El Comercio
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Justo homenaje a Fernando Vela
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:19| 0

Hora es de que se sepa, sobre todo en Asturias, quién fue y qué fue Fernando Vela, cuya vida transcurrió según testimonió el propio interesado, entre dos muertes, la de ‘Clarín’ (1901) y la de Ortega (1955). Cierto es que en los últimos años se dieron pasos para el conocimiento y reconocimiento del autor de ‘El arte al cubo’. El primero de todos ellos fue el libro de Teófilo Rodríguez Neira ‘Fernando Vela y Asturias’. Muchos años después, en 2010, la Fundación Banco Santander publicó una selección de su obra. En ese mismo año, hubo unas jornadas en la Universidad de Oviedo que abordaron el significado de su obra. Y, en este año 2014, el Servicio de Publicaciones de nuestra Universidad saca a la luz el libro que hoy se presenta, que se abre con un capítulo escrito por la máxima autoridad académica en las letras españolas del siglo XX; se trata, naturalmente, de José Carlos Mainer. En el citado volumen colaboran también Azucena López Cobo, Elvira Bobo Cabezas, Celsa Díaz Alonso, Teófilo Rodríguez Neira, Leopoldo Tolivar Alas, Manuel Neila Lumeras, Lluis Álvarez, José Luis Fernández López y el arriba firmante que hace de coordinador del mencionado volumen.

Lo esencial es no perder nunca de vista la pujanza cultural de Asturias a principio del siglo XX, representada por el autor que aquí nos trae. Vela, como Ortega, Azaña, Pérez de Ayala y Augusto Barcia, militó en el reformismo melquiadista, cuyo partido fue el principal vivero de la Segunda República.

No menos esencial resulta conocer no sólo al Fernando Vela que fue el hombre de confianza de Ortega, sino también al autor de ensayos memorables sobre Charlot, sobre el cine, sobre las vanguardias artísticas, sobre ‘Clarín’, sobre la filosofía existencialista y un largo etcétera. Al autor, asimismo, de excelentes biografías, entre otras, sobre Mozart y Roosevelt. Al periodista que, tras la guerra civil española, tuvo un gran protagonismo en un islote de libertad como fue el diario ‘España’ de Tánger, diario en el que dejaron su impronta otros grandes periodistas asturianos como Juan Antonio Cabezas y Jaime Menéndez ‘el chato’.

Frente a la labor de almirez que trituró la memoria de la mejor España y de la mejor Asturias intelectualmente hablando, lo que toca es recuperar a las grandes figuras intelectuales de nuestra historia contemporánea, entre las que se encuentra, con toda justicia, Fernando Vela.

Me atrevo a pedir solemnemente al público lector de este diario que se sume al homenaje a Vela que supone el libro que hoy se presenta en el Ateneo Jovellanos.

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Emilio Lledó, por ejemplo.
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:14| 0

«Espinosa no quiso ser profesor, si lo hubiera sido, inevitablemente habría sido acusado de «hacer política», y acaso no hubiese sido defensa suficiente la de alegar que para un filósofo hacer política es explicar la lección 15 del programa». (Vidal Peña)

 

Emilio Lledó, por ejemplo. Tiene como aval un inmenso saber atesorado en toda una vida dedicada al estudio y al pensamiento. Se rebela contra la estulticia y los atropellos que nos asolan de continuo aquí y ahora. No entiende que la tarea del filósofo consista sólo en especular al margen del tiempo que le toca vivir y al margen de los trabajos y los días de sus conciudadanos. Cuantas veces sale a la palestra en entrevistas que le hacen, uno no puede no sentirse aliviado, cuando arremete sin reparo alguno contra las miserias que estamos sufriendo. Miserias no sólo en el orden económico, aunque también.

Emilio Lledó, por ejemplo. Recuerdo un libro suyo en el que explicaba magistralmente la filosofía de Platón. Lo hacía, siguiendo la consigna de Ortega, con claridad y, también, con voluntad de estilo. Por eso, tiene que resultarle muy irritante que, en tiempos como éstos, se insulte a la inteligencia con tanto descaro y con tamaña torpeza.

Emilio Lledó, por ejemplo. Más cerca de sus libros que de otras lisonjas. Mucho más proclive a dejarse deslumbrar por la inteligencia que por becerros de oro. Y, desde luego, no se anda con paños calientes a la hora de pronunciarse en público acerca de lo que está pasando.

Ni ñoño ni complaciente. Ni sumiso ni condescendiente. Es él y sus libros. Es él y su memoria. Es todo un gran valedor del saber y la inteligencia.

En un país en el que el esfuerzo por el conocimiento lleva décadas orillado y en el que, en los últimos años, los recortes, no sólo de derechos, proliferan y van a más, que exista alguien como Emilio Lledó que llama a las cosas por su nombre, y no sólo desde el rigor de su formación filosófica, sino también desde la verdad y desde la razón.

En un país en el que la telebasura fabrica personajes omnipresentes en las conversaciones cotidianas, tanto públicas como privadas, es necesario que haya figuras como Emilio Lledó que ejemplifican lo que es la excelencia frente a la chabacanería.

Emilio Lledó, por ejemplo. Con personalidades como él, la indignación generalizada, que cada vez tiene mayor presencia pública, puede construir un discurso convincente y tenaz, desde el rigor y la clarividencia.

Para alguien como Lledó, hablar de política, también de política con minúsculas, no es nada extraño, porque la filosofía no puede no ocuparse de ella, sin necesidad de fárragos, ni de evasiones más o menos disculpables.

¿Cómo no recordar a aquel Blas de Otero que, en su confesión más angustiosa, decía quedarle la palabra? Digo esto porque con Lledó sabemos que el logos puede ser clave para  explicar lo más intrincado y sublime, pero también lo más cotidiano y sórdido.

Cómo no recordar a aquel Blas de Otero que, en su confesión  más angustiosa, decía quedarle la palabra? Digo esto porque conLledó sabemos que el logos puede ser clave para explicar lo más intrincado y sublime, pero también lo más cotidiano y sórdido.

Emilio Lledó, por ejemplo: el saber y el rigor, la batalla de la inteligencia, por la inteligencia, la que nos da, la que nos tiene que dar, como le imploraba Juan Ramón Jiménez, el nombre exacto de las cosas.

Emilio Lledó, por ejemplo: el saber y el rigor, la batalla de la inteligencia, por la inteligencia, la que nos da, la que nos tiene que dar, como le imploraba Juan Ramón Jiménez, el nombre

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SEPULTUREROS DE SUEÑOS EN OVIEDO
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Luis Arias Argüelles-Meres | 13-04-2014 | 15:06| 0

«Déjame vivir como acero mohoso. Sin puño tirado en las nubes. No quiero saber de la gloria envidiosa. Con rabo y cuernos de ceniza». Luis Cernuda.

El óxido que destaca en el Calatrava. El venerable nombre de Jovellanos empresarialmente utilizado. El mamotreto construido en el solar donde estuvo la muy querida Estación del Vasco. La ‘performance’ organizada por ‘Rivi’ con el entusiasmo al que nos tiene acostumbrados. Y resulta que Gabino de Lorenzo no quiere actuar en ella. Como si no hubiese sido el alcalde de Oviedo cuando se llevó a cabo el proyecto.

¡Cuánto estropicio, Dios mío, cuánto estropicio! Se demolió el Carlos Tartiere. Había mucho empeño en construir un nuevo estadio y no se optó por otras posibilidades. Gastos y más gastos. La era del despilfarro. Como si las instituciones autonómicas no tuviesen dónde ubicarse, se decidió instalar en el inmueble calatraveño la Consejería de Cultura. También un palacio de congresos. Todo era poco. Y, sin necesidad de que transcurriesen muchos años, el proyecto se reveló ruinoso, al tiempo que el óxido calatraveño fue –y sigue siendo– toda una metáfora de aquellos grandonismos.

Nostalgia al recordar los muchos episodios de gloria en aquel estadio a lo largo de muchas décadas, desde la legendaria y mítica delantera ‘eléctrica’ hasta la última etapa del Oviedo en

la división de honor del fútbol español. Gloria azul épica, lírica y heroica con jugadores que son leyenda del fútbol español. ¿Y de qué sirvió aquella demolición con su subsiguiente proyecto? De deuda y de óxido. Nostalgia no menor al recordar lo que la Estación del Vasco significó en Oviedo. No sólo aquella estética tan genuina del pasadizo hacia los andenes. No sólo el legado de la educación sentimental en la que tenían presencia los anuncios. Y, pasados los años, se presentó Calatrava a sugerir una especie de trillizas inclinadas, que, ciertamente, entusiasmaron a muy pocos. Entre las excepciones, el señor Mortera.

¿Y cómo no recordar el episodio protagonizado por la señora Sainz proponiendo que se construyese una especie de Ciudad de la Justicia en el solar de la vieja estación? Aquello fue un bluf. Pero, por grandonismos, no se quedó. Y, miren ustedes por dónde, no dejaba de ser llamativa la paradoja que sigue: erigir una Ciudad de la Justicia tras la injusticia estética que

supuso aquella demolición.

Cuando los episodios del despilfarro nos siguen cobrando factura, llega Gabino de Lorenzo con su negativa a declarar en la ‘performance’ presidida por ‘Rivi’. Nada menos que todo un delegado de Gobierno negándose a colaborar con el esclarecimiento de una historia que, a día de hoy, es ruina, óxido, endeudamiento y paseos por los juzgados.

Los polvos y los lodos. Los derroches. Los grandonismos. Todos ellos como sepultureros de sueños. Todos ellos como causantes de un sonrojo colectivo. Todos ellos como engendros del triste presente que nos está tocando vivir. Y aquí no está solo un legado económico deplorable. Aquí está también un legado moral deprimente con responsables, al menos en lo político, que tienen nombres y apellidos.

No, aquí la historia no los absolverá. Aquí, lo único que cabe como desquite es que se vayan a su casa los que avalaron políticamente aquello. Y, llegado el caso, que la ley se aplique a quienes pudieron haber cometido irregularidades. Sepultaron sueños para traer ruina.  Es imperdonable tanto horror, tanta ambición desmedida y tanta horterada.

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No nos cautive, monseñor Rouco
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Luis Arias Argüelles-Meres | 02-04-2014 | 20:52| 1

«España no se constituye, digo, en torno a una unidad dogmática, sea religiosa, o política, o social, o económica, para expulsar de la convivencia nacional a todos los que no han perecido en la contienda contra este dogma. Esto sería una manera de entender la nación que destruiría en su base el concepto mismo de lo nacional… Sería un concepto de pueblo fanático, que lo mismo puede venerar la cruz que la media luna, pero que arroja a las tinieblas exteriores a todo el que no comparta su adoración». Manuel Azaña.

 

No es justo que en el 75 aniversario del final de la Guerra Civil tengamos que desayunar con la prédica de monseñor Rouco Varela, advirtiéndonos del peligro de que la historia se repita. No es de recibo que, tras haber transcurrido cerca de 40 años desde la muerte de Franco, los funerales de Estado se sigan celebrando desde el catolicismo oficial y, teniendo en cuenta al oficiante, desde el nacionalcatolicismo. ¿No habíamos quedado en que la intocable Constitución garantizaba un Estado aconfesional?

Extraño maridaje el de un Estado supuestamente aconfesional con una institución monárquica católica. Extraño comportamiento, desde la muerte de Franco a esta parte, de una izquierda de siglas que, tras haber gobernado durante veintiún años, no cambió esto, ni siquiera lo planteó como debate.

Y es que ni una nación ni una democracia pueden ni deben constituirse sobre la base de unos rituales que se corresponden con una confesión religiosa, por mucho que la susodicha sea omnipresente en nuestra historia.

¿Cómo es posible que, para despedir a una figura histórica que dijo apostar por la concordia se haya esgrimido una prédica como la de monseñor Rouco? ¿Qué grado de asentamiento y credibilidad puede tener una democracia en la que las personas que representan a las instituciones civiles tengan que asistir a ceremoniales bendecidos por la Iglesia?

Una ciudadanía democrática no puede estar bajo el cautiverio de ningún credo religioso. Una ciudadanía democrática no puede aceptar de ningún modo advertencias apocalípticas que la quieren desarmar como soberana.

¡Qué manera más inapropiada de digerir el 75 aniversario del final de una guerra y del principio de una dictadura que no se asentó precisamente sobre las bases de la paz, la piedad y el perdón que Azaña había implorado!

¿A qué viene ese afán por resucitar fantasmas? ¿A qué viene ese afán por dudar de la capacidad de la ciudadanía para dirimir sus diferencias democráticamente? ¿A qué vienen semejantes recordatorios?

Recuerdo aquellos años en los que había caravanas de coches para asistir a las misas oficiadas por monseñor Guerra Campos, si mi memoria no me falla, camino de Cuenca. Pero aquello no era la España oficial. Ahora las cosas son muy distintas. Se diría que hemos desandado. Se diría que la jerarquía eclesiástica es un poder espiritual sobre todo el país desde el momento mismo en que todas las instituciones asisten a estas liturgias.

¿Tan difícil es separar lo público de lo privado? ¿Tan difícil es que el Estado democrático tenga sus propias liturgias al margen de las creencias de quienes están al frente de las instituciones, creencias que pertenecen, como no puede ser de otro modo, al ámbito privado?

75 aniversario del fin de una guerra, insisto. Y, en lugar de construir un discurso sobre la base de la reconciliación, lo que se hace es plantear casuísticas que puedan suscitar una guerra, otra guerra. ¿Acaso no hubiera sido más pertinente basarse en la figura de Suárez para incidir en que nunca puede haber razones para una contienda como aquella?

Porque aquí hay dos problemas de gran calado. Uno es que no se escenifique lo que es un Estado confesional. Y otro es el discurso de la Iglesia Católica, que parece haber regresado al nacionalcatolicismo.

No nos cautive, monseñor. No nos desarme, monseñor. Los primeros y últimos objetivos de una democracia se basan en la plenitud de derechos y libertades, y no en los espadones ni en los cirios, ni en los palios.

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Nada menos que Octavio Paz
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Luis Arias Argüelles-Meres | 01-04-2014 | 21:10| 0

«Sartre y otros intelectuales participaron en los mítines y los desfiles, pero no fueron actores sino coro; aplaudieron, no inspiraron. 1968 no fue una revolución: fue la representación la fiesta de la revolución. La ceremonia era ideal; la deidad invocada, un fantasma». Octavio Paz.

Nada menos que un gigante entre los poetas y ensayistas del siglo XX. Nada menos que un gigante como creador y crítico. Literato de primera fila. Estudioso de referencia obligada en asuntos históricos y literarios. Ninguna de las muchas loas que se están escribiendo a propósito de su centenario descubrirá que estamos ante un gran poeta, pues tal distinción la tiene ganada desde hace muchas décadas. Ninguna de las muchas loas a la hora de valorar sus ensayos nos mostrará la importancia de obras de interpretación suyas sobre clásicos de la literatura, pues es algo de lo que hay constancia más que sobrada en una ingente cantidad de manuales. ¿Quién llevó a cabo un estudio más completo y clarividente que Octavio Paz sobre la obra poética de sor Juana Inés de la Cruz? Probablemente, nadie.

Nada menos que Octavio Paz, por el que tan poca simpatía sintió otro de los grandes literatos de su país y contemporáneo suyo, Juan Rulfo. Nada menos que Octavio Paz, al que Julio Cortázar reprochó sus crecientes guiños hacia ideologías conservadoras. Nada menos que Octavio Paz, que tanto rechazo mostró hacia la trayectoria y la obra de otro de los gigantes del siglo XX, hacia Sartre, sin ir más lejos, con en el que no compartía ni la concepción de la literatura, ni tampoco lo que comúnmente se entiende por ideas políticas. Y, sin embargo, no sólo tuvieron en común la celebridad justamente alcanzada por ambos, sino también el compromiso con su tiempo, por mucho que las valoraciones fueran en muchos casos no sólo divergentes, sino también encontradas.

Nada menos que Octavio Paz, poeta de primer orden, y, al mismo tiempo, ensayista que ambicionaba interpretar lo abordado en toda su plenitud. Compromiso con la palabra, con la voluntad de estilo y también con el afán de analizar e interpretar el asunto elegido en su totalidad.

Nada menos que Octavio Paz, que, en un tiempo en el que muchas de las corrientes de teorías y críticas renunciaban a explicaciones totales de los fenómenos históricos, artísticos y literarios, el autor de ‘Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe’, renunció expresamente a todo ello, haciendo expresarse a la historia, a la crítica, a la religión, al estilo y a todo aquello que fuese susceptible de aportar plenitud a lo que se propuso indagar.

Nada menos que Octavio Paz que consiguió, entre otras muchas cosas, que en su obra poética tuvieran presencia culturas distintas y distantes, es decir, un mosaico de incorporaciones que enriquecen muchos de sus textos poéticos de forma verdaderamente asombrosa.

Nada menos que Octavio Paz que supo ir mucho más allá del tópico al señalar que, al margen de que los poemas presentasen serias dificultades a la hora de ser traducidos de un idioma a otro, la poesía, sin embargo, tomada y concebida en su conjunto, traduce el sentir y el pensar de todos los mundos en todos los tiempos.

Nada menos que Octavio Paz, con sus poemas memorables, sus ensayos esclarecedores y profundos y sus valoraciones sobre los aconteceres del mundo que le tocó vivir e interpretar. En esto último, también es innegable que, al argumentar siempre con peso y brillantez, hay que agradecerle que nos retara, se entiende que para nuestros adentros, a discrepar. Y hay que agradecérselo porque ello exigía respuestas que obligatoriamente tenían que ir mucho más allá de lo simplón y del amplio repertorio de topicazos que, comúnmente, bastaban, salvo en casos como el que nos ocupa.

Nada menos que Octavio Paz, un literato y un intelectual imprescindible.

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Reseña en el suplemento “Culturas” de “El Comercio” de la magnífica novela de Johan Brouwer “Los tesoros de Medina- Sidonia”, de
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-03-2014 | 14:14| 0

El inagotable filón de la guerra civil española como marco de tantas novelas, algunas, como a la que aquí nos trae, memorables. El siempre inacabado inventario de los mejores hispanistas que en el mundo han sido. Aquel tiempo de héroes que ponían su vida al servicio de la salvación de un Estado, el de la 2ª República española, combatido por el fascismo internacional y por el reaccionarismo patrio. Aquella España tan aislada según el diagnóstico de Ortega y compañía, que en los años treinta se convirtió, sin embargo, en una referencia que conmovió al mundo “España, aparta de ti el totalitarismo y la barbarie”, parecía clamar todo aquel que quería salvaguardar la libertad de esta piel de toro, y, con ella, a sí mismo. Un idioma, el de la utopía, en el que se entendieron todos aquellos que hicieron en este país parada y fonda, forjando leyendas personales y colectivas. La última, acaso la única, guerra romántica, en pleno siglo XX.

Pues bien, la novela que tiene por título Los tesoros de Medina- Sidonia, de Johan Brouwer, que acaba de publicar la editorial Berenice, está a la altura de las más altas expectativas. Vio la luz en 1939, aunque no se tradujo al castellano hasta febrero del presente año.

Brouwer conoció a fondo la literatura mística española en los años en que estuvo en prisión a resultas de un oscuro episodio de juventud que parece imitar al protagonista de Crimen y Castigo, de Dostoievski, a Raskólnikov. Más tarde, sería el traductor de La rebelión de las masas, de Ortega al holandés. Y hay mucho en esta novela de las vivencias del autor en nuestro país durante la guerra civil.

Novela, reportaje, ensoñaciones, juego del presente narrativo que rescata un pasado de leyenda, en el que un tesoro escondido por uno de los hombres de confianza del Duque de Medina- Sidonia durante el reinado de Felipe II, adquiere protagonismo en medio de un escenario de guerra muy siglo XX.

El narrador-protagonista, cuando decide emprender su viaje a España para participar en la defensa de la República, confiesa haberse apeado de la vida, describe esos abismos que se vislumbran con la muerte de cerca, sin temerla, que, al mismo tiempo, inyecta unas energías a la vida que la hacen intensa hasta el vértigo.

Una catedral ardiendo y un hombre muerto. Permanente cascada de imágenes de una plasticidad alucinatoria. Compañeros de viaje que lo son también de guerra. Episodios estremecedores como el de la niña que reparte periódicos por las tabernas madrileñas y busca comida, que recuerdan a los islotes de gigantesca humanidad en medio de los esperpentos valleinclanescos. Incursiones por la leyenda en escenarios como El Escorial. Encuadres costumbristas. Guerra dentro de la guerra. Aquel rincón escondido en el Convento de San Francisco donde el protagonista vive sus trabajos y sus noches. El amor de su vida al que no renuncia  y anhela resucitar.

Imaginación asombrosa, incursiones por lo legendario, que, a mi juicio, no suponen trazos de novela gótica como se apunta en el prólogo, sino más bien plasmaciones oníricas que dan cuenta de una envidiable ambición narrativa de un autor que terminaría sus días combatiendo en Europa en defensa de los mismos ideales que lo trajeron a este país.

Todo un hallazgo.

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Desde la Plaza de el Carbayón
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-03-2014 | 14:07| 0

Cuando EL COMERCIO informaba el viernes 28 de marzo acerca de las distintas denominaciones que tuvo la ovetense Plaza del Carbayón, confieso que lo que estaba viendo no era el papel del periódico sino un entrañable repertorio de imágenes estrechamente vinculadas a mi memoria personal. Por ejemplo, el paso del tiempo  manifestándose en las viejas cartas amarillentas que formaban parte del archivo de la correspondencia familiar y que estaban atadas con descoloridas y ajadas cintas. Los remitentes las dirigían a la Plaza del Progreso. Más tarde, a la Plaza de Galicia. Y, desde que cumplí los ocho años, la referencia fue la Plaza del Carbayón. Y, bien pensado, es todo un privilegio la mencionada denominación que se le dio a esta plaza en 1965 en la medida que se hace eco de algo tan esencial en la historia de Oviedo. Tan esencial no sólo porque el legendario árbol fue testigo de un largo periodo de la vida de esta ciudad, sino también porque sus últimos días estuvieron marcados por la polémica tal y como cuenta Juan Antonio Cabezas en su siempre imprescindible biografía sobre Clarín.

Así pues, del progreso a la tradición. ¿No daría mucho de sí para esta dialéctica entre tradición y progreso la proximidad entre el viejo Caserón de Santa Clara y el Teatro Campoamor, teniendo en cuenta lo que ambos, de entrada, significan?

No olvidaré nunca que, desde el mirador de la casa familiar, situada en el número 3 de esta misma plaza, me tocó ver las obras que convirtieron el antiguo Caserón en la Delegación de Hacienda. Ciertamente, en las opiniones encontradas que había sobre aquel proyecto, asomaba también la dialéctica entre progreso y tradición. Aquella plaza, en la que no sólo circulaban coches, sino también carros que transportaban leche, en los años de mi infancia era escenario –y conste que no exagero- de dos siglos, si bien es cierto que los cambios que se observaban no estaban de visita.

Dos siglos, dos mundos que aún convivían. Desde la parte posterior de la casa, se veían edificios de la calle de la Luna. Nunca olvidaré aquellas maderas avejentadas de las galerías, maderas nobles que aún resistían el paso del tiempo en permanente lucha contra los elementos.

A propósito de la Plaza del Carbayón, no puedo no recordar aquel tiempo de inocencia de mi infancia, repartida entre Oviedo y Lanio. Aquel tiempo en el que también el cine contribuyó a diversiones y aventuras. Aquel tiempo en el que el corazón de la vieja Vetusta estaba al alcance de la mano aún más que hoy. Aquel tiempo en el que el sentimiento lúdico de la vida se forjaba a ritmo acelerado. Aquel tiempo en el que esta plaza asumía el testigo de no pequeña parte de la intrahistoria de Oviedo.

A propósito de la Plaza del Carbayón, días de infancia, cine, lectura, atalaya desde la que contemplé, sin poder ser consciente de ello, pasos decisivos en la transformación de una ciudad que propendía a conjugar tradición y progreso.

A propósito de la Plaza del Carbayón, me resulta emotivo que mi infancia esté tan unida a un  escenario en el que se simbolizó con éxito una  referencia de primer orden para datar, ubicar y homenajear las señas de identidad de Oviedo.

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Tiempo de héroes, territorio de leyendas
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-03-2014 | 14:06| 0

El inagotable filón de la guerra civil española como marco de tantas novelas, algunas, como a la que aquí nos trae, memorables. El siempre inacabado inventario de los mejores hispanistas que en el mundo han sido. Aquel tiempo de héroes que ponían su vida al servicio de la salvación de un Estado, el de la 2ª República española, combatido por el fascismo internacional y por el reaccionarismo patrio. Aquella España tan aislada según el diagnóstico de Ortega y compañía, que en los años treinta se convirtió, sin embargo, en una referencia que conmovió al mundo “España, aparta de ti el totalitarismo y la barbarie”, parecía clamar todo aquel que quería salvaguardar la libertad de esta piel de toro, y, con ella, a sí mismo. Un idioma, el de la utopía, en el que se entendieron todos aquellos que hicieron en este país parada y fonda, forjando leyendas personales y colectivas. La última, acaso la única, guerra romántica, en pleno siglo XX.

Pues bien, la novela que tiene por título Los tesoros de Medina- Sidonia, de Johan Brouwer, que acaba de publicar la editorial Berenice, está a la altura de las más altas expectativas. Vio la luz en 1939, aunque no se tradujo al castellano hasta febrero del presente año.

Brouwer conoció a fondo la literatura mística española en los años en que estuvo en prisión a resultas de un oscuro episodio de juventud que parece imitar al protagonista de Crimen y Castigo, de Dostoievski, a Raskólnikov. Más tarde, sería el traductor de La rebelión de las masas, de Ortega al holandés. Y hay mucho en esta novela de las vivencias del autor en nuestro país durante la guerra civil.

Novela, reportaje, ensoñaciones, juego del presente narrativo que rescata un pasado de leyenda, en el que un tesoro escondido por uno de los hombres de confianza del Duque de Medina- Sidonia durante el reinado de Felipe II, adquiere protagonismo en medio de un escenario de guerra muy siglo XX.

El narrador-protagonista, cuando decide emprender su viaje a España para participar en la defensa de la República, confiesa haberse apeado de la vida, describe esos abismos que se vislumbran con la muerte de cerca, sin temerla, que, al mismo tiempo, inyecta unas energías a la vida que la hacen intensa hasta el vértigo.

Una catedral ardiendo y un hombre muerto. Permanente cascada de imágenes de una plasticidad alucinatoria. Compañeros de viaje que lo son también de guerra. Episodios estremecedores como el de la niña que reparte periódicos por las tabernas madrileñas y busca comida, que recuerdan a los islotes de gigantesca humanidad en medio de los esperpentos valleinclanescos. Incursiones por la leyenda en escenarios como El Escorial. Encuadres costumbristas. Guerra dentro de la guerra. Aquel rincón escondido en el Convento de San Francisco donde el protagonista vive sus trabajos y sus noches. El amor de su vida al que no renuncia  y anhela resucitar.

Imaginación asombrosa, incursiones por lo legendario, que, a mi juicio, no suponen trazos de novela gótica como se apunta en el prólogo, sino más bien plasmaciones oníricas que dan cuenta de una envidiable ambición narrativa de un autor que terminaría sus días combatiendo en Europa en defensa de los mismos ideales que lo trajeron a este país.

Todo un hallazgo.

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Carta abierta a Joaquín Leguina
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-03-2014 | 14:04| 0

“A un Gobierno encabezado por Felipe González se le exigía un proyecto regeneracionista basado en la conciencia cívica, la transparencia democrática, el imperio de la ley y la dignidad de lo público. Este proyecto no se materializó nunca”. (Tom Burns Marañón).

 

Tiempo hace, don Joaquín, que sigo su blog, sus libros y sus declaraciones. Y, verá usted, estando esencialmente de acuerdo en muchas de las críticas que vierte contra todo lo que significó Zapatero, tanto en la política española como en su propio partido, lamento muy de veras llegar a la conclusión de que, frente a sus mordaces críticas contra el político leonés, sea usted tan mudo, tan ciego y tan sordo a la hora de analizar el largo periodo en el que Felipe González gobernó este país. Mire, no quiero cargar las tintas recordando aquello que el venerable don Antonio Machado escribió acerca de las medias verdades, pero convendrá usted conmigo en que en esa etapa del felipismo hubo desmanes, corruptelas y despropósitos que, desde la objetividad, no se pueden soslayar. Comprendo perfectamente, don Joaquín, que, por lo común nos cueste más ser críticos con nuestra propia generación, máxime si se trata de quien lideró el mismo partido. Aun así, sus invectivas contra lo que significó el zapaterismo pierden credibilidad si no van acompañadas de una visión más completa de la historia más reciente de su partido.

No se trataría en ningún caso –perdóneme la perogrullada- de comparar esos periodos, sentenciando cuál fue peor. No, aquí el busilis es muy otro: no desautorizarse uno a sí mismo por pasar como sobre ascuas sobre un periodo que no queremos analizar, porque nos lastimaría negar sus miserias más evidentes.

Pero, fíjese, señor Leguina, hay algo aún mucho más preocupante en sus clamores y en sus silencios. ¿Es que ni a un solo analista político (el término “politólogo” no lo uso más que entrecomillado por tratarse de un palabro que pone de relieve el alto nivel de estulticia de nuestro tiempo) tuvo a bien pararse a pensar que, si no se le hubiese hecho la vida imposible a Borrell, Zapatero no habría alcanzado nunca  la secretaría general del PSOE y, por ende, la Presidencia del Gobierno español?

La cosa se las trae, no me lo negará, don Joaquín. Porque nadie discutirá, ni siquiera el señor Almunia, primero que Borrell hubiera sabido llevar mucho mejor el entendimiento con Cataluña, y, llegado el caso, habría empezado la casa por el tejado, es decir, ir antes a modificar la Constitución que a apoyar un Estatuto que pudiese colisionar con ella. Y no menos indiscutible que, con su formación, habría sabido detectar la crisis económica, afrontándola mucho mejor que el político leonés, de tal manera que el señor Rajoy no hubiese ganado las elecciones de la forma que lo hizo: sobre todo, por la desesperación de las gentes ante los bandazos e incompetencias continuas de Zapatero y sus gentes.

¿No tienen que hacer autocrítica los otrora mandamases del PSOE que se lo pusieron tan difícil a Borrell? ¿No supuso ello una gran oportunidad malograda tanto para España como para su propio partido? ¿Y a usted no le parece que convendría que se manifestase al respecto tan claramente como lo hace cuando de criticar a Zapatero se trata?

Es que, verá, don Joaquín, arremeter contra el efecto, dejando intacta la causa, no es algo ni ponderado ni riguroso. Y, de usted, como persona cultivada y como escritor de prestigio, hay que esperar ambas cosas.

¡Ay, don Joaquín! Nos duele que la izquierda lo sea sólo de siglas. Nos duele que, gobernando el PSOE, la política se haya convertido en una especie de patio de Monipodio. Nos duele que, tras 21 años de gobiernos socialistas, España siga atada a un Concordato que contradice lo que es un Estado laico. Nos suele, en fin, que no se pongan y se dispongan a reivindicar un republicanismo que está en las señas de identidad de su partido. Nos duele que gentes como usted apunten y disparen sólo en una dirección. Nos duele que no reivindiquen la mejor España, esto es, que históricamente no se reivindiquen a sí mismos junto al republicanismo al que nunca debieron renunciar. Nos duele, en fin, que, para ustedes, el felipismo sea intocable tras haber generado tanta frustración y defraudado tantas expectativas.

El franquismo hizo de almirez de esa mejor España triturándola. ¿A qué esperan para reivindicarla y hacerla suya?

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Más sobre Adolfo Suárez
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Luis Arias Argüelles-Meres | 30-03-2014 | 14:01| 1

Pasado el momento de los panegíricos y las hagiografías tras la muerte de Adolfo Suárez, llega el momento de las precisiones, así como de los testimonios del propio  ex Presidente. De entrada, una concreción histórica: la transición, propiamente dicha, termina con la victoria de Felipe González en octubre del 82. Es el momento en el que, tras dos convocatorias electorales anteriores y tras la aprobación de la llamada Carta Magna, la izquierda (en este caso, sólo de siglas) volvía a gobernar España. La dialéctica reforma/ ruptura, permanente tras la muerte de Franco, podía haber tenido su punto de inflexión con el mencionado triunfo de González.

Enunciado ello, sigamos hablando de Suárez y de su trayectoria como Presidente del Gobierno desde el 76 hasta el 81. Lo cierto es que llevó a cabo el proyecto que se le había encomendado: convertir España, formalmente hablando, en una democracia, salvaguardando a la Monarquía a la que la izquierda, empezando por el PCE de Carrillo, aceptó.

A la hora de hacer una valoración histórica de la trayectoria de Adolfo Suárez, resulta obligado confrontarla con la de González. Porque, de no hacerlo, se antoja imposible explicarse que, justo en el momento en el que la llamada transición política está más desmitificada que nunca, al fallecer su principal artífice, más allá de las pompas y oropeles de la España oficial, se percibe claramente que la figura de Suárez cobra más fuerza y prestigio que nunca, y ello no obedece sólo al hecho de la tan española santificación de los muertos, sino también a que el legado de la transición, tan lleno de imperfecciones, en lugar de haberse mejorado, se viene malogrando continuamente desde el 82. Felipe González pudo haber terminado con los privilegios que consagró la transición para los partidos y sindicatos. No lo hizo. También Aznar, en 2000 contó con una mayoría absoluta que convirtió en su peor mandato.

El arriba firmante dista mucho de ser un entusiasta de la supuestamente modélica transición, lo que no me impide caer en la cuenta de que no hubo voluntad de mejorarla a lo largo de los 32 años transcurridos desde la victoria de González. Por tanto, no sería en modo alguno justo culpar principalmente a Suárez de los fallos de la transición.

Por otro lado, tampoco se puede obviar que,  en la beatificación civil de Suárez tras su muerte, la hipocresía asoma a raudales. Cuando dimitió en el 81 no sólo no contaba con el apoyo mayoritario de su partido, sino que además le fallaron también algunos de sus principales mentores. Para quien tenga memoria de aquellos tiempos, no será difícil recordar lo manifestado por algunos golpistas a la hora de declarar en el juicio como pretexto el hartazgo en algunas altas esferas del poder con respecto al  político abulense. Algún día se tendrá que explicar que la trama conspirativa previa al 23-F no estuvo sólo en los uniformes, ni tan siquiera en la extrema derecha. ¿Algún día se contará el porqué de aquella cena de Múgica con Armada?

Y, emplazándonos en  la no resuelta vertebración territorial de España, Armas Marcelo da cuenta en su libro “Los años que fuimos Marilyn” de una cena que tuvo lugar en su casa en 1984, a la que asistieron Jorge Edwards, José Hierro, Torrente Ballester, Juan Benet y Rafael Conte, entre otros, donde el invitado estrella era Adolfo Suárez:

“Recuerdo cómo Adolfo Suárez fue explicando, mecanismo a mecanismo, error a error, y pieza a pieza, a un Benet absorto y curioso ante la magia verbal de Suárez (al menos en esa noche la tuvo), las razones de alta política que hicieron necesario ese camino de las autonomías por donde al final se han colado las más excelsas mediocridades de la vida española en la actividad política contemporánea. Los demás comensales seguimos atentos las explicaciones de Suárez, que se extendió en razonamientos cuya argumentación resultaba en esos momentos irrefutable para todos nosotros. Clavero Arévalo no había sido más que un instrumento sintáctico de Suárez para cerrar el puzzle sorprendente de las autonomías y el mapa de la España política de las décadas posteriores. Suárez dijo que los socialistas mantuvieron la teoría contraria de las autonomías antes del año 80. Eran, recuérdese, federalistas y, por tanto, todo lo contrario de lo que fueron después: autonomistas. Dijo que el centralismo español era, como todos sabíamos, el responsable máximo de los desequilibrios constantes entre las regiones y las reivindicaciones históricas de los distintos territorios de España. Dijo que todo se había cerrado mal, que España era una gran cicatriz a la que había que intervenir con una cirugía de guantes de seda. Y dijo que la autonomía en todo caso, era un artefacto que iba a funcionar algunos años, quizá más de lo que pensábamos, pero que tal vez habría que refundar en futuro a España como Estado federal. “Depende de las circunstancias y de cómo vayan funcionando las autonomías, no sólo en la política, sino en la mentalidad de la gente, dijo Suárez”. [1]

 

¿Conocerá el señor Rajoy estas palabras que Armas Marcelo pone en boca de Suárez? ¿Será capaz el PSOE de reconocerse a sí mismo tras los renuncios y las renuncias y los constantes bandazos? ¿Sería descabellado tomar estas palabras como parte del testamento político de Suárez?

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