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El beso
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-03-2016 | 11:15

Era de noche. Volvía cansado de la vida, porque también la vida de los otros cansa si la de uno se expone mucho tiempo, por los oídos y los ojos, a la intemperie de la calle, roto el hogar, desguarnecida el alma. Volvía a mi casa, como quien corre a refugiarse, a bordo de un tren interurbano, lleno de otras vidas y la mía. Me gustaba mirar, curioso de esas vidas entre las que apenas otra más era la que yo, al parecer, vivía. Miraba procurando ver sin ser mirado, entrar donde una grieta hubiera quedado sin cubrir y se hubiera hecho grande en un momento. Nada hay más discreto que unos ojos raudos, de bien simulada indiferencia. Con ellos encontramos siempre lo que menos esperamos. Esta vez también.

Eran dos amantes muy jóvenes, casi adolescentes. Apenas unos pasos me separaban de ellos, tan pocos en la distancia entre mis años y los suyos. Estaba yo sentado y ellos en pie, como un espectador en el teatro. Al principio se oían las palabras. Luego el silencio empezó a decir lo que intentan monosílabos. Hasta que llegó el beso, el sello de todos los silencios. Con el primer beso llegaron los demás, intentos de mejorar lo hecho o completarlo. Los labios del amante fueron pasando de la frente a la nariz, de la nariz a los labios deseados. Con suavidad y calma se miraban uno a otro. Toda la paz del mundo parecía derramada entre aquellos rostros sin ojos para el mundo, para nada que no fuera iluminar la vida a aquella hora del cansancio, cuando, acabado el día, las gentes vuelven a casa del trabajo. Y yo comprendí entonces que la violencia teme la luz pública y que es de noche, sin embargo, cuando suceden los milagros.