El Comercio
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Autor: victormarquezpailos_450
¡Una señora!
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 23-06-2017 | 10:51| 0

A un hospital se llega roto. Inútil vestir el roto, querer disimularlo. Por eso el recién llegado encuentra, doblado y limpio, un camisón o pijama sobre la blanca cama que le ha tocado en suerte. Como el monje que abandona el mundo, muda el enfermo sus ropas seculares por el hábito común de los mortales. Un roto, enfermo y viejo, no necesita más. La separación del mundo que, en el hospital, se impone me parece a mí más perfecta que la que intenta un monje en su monasterio. Al monje le alumbra la fe; al enfermo, en cambio, no le hace falta la luz para creer lo que ve, blanco sobre blanco. “Aquí sabes cuándo entras pero no cuándo sales”, suelen decir los que llegan.

También ella ha vuelto rota. Enferma crónica, es de los que vuelven al hospital cada cierto tiempo. Otra vez la habitación de ayer, con su sillón cansado y su cama hecha, su ventana al pinar que distrae con sus copas la mirada perdida de los que esperan, el rumor de pasos por los pasillos y, de vez en cuando, algún gemido, alguna voz destemplada hasta que, de pronto, cae el silencio. Pero ella es diferente. Sucede algo, en ella, que es un milagro. Yo no creo tanto en los milagros que llaman la atención como en los que pasan desapercibidos.

Precisamente ahora que, cuando viajo en el metro, leo de prisa carteles con un rostro anónimo y una frase, “Soy gay”, pienso en esta clase de milagros. Llama la atención de todos el gay desde su cartel. Pasa, en cambio, milagrosamente desapercibido lo que veo cuando miro a un ser humano roto, pero entero. Porque la enferma en la que pienso mientras escribo es, en sus modales, en su manera de estar y de irse yendo de este mundo ¡una señora!

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Decálogo de la buena escucha
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 17-06-2017 | 1:40| 0

Lo primero, regala tiempo, pues el que necesita ser escuchado adivina enseguida si tienes tiempo para él o lo tienes solo para ti.

Lo segundo, regala espacio, pues el que necesita ser escuchado busca un lugar para el descanso y también para la guerra, para soltar su carga y arriesgar lo suyo.

Lo tercero, mira de frente, en paz, pues son otros ojos, no ya oídos, lo que espera el que ansía ser escuchado.

Lo cuarto, aclárate, que no se enturbie tu mirada ni un instante, pues no oirás nada que no te pueda haber pasado a ti, tal vez, por la cabeza.

Lo quinto, ni se te ocurra pensar de prisa mientras escuchas, pues, más que ideas, el que te habla te busca a ti y te quiere entero.

Lo sexto, dale principio y también fin a todo encuentro, pues no saber cómo empezar o terminar no conduce a otra cosa sino a escucharse a sí mismo, que es comenzar a desquiciarse.

Lo séptimo, no te hagas nunca amigos fuertes con enemigos comunes, pues no sabrás qué es amistad y te verás débil y solo.

Lo octavo, cuando seas tú mismo quien necesite ser escuchado y encuentres a otro con más necesidad aun que tú ponte en sus manos: estarán llenas de lo que buscas.

Lo noveno, no le compliques aun más la vida al que la tiene ya complicada ni se la facilites, por el contrario, al que la tiene fácil y cómoda.

Y lo décimo, recuerda siempre que, si lo que quieres es ser persona, necesitas escuchar y ser escuchado y que ambas, en realidad, son dos maneras de aprender a convivir sin defraudarse.

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Lejos del mundo
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 09-06-2017 | 10:18| 0

Desde allí el mundo se ve de otra manera. Muy cerca, como los recuerdos para el que, apenas unos días o unas semanas antes, representaba airoso algún papel sobre la escena, en el gran teatro del mundo. Duele la memoria, acaso tanto como un miembro desencajado, con todas sus terminaciones nerviosas expuestas al más leve contacto. Duele porque parece que fue ayer cuando, alzado el telón, los actores representaban tan bien su papel que se olvidaban por entero de los espectadores. Ahora, en cambio, el mundo se ve muy lejos, tanto como lo que, al alcance de la mano, no se alcanza a tocar. Tan lejos no hay nada como lo más cercano.

Y es que ahora uno, de actor que venía siendo, ha quedado reducido a la condición de espectador. A uno que, como el que suscribe, se ha pasado media vida separado del mundo, en el retiro monacal, le da que pensar la rapidez con que el telón cae y la escena del mundo se retira de la vista. Desde allí el mundo se ve lejos porque lo está de hecho. Pasarse uno la vida buscando el desierto como si fuera el paraíso, la vida alejada del mundanal ruido, el santo recogimiento en la soledad dichosa, hasta que, de repente, acaso en un instante, todo aquello de lo que uno ansíaba separarse corre, huye, vuela…

Desde el hospital el mundo se ve, en efecto, de otra manera. Si, en el mundo, no dura el tiempo, solo pasa, en el hospital no pasa el tiempo, dura, adquiere la penosa resistencia a lo eterno. Un día es allí igual a otro, sometidos todos a la misma rutina de las mañanas soñolientas y las tardes infinitas, mientras pasa por las habitaciones el personal de turno. Un instante, un accidente, y todos podemos vernos allí, sin papel alguno, espectadores puros.

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En bata blanca
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 02-06-2017 | 11:12| 0

Al principio me confundió con el médico. Nada más natural, por cierto. Vestir la bata blanca y no agregar distintivo induce a confusión. Pero de la confusión se sale con la pregunta y ésta puede ser el principio del encuentro y el diálogo. Cuando le respondí que yo no era el médico sino el capellán del hospital, confieso que me pregunté a mí mismo con el aliento contenido: “¿y ahora qué?, ¿cómo va a reaccionar cuando escuche mi respuesta? ¿acaso con la decepción de aquel a quien le han servido gato por liebre?”

Lo que menos necesita un paciente que acaba de ingresar en el hospital con el cuerpo dolorido y la vida rota es, tal vez, un médico del alma. El alma puede esperar la hora de la muerte. Los dolores, en cambio, no le dejan a uno pensar en el alma y en su espera mágica, silenciosa y lúcida. Por eso me sorprendió la reacción del paciente. Si yo no era el médico sino el sacerdote, “¡mejor!”, me respondió. Y, acto seguido, me alargó su mano, apretó la mía, tendida también hacia él, y le vi emocionarse, romper a llorar como un niño asustado que busca, en la noche, la paz y el calor de su madre.

Si yo me hubiera presentado con la distinción adecuada, si hubiera cumplido, desde el primer instante, con mi deber de ministro sagrado, si no hubiera inducido mi atuendo a confusión alguna, si hubiera sucedido todo, en fin, de otra manera, no habría nacido, espontánea, aquella pregunta que, respondida por el que suscribe como bien se supo, recibió el sello de la libertad madura con una de esas palabras que le dejan a uno sin ellas: “¡mejor!”. Sí, mejor sería, tal vez, para todos no afanarse tanto en hacer lo correcto como en buscar lo bueno.

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De pobres y ricos
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-05-2017 | 11:21| 0

Según los expertos las personas que padecen penurias económicas ven también disminuida la posibilidad de ejercitar sus facultades cognitivas. Tienen, pues, mayor dificultad que los demás para pensar y tomar decisiones con sosiego. La preocupación por la factura sin pagar o la comida sin comprar acaba siendo angustiosa para quienes llegan sin aliento a fin de mes. Por eso de la pobreza se ha escrito que es el “no descanso”. El descanso vacacional es algo que solo se pueden permitir los que gozan de cierta posición social.

Los expertos, que siempre o casi siempre tienen razón, nunca o casi nunca tienen toda la razón. Y es que suelen pasar por alto, en sus análisis, una variable imposible de medir. La ciencia habla de lo que puede medir. Del resto se abstiene. Por eso no cuenta nunca con el amor, la variable sin medida posible. Contra las preocupaciones que impiden pensar con calma sería muy triste concluir que no hay remedio y que los pobres son, pues, doblemente desgraciados: porque no tienen dinero y ni siquiera pensamientos propios, serenos, elevados. No pueden tenerlos porque hasta de la posibilidad de pensar se ven privados.

Todos sabemos, sin embargo, que no es así. Los pobres –me decía una experta en ayudarles- “no son pobres en todo”. Pobres en todo son, tal vez, los que tienen dinero, segunda vivienda cerca de la playa, vacaciones pagadas y la posibilidad de darse algún capricho de vez en cuando. Son pobres del todo porque “nadie les ha regalado nada”, antes bien se lo deben todo a su propio esfuerzo. No tener la alegría de ayudar, con el propio tiempo y dinero, a quien lo necesita es no tener nada, ser pobre del todo. No hay riqueza ni descanso como el amor, esa variable que los hombres de ciencia nunca podrán medir.

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