El Comercio
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Fecha: mayo, 2017
De pobres y ricos
Víctor Manuel Márquez Pailos 26-05-2017 | 11:21 | 0

Según los expertos las personas que padecen penurias económicas ven también disminuida la posibilidad de ejercitar sus facultades cognitivas. Tienen, pues, mayor dificultad que los demás para pensar y tomar decisiones con sosiego. La preocupación por la factura sin pagar o la comida sin comprar acaba siendo angustiosa para quienes llegan sin aliento a fin de mes. Por eso de la pobreza se ha escrito que es el “no descanso”. El descanso vacacional es algo que solo se pueden permitir los que gozan de cierta posición social.

Los expertos, que siempre o casi siempre tienen razón, nunca o casi nunca tienen toda la razón. Y es que suelen pasar por alto, en sus análisis, una variable imposible de medir. La ciencia habla de lo que puede medir. Del resto se abstiene. Por eso no cuenta nunca con el amor, la variable sin medida posible. Contra las preocupaciones que impiden pensar con calma sería muy triste concluir que no hay remedio y que los pobres son, pues, doblemente desgraciados: porque no tienen dinero y ni siquiera pensamientos propios, serenos, elevados. No pueden tenerlos porque hasta de la posibilidad de pensar se ven privados.

Todos sabemos, sin embargo, que no es así. Los pobres –me decía una experta en ayudarles- “no son pobres en todo”. Pobres en todo son, tal vez, los que tienen dinero, segunda vivienda cerca de la playa, vacaciones pagadas y la posibilidad de darse algún capricho de vez en cuando. Son pobres del todo porque “nadie les ha regalado nada”, antes bien se lo deben todo a su propio esfuerzo. No tener la alegría de ayudar, con el propio tiempo y dinero, a quien lo necesita es no tener nada, ser pobre del todo. No hay riqueza ni descanso como el amor, esa variable que los hombres de ciencia nunca podrán medir.

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Hacer lo que uno quiera
Víctor Manuel Márquez Pailos 18-05-2017 | 10:40 | 0

Vive solo o, más bien, duerme solo. A uno que trabaja entre doce y catorce horas diarias no le es dada vida propia, apenas el tiempo imprescindible para descansar y alimentarse. Yo, en cambio, ni vivo solo ni es mi vida otra que la que yo mismo he elegido. A fin de mes no llega nunca porque cobra siempre mal y tarde. Yo, en cambio, por mi servicio religioso, percibo lo necesario para vivir y aun para compartir. No sabe si mañana podrá conservar su empleo. Por eso vive con incertidumbre, angustiosa a veces, porque haber sido una persona normal en su país y llevar siete años en España entre la explotación laboral y la indigencia pone a prueba los nervios y la moral de cualquiera. Yo, en cambio, no tengo que preocuparme del mañana cada vez que rezo “danos hoy nuestro pan de cada día”. Así nos van las cosas a los dos.

Ahora voy a contar cómo me van a mí las cosas. Y diré que no puedo resistir su mirada. Cuando alguien te mira a los ojos desde la pobreza y te da todo lo que es porque no tiene más que ofrecerte te enteras de lo que vale una persona. Y sonríes. Te mueve a sonreír, con un grano de sal y buen humor, el tiempo empleado en preguntarte cómo anunciar el evangelio ¿Habrá que ser explícitos como los signos de especial consagración en la propia indumentaria o pasar inadvertidos como fermento silencioso en la masa que, cada día, sufre y calla? Tal vez lo que prefiera cada uno. Y es que, cuando uno ha descubierto que evangelizar es exactamente ser evangelizado, que los pobres evangelizan a los ricos, elegidos por Dios y respetados por los hombres, puede hacer ya lo que él quiera.

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La religión de la impotencia
Víctor Manuel Márquez Pailos 08-05-2017 | 11:51 | 0

“Yo no puedo cambiar el mundo. Mi sensación de impotencia encuentra cierto alivio, no obstante, en la posibilidad de rezar para que el mundo cambie. Rezar, ¿no es lo único que cabe hacer cuando no es posible hacer nada? Es poca cosa pero nunca se sabe. Al fin y al cabo, Dios lo puede todo”. La religión de la impotencia, que se expresaría en éstos o parecidos términos, ha sido, en todo tiempo, esclava silenciosa de los poderes hegemónicos. El poder necesita de ella para consolidarse. También hoy el poder de los gigantes financieros que despliegan sus tentáculos a la sombra de gobiernos y partidos democráticos. También hoy la tarea principal de los grandes intereses consiste en convencernos de su interés por nosotros, por los pliegues y repliegues de nuestra vida cotidiana, ávida siempre de lo más elemental.

Por eso el modesto negocio familiar, la tienda de toda la vida, donde se conversaba por placer mientras se compraba por necesidad, ha cedido su puesto a las grandes superficies, donde se compra por placer mientras se calla por necesidad, entre desconocidos. La tienda de toda la vida tenía de todo. La gran superficie, en cambio, tiene mucho más: lo necesario y todo lo demás. Por eso ha triunfado. El placer de comprar en una gran tienda se ha revelado superior al placer de coincidir en una tienda pequeña los vecinos del barrio. La religión de la impotencia es ya esclava rendida del poder absoluto. Si el gran comercio me trae a casa la compra de la semana, ¿para qué perder el tiempo en la búsqueda del producto saludable y a la venta en condiciones justas para su productor? El pequeño comercio, la banca ética o el comercio alternativo no van a cambiar el mundo. Y, sin embargo, ¿es verdad que solo nos queda rezar?

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Miedo al otro
Víctor Manuel Márquez Pailos 03-05-2017 | 11:38 | 0

“No se puede dialogar con el otro si primero no se reconoce y asume lo propio”. He aquí una sentencia de firmeza inquebrantable. Pero, ¿qué es “lo propio”? En el diálogo interreligioso lo propio es el propio credo; en el debate ideológico, las propias ideas; en la tertulia, las opiniones propias de cada cual. Ahora bien, “lo propio” cambia de sentido, a mi parecer, con el orden que ocupa en el diálogo. No tiene el mismo sentido cuando ocupa el primer lugar que cuando éste lo ocupa el otro, creyente, pensante u opinante del caso. No es lo mismo empezar por escuchar que por “asumir lo propio”.

No es que “lo propio” no sea valioso. Al contrario, gana en valor cuando no es lo primero, cuando lo primero es el otro. Su significado será el mismo en cualquier caso. Su sentido, en cambio, su valor y capacidad de elevar lo humano, de transformarlo, llegará a la luz cuando “lo propio” sea recibido como expresión sublime de la humanidad común. Por eso yo diría, más bien que “no se puede dialogar con el otro si finalmente no se reconoce y asume lo común”.

Reconocer y asumir la humanidad común de los creyentes y pensantes me parece a mí la tarea que hoy tienen ante sí las grandes religiones, el cristianismo y el islamismo. Porque el fundamentalismo islámico, en su celo por “lo propio”, no debería ocultarnos los peligros del fundamentalismo cristiano y católico. Uno y otro intentan usurpar el lugar del otro: aquel, sembrando el terror; éste, el miedo al otro, terrorista en potencia. El lugar del otro, sin embargo, permanece vacío en tanto no sea ocupado por cristianos y musulmanes dispuestos a reconocer en el rostro del otro el rostro del Dios vivo. Y bien, ¿no es esto pensar la Trinidad?

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