El Comercio
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Lejos del mundo
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 09-06-2017 | 08:18

Desde allí el mundo se ve de otra manera. Muy cerca, como los recuerdos para el que, apenas unos días o unas semanas antes, representaba airoso algún papel sobre la escena, en el gran teatro del mundo. Duele la memoria, acaso tanto como un miembro desencajado, con todas sus terminaciones nerviosas expuestas al más leve contacto. Duele porque parece que fue ayer cuando, alzado el telón, los actores representaban tan bien su papel que se olvidaban por entero de los espectadores. Ahora, en cambio, el mundo se ve muy lejos, tanto como lo que, al alcance de la mano, no se alcanza a tocar. Tan lejos no hay nada como lo más cercano.

Y es que ahora uno, de actor que venía siendo, ha quedado reducido a la condición de espectador. A uno que, como el que suscribe, se ha pasado media vida separado del mundo, en el retiro monacal, le da que pensar la rapidez con que el telón cae y la escena del mundo se retira de la vista. Desde allí el mundo se ve lejos porque lo está de hecho. Pasarse uno la vida buscando el desierto como si fuera el paraíso, la vida alejada del mundanal ruido, el santo recogimiento en la soledad dichosa, hasta que, de repente, acaso en un instante, todo aquello de lo que uno ansíaba separarse corre, huye, vuela…

Desde el hospital el mundo se ve, en efecto, de otra manera. Si, en el mundo, no dura el tiempo, solo pasa, en el hospital no pasa el tiempo, dura, adquiere la penosa resistencia a lo eterno. Un día es allí igual a otro, sometidos todos a la misma rutina de las mañanas soñolientas y las tardes infinitas, mientras pasa por las habitaciones el personal de turno. Un instante, un accidente, y todos podemos vernos allí, sin papel alguno, espectadores puros.