El Comercio
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En bata blanca
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 02-06-2017 | 09:12

Al principio me confundió con el médico. Nada más natural, por cierto. Vestir la bata blanca y no agregar distintivo induce a confusión. Pero de la confusión se sale con la pregunta y ésta puede ser el principio del encuentro y el diálogo. Cuando le respondí que yo no era el médico sino el capellán del hospital, confieso que me pregunté a mí mismo con el aliento contenido: “¿y ahora qué?, ¿cómo va a reaccionar cuando escuche mi respuesta? ¿acaso con la decepción de aquel a quien le han servido gato por liebre?”

Lo que menos necesita un paciente que acaba de ingresar en el hospital con el cuerpo dolorido y la vida rota es, tal vez, un médico del alma. El alma puede esperar la hora de la muerte. Los dolores, en cambio, no le dejan a uno pensar en el alma y en su espera mágica, silenciosa y lúcida. Por eso me sorprendió la reacción del paciente. Si yo no era el médico sino el sacerdote, “¡mejor!”, me respondió. Y, acto seguido, me alargó su mano, apretó la mía, tendida también hacia él, y le vi emocionarse, romper a llorar como un niño asustado que busca, en la noche, la paz y el calor de su madre.

Si yo me hubiera presentado con la distinción adecuada, si hubiera cumplido, desde el primer instante, con mi deber de ministro sagrado, si no hubiera inducido mi atuendo a confusión alguna, si hubiera sucedido todo, en fin, de otra manera, no habría nacido, espontánea, aquella pregunta que, respondida por el que suscribe como bien se supo, recibió el sello de la libertad madura con una de esas palabras que le dejan a uno sin ellas: “¡mejor!”. Sí, mejor sería, tal vez, para todos no afanarse tanto en hacer lo correcto como en buscar lo bueno.