El Comercio
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Indignados y dignos
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-03-2014 | 12:11| 3

Cuando transcurra el tiempo suficiente para analizar con perspectiva la época actual, se hablará, entre otras muchas cosas, de un determinado número de palabras que en no pequeña medida la definen y nos definen. Por ejemplo, “resignación”. Por ejemplo, “indignados”. Por ejemplo, apelaciones a la dignidad. En cuanto al primero de estos términos, no nos pongamos profundos ni estupendos: nada tiene que ver con el omnipresente senequismo del pensamiento español abordado en su día con brillantez por María Zambrano. Es tiempo de rebajas en lo concerniente a ambiciones intelectuales. No, en lo que a nuestros días se refiere, lo de la resignación tiene que ver con un discurso de Obama en su primera campaña electoral a la Presidencia de Estados Unidos en el que decía no resignarse a determinadas miserias de nuestro tiempo. Y hubo un tiempo en que por estos lares se parafraseó tal lema.

Y ahora vamos a “los indignados”, que comparecieron en la vida pública en la recta final de un zapaterismo que decidió ser pionero en los recortes y en la merma de derechos laborales. Aquello se está tornando en algo que semánticamente apenas difiere, sin ir más lejos, en los que acaban de apelar a la dignidad en las calles de Madrid, apelación que no podemos no hacer nuestra, porque, en un sistema político en el que los escándalos de corrupción forman parte de los titulares de prensa casi de continuo, no apelar a la dignidad significaría un conformismo suicida y nocivo para el bienestar de todos.

Y, mientras la indignación es cada vez más clamorosa, los dos grandes partidos continúan enzarzados en acusarse mutuamente de comportamientos claramente similares que tienen mucho que ver con la corrupción, con la impunidad y con el empeño en no renunciar a privilegios inalcanzables para el resto de la ciudadanía.

No deja de ser llamativo que en la misma jornada en la que falleció Adolfo Suárez, el gran artífice de la transición que dio paso a un bipartidismo cada vez más parecido al de la primera Restauración canovista, estén muy recientes las imágenes de la multitudinaria manifestación de Madrid.

Harían muy mal partidos y sindicatos, así como el resto de las instituciones, si no se tomaran en serio estos clamores de protesta e indignación, que van, ante todo y sobre todo, contra el sistema. Y, en este caso, cuando digo sistema, no me refiero al llamado sistema capitalista, sino a un sistema político donde el fango y la mugre anidan en todas las instituciones.

Aquí, el problema no es (no sólo es) el PP con su actual Gobierno, si bien es verdad que se esfuerza mucho por conseguirlo. Aquí, el problema no es (no sólo es) un PSOE hundido tras el zapaterismo y sumido en una crisis muy honda de falta absoluta de credibilidad. Aquí, el problema no es (no sólo es) una Monarquía que, desde la cacería de elefantes a esta parte, pasando por el caso Urdangarín, se desprestigia de continuo, y esto lo dice alguien como yo que vengo defendiendo el republicanismo muchos años antes de que la Monarquía dejase de ser indiscutible e intocable. Aquí, el problema no son (no sólo son) unos sindicatos que vienen cayendo en el mismo fondo de reptiles que los grandes partidos, aunque añadan a su desprestigio la hipocresía hiperbólica de abanderarse con los que protestan. Aquí, el problema no es (no es sólo) la mal llamada clase política embarrada por la corrupción y la mediocridad, aunque su contribución al malestar creciente es enorme.

Aquí, insisto, el problema es el sistema político que tenemos, caciquil, opuesto a la meritocracia, donde los partidos no apuestan de verdad por la transparencia ni por la democracia interna, además de parasitar todo lo público con canonjías en televisiones públicas, en entidades bancarias públicas, en todos los poderes, incluso en aquellos donde la separación tendría que ser algo más que un enunciado teórico.

Aquí, el sistema está agotado. Y, si en una crisis económica como ésta, se repite mucho el tópico de la necesidad de reinventarlo casi todo, el tal sistema tiene que ser reinventado. No es que hayan caducado las recetas, que también, sino que el modelo ya no sirve. O se va a la democracia plena, en la que la ciudadanía tenga el protagonismo necesario, o la actual plutocracia irá a más en su podredumbre, hasta que todo esto se descomponga.

No es que haya que reinventar la democracia: de lo que se trata es de darle plenitud. Si, como las encuestas vaticinan, el bipartidismo se desmorona, esto tiene que ser repensado y recompuesto, desde arriba y desde abajo.

Pero lo que tenemos es una dialéctica alarmante. De un lado, nadie dimite, nadie se va, se enrocan y se enroscan en sus privilegios. Del otro, la indignación es, de forma inevitable, creciente, lo que no augura unos visos de solución mínimamente tranquilizadores.

Y no pretendan hacernos creer que la indiferencia de muchos ante lo que sucede será su tabla de salvación, porque todo el mundo se va percatando de que el deterioro de la vida pública no establece excepciones a la hora de sumar agravios e indignación.

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En el centenario de la Conferencia “Vieja y nueva política”, de Ortega y Gasset
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-03-2014 | 12:08| 0

“La Restauración, señores, fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría”. (Ortega. “Vieja y nueva política”. Teatro de la Comedia, 23 de marzo de 1914).

 

 

Aquel prometedor filósofo de prosa deslumbrante, no exenta a veces de cierta grandilocuencia, que había empezado a escribir en la prensa en 1902, con diecinueve años, que en 1908 proponía la creación de un partido socialista liberal, que había militado en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez, que fue una de las principales cabezas visibles de la Liga de Educación política, creada en 1913, bajo el auspicio de la formación melquiadista, que había hecho suyo el lema de la pedagogía social como programa político, se daba de alta en la vida pública, según la acertada expresión de su discípulo Julián Marías, en 1914.  El 23 de marzo pronunció la conferencia titulada “Vieja y nueva política” en el madrileño Teatro de la Comedia. 1914 también es el año de  la publicación de su primer libro, Meditaciones del Quijote. Asimismo, en el último trimestre de 1914, Ortega participó activamente en defensa de Unamuno cuando el rector salmantino fue destituido injusta y arbitrariamente.

Hoy se cumplen cien años de aquella conferencia memorable, del Ortega más combativo, de aquel Ortega que se había declarado “nada moderno y muy siglo XX”, de aquel Ortega que arremetió sin piedad contra un sistema político, el del bipartidismo canovista, que, a la altura de 1914, agonizaba, marcado por su caciquismo, plasmación de una “vieja política” que Romanones quería sostener a toda costa. Antes de que Machado plasmase aquellas dos Españas que helaban el corazón de sus hijos, Ortega fijaba la existencia de la “vieja y nueva política”, de la España oficial frente a la España real.

¿Cómo era la España oficial, caduca y rancia, a juicio de Ortega?: La España oficial consiste, pues, en una especie de partidos fantasmas que defienden los fantasmas de unas ideas y que, apoyados por las sombras de unos periódicos, hacen marchar unos Ministerios de alucinación”. Pregúntese el lector por la asombrosa actualidad de las palabras citadas.

¿Y cómo era la España real, aún sin cauce para plasmarse en la vida pública?: “Dos Españas que viven juntas y que son perfectamente extrañas: una España oficial que se obstina en prolongar los gestos de una edad fenecida, y otra España aspirante, germinal, una España vital, tal vez no muy fuerte, pero viviente, sincera, honrada, la cual estorbada por la otra,  no acierta a entrar de lleno en la historia”. Y es a esa España a la que apremia darle cauce a juicio de Ortega. Dos Españas que vienen a ser dos siglos, dos mundos, uno que agoniza y otro que despunta.

“Asistimos al fin de la crisis de la Restauración, crisis de sus hombres, de sus partidos, de sus periódicos, de sus procedimientos, de sus ideas, de sus gustos y hasta de su vocabulario; en estos años, en estos meses concluye la Restauración la liquidación de su ajuar…  Yo os diría que nuestra bandera tendría que ser ésta: “La muerte de la Restauración”: “Hay que matar bien a los muertos”. Y añadiría: “Nos avergonzamos tanto de querer una España imperante como de no querer una España , nada más que una España vertebrada y en pie”.

Una España vertebrada y en pie. Una España a la altura de los tiempos, a la altura de un siglo XX que arrancaba ese año coincidente con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Y, a propósito de la España de 1914, otro de los intelectuales más destacados de esta generación, el asturiano Ramón Pérez de Ayala, escribió esto que sigue: “Pero estalló la guerra, llegó para España, como para todos los pueblos, el periodo de transición, de éxodo difícil. Revelóse a la luz la funesta incompetencia de los gobernantes, y lo que no era sino estorbo pasó a ser insoportable y maldita pesadumbre”.

Así pues, tanto para Ortega como para Ayala, 1914 marcaba el punto de inflexión de un sistema político que no sólo estorbaba sino que además se había hecho insostenible.

Ortega se propone liderar esa generación: “En historia, vivir no es dejarse vivir; en historia, vivir es ocuparse muy seriamente, muy conscientemente del vivir, como si fuera un oficio. Por eso es menester que nuestra generación se preocupe con toda consciencia, premeditadamente, orgánicamente del porvenir nacional. Es preciso, en suma, hacer una llamada enérgica a nuestra generación, y si no la llama quien tenga positivos títulos para llamarla, es forzoso que la llame cualquiera, por ejemplo, yo”· 

Un proyecto de país, enérgica y brillantemente formulado. Un proyecto de país para poner a España en los nuevos tiempos.

 

También en esta conferencia quedó muy claro el accidentalismo de Ortega en cuanto a las formas de Gobierno: “La monarquía es una institución y no puede pedirnos que adscribamos a ella el fondo inalienable, el eje moral de nuestra conciencia política. Sobre la monarquía hay, por lo menos, dos cosas: la justicia y España”. No era, pues, 17 años antes de liderar la Agrupación al Servicio de la República, un hombre dinástico y cortesano. Sólo aceptaba la Monarquía si no suponía un obstáculo para una España que estaba obligada a abandonar el marasmo en el  que estaba sumido el país.

Agonía de un sistema político que generaba parálisis en la vida pública, malestar en todos los órdenes, particularismos nocivos, atraso, marasmo.

No estamos solamente ante un texto de referencia en la historia del compromiso intelectual en la España contemporánea, sino que nos encontramos también con una Conferencia que defiende unos planteamientos cuya actualidad es pasmosa. En esa clave merece también ser leída.

Alta en la vida pública de un pensador que en gran parte de su vida atendió al acontecer político más que a su propia obra.

No es de extrañar, por tanto, que Juan Marichal haya advertido que: “El catedrático de Metafísica de la Universidad de Madrid escribió un conjunto de textos sobre política equiparables en extensión al total de sus trabajos filosóficos o al de sus ensayos generales”.

Si algo demuestra el contenido de esta conferencia es que cien años después de ser pronunciada, España no puede ni debe prescindir de Ortega, no sólo para entender el pasado, sino también para encarar el presente.

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El bipartidismo no podía esperar (Sobre Adolfo Suárez)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 25-03-2014 | 12:03| 3

Tan pronto recibí la llamada de “EL COMERCIO” a media mañana a propósito del agónico estado de salud del ex Presidente Adolfo Suárez, bajo el cielo nublado y las lluvias persistentes, durante el recreo de la jornada docente, lo que más claro vi, más allá del arsenal de recuerdos de un tiempo en que la política se vivía con incertidumbre y pasión, fue la necesidad de repensar las etiquetas históricas que se ponen a los distintos periodos vividos tras la muerte de Franco. Y es que la misión que se le encomendó al político abulense fue la de abrir un escenario político que diese paso a un bipartidismo que –mutatis mutandis- no tendría que ser muy distinto al de la Restauración canovista. Se dio la circunstancia, sin embargo, de que Adolfo Suárez prolongó su presencia en la vida pública más allá de aquellas primeras elecciones democráticas de junio de 1977 en las que, conviene recordarlo, pudieron presentarse formaciones políticas a la izquierda del PCE, y, sin embargo, no se les permitió concurrir a partidos con siglas republicanas. ¡Qué cosas!

Por eso, al recordar, el momento en el que Suárez dimitió como Presidente del Gobierno, tan cercano en el tiempo a la intentona golpista del 23-F, se diría que el bipartidismo no podía esperar. Porque, ya en octubre del 82, lo que se produjo fue, al margen de la irrepetible victoria política conseguida por Felipe González, la consolidación de ese bipartidismo que, insisto, no podía esperar y que vive ahora su declive.

Camino duro y lleno de tremendos obstáculos el que tuvo Suárez desde que fue nombrado Presidente del Gobierno en el verano del 76.  Atentados terroristas, secuestros, matanzas como la de la calle Atocha.  Las continuas tensiones que provocaba la extrema derecha que no estaba dispuesta ni siquiera a cambios cosméticos. La complicada legalización del PCE en plena Semana Santa del 77. Todo eso lo afrontó con aplomo aquel político cuya trayectoria había estado hasta entonces al servicio del régimen franquista. A su alrededor, se improvisó una coalición política con mezclas llamativas y difíciles de cohesionar, pero que ganó dos elecciones consecutivas en minoría. Suárez había dejado con poca presencia parlamentaria a la derecha proveniente del  franquismo, a Fraga y su Alianza Popular, al tiempo que el PSOE de González y Guerra iba creciendo, más que nada, por la fuerza histórica de sus siglas, crecimiento que no impidió a los de Suresnes dejar de lado a dirigentes históricos como Llopis.

Pero, insisto de nuevo, una vez aprobada la Constitución del 78, el bipartidismo no podía esperar. El último Gobierno de Suárez duró muy poco. Y su sucesor, Leopoldo Calvo-Sotelo, cumplió su turno antes de que lo anhelado por Fraga se cumpliese, o sea, una reedición del canovismo, donde al PSOE le tocaría hacer de Sagasta. En el 82, el ex ministro franquista se convirtió en líder de la oposición, mientras que la UCD ya rota, iniciaba su travesía del desierto, travesía paralela que hizo también Suárez con su formación política CDS.

La historia y sus designios. La historia y sus secretos. ¿Qué nos queda por saber acerca de las razones que llevaron a Suárez a presentar su dimisión? ¿Qué nos queda por saber acerca de todas las maniobras políticas que entonces se estaban fraguando por parte de partidos políticos como el PSOE, incluida la cena en Lleida de Múgica con el general Armada? ¿Habrá dejado Suárez escritas en algún lugar unas memorias que despejen determinadas incógnitas que, según barrunto, no harían más que confirmar determinadas sospechas, o, si se prefiere decir de otro modo, hipótesis nada descabelladas que nunca dejaron de tener fuerza?

La historia y sus designios. ¿Cómo olvidar el aplomo de Suárez cuando compareció en televisión tras los atentados de Atocha? ¿Cómo olvidar la entereza con que encaró la difícil tarea que le fue encomendada? ¿Cómo olvidar la declaración de intenciones del primer Gobierno por él presidido cuando se resaltó que “la soberanía reside en el pueblo”? ¿Cómo olvidar su firmeza para dar paso a lo que se le había solicitado? Y, emplazándonos en tiempos mucho más recientes, ¿cómo olvidar aquella fotografía de su último encuentro con el Monarca, donde los dos parecían desandar un camino sobre el que queda tanto por decir?

¿Cómo no preguntarse hasta qué punto fue Suárez consciente de que su misión era abrir paso al bipartidismo que, a su vez, supondría dejarlo fuera de la escena política o, al menos, sin la omnipresencia con la que había contado hasta que decidió dimitir?

Sus cafés, sus instantáneas fumando cigarrillos de la paz con González y Carrillo, Su voz inconfundible, su pasión por la política. Su personalidad pública que no era la de un hombre con gran formación intelectual, que no era la de un personaje que pudiera presentar un currículum jalonado por notas brillantes en carreras universitarias y oposiciones, lo que no le impidió hacer gala de una habilidad para el diálogo que hoy no existe.

No deja de ser llamativo (y trágico) no sólo su pérdida de memoria que vino arrastrando en los últimos años, sino que haya entrado en un proceso cercano al final de su ciclo vital justo en el momento en el que las encuestas anuncian el fin de lo que fue su fin: el fin del bipartidismo.

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Esa inquietante encuesta
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-03-2014 | 21:00| 0

De las encuestas no hay que fiarse, lo sé. Pero no es menos arriesgado ignorarlas. Por tanto, desde un escepticismo prudente, se antoja innegable que hay razones para la inquietud ante el independentismo creciente en Cataluña. Vaya por delante que no me ciega la pasión por la llamada clase política catalana que no es menos mediocre ni tampoco menos corrupta que la del resto de España. Pero, dicho esto, no puedo no insistir en lo frustrante que resulta que el Gobierno de Rajoy sólo sea capaz de esgrimir dos argumentos contra el plebiscito anunciado por Mas, es decir, que Cataluña no sería admitida como Estado dentro de la unión europea y que el susodicho referéndum  no se ajusta a la  legalidad. ¿Hacer política, cuando se dirime la vertebración de un Estado, se reduce a eso?
¿Es posible que al señor Rajoy y a sus ministros no se les ocurra nada más para hacer ver a la ciudadanía catalana que hay soluciones para la convivencia con España y que, además, dicha convivencia, acertadamente planteada, podría y debería ser beneficiosa para todos? ¿No es cierto que el Gobierno, al atrincherarse en los argumentos citados, parece estar tirando la toalla en el sentido de no ser capaz de articular razones convincentes?

¿No le vendría muy bien a don Mariano tener en cuenta aquella célebre, certera y afortunada frase de Unamuno en Salamanca cuando advirtió a Millán Astray y compañía de que vencer no es convencer? Digo esto, porque hay que ir más allá de los argumentos legales, así como del apoyo de Europa. Al Gobierno de España le correspondería ahora estar haciendo un enorme esfuerzo tanto de negociación con los partidos políticos catalanes, y, al mismo tiempo, volcarse en actos públicos dirigidos a la ciudadanía de ese territorio para hacer valer sus razones. Y la triste realidad es que ni siquiera está dando muestras de intentarlo.

Y, por mucho que se pueda tener en cuenta de que hay dosis no pequeñas de victimismo oportunista en el discurso de los que plantean la independencia, parece imposible aceptar que no se han cometido errores desde la política española que lo estén fomentando.

Frente al llamado derecho a decidir lo que hay que oponer es, entre otras cosas, el empeño por el entendimiento y el pacto, por la palabra dada y por el respeto a un territorio al que tanto debemos en todos los órdenes en el resto de España.

El busilis de todo esto, señor Rajoy, no está en ignorar a Mas y compañía, sino en tener en cuenta a una ciudadanía, la catalana, que siente un malestar indisimulado e indisimulable, malestar creciente que viene, al menos, desde la segunda legislatura de Aznar, crispando injusta e innecesariamente la vida pública catalana; desde los desastres del llamado tripartito que encabezó Montilla; desde las promesas que hizo Zapatero y que, al no cumplirse, generaron tanto desencanto y desapego; desde la manifiesta torpeza que supuso no haber reformado la Constitución antes de elaborar un Estatuto que, según parece, colisionaba con ella.

Cierto es que afrontar debidamente el problema no exige sólo ver al Gobierno de España volcado en encontrar una solución, sino también un pacto amplio entre los principales partidos políticos. Pacto para negociar con los partidos e instituciones catalanas. Pero el primero en moverse tendría que ser el Ejecutivo de Rajoy invitando a todos los demás partidos nacionales a sumarse a un esfuerzo conducente a evitar un mazazo moral que crearía una frustración muy honda en la sociedad española. Pero tal cosa supondría reinventar el modelo creado en la transición. Creo que no queda otra. Y dar la espalda a la necesidad apuntada garantizaría el fracaso de un país que no supo articular un modelo territorial aceptable y aceptado en términos democráticos. Y que, llegado el momento de las soluciones, contó con unos políticos que no supieron estar a la altura.

A España, señor Rajoy, le llegó la hora de convencer.

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El crimen (también) fue en Oviedo: Una placa en el Parlamento asturiano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 22-03-2014 | 20:59| 0

«Y mi memoria era a veces un trémulo sistema de espejos comunicantes». (Muñoz Molina. Beltenebros).

 

Leopoldo Tolivar Alas, catedrático de Derecho Administrativo y colaborador de EL COMERCIO, acaba de remitir una propuesta al Presidente del Parlamento asturiano para que en la Junta General figure un digno recordatorio a todas aquellas personas que fueron sometidas a Consejos de Guerra durante la guerra civil a partir del 19 de octubre de 1936 en ese mismo inmueble, entonces conocido como Palacio de la Diputación. Sobra decir que esos juicios carecieron de las más mínimas garantías procesales y que las personas que fueron sometidas a semejantes atropellos tenían sobre sí la gravísima acusación de haber servido lealmente a la legalidad republicana, es decir, al Estado democrático que se había proclamado el 14 de abril de 1931.

No sólo estoy totalmente de acuerdo con lo que plantea Tolivar Alas, sino que además me pregunto cómo es posible que, tras más de treinta años de autonomía, no se haya hecho nada a este respecto.

La pertinencia de propuesta del catedrático Tolivar es difícilmente rebatible. Los

mencionados Consejos de Guerra sucedieron y nadie podría sostener que tuvieron las mínimas garantías procesales. Se antoja, por tanto, muy difícil que haya razones para oponerse a ese recordatorio, máxime cuando semejantes infamias se produjeron en el inmueble que, a día de hoy, es la sede de un Parlamento supuestamente democrático, que es la representación máxima de la ciudadanía asturiana.

Habrá quien diga que todo lo que suponga recordar a los muertos es remover heridas, que tales iniciativas obedecen a pérfidos fines revanchistas y no sé cuántas monsergas más de esa misma índole.

No se trata, perdón por la obviedad, de nada de eso, sino de muy distinta cosa. ¿Acaso una sociedad democrática está obligada a desconocer y sepultar su propio pasado? ¿No es más bien todo lo contrario? ¿No está obligada toda democracia que se precie a reconocer a quienes fueron todo un ejemplo de respeto a la legalidad del Estado al que servían?

¿Acaso se puede esgrimir un solo argumento convincente para que la historia más reciente no pueda ser conocida?

Renan concebía la nación como una continua dialéctica de glorias comunes y remordimientos.

Pues bien, esto es lo que está en la iniciativa del ciudadano Tolivar Alas. Las glorias comunes que incluyen a quienes respetaron desde sus responsabilidades  la legalidad y los remordimientos de todos ante episodios como los que tuvieron lugar en la actual sede de nuestro Parlamento autonómico durante un largo periodo de la guerra civil.

Por justicia poética, o, lo que en este caso es lo mismo, por justicia histórica, el Parlamento asturiano debe hacer suya la propuesta de Leopoldo Tolivar, aprobando que esa placa figure como recordatorio y homenaje a las trayectorias de unos ciudadanos que fueron víctimas de una locura colectiva que convirtió España en una macabra orgía de muerte y destrucción.

Una placa en el Parlamento asturiano, porque el crimen fue también en toda España, fue también en Oviedo, en nuestro Oviedo.

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Luto y orfandad (En la muerte de Faustino F Álvarez)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 15-03-2014 | 02:49| 1

 

Tarde primaveral a orillas del Narcea. Cantos de pájaros que atestiguan la presencia de la estación más ansiada y que le ponen música. Hermosa y pálida luna a punto mostrarse completa. Día pintiparado para saborear un fin de semana que estaba empezando.

Poco después, suena el teléfono. Recibo una llamada de EL COMERCIO. Me comunican el fallecimiento de Faustino F Álvarez. Y, en ese mismo instante, ella, la memoria, acude a mí con su repertorio de alegrías y desgarros, con su cronicón de recuerdos que nos hicieron tal como somos, que nos ponen alerta contra el olvido. Bendita memoria.

¡Cuántas imágenes me proporciona la memoria sobre el periodista que acaba de despedirse de la vida! La de verlo por Vetusta conduciendo un seat Ritmo. La de sus columnas en distintos medios a lo largo del tiempo. Las imágenes televisivas presentando y moderando programas. Repertorio que es un modelo para armar toda una trayectoria periodística de gran importancia en esta tierra. La afabilidad de su trato cuantas veces hablé con él. La de una trayectoria que derrochó vitalidad sin que ello mermase una capacidad de trabajo infatigable tan fácilmente constatable.

Eran tiempos difíciles e ilusionantes, cuando empecé a leerlo, tiempos también de esperanzas y miedos, de cambios irreversibles. Faustino había aprendido a escribir no sólo con calidad literaria y socarronería, sino también –lo que no es nada fácil- con la elegancia de un estilo literario impecable que nunca sofocó la frescura del descaro que emergía en sus artículos cuando el guion lo requería. Recuerdo aquella etapa suya admirablemente prolija, coincidente con los tiempos que acabo de mentar: artículos en prensa, cartas abiertas a personajes del momento  en emisoras de radio, también entrevistas. Recuerdo también su etapa al frente de Televisión española en Asturias en la que a veces se emitieron debates memorables que él moderó.

Su columna era una cita cotidiana. Jamás encontré  en ella textos en los que las prisas jugasen malas pasadas. Redondeaba el estilo. El lector percibía que nunca faltaba esa pasada de piedra pómez que quita los pelillos sobrantes, que presenta el texto sin los borrones de la premura.

Difuminado queda el mayor o menor grado de acuerdos y desacuerdos con lo mucho que escribió. Lo que permanece es que jamás incurrió en el fárrago, que los topicazos de forma y fondo no invalidaron sus artículos. Lo que permanece es la columna bien escrita, en lo que fue un maestro.

Faustino F. Álvarez y sus complementos circunstanciales: la pipa, como José Luis Balbín, y aquella máquina de escribir que aparecía en muchos artículos suyos en la desaparecida “Hoja del Lunes”, de Oviedo. Se ocupaba en aquella columna de las novedades de libros. Y, al margen de eso, se antoja difícil imaginar a este hombre sin tener cerca un escritorio. Vivía la vida escribiéndola y describiéndola.

Se va un gran periodista. Se queda la huella indeleble de lo mucho que publicó y de lo bien que lo hizo. Voluntad de estilo, insisto, mordacidad y descaro cuando hacía falta.

Y, antes de concluir, no puedo no recordar algunos textos suyos escritos desde una indignación memorable que dirigió a algunas vacas sagradas de esta tierra, donde miró al poder cara a cara, sin arrugas, sin rodeos, con un manejo del idioma envidiable.

Escribió mucho y bien. Y le dio intensidad a todo, a la vida y a la obra.

Luto y orfandad en el columnismo de esta tierra.

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La continua escandalera en el PP asturiano
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-03-2014 | 01:36| 1

“Si en nuestras relaciones privadas evitamos molestarnos, en la vida pública, un respetuoso temor es la principal causa de que no cometamos infracciones, porque prestamos obediencia a quienes se suceden en el gobierno y a las leyes, y principalmente a las que están establecidas a ayudar a los que sufren injusticias y a las que, aun sin estar escritas, acarrean a quien las infringe una vergüenza por todos reconocida.” (De la Oración fúnebre por la democracia, de Pericles).

¿No les abochornaron a los dirigentes peperos astures los fracasos electorales consecutivos de  Pérez-Espinosa y Mercedes Fernández? ¿No les produce rubor el modo en que defenestraron a Pilar Fernández Pardo del Ayuntamiento de Gijón? ¿No tienen suficiente con justificar lo injustificable cuando el Gobierno de Rajoy viene haciendo políticas lesivas contra Asturias, desde cortar los fondos mineros a permitir que se derrumbe el Monasterio de Cornellana, pasando por los continuos retrasos en la variante de Pajares y por el largo parón, que ya empezó el PSOE,  en la autovía de la Espina? ¿Acaso necesitan desprestigiarse más aún con los episodios que se vienen publicando en El COMERCIO relacionados con el caso Pokemon?

¿Cómo es posible que ni se tomen decisiones ni se explique nada con respecto al ex Alcalde de Pravia y actual asesor del Ayuntamiento de Cangas del Narcea, desde el momento mismo en que el señor Guerrero es contratado por un Consistorio que se encuentra en una pésima situación económica? ¿Tan imprescindible es la tarea que lleva a cabo? ¿Hay algún argumento de peso que nos convenza de que no se trata de una canonjía a un hombre de partido, a un profesional de la política, impuesta desde la cúpula pepera? Y, con respecto a las conversaciones que se filtraron acerca de las gestiones de este ciudadano que lo relacionan con el caso Pokemon, aun siendo cierto que no se firmó ningún contrato con la empresa que sale a relucir en tan platónicos diálogos, alguien tendría que salir a la palestra para borrar, si es que ello resultase posible, toda sombra de sospecha.

El PP astur tiene dos graves problemas a los que parece no querer enfrentarse.  Uno es su falta absoluta de meritocracia. Problema que arrastra desde hace mucho tiempo. ¿No es cierto que la ciudadanía conservadora se merece verse representada por dirigentes que no sean como Ovidio Sánchez, prácticamente desaparecido de Asturias desde las elecciones generales de 2011, que no sean como Fernando Goñi, al que, por cierto, los socialistas asturianos debieron confundir con Besteiro cuando lo votaron para Presidente del Parlamento llariego justo antes de que se iniciase el brevísimo mandato de Cascos, que no sean como doña  Isabel Pérez- Espinosa y como doña Mercedes Fernández, la primera sin un solo discurso consecuente, y la segunda sin que se sepa bien qué proyecto político tiene para Asturias más allá de lo que son continuos parabienes al Gobierno de Rajoy? ¿Y qué decir de la agonía política de Gabino de Lorenzo tras haber perdido la mayoría absoluta en Oviedo enfrentándose ahora a un pasado inmediato que le reclama explicaciones, entre otros asuntos, sobre el Calatrava?

Y el otro grave problema guarda relación con estas escandaleras continuas de las que venimos hablando. Lo peor de todo es que no se percibe una inequívoca voluntad de acabar con todo ello. ¿Acaso algún dirigente del PP astur tuvo a bien hasta el momento pedir disculpas a la ciudadanía por estos episodios tan sonrojantes? ¿Acaso se tomaron al menos la molestia de escenificar que ya está bien de sinecuras y privilegios en lo que de ellos depende?

El PP astur es un partido descabezado, con dirigentes mediocres, donde habita la picaresca y donde los cuchillos largos a nivel interno se asestan por motivaciones que nada tienen que ver con los intereses de la sociedad asturiana. La susodicha realidad no la presenta sólo este partido. Pero consolarse con eso es resignarse a seguir cosechando fracasos.

Y, por último, hay una paradoja en la que, a mi juicio, se repara muy poco. Este PP astur descabezado y a la deriva es la herencia que dejó Cascos tras su enfrentamiento con Marqués. La guerra entre PP y FAC es, además de otras muchas cosas, goyesca y fantasmagórica.

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Memoria del horror
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Luis Arias Argüelles-Meres | 11-03-2014 | 11:10| 2

 

“Porque en España matan, otros matan/ al niño, a su juguete que se para,/ a la madre Rosenda esplendorosa,/ al viejo Adán que hablaba en alta voz con su caballo/ y al perro que dormía en la escalera./ Matan al libro, tiran a sus verbos auxiliares,/ a su indefensa página primera!/ Matan el caso exacto de la estatua,/ al sabio, a su bastón, a su colega”, (César Vallejo).

 

Aquella mañana hace diez años, como de costumbre,  escuchaba la radio camino de Grao. De repente, con confusión, llegaron las primeras noticias del atentado en Madrid. A medida que el tiempo avanzaba, el horror adquiría mayores dimensiones. Gente que iba a su trabajo o a su clase no había llegado a su destino. Muertos, heridos, culpabilidades. Acebes suministraba datos.

Muchos nos preguntábamos por qué no se reunía la Junta de portavoces en el Parlamento cuando quedaban tres días para las elecciones. Helados ante la masacre, perplejos ante las hipótesis que se manejaban. Desmentidos, rumores de todo tipo, indignación creciente en las calles ante el mazazo. ¿Pero qué había pasado?

El mayor atentado terrorista de la historia de España no sólo había dejado los ánimos del país noqueados y doloridos, sino que además las informaciones oficiales abrían cada vez mayores fisuras para las dudas.

Llegó la noche y cada vez era mayor la incertidumbre con respecto a la autoría de aquella matanza. Del abatimiento a la indignación en menos de 24 horas. ¿Por qué no se hablaba claro? De hecho, las gentes que se manifestaban en las calles preguntaban quién había sido.

España era un velatorio. La cita con las urnas no fue aplazada. Nunca en la historia de la democracia hubo tantas concentraciones ciudadanas ante las distintas sedes de un partido político increpando y pidiendo explicaciones. Recuerdo haber leído que Rodrigo Rato se horrorizó  ante el rechazo que percibía en las gentes que se manifestaban en las calles.

Y, para sorpresa más o menos general, el PP perdió las elecciones. Nunca hubo una derrota política peor digerida. Entre las muchas cosas imperdonables que sucedieron en aquellos tres días que aterrorizaron a España, fue que en algún momento dio la impresión de que se ponía, por parte de algunos,  mayor atención en los votos perdidos que en las muertes que habían tenido lugar.

En el cronicón de los horrores, disputas por los votos, disputas por la autoría de los atentados. El azanarismo no pudo tener peor final. Cierto es que semejante tragedia pudo haber sucedido con cualquier Gobierno. No lo es menos que oficialmente se administró la información de forma lamentable.

Memoria del horror. Ajenos estuvimos en esta tierra a que los explosivos habían viajado desde Asturias. ¿Quién nos lo iba a decir?

Memoria del horror. No fue ciertamente difícil imaginar las terroríficas secuencias del momento en que se produjo el atentado.

Quiero creer que, para inmensa mayoría, nada silenciosa en aquella ocasión, la política con minúsculas pasó a un segundo plano. La pesadilla colectiva había sido tan desgarradora y brutal que todo lo demás, resultado de las elecciones incluido, se consideró secundario, por mucho que, insisto, en ciertos ámbitos, se contasen más los votos que los muertos.

Memoria del horror: muertos y heridos, víctimas de una matanza aberrante, que sigue produciendo ríos de tinta y que genera indignación el mero hecho de recordarla.

Herida abierta, que jamás se cerrará.

Nunca olvidaré que, en aquellos días,  en todo momento tuve presente a César Vallejo. Los golpes de la vida tan fuertes y tremendos, así como aquella España en la que la muerte no tenía pausa.

Es imposible, recordando aquello,  no hacer nuestro el verso juanramoniano: “¡Memoria, ciega abeja de amargura!”.

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Ejemplaridad política llariega
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2014 | 19:39| 0

Tras la lectura de las noticias que viene publicando “El COMERCIO” acerca de algunos episodios protagonizados por el ejemplar ciudadano que atiende al nombre de Joaquín Fernández y que ejerció de vicesecretario de comunicación del PP llariego, no sólo no es imposible evitar el bochorno y la indignación, sino que además resulta inevitable preguntarse, de una parte, hacia dónde camina el partido conservador en Asturias y, de la otra, hasta cuándo, hasta dónde y hasta qué extremo se puede seguir degradando la vida pública en nuestra tierra.

Lejos estamos de haber superado el mazazo que supuso el caso Marea, reciente tenemos la experiencia de los silencios de ex responsables políticos del arecismo en sus comparecencias ante la Comisión parlamentaria que se formó para investigar lo sucedido en el Niemeyer, experiencia que no fue muy grata para quienes no nos resignamos a que los despilfarros formen parte del  día a día en la actividad pública. Ello por no hablar no sólo de silencios, sino también de chulerías inadmisibles cuando se comparece ante teóricos representantes de la ciudadanía. Se necesita categoría para respetar la ceremonia sin que ello implique tener en alta estima a los concelebrantes. Pero, claro, a tanto no llegamos.

Y ahora llegan estas conversaciones de don Joaquín que, ciertamente, no recuerdan mucho a los diálogos platónicos. ¿Tenemos que continuar soportando que sucedan estas cosas? ¿Es de recibo que nos resignemos a que los dineros públicos se sigan parasitando?

Y conste que sólo me estoy refiriendo a episodios acaecidos más allá de las conjeturas, que, de confirmarse algunas de ellas, el fango sería aún mucho mayor.

¿Es que entre los dirigentes del PP llariego no existe la más mínima disposición por parte de nadie a pedir disculpas  por los episodios protagonizados por don Joaquín Fernández? ¿Es que no existe la más mínima voluntad  política por parte de los partidos llariegos con representación parlamentaria de pactar que se ponga fin a la presencia de “conseguidores” en sus filas?

Y es que, a decir verdad, no sólo dudamos de la capacidad de acierto de estas buenas gentes a la hora de otorgar cargos de confianza a personas que luego protagonizan escandaleras, como es el caso del que estamos hablando, sino que además ni siquiera podemos tener claro que exista voluntad de que los individuos de esa catadura moral tengan cerradas las puertas de la formación política de turno.

Miren ustedes, por mucho que cada partido no haga más que cargar todas las responsabilidades en sus adversarios, esgrimiendo discursos que los hechos hacen insostenibles, lo cierto es que, a estas alturas, tras haber tenido gobiernos de distinto signo, tanto en el ámbito estatal como en el llariego, no hay lugar, no ya para la ilusión, sino ni siquiera para el margen de confianza a quienes hicieron ya méritos más que suficientes para defraudarnos.

Y lo peor de todo es que, siendo esto tan obvio, no hay el más mínimo afán corrector para poner fin a una deriva tan nociva para la vida pública. Ciegos y sordos no sólo a la decepción y el desapego de la ciudadanía, sino también a esa maestra que es la historia, que sabe dar también lecciones elementales al alcance de quien se tome la molestia de prestarle la más mínima atención.

¿En qué estarían pensando Gabino de Lorenzo y compañía cuando le ofrecieron un cargo de confianza a don Joaquín Fernández? Desde luego, se lucieron. Una vez más, se lucieron.

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Esa amarga lucidez (En la muerte de Leopoldo María Panero)
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Luis Arias Argüelles-Meres | 10-03-2014 | 19:36| 0

Padre poeta, y oficialmente adicto al régimen. Hijos díscolos, al igual que los de Sánchez Mazas. Los Panero, una vez muerto su patriarca, fueron conocidos, sobre todo, por la película de Chavarri, afortunada en casi todo, hasta en el título, pues el desencanto que habitaba en la casa astorgana tenía mucha más solera y antigüedad que el de la transición. Lo mejor de aquella película sigue siendo el buen trato al idioma de todos sus protagonistas.

Poeta maldito Leopoldo María Panero, que no malo, toda vez que muchos de los segundos quisieron siempre refugiarse en lo primero. Y, sobre todo, poeta de amarga lucidez, sin asomo de sobriedad, ebria y delirante.

Estremece el cara a cara no sólo con la muerte, sino también con los hallazgos que pone a la vista la lucidez. Nunca olvidaré lo mucho que me sobrecogió en su momento una imagen de aquel novelista que fue un eterno segundón, Alfonso Grosso, en la última etapa de su vida, con la razón perdida. Aquel contador de historias, aquel autor de novelas que nunca alcanzaron la excelencia, pero que, sin embargo, no quedaban lejos, parecía reflejar un tormento muy hondo en el que acaso tuviera cabida una lucidez que no parecía encontrar salida. Y, en cuanto a Leopoldo María Panero, ya en la conocida película, dejando de lado los recursos no mal manejados de lo contestatario y del iniciado que parecía estar de vuelta de casi todo, apuntaba los alfilerazos de la lucidez más hiriente. Y, andando el tiempo, se fue perdiendo lo primero y cobrando intensidad lo segundo.

Mesa, silla, suelo de jardín. La soledad de un enfermo que se abisma en sí mismo, poseído e invadido por ella. Locura, delirio, dolor. Agitado todo ello, con la dosis imprescindible de talento, surgen chispazos de genialidad que tanto gustan de aflorar en la poesía, en la buena poesía, aquella que, con muy pocas palabras, expresa lo esencial de sentimientos y pensamientos, aquella que, con muy pocas palabras, da cuenta de un hallazgo que se sabe bien expresado. Parto angustioso de dolor.

No nos encontramos ante una cumbre de la poesía en nuestro idioma, pero, sin duda, muchos de sus poemas certifican muy a las claras que estaba muy por encima de lo discreto y de lo mediocre. Pero, sin duda, la genialidad le brotó en muchos de sus poemas.

Paradoja trágica la de quien se sabe desposeído de la lógica y de la razón más compartida y a ras de suelo y que, al mismo tiempo, tiene mucho que decir y  muy profundo. Ponerle letra y música a ayes y desgarrones, ponerle letra y música a una insatisfacción permanente; ponerle letra y música a un discurso tan amargo como lúcido y delirante, que es todo un himno de destrucción contra los tópicos que hacen de salvavidas y consuelo.

No hay lugar para el optimismo, no hay ambición de plenitud. Lo que se manifiesta de continuo es dolor y pérdida.

Razón perdida y acaso no rescatable. ¿Quién sabe si una poesía como la del poeta recién fallecido es  el desesperado himno que busca lo irremediablemente perdido, ese sosiego que desaparece con la razón y al que se implora desde la amargura y el dolor?

¡Qué soledad más desgarradora la de aquel que hace de orfebre de la palabra y que, sin embargo, no encuentra el cauce comunicativo conesa otredad tan desesperadamente sartriana!

Nos queda esa poesía aguardentosa, ácida, cítrica más que crítica, fuera de toda convención, provocativa y descarada, construida contra la lógica y contra el propio poeta que la sufre.

Clamores y más clamores, destellos de genialidad, tan punzantes como lúcidos. Así es la poesía de Panero, infatigablemente dolorosa, envidiablemente contestataria contra todo, contra todos, contra sí mismo.

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