Luis Arias Argüelles-Meres | 19-05-2014 | 13:50| 0

Más que poeta de lo inefable, que diría Ángel González, Manuel Neila Lumeras, nacido en 1950 en la localidad extremeña de Hervás, pero muy vinculado a Asturias, donde vivió su infancia y adolescencia, donde estudió Filología románica, es un poeta de lo esencial, que no busca refugio en etiquetas, sino que persigue una voz propia, un poeta embebido de la mejor poesía, no sólo en lengua castellana, aunque también. Poeta, traductor y editor, que acaba de publicar ‘El Camino original’, libro en el que tienen presencia poemas que dan cuenta de sus distintas etapas.

Pues bien, el IES Virgen de Covadonga de El Entrego, instituto donde Neila cursó sus estudios de bachillerato, dentro de las actividades que organiza con ocasión de su 50 aniversario, contará con la presencia de Manuel Neila mañana, que leerá poemas de su último libro. Seguro que este reencuentro con su tierra de la que nunca se desvinculó, podrá servir para que su obra se abra paso más allá de los círculos académicos y poéticos donde es sobradamente conocido.

En la obra de Neila es perfectamente compatible la erudición con la claridad, entendida como una obligada renuncia a la retórica. Sutileza sin pedantería, ambición estética, voluntad de estilo que se percibe en cada poema.

A veces, los hallazgos de pensamientos no necesitan del fárrago, sino que encuentran cauce en poemas y versos admirablemente elaborados que tampoco renuncian a la claridad. A veces, los sentimientos más profundos avistan salida expresiva fuera de retóricas socorridas y, al margen de estridencias peligrosamente cercanas a lo cursi y empalagoso. La obra poética de Neila brota, al machadiano modo, de los serenos manantiales de los que siempre echó mano la mejor tradición lírica. A veces, los aforismos, como en el caso que nos ocupa, huyen de lo grandilocuente para llegar a lo profundo y asombroso.

Poeta claro y sutil, que tiene en Asturias parada y fonda. Todo un ejemplo de inconformismo ético y estético a través de unos aforismos en muchos casos memorables.

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La resaca tras el debate entre Cañete y Valenciano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 18-05-2014 | 01:12| 2

¿La peor campaña electoral imaginable en lo que toca a la mediocridad del discurso de las principales candidaturas y en lo que concierne al hastío y rechazo que se produce en la ciudadanía  podría ser muy distinta a ésta que estamos padeciendo? ¿Nadie tiene a bien percatarse del contrasentido que supone que un señor como Arias Cañete, que tanto y tanto recuerda al don Guido de Antonio Machado,todo un prototipo de la España de charanga y pandereta, sea el candidato elegido precisamente para Europa? ¿Nadie fue capaz, por otro lado,  de poner sobre el tapete la perplejidad que vivió la ciudadanía al escuchar a la candidata del PSOE su preocupación por la tardanza, a la que Rajoy nos tiene tan acostumbrados, en la que incurrió el PP a la hora de decidir el cabeza de lista de su candidatura? ¿Tan poca importancia le conceden los socialistas a sus propuestas para Europa que no parecieron dormir tranquilos hasta que se hizo oficial quién era su principal adversario político para estas elecciones? Por otro lado, ¿pudo ser más decepcionante el debate entre el señor Cañete y la señora Valenciano?

Pero, miren ustedes, ahí no se acabó todo. Si el debate fue de muy baja altura, la resaca que vino después resultó aún mucho más deplorable. ¿Puede haber forma de concebir cómo es posible que el señor Cañete dijese tamañas barbaridades? ¿Qué es eso de que la superioridad intelectual que dice tener frente a Valenciano podría volverse en contra suya al ser susceptible de interpretarse como machismo? ¿Pero hasta dónde puede llegar la estupidez en este país? ¿Acaso hace falta decir que la inteligencia está tan equitativamente repartida como la estulticia, con independencia de que se sea hombre o mujer? ¿Qué le hace pensar al señor Cañete que es, como diría el personaje valleinclanesco, un “cráneo privilegiado”? ¿Qué méritos atesora este buen señor para alardear de una superioridad moral e intelectual que en modo alguno ha demostrado?

Y, por si todo ello fuese poco,  al lamentable espectáculo de la resaca tras el debate, contribuyó también la carismática dirigente del PP astur haciendo en una red social un comentario muy desafortunado sobre doña Elena Valenciano, refiriéndose a ella como la telefonista de Ferraz. Y es que, por mucho que se haya querido desentender de ello después, arguyendo que fue un error de sus colaboradores, el patinazo de doña Mercedes resultó antológico. Poco fiable políticamente resulta una persona que elige tan mal a quienes gestionan sus apariciones en las redes sociales. Y, en todo caso, ¿qué deshonor supone ser telefonista? ¿Es más loable haber perdido un sinfín de contiendas electorales y haber ejercido cargos de confianza, que no destinos profesionales conseguidos mediante su esfuerzo personal superando unas oposiciones? ¿Qué méritos atesora doña Mercedes? ¿Cuántas empresas privadas están esperando con ansiedad que deje la política para poder contratarla dada su deslumbrante valía?

Al final va a resultar que doña Elena Valenciano, a pesar de carecer por completo de credibilidad, a pesar de tener la desfachatez de criticar las políticas de recortes del PP, que el PSOE fue el primero en aplicar; a pesar de que sus propuestas no van más allá de las perogrulladas, a pesar también  de alguna metedura de pata memorable cuando equiparó al Che Guevara, a Jesucristo y a Felipe González; a pesar de todo eso, digo, sale injustamente agraviada por el machismo casposo de Cañete, así como por el clasismo rancio de doña Mercedes Fernández.

¡Qué resaca, Dios mío, qué resaca tras el debate televisivo! Si algo se saca en claro de todo esto, es el desprecio que se merecen tamaños insultos a la inteligencia.

Tras todo esto, no sería ilógico que a la ciudadanía le despertase la curiosidad de indagar en otros partidos por si se diese la circunstancia de que algunas formaciones políticas tuviesen propuestas creíbles y asumibles, propuestas lógicas y viables que, al menos, no nos abochornasen a todos tanto y tanto.

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De sueños y persecuciones (Reseña de la novela “Los huesos olvidados”, de Antonio Rivero Taravillo, publicada en el Suplemento “Culturas” de “El Comercio” el 18 de mayo de 2014)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 17-05-2014 | 02:36| 0

 

Antonio Rivero Taravillo, autor de la que a día de hoy es la gran biografía de referencia sobre Luis Cernuda se estrena en el género novela con ‘Los huesos olvidados’, que recupera la estancia de Octavio Paz en España durante la guerra civil. Paz fue testigo no sólo de los horrores de la contienda propiamente dicha, sino también de las persecuciones y atrocidades que tuvieron lugar entre sectores de la izquierda, concretamente, de exterminios, propagandísticos primero y físicos después, sufridos por dirigentes del POUM, no sólo el caso más conocido, el de Andrés Nin, sino también, en la historia que aquí nos ocupa, la desaparición de Juan Bosch.

La de Juan Bosch es una historia que va de contienda en contienda, de lucha en lucha. Compañero de pupitre de Paz en México durante los estudios primarios, hijo de un revolucionario catalán que en su momento abandonó su tierra, iniciaría a Paz en el ardor revolucionario en aquella etapa escolar y acabaría siendo deportado de México. El siguiente encuentro entre el literato y el obrero revolucionario se produciría ya en plena guerra civil española.

Para recuperar los muchos cabos sueltos del protagonista de esta historia, el autor se sirve de una profesora de literatura que tardó mucho en saber quién había sido su padre, tras una infancia en la inclusa y unos estudios con las monjas. Es la hija la que viaja a México y se entrevista con Octavio Paz y con Elena Garro para completar el ciclo biográfico de su padre.

A partir de aquí se reconstr uye el relato biográfico de Juan Bosch, al que Paz llama José, en un lapsus que observa la hija del protagonista. Es un hecho que el militante del POUM no corre la misma suerte que Nin en lo que se refiere al desprestigio del que fue víctima por parte de los estalinistas. En el caso de Bosch, se le da heroicamente por muerto. Incluso llega a celebrarse un homenaje al que el propio personaje asiste. Octavio Paz se da cuenta en ese acto de que va a leer unos versos dedicados a un heroico combatiente caído en la lucha que, en realidad, está entre el público. «Has muerto entre los tuyos, por los tuyos», le escribiría el poeta, palabras que dan significado tanto a la propaganda como a la realidad.

Tal y como podía esperarse, Rivero Taravillo se estrena con éxito en el género, manejando bien las técnicas narrativas y sumándose al recordatorio de Paz en su centenario, al tiempo que deja constancia de ese mundo de persecuciones y atropellos que se produjo en un contexto, insistimos, que asombró al mundo.

El nombre de Bosch forma parte del mismo listado que Nin y que el traductor de Dos Passos, José Robles, cuya trágica peripecia fue contada por Martínez de Pisón en uno de sus libros más conocidos.

Tras aquella aparición fantasmagórica en la que pidió la ayuda de Paz, Bosch nunca más fue visto.

La novela que nos ocupa intenta recomponer los cristales rotos de una trayectoria revolucionaria que, al final, fue víctima del fanatismo y la ortodoxia. Y, de principio a fin, la presencia de Octavio Paz es luminosa y hasta deslumbrante.

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Un polvo mediático
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Luis Arias Argüelles-Meres | 16-05-2014 | 00:34| 1

¡Qué paradójico resulta que, precisamente en las redes sociales, donde tantas personas informan de forma pormenorizada acerca de  su vida y milagros, colgando fotografías de lo que han comido o van a comer, del viaje del que acaban de regresar, del cumpleaños al que asistieron,  y así un largo etc., expresando en no pocos casos sus sentimientos más íntimos públicamente, se haya hablado tanto de un polvo al lado de un cajero automático de un banco de Oviedo! ¿A qué viene tanto asombro en unos medios donde la intimidad no es cuantitativamente lo que más se cuida? Y, sobre todo, ¿cómo explicarnos que se conceda más atención a semejante episodio que al que protagonizan tantos indigentes que duermen en esos mismos sitios sobre cartones, a resultas de la miseria que padecen?

Se entiende perfectamente que resulte divertida la historia que nos ocupa, incluso que sea vista como algo transgresor. Aun así, se diría que a esta sociedad le siguen escandalizando las mismas cosas y que tiende a no ocuparse de otras muchas que, en verdad, deberían preocuparnos infinitamente más.

En un país que en los últimos años se ha venido empobreciendo de forma alarmante, al tiempo que la mal llamada clase política no tuvo a bien renunciar a ninguno de sus escandalosos privilegios, lo llamativo en el día a día de una ciudad no debe ser un desahogo sexual que no se refrenó por el pudor. En un país en el que los bancos se pueden permitir desahuciar a ciudadanos que no tienen recursos para hacer frente a sus hipotecas porque perdieron su trabajo y toda protección social, lo más notorio no es que se copule en una entidad bancaria, sino que las susodichas entidades financieras hayan tenido y sigan teniendo un apoyo oficial en muchos casos desmedido, al tiempo que se abandona a su suerte a muchos ciudadanos que están padeciendo situaciones realmente desesperadas.

De acuerdo, no todo se puede tomar del lado grave, ni hay que ponerse demasiado serios, ni circunspectos, conviene reírse y sonreírse, sin duda. Lo que sucede es que no deja de ser sorprendente que se conceda tanta importancia a una anécdota por muy curiosa que resulte.

Polvo mediático, paradójicamente, convertido en acontecimiento virtual. Mientras tanto, siguen los desahucios, continúan las escandaleras políticas, no cesan los petardazos de corrupción política.

En el patio de Monipodio del siglo XXI, el circo de la vida pública española presenta entre otros muchos números de entretenimiento esta historia acaecida al lado del cajero de un banco. No decae el circo, sino que aumenta cada día. Y, al mismo tiempo, escasea el pan.

¡Qué cosas!

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PSOE: En busca de la credibilidad perdida
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-05-2014 | 09:15| 2

¿Cómo recuperar esa credibilidad tan merecidamente perdida, señor Rubalcaba? ¿Cómo negar, cuando critican los recortes del PP, que ustedes empezaron a aplicarlos en 2010? ¿Cómo pueden hacer creer a la ciudadanía que ustedes apuestan por la enseñanza pública cuando, en 21 años de Gobiernos socialistas, mantuvieron el estatus de la presencia de la religión católica en los centros y no se cuestionaron nunca los privilegios concedidos a los colegios concertados? ¿Cómo pueden convencer a nadie de que lo suyo es esencialmente luchar por una sociedad cada vez menos desigual cuando empezaron en tiempos de González con aquello que Nicolás Redondo llamó “el abrazo aristocrático” y cuando, a resultas del estallido de la crisis, apoyaron a los grandes bancos sin ningún rubor? ¿Cómo pueden hacer creer a la sociedad española que están en contra de la corrupción cuando las escandaleras protagonizadas por gentes de su partido desde el caso Juan Guerra hasta los ERES andaluces son mayúsculas en cantidad y bochornosas para la moral pública?

Me atrevo a afirmar, don Alfredo, que, ni siquiera con el discurso más convincente, recuperarán ustedes la credibilidad perdida, mientras no sean otras personas las que tomen la antorcha de la dirección se su partido. Pero todo parece indicar que ofrecerán mucha resistencia a esa renovación que tanto apremia.

Piense, por un momento, en el calado que tienen las asignaturas pendientes que ustedes  han dejado tras haber gobernado este país durante 21 años y pregúntese si cabe esperar que la sociedad española les crea, no sólo capaces, sino inequívocamente decididos, a abordarlas con valentía y coherencia.

Y, ahora, en plena campaña de las elecciones europeas, por mucho que su candidata se desgañite hablando en contra de los recortes, va a ser imposible que, con ello, evite, cuando menos, el escepticismo del electorado. Primero, porque a Zapatero no le tembló el pulso a la hora de meter tijera. Segundo, porque, si de Europa hablamos, el nuevo Primer Ministro francés, también socialista en sus siglas, no va precisamente en esa dirección.

¿Sabe, don Alfredo? Con mayor o menor consciencia de ello, ustedes son el partido político español que más contribuyó a los privilegios de la mal llamada clase política, en le medida en que gobernaron más tiempo que ningún otro. Ustedes no están en condiciones de esgrimir una autoridad moral que no tienen pues la ejemplaridad en la vida pública la tienen tan aparcada como la bandera tricolor que no desean en modo alguno enarbolar, ni siquiera como salida a esta encrucijada. Ustedes son, a la hora de hacer comparaciones históricas, los sagastinos de esta segunda Restauración borbónica.

Sólo cabe, como le digo, una innovación a fondo en sus cuadros dirigentes, con personas que hayan aprendido la lección de las consecuencias de tantas cesiones y concesiones, de tantos renuncios y tantas renuncias que han venido haciendo desde la muerte de Franco a esta parte.

Y, fíjese, es desolador que tengan que esforzarse ustedes, que se reclaman socialistas, por parecer diferentes a un PP que, en muchas de sus políticas y actitudes, no está muy lejos de la extrema derecha. Porque, ya que de Europa hablamos, aquí el partido hegemónico de la derecha no se desmarcó del franquismo lo esperable en una formación política que se dice europeísta.

Desengáñese, don Alfredo: no recuperará la credibilidad el PSOE mientras no haya un cambio de discurso y, sobre todo, de personas.

 

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¿A qué juega el diputado Ángel González?
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-05-2014 | 00:39| 5

 

De acuerdo, la inhabilitación con que se le condena no obedece a un asunto de corrupción económica. ¿Pero eso le exime de dimitir? ¿Pero eso le autoriza a esgrimir como argumento que es objeto de una persecución política? ¿No se da cuenta este buen señor de que, al afirmar eso, viene a decir que prevalecieron para quienes lo juzgaron criterios no legales, la sempiterna conjuración judeo-masónica expresada con otras palabras?

¿A qué viene su afán por no dejar su beato sillón? ¿No se ve con arrestos suficientes para defenderse desde afuera como un ciudadano más? ¿No se da cuenta este ejemplar ciudadano de que incurre en contradicciones tremebundas, máxime desde la ideología en la que dice militar?

Veamos, don Ángel, se le inhabilitó a usted en la reciente sentencia por haber cometido ilegalidades desde un cargo político. Veamos, don Ángel, podemos estar o no de acuerdo con la ley, pero resulta insostenible que desde el poder se pueda vulnerar, lo que en modo alguno está permitido para el resto de la ciudadanía. ¿La izquierda era eso, señor mío?

Usted viene a decir con su actitud esto que sigue: “La democracia soy yo”. Seamos algo más realistas, señor González: la democracia no tendría por qué resentirse si usted dimite y es sustituido por alguien de su partido que iba en su misma lista electoral. Ése es el mecanismo, lógicamente.

Y, con su empecinamiento, desprestigia muy seriamente a su coalición, que aún no dio explicaciones acerca de su continuidad en el Gobierno de Areces a partir del estallido del caso Marea. ¿Con qué autoridad moral se puede condenar la corrupción cuando se permanece en un Gobierno salpicado por ella hasta el extremo de que una juez ordenó el ingreso en prisión de un ciudadano que había sido Consejero de ese mismo Gobierno?

O sea, no sólo no abandonaron sus sillones en aquel momento sino que además tampoco lo hace usted ahora cuando una sentencia judicial lo inhabilita para ejercer cargos públicos durante siete años.

Mire, don Ángel, sé que usted no anda sobrado de elocuencia, ni de brillantez como orador. Pero, al menos, sí podría dar muestras de coherencia dimitiendo, lo que le facilitaría regresar por la puerta grande si en la siguiente batalla la instancia judicial a la que recurra le diese a usted la razón. Pero, con la actitud que viene adoptando, lo único que consigue es acrecentar en la ciudadanía el convencimiento de que los políticos sólo conjugan el verbo dimitir para sus adversarios y nunca para los propios interesados. Y, con ello, está siendo usted un colaborador más a la hora de fomentar esa desafección social hacia los políticos que no deja de ir en aumento.

En fin, señor González,  no puedo entender que se reclame usted de izquierdas y que, al mismo tiempo, se agarre a su puesto como si se tratase de una propiedad privada y no pública, como si le correspondiese por derecho divino, en lugar de tratarse de una situación coyuntural susceptible de ser modificada cuando las reglas de juego fueron vulneradas, según estiman los Tribunales de Justicia, unas reglas de juego que, con su actitud, da la impresión –insisto- de que no las considera iguales para todos.

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Tras la imputación de la ex ministra Magdalena Álvarez
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Luis Arias Argüelles-Meres | 08-05-2014 | 09:18| 2

 

Dos mujeres frente a frente. Una es juez, la otra viene ejerciendo desde hace muchos años de profesional de la política. La magistrada parece arrastrar toda su melancolía tirando de esa especie de carrito en el que lleva Dios sabe cuántos informes y que pesa Dios sabe cuánto. La ex ministra, en cambio, acostumbra a comparecer en público con toda la audacia imaginable, ligera de onerosas cargas de conciencia.

Dos maneras de conducirse opuestas: el silencioso lamento de la una, frente al alegre desparpajo de la otra. Aquí, al margen de las cuestiones meramente jurídicas, se ventila nada más y nada menos que todo un imperativo estético al que literariamente se le puede sacar mucho juego y mucho jugo. La presunta vulnerabilidad frente a la presuntuosa entereza.

Lo curioso es que hay quienes hablan de la magistrada como una especie de inquisidora juramentada contra el PSOE y la UGT de Andalucía. Así pues, al mismo tiempo, endeble y dama de hierro. Lo curioso es que el hecho de saberse imputada no parece haber desmoronado los ánimos de la ex ministra Maleni; se diría que actúa como una persona que tiene un excelentísimo concepto de sí misma. Inasequible al desaliento, todo fortaleza.

Claro que todo este juego cambiaría mucho si, en lugar de reparar en los estilos, prestásemos atención a los discursos. Porque, en ese caso, estoy convencido de que la debilidad no se asociaría con la juez Alaya, sino que recaería sobre doña Magdalena. ¿Dónde está la ejemplaridad moral de la izquierda por la que clamó en su momento el mismísimo Pablo Iglesias, fundador del partido en el que milita la señora Álvarez, fundador también del sindicato al que tanto se le relaciona con escandaloso affaire de los ERES andaluces?.

Quede bien claro que ni juzgo ni prejuzgo. Quede bien claro que no seré yo quien se aventure a hacer digresiones de tipo jurídico. De lo que se trata, en el caso que nos ocupa, es de poner de relieve que aunque sólo fuese por el despilfarro de dineros públicos, así como de las actuaciones de aquel nefasto personaje que dijo no ser “putero”, al menos, cabría esperar lamentaciones de una mala gestión y planteamientos claramente autocríticos, pero no hay nada de eso.

Y, por otra parte, según las últimas informaciones publicadas sobre el asunto, ahora resulta que la Audiencia provincial de Sevilla confirma la imputación de doña Magdalena Álvarez. Ya no se podrá argumentar, por tanto, que la ex consejera andaluza y ex ministra de España es víctima de una persecución totalmente infundada de la juez Alaya, pues la Audiencia de Sevilla respalda a la magistrada.

Así pues, en la pugna entre esos dos estilos, tal parece que, de momento, la juez salió vencedora de una importante batalla, lo que, estoy seguro, no la llevará a puestas en escena estridentes, seguirá arrastrando su melancolía, continuará compareciendo con elegante discreción.

Frente a ello, imagine el lector por un momento que hubiese sido Maleni la triunfadora de esta batalla. No es difícil  hacerse una idea de lo salerosa que saldría a escena, del remango que sacaría a relucir.

De momento, vence la discreción, frágil como la porcelana. De momento, vence la melancolía, agridulce y suave como el otoño. De momento, sale triunfante el estilo discreto, frente a fandangos y soleares.

No sé si habrá abanico, pero, de estar en manos de la juez, se agitará poco.

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Poesía y verdad en los libros de texto de literatura española.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 06-05-2014 | 10:01| 3

«Nunca se sabe adónde se irá por ese camino, primero uno cede en las palabras; después, poco a poco, en la cosa misma» (Sigmund Freud).

“Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: Uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico”. (Víctor Klemperer).

Hay una pregunta que debería hacerse a todas las personas que cursaron la Primaria y el Bachillerato durante el franquismo: ¿Recuerda usted lo que pensó al leer por vez primera en un texto escolar la palabra ‘exilio’ referida a algún escritor contemporáneo vivo que no residía en España? ¿Acaso no sonaba aquel término a una especie de limbo, cuyo significado no podía ser más ambiguo? ¿Cómo ubicar un país llamado exilio? ¿De qué geografía se trataba aquello? Nunca mejor dicho. Para entender aquello, se necesitaba un «mapa político», frente al «mapa mudo» tan sui géneris que se nos presentaba en los manuales, donde no se explicaba qué era aquello del exilio y por qué determinados escritores lo habitaban.

Digo esto por las noticias que recientemente incendiaron las redes sociales, que reproducían fragmentos de libros escolares que daban cuenta de los últimos días de Machado y Lorca y remitían a un limbo inexplicable, máxime porque ahora sabemos que el limbo no existe ni siquiera para la Iglesia. Decir que Machado murió en Francia, sin explicar las circunstancias que allí lo llevaron es –ya que de don Antonio hablamos– una media verdad, esto es, toda una falacia. Del poeta sevillano es esto que sigue: «¿Dijiste media verdad?, dirán que mientes dos veces si dices la otra mitad». Consignar que Lorca se murió cerca de su casa incide en lo mismo, pero aún con mayor desfachatez.

¿Nos estamos volviendo locos? ¿Qué motivos hay para que en un país con una democracia supuestamente consolidada se pretenda ocultar a la población escolar aquello que dio origen a un libro de María Zambrano titulado ‘Los intelectuales en el drama de España’? ¿Quién le iba a decir a aquel periodista y escritor excepcional, a Corpus Barga, que fue el acompañante de Machado en su marcha a Francia, que algún día los libros de texto hablarían de esta guisa con respecto a los últimos y dramáticos días de don Antonio? ¿Quién le iba a decir al propio poeta sevillano que escribió un poema memorable tras el fusilamiento de Lorca (‘El crimen fue en Granada’) que en una teórica democracia algunos libros de texto se despacharían con semejante patraña acerca de la muerte de Federico? ¿Hasta la historia de la literatura tiene que ocultar lo que el franquismo significó para los grandes literatos del siglo XX a los que exterminó físicamente o, en el mejor de los casos, los obligó a exiliarse?

Prefiero pensar que a alguien se le ha ido la mano. Prefiero creer que la editorial donde figuran estas cosas corrija sin tardar los textos.

La poesía y la verdad en la España tras la Guerra Civil fue, volviendo a María Zambrano, un drama y, en muchos casos, una tragedia, que, por respeto a todo lo que se considere digno de ser invocado, no debe edulcorarse con la putrefacta ñoñez y el hediondo cinismo de las medias verdades.

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