El Comercio
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La religión de la impotencia
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 08-05-2017 | 09:51

“Yo no puedo cambiar el mundo. Mi sensación de impotencia encuentra cierto alivio, no obstante, en la posibilidad de rezar para que el mundo cambie. Rezar, ¿no es lo único que cabe hacer cuando no es posible hacer nada? Es poca cosa pero nunca se sabe. Al fin y al cabo, Dios lo puede todo”. La religión de la impotencia, que se expresaría en éstos o parecidos términos, ha sido, en todo tiempo, esclava silenciosa de los poderes hegemónicos. El poder necesita de ella para consolidarse. También hoy el poder de los gigantes financieros que despliegan sus tentáculos a la sombra de gobiernos y partidos democráticos. También hoy la tarea principal de los grandes intereses consiste en convencernos de su interés por nosotros, por los pliegues y repliegues de nuestra vida cotidiana, ávida siempre de lo más elemental.

Por eso el modesto negocio familiar, la tienda de toda la vida, donde se conversaba por placer mientras se compraba por necesidad, ha cedido su puesto a las grandes superficies, donde se compra por placer mientras se calla por necesidad, entre desconocidos. La tienda de toda la vida tenía de todo. La gran superficie, en cambio, tiene mucho más: lo necesario y todo lo demás. Por eso ha triunfado. El placer de comprar en una gran tienda se ha revelado superior al placer de coincidir en una tienda pequeña los vecinos del barrio. La religión de la impotencia es ya esclava rendida del poder absoluto. Si el gran comercio me trae a casa la compra de la semana, ¿para qué perder el tiempo en la búsqueda del producto saludable y a la venta en condiciones justas para su productor? El pequeño comercio, la banca ética o el comercio alternativo no van a cambiar el mundo. Y, sin embargo, ¿es verdad que solo nos queda rezar?