El Comercio
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Si yo fuera gay
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 13-07-2017 | 10:55| 0

Si yo fuera gay, creo que no saldría del armario. Después de todo, la alternativa al armario ¿no es, acaso, lo más parecido a un cajón de sastre? A eso me suenan, por cierto, las siglas LGTB, denominación de un colectivo que no alcanza a tener nombre propio porque los nombres dan lo mismo que piden, identidad, y los miembros de este colectivo, si de algo carecen, es precisamente de eso, de identidad concreta. No es lo mismo ser homosexual en hombre que en mujer, trans o bisexual. Ni tienen en común un homosexual y un transexual más que un bisexual y un heterosexual. Les une a todos, sin embargo, la oscuridad y la violencia del rechazo familiar y social que han padecido. Pero su salida a la luz les ha hecho sentirse diferentes entre sí, unánimes, como lo han sido cada uno a su manera, en la lucha por una sociedad abierta, inclusiva, cálida.

La diferencia, una vez reconocida, no conoce límites. Es necesario siempre remarcarlos, trazarlos de nuevo, cuando se han borrado, con mano delicada y resuelta. Había que salir del armario y desplegar, a plena luz del día, la multicolor enseña de los que no cabían dentro, despreciados por sentirse diferentes. Pero los armarios no sirven solo para esconder lo de menos precio y estima colectiva sino también para guardar lo que unos pocos aun saben apreciar. En los armarios hay también intimidad ¿A qué se parece, sin embargo, una sexualidad sin intimidad sino a un cajón de sastre? La diferencia, una vez reconocida, conviene remarcarla. Entregada a la publicidad desconoce sus propios límites y corre el peligro de banalizarse. La libertad sexual, más que necesidad de ser, ¿no es ansia de poseer que el mercado se encargará de explotar? Si yo fuera gay me quedaría en el armario.

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La pecera
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 29-06-2017 | 08:23| 0

La sencillez, solo en el trato. Cuando se aplica a la vida, en general, se mata, porque la vida no es sencilla.  Es como vaciar una pecera y dejar a sus criaturas en el aire. Como el agua al pez, así la sencillez conviene al trato. En las sociedades de consumo todo es fácil, todo es sencillo. También las cosas de la vida. Dos ejemplos se me ocurren, tal vez al caso. El primero, tomado de la religión. El segundo, de la irreligión, es decir, de la violencia por odio o amor a la religión. Ambas son, en realidad, dos maneras de sentir la misma vida.

A muchos creyentes les oímos ensalzar la “sencillez evangélica”. Los relatos evangélicos son fáciles de comprender. Los sesudos teólogos, en cambio, muy difíciles de leer. La teología viene a ser un lujo para unos pocos. La fe sencilla se ilustra con los relatos evangélicos no ya porque no comprenda la teología sino porque ni siquiera la necesita. Así ha sido, de hecho, durante siglos. Aún hoy la teología es una complicación. La fe evangélica, en cambio, de una sencillez encantadora: ¡bienaventurados los que crean sin haber leído!

Pasemos al otro ejemplo, el de la irreligión. Hoy tememos todos el terrorismo islamista. El miedo, como su contrario, la fe o la confianza, es otra manera de sentir la vida. También al miedo se le ha aplicado desde antiguo el remedio de la sencillez. Por eso, ante problemas complejos como éste de la amenaza terrorista a escala global, se proponen “soluciones sencillas”, cuya aplicación resultaría no ya contraproducente sino, tal vez, funesta: guerra sin cuartel, cierre de las fronteras, expulsión de los musulmanes…La fe, como el miedo, que es otra manera de creer, ¿no deberían ser más humildes y seguir buceando en la pecera de nuestro corazón?

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¡Una señora!
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 23-06-2017 | 08:51| 0

A un hospital se llega roto. Inútil vestir el roto, querer disimularlo. Por eso el recién llegado encuentra, doblado y limpio, un camisón o pijama sobre la blanca cama que le ha tocado en suerte. Como el monje que abandona el mundo, muda el enfermo sus ropas seculares por el hábito común de los mortales. Un roto, enfermo y viejo, no necesita más. La separación del mundo que, en el hospital, se impone me parece a mí más perfecta que la que intenta un monje en su monasterio. Al monje le alumbra la fe; al enfermo, en cambio, no le hace falta la luz para creer lo que ve, blanco sobre blanco. “Aquí sabes cuándo entras pero no cuándo sales”, suelen decir los que llegan.

También ella ha vuelto rota. Enferma crónica, es de los que vuelven al hospital cada cierto tiempo. Otra vez la habitación de ayer, con su sillón cansado y su cama hecha, su ventana al pinar que distrae con sus copas la mirada perdida de los que esperan, el rumor de pasos por los pasillos y, de vez en cuando, algún gemido, alguna voz destemplada hasta que, de pronto, cae el silencio. Pero ella es diferente. Sucede algo, en ella, que es un milagro. Yo no creo tanto en los milagros que llaman la atención como en los que pasan desapercibidos.

Precisamente ahora que, cuando viajo en el metro, leo de prisa carteles con un rostro anónimo y una frase, “Soy gay”, pienso en esta clase de milagros. Llama la atención de todos el gay desde su cartel. Pasa, en cambio, milagrosamente desapercibido lo que veo cuando miro a un ser humano roto, pero entero. Porque la enferma en la que pienso mientras escribo es, en sus modales, en su manera de estar y de irse yendo de este mundo ¡una señora!

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Decálogo de la buena escucha
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 17-06-2017 | 11:40| 0

Lo primero, regala tiempo, pues el que necesita ser escuchado adivina enseguida si tienes tiempo para él o lo tienes solo para ti.

Lo segundo, regala espacio, pues el que necesita ser escuchado busca un lugar para el descanso y también para la guerra, para soltar su carga y arriesgar lo suyo.

Lo tercero, mira de frente, en paz, pues son otros ojos, no ya oídos, lo que espera el que ansía ser escuchado.

Lo cuarto, aclárate, que no se enturbie tu mirada ni un instante, pues no oirás nada que no te pueda haber pasado a ti, tal vez, por la cabeza.

Lo quinto, ni se te ocurra pensar de prisa mientras escuchas, pues, más que ideas, el que te habla te busca a ti y te quiere entero.

Lo sexto, dale principio y también fin a todo encuentro, pues no saber cómo empezar o terminar no conduce a otra cosa sino a escucharse a sí mismo, que es comenzar a desquiciarse.

Lo séptimo, no te hagas nunca amigos fuertes con enemigos comunes, pues no sabrás qué es amistad y te verás débil y solo.

Lo octavo, cuando seas tú mismo quien necesite ser escuchado y encuentres a otro con más necesidad aun que tú ponte en sus manos: estarán llenas de lo que buscas.

Lo noveno, no le compliques aun más la vida al que la tiene ya complicada ni se la facilites, por el contrario, al que la tiene fácil y cómoda.

Y lo décimo, recuerda siempre que, si lo que quieres es ser persona, necesitas escuchar y ser escuchado y que ambas, en realidad, son dos maneras de aprender a convivir sin defraudarse.

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Lejos del mundo
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 09-06-2017 | 08:18| 0

Desde allí el mundo se ve de otra manera. Muy cerca, como los recuerdos para el que, apenas unos días o unas semanas antes, representaba airoso algún papel sobre la escena, en el gran teatro del mundo. Duele la memoria, acaso tanto como un miembro desencajado, con todas sus terminaciones nerviosas expuestas al más leve contacto. Duele porque parece que fue ayer cuando, alzado el telón, los actores representaban tan bien su papel que se olvidaban por entero de los espectadores. Ahora, en cambio, el mundo se ve muy lejos, tanto como lo que, al alcance de la mano, no se alcanza a tocar. Tan lejos no hay nada como lo más cercano.

Y es que ahora uno, de actor que venía siendo, ha quedado reducido a la condición de espectador. A uno que, como el que suscribe, se ha pasado media vida separado del mundo, en el retiro monacal, le da que pensar la rapidez con que el telón cae y la escena del mundo se retira de la vista. Desde allí el mundo se ve lejos porque lo está de hecho. Pasarse uno la vida buscando el desierto como si fuera el paraíso, la vida alejada del mundanal ruido, el santo recogimiento en la soledad dichosa, hasta que, de repente, acaso en un instante, todo aquello de lo que uno ansíaba separarse corre, huye, vuela…

Desde el hospital el mundo se ve, en efecto, de otra manera. Si, en el mundo, no dura el tiempo, solo pasa, en el hospital no pasa el tiempo, dura, adquiere la penosa resistencia a lo eterno. Un día es allí igual a otro, sometidos todos a la misma rutina de las mañanas soñolientas y las tardes infinitas, mientras pasa por las habitaciones el personal de turno. Un instante, un accidente, y todos podemos vernos allí, sin papel alguno, espectadores puros.

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En bata blanca
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 02-06-2017 | 09:12| 0

Al principio me confundió con el médico. Nada más natural, por cierto. Vestir la bata blanca y no agregar distintivo induce a confusión. Pero de la confusión se sale con la pregunta y ésta puede ser el principio del encuentro y el diálogo. Cuando le respondí que yo no era el médico sino el capellán del hospital, confieso que me pregunté a mí mismo con el aliento contenido: “¿y ahora qué?, ¿cómo va a reaccionar cuando escuche mi respuesta? ¿acaso con la decepción de aquel a quien le han servido gato por liebre?”

Lo que menos necesita un paciente que acaba de ingresar en el hospital con el cuerpo dolorido y la vida rota es, tal vez, un médico del alma. El alma puede esperar la hora de la muerte. Los dolores, en cambio, no le dejan a uno pensar en el alma y en su espera mágica, silenciosa y lúcida. Por eso me sorprendió la reacción del paciente. Si yo no era el médico sino el sacerdote, “¡mejor!”, me respondió. Y, acto seguido, me alargó su mano, apretó la mía, tendida también hacia él, y le vi emocionarse, romper a llorar como un niño asustado que busca, en la noche, la paz y el calor de su madre.

Si yo me hubiera presentado con la distinción adecuada, si hubiera cumplido, desde el primer instante, con mi deber de ministro sagrado, si no hubiera inducido mi atuendo a confusión alguna, si hubiera sucedido todo, en fin, de otra manera, no habría nacido, espontánea, aquella pregunta que, respondida por el que suscribe como bien se supo, recibió el sello de la libertad madura con una de esas palabras que le dejan a uno sin ellas: “¡mejor!”. Sí, mejor sería, tal vez, para todos no afanarse tanto en hacer lo correcto como en buscar lo bueno.

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De pobres y ricos
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-05-2017 | 09:21| 0

Según los expertos las personas que padecen penurias económicas ven también disminuida la posibilidad de ejercitar sus facultades cognitivas. Tienen, pues, mayor dificultad que los demás para pensar y tomar decisiones con sosiego. La preocupación por la factura sin pagar o la comida sin comprar acaba siendo angustiosa para quienes llegan sin aliento a fin de mes. Por eso de la pobreza se ha escrito que es el “no descanso”. El descanso vacacional es algo que solo se pueden permitir los que gozan de cierta posición social.

Los expertos, que siempre o casi siempre tienen razón, nunca o casi nunca tienen toda la razón. Y es que suelen pasar por alto, en sus análisis, una variable imposible de medir. La ciencia habla de lo que puede medir. Del resto se abstiene. Por eso no cuenta nunca con el amor, la variable sin medida posible. Contra las preocupaciones que impiden pensar con calma sería muy triste concluir que no hay remedio y que los pobres son, pues, doblemente desgraciados: porque no tienen dinero y ni siquiera pensamientos propios, serenos, elevados. No pueden tenerlos porque hasta de la posibilidad de pensar se ven privados.

Todos sabemos, sin embargo, que no es así. Los pobres –me decía una experta en ayudarles- “no son pobres en todo”. Pobres en todo son, tal vez, los que tienen dinero, segunda vivienda cerca de la playa, vacaciones pagadas y la posibilidad de darse algún capricho de vez en cuando. Son pobres del todo porque “nadie les ha regalado nada”, antes bien se lo deben todo a su propio esfuerzo. No tener la alegría de ayudar, con el propio tiempo y dinero, a quien lo necesita es no tener nada, ser pobre del todo. No hay riqueza ni descanso como el amor, esa variable que los hombres de ciencia nunca podrán medir.

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Hacer lo que uno quiera
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 18-05-2017 | 08:40| 0

Vive solo o, más bien, duerme solo. A uno que trabaja entre doce y catorce horas diarias no le es dada vida propia, apenas el tiempo imprescindible para descansar y alimentarse. Yo, en cambio, ni vivo solo ni es mi vida otra que la que yo mismo he elegido. A fin de mes no llega nunca porque cobra siempre mal y tarde. Yo, en cambio, por mi servicio religioso, percibo lo necesario para vivir y aun para compartir. No sabe si mañana podrá conservar su empleo. Por eso vive con incertidumbre, angustiosa a veces, porque haber sido una persona normal en su país y llevar siete años en España entre la explotación laboral y la indigencia pone a prueba los nervios y la moral de cualquiera. Yo, en cambio, no tengo que preocuparme del mañana cada vez que rezo “danos hoy nuestro pan de cada día”. Así nos van las cosas a los dos.

Ahora voy a contar cómo me van a mí las cosas. Y diré que no puedo resistir su mirada. Cuando alguien te mira a los ojos desde la pobreza y te da todo lo que es porque no tiene más que ofrecerte te enteras de lo que vale una persona. Y sonríes. Te mueve a sonreír, con un grano de sal y buen humor, el tiempo empleado en preguntarte cómo anunciar el evangelio ¿Habrá que ser explícitos como los signos de especial consagración en la propia indumentaria o pasar inadvertidos como fermento silencioso en la masa que, cada día, sufre y calla? Tal vez lo que prefiera cada uno. Y es que, cuando uno ha descubierto que evangelizar es exactamente ser evangelizado, que los pobres evangelizan a los ricos, elegidos por Dios y respetados por los hombres, puede hacer ya lo que él quiera.

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La religión de la impotencia
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 08-05-2017 | 09:51| 0

“Yo no puedo cambiar el mundo. Mi sensación de impotencia encuentra cierto alivio, no obstante, en la posibilidad de rezar para que el mundo cambie. Rezar, ¿no es lo único que cabe hacer cuando no es posible hacer nada? Es poca cosa pero nunca se sabe. Al fin y al cabo, Dios lo puede todo”. La religión de la impotencia, que se expresaría en éstos o parecidos términos, ha sido, en todo tiempo, esclava silenciosa de los poderes hegemónicos. El poder necesita de ella para consolidarse. También hoy el poder de los gigantes financieros que despliegan sus tentáculos a la sombra de gobiernos y partidos democráticos. También hoy la tarea principal de los grandes intereses consiste en convencernos de su interés por nosotros, por los pliegues y repliegues de nuestra vida cotidiana, ávida siempre de lo más elemental.

Por eso el modesto negocio familiar, la tienda de toda la vida, donde se conversaba por placer mientras se compraba por necesidad, ha cedido su puesto a las grandes superficies, donde se compra por placer mientras se calla por necesidad, entre desconocidos. La tienda de toda la vida tenía de todo. La gran superficie, en cambio, tiene mucho más: lo necesario y todo lo demás. Por eso ha triunfado. El placer de comprar en una gran tienda se ha revelado superior al placer de coincidir en una tienda pequeña los vecinos del barrio. La religión de la impotencia es ya esclava rendida del poder absoluto. Si el gran comercio me trae a casa la compra de la semana, ¿para qué perder el tiempo en la búsqueda del producto saludable y a la venta en condiciones justas para su productor? El pequeño comercio, la banca ética o el comercio alternativo no van a cambiar el mundo. Y, sin embargo, ¿es verdad que solo nos queda rezar?

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Miedo al otro
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 03-05-2017 | 09:38| 0

“No se puede dialogar con el otro si primero no se reconoce y asume lo propio”. He aquí una sentencia de firmeza inquebrantable. Pero, ¿qué es “lo propio”? En el diálogo interreligioso lo propio es el propio credo; en el debate ideológico, las propias ideas; en la tertulia, las opiniones propias de cada cual. Ahora bien, “lo propio” cambia de sentido, a mi parecer, con el orden que ocupa en el diálogo. No tiene el mismo sentido cuando ocupa el primer lugar que cuando éste lo ocupa el otro, creyente, pensante u opinante del caso. No es lo mismo empezar por escuchar que por “asumir lo propio”.

No es que “lo propio” no sea valioso. Al contrario, gana en valor cuando no es lo primero, cuando lo primero es el otro. Su significado será el mismo en cualquier caso. Su sentido, en cambio, su valor y capacidad de elevar lo humano, de transformarlo, llegará a la luz cuando “lo propio” sea recibido como expresión sublime de la humanidad común. Por eso yo diría, más bien que “no se puede dialogar con el otro si finalmente no se reconoce y asume lo común”.

Reconocer y asumir la humanidad común de los creyentes y pensantes me parece a mí la tarea que hoy tienen ante sí las grandes religiones, el cristianismo y el islamismo. Porque el fundamentalismo islámico, en su celo por “lo propio”, no debería ocultarnos los peligros del fundamentalismo cristiano y católico. Uno y otro intentan usurpar el lugar del otro: aquel, sembrando el terror; éste, el miedo al otro, terrorista en potencia. El lugar del otro, sin embargo, permanece vacío en tanto no sea ocupado por cristianos y musulmanes dispuestos a reconocer en el rostro del otro el rostro del Dios vivo. Y bien, ¿no es esto pensar la Trinidad?

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