img
Un sevillano en Huerta
img
Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-03-2016 | 09:28

Yo amo los lugares, las ciudades desiertas, los pueblos que han llenado de ansia páginas de la historia, sus calles empedradas, sus plazas desplegadas entre el cielo y la tierra, sus templos consagrados a una fértil memoria, sus casas hacinadas junto a alguna muralla, sus parques y jardines, de recuerdos sembrados, no por nada de lo que en ellos veo cuando los visito sino por los ojos que los vieron antes que los míos.

Por eso, cuando volví a Sevilla por última vez, no pudo con mi nostalgia su luz sin dueño. Allí seguía todo su encanto de albero y azahar en primavera tal como lo había sentido más de diez años antes, cuando pisara con mi amigo las calles de su ciudad natal. La vi entonces toda entera por sus ojos, la vi y me la bebí, mientras bebía con él y con su gente una cerveza en el barrio de la Alfalfa. Hay que nacer dos veces para amar el lugar donde se nace. Hay que nacer del todo, tomar distancia, para poder amar, tan siquiera, un poco.

Y mi amigo Antonio Manuel, nacido en Sevilla una vez, ha nacido para siempre sevillano. Tal vez por eso, porque ha nacido del todo y para siempre, no vive allí desde hace tanto. Allí dejó su juventud y su semana santa y, con la austeridad penitencial que allí abrazan los que para vivir han renacido, tomó la senda del ascetismo. Ya son sus ojos, en un cenobio castellano, como dos lámparas para esperar la vida. En vano los buscaré en Sevilla, en vano buscaré al que vive entre los muertos, en vano intentaré hacer mía su hermosura. Ahora el amigo es el amor y los muros de su cenobio hortense el dique en que se aquieta y se remansa mi agridulce nostalgia sevillana.