El Comercio
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Guervós, el misionero
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-03-2016 | 09:37

Presiente su propio fin, aunque vive como si cada día fuera solo el principio del fin, despertando aun con el alba y desperezándose con los recuerdos, ya crepusculares, de otras mañanas, hermosas porque no se pueden retocar, no están a la vista los ojos deseados y se han ido del cuerpo las fuerzas para acercarse más a ellos y decirles al oído lo que jamás olvidarán.

Verle tendido sobre una butaca al empezar la tarde, oír su voz pausada y su silencio grave mientras mis párpados se cierran de hito en hito porque es la hora de la siesta y pide tregua mi cabeza, es casi una plegaria.

Es un hombre. Es joven su memoria, racimo de instantes desgranados, uno a uno, entre sus dedos, esos dedos invisibles con los que toca el corazón lo que ya no están viendo –lo invisible es invidente, que no ciego, como dicen del amor los que creen haber despertado de su sueño-. Es joven su memoria como solo puede serlo la de un anciano, que sabe vivir porque ha vivido, porque tiene lo único que podemos tener sin que nos tenga y nos domine. Y con ella me voy al Brasil de su misión sacerdotal, a sus mujeres bellas, turbadoramente ciertas, y a los niños de las favelas sin belleza pero con vida, con toda la vida en sus ojos y, en su cabecita, el pensamiento de que la vida es bella, aunque valga, para ellos, menos que, para nosotros, morir sucio y angustiado.

Cuando regreso, pues se hace tarde, me despido de este hombre bueno, que me conduce a una estancia donde duermen unos pocos libros de poemas. Me llevo alguno en el bolsillo. Y, días más tarde, hoy por ejemplo, le dedico mis palabras a este hombre de Iglesia, tan grande y tan pequeño, Juan Guervós, el misionero.