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Fecha: febrero, 2016
Cainitas y podemitas
Víctor Manuel Márquez Pailos 17-02-2016 | 3:43 | 0

Decir de alguien que es una buena persona es decir mucho o poco. Es decir mucho mientras uno crea en la bondad y en la virtud. Poco, en cambio, tan pronto como empiece uno a preguntarse qué virtud queda en aquel a quien todos se la reconocen. Ver lo que todo el mundo puede ver, ¿qué tiene de particular?; ¿habrá alguien que no se crea bueno, allá en el fondo de su corazón, si los demás creen que lo es?

Además, nadie ignora lo fácil que es ver en este lo que en aquel no se quiere ver. O ver hoy lo que ayer pasó sin ser visto. Los ojos bailan, como el fuego, al aire de la tarde. Que hoy sopla norte, la llama arde hacia el sur; que sopla sur, arde hacia el norte…Personas que pasaron por dechado de virtud la perdieron toda con el poco crédito que les dejó intacto una lengua de fuego. Ojos y lengua hacen buenos o no tanto a los hombres de un momento a otro.

Pero creamos en las buenas personas, a pesar de todo. Creamos en ellas porque, al fin y al cabo, lo necesitamos. Necesitamos creer que no somos tan malos. Si nos creyéramos malos, malísimos, o buenos, buenísimos, no creeríamos en la posibilidad de mejorar. El mundo está lleno de males sin malos que se crean responsables de ellos, fuerza es reconocerlo. Ahora bien, ¿sería mejor un mundo lleno de malos que de presuntas buenas personas?

Hay algo cainita en bautizar a los líderes de cierto partido político como “podemitas”. ¿Es que son tan malos? Deben de serlo para quienes, presentándose como defensores de la moderación, que es la virtud por excelencia, demuestran tan poca moderación en su manera de referirse al adversario político. Yo, en cambio, no creo que sean malas personas.

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Otra educación
Víctor Manuel Márquez Pailos 08-02-2016 | 11:01 | 0

Yo no soy otra cosa que un discípulo. Algo he aprendido de quienes no se han propuesto enseñarme nada. Cada vez que he intentado enseñar algo a los demás he vacilado en el intento. Cada vez que he hablado sin dar lecciones, me he traído a la boca la gratitud de algún discípulo. Todos necesitamos aprender precisamente aquello que ya creemos saber. Educar desde la precariedad. La otra educación posible es un título reciente en el catálogo del sello editorial apeiron y sus autores son dos maestros de maestros, Alberto Gárate y Pedro Ortega. Ambos comparten vivencias y reflexiones al atardecer de sus vidas, dedicadas a entender de qué se trata cuando se trata de educar y aprender. Difícilmente encontrará el lector otro ejemplo de una teoría tan práctica como la expuesta en este libro desde sus primeras páginas. Nuestra época vive fascinada por el espejismo de una práctica sin teoría, del actuar sin reflexionar, como si el pensamiento fuera la curiosa ocupación de cuatro desocupados. Para eso tenemos a nuestros políticos, más preocupados por la suma de sus escaños que por la resta de sus intereses en beneficio de aquellos a quienes representan ¡Lo que importa es la práctica! Y nada más práctico que sumar voluntades en el hemiciclo o dígitos en el cómputo del ibex 35. Los números no tienen rostro. Los votos no tienen voz. ¿Acaso será más estable un gobierno que sea el resultado de una mera suma aritmética? A mí me parece que las sumas ya no van a producir gobiernos estables. Será otra educación la que lo haga. Una buena teoría pedagógica, como la inspirada en la filosofía de Levinas y presentada en el libro de Gárate y Ortega, podrá devolver el rostro y la voz a los niños de hoy. Otra educación es necesaria hoy para los ciudadanos del mañana.

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¿Vieja política?
Víctor Manuel Márquez Pailos 08-02-2016 | 10:47 | 0

 

“¿Eres teólogo?”, fue lo primero que escuché, nada más cruzar la puerta de mi vida. Un hombre machucho, entrado en la edad de la experiencia con la panza mal ceñida, el semblante jovial y la cabeza despoblada, debió de encontrarme aspecto de experto en algo muy sesudo, tal vez unido a cierta ingenuidad que traía yo de mirar tanto mis montañas infantiles y leer libros para hombres ya curtidos, curiosa paradoja de una vida prematura. No recuerdo qué le respondí a quien así me preguntaba y recibía, abierta la puerta de la casa cuya dicha se anunciaba a la entrada. Supongo que me quedé un poco azarado, sin saber qué añadir al “no” inexcusable. No me esperaba seguramente que mi propia dicha hubiera de empezar así, con una pregunta sobre lo que yo era, hecha además por un desconocido.

En aquella pregunta hallaría yo, andando el tiempo, la razón de ser de mi existencia. Para ser feliz uno debía saber lo que era. Solo eso era necesario para ser feliz. Todavía no se había convertido, por entonces, en pregunta la respuesta, en problema la certeza de ser lo que uno es. Ahora, tantos años después de aquella anécdota, contemplo la cuestión erigida en problema colectivo. La política y la guerra como nunca han existido. Partidos nuevos, puertas adentro. Y, puertas afuera, nuevas maneras de hacer la guerra, desconcertantes para cualquiera. Y, sin embargo, ¿no cabe preguntarse hasta qué punto es novedad lo que parece? En la política y la guerra sigue habiendo enemigos y los enemigos siguen siendo los mismos. Siguen siendo viejos: la “vieja política” y la vieja Europa. Sonríe el machucho, mientras tanto, a la vista del joven que no soy. Ni joven ni teólogo, solo un hombre, poca cosa, a la puerta de la dicha.

 

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