El Comercio
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Voluntad suicida
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-04-2017 | 10:35

Ya es primavera. Este año se han adelantado la floración y la erupción de lo que vive. Con los primeros calores y los días más largos, más variados en todo –en temperaturas, humores y colores -, no queda ni recuerdo del invierno. El olvido ha empezado a llenar las cavidades de la memoria. El hueco de los que ya no están, el vacío de los que esperan ocuparlo y el abismo de los pensamientos a los que vuelven aquellos y éstos, los que ya no están y los que intentan distraernos, son las cavidades de la memoria.

Con la primavera se asoma el verano, tímido al principio y sin temor después, cuando ya nadie quiere contener su fuego, ni siquiera la noche, tiempo sin tiempo. El verano no cabe en sí de gozo. Por eso cansa cuando se prolonga, invasor del otoño y de su melancolía, agridulce como la vida ya vivida. Agosto agosta. Pero, cuando se adelanta con la primavera, no puede cansar porque no hay sencillamente nada en su lugar. La naturaleza vacía del invierno, el corazón ensimismado del mundo, un poco más con cada ser que reduce a recuerdo su presencia en él, la memoria llena de huecos por todas partes necesitan, más bien, ser completados, que venga alguien a llenarlos de olvido, de luz, de vida nueva.

Y, mientras se van llenando, nos va llegando noticia de huecos que ya nadie ocupará. Son los que dejan en el hogar los que a él no han de volver. Para ellos se han hecho el hospital, la habitación deshabitada, la sala de espera al otro lado de la cual se planea cómo decir lo inesperado. La voluntad suicida de ahorrarnos este trámite, de liberar a otros para el gozo del verano, ¿no es otro fruto de este gozo?