El Comercio
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Autor: victormarquezpailos_450
Hacer lo que uno quiera
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 18-05-2017 | 10:40| 0

Vive solo o, más bien, duerme solo. A uno que trabaja entre doce y catorce horas diarias no le es dada vida propia, apenas el tiempo imprescindible para descansar y alimentarse. Yo, en cambio, ni vivo solo ni es mi vida otra que la que yo mismo he elegido. A fin de mes no llega nunca porque cobra siempre mal y tarde. Yo, en cambio, por mi servicio religioso, percibo lo necesario para vivir y aun para compartir. No sabe si mañana podrá conservar su empleo. Por eso vive con incertidumbre, angustiosa a veces, porque haber sido una persona normal en su país y llevar siete años en España entre la explotación laboral y la indigencia pone a prueba los nervios y la moral de cualquiera. Yo, en cambio, no tengo que preocuparme del mañana cada vez que rezo “danos hoy nuestro pan de cada día”. Así nos van las cosas a los dos.

Ahora voy a contar cómo me van a mí las cosas. Y diré que no puedo resistir su mirada. Cuando alguien te mira a los ojos desde la pobreza y te da todo lo que es porque no tiene más que ofrecerte te enteras de lo que vale una persona. Y sonríes. Te mueve a sonreír, con un grano de sal y buen humor, el tiempo empleado en preguntarte cómo anunciar el evangelio ¿Habrá que ser explícitos como los signos de especial consagración en la propia indumentaria o pasar inadvertidos como fermento silencioso en la masa que, cada día, sufre y calla? Tal vez lo que prefiera cada uno. Y es que, cuando uno ha descubierto que evangelizar es exactamente ser evangelizado, que los pobres evangelizan a los ricos, elegidos por Dios y respetados por los hombres, puede hacer ya lo que él quiera.

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La religión de la impotencia
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 08-05-2017 | 11:51| 0

“Yo no puedo cambiar el mundo. Mi sensación de impotencia encuentra cierto alivio, no obstante, en la posibilidad de rezar para que el mundo cambie. Rezar, ¿no es lo único que cabe hacer cuando no es posible hacer nada? Es poca cosa pero nunca se sabe. Al fin y al cabo, Dios lo puede todo”. La religión de la impotencia, que se expresaría en éstos o parecidos términos, ha sido, en todo tiempo, esclava silenciosa de los poderes hegemónicos. El poder necesita de ella para consolidarse. También hoy el poder de los gigantes financieros que despliegan sus tentáculos a la sombra de gobiernos y partidos democráticos. También hoy la tarea principal de los grandes intereses consiste en convencernos de su interés por nosotros, por los pliegues y repliegues de nuestra vida cotidiana, ávida siempre de lo más elemental.

Por eso el modesto negocio familiar, la tienda de toda la vida, donde se conversaba por placer mientras se compraba por necesidad, ha cedido su puesto a las grandes superficies, donde se compra por placer mientras se calla por necesidad, entre desconocidos. La tienda de toda la vida tenía de todo. La gran superficie, en cambio, tiene mucho más: lo necesario y todo lo demás. Por eso ha triunfado. El placer de comprar en una gran tienda se ha revelado superior al placer de coincidir en una tienda pequeña los vecinos del barrio. La religión de la impotencia es ya esclava rendida del poder absoluto. Si el gran comercio me trae a casa la compra de la semana, ¿para qué perder el tiempo en la búsqueda del producto saludable y a la venta en condiciones justas para su productor? El pequeño comercio, la banca ética o el comercio alternativo no van a cambiar el mundo. Y, sin embargo, ¿es verdad que solo nos queda rezar?

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Miedo al otro
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 03-05-2017 | 11:38| 0

“No se puede dialogar con el otro si primero no se reconoce y asume lo propio”. He aquí una sentencia de firmeza inquebrantable. Pero, ¿qué es “lo propio”? En el diálogo interreligioso lo propio es el propio credo; en el debate ideológico, las propias ideas; en la tertulia, las opiniones propias de cada cual. Ahora bien, “lo propio” cambia de sentido, a mi parecer, con el orden que ocupa en el diálogo. No tiene el mismo sentido cuando ocupa el primer lugar que cuando éste lo ocupa el otro, creyente, pensante u opinante del caso. No es lo mismo empezar por escuchar que por “asumir lo propio”.

No es que “lo propio” no sea valioso. Al contrario, gana en valor cuando no es lo primero, cuando lo primero es el otro. Su significado será el mismo en cualquier caso. Su sentido, en cambio, su valor y capacidad de elevar lo humano, de transformarlo, llegará a la luz cuando “lo propio” sea recibido como expresión sublime de la humanidad común. Por eso yo diría, más bien que “no se puede dialogar con el otro si finalmente no se reconoce y asume lo común”.

Reconocer y asumir la humanidad común de los creyentes y pensantes me parece a mí la tarea que hoy tienen ante sí las grandes religiones, el cristianismo y el islamismo. Porque el fundamentalismo islámico, en su celo por “lo propio”, no debería ocultarnos los peligros del fundamentalismo cristiano y católico. Uno y otro intentan usurpar el lugar del otro: aquel, sembrando el terror; éste, el miedo al otro, terrorista en potencia. El lugar del otro, sin embargo, permanece vacío en tanto no sea ocupado por cristianos y musulmanes dispuestos a reconocer en el rostro del otro el rostro del Dios vivo. Y bien, ¿no es esto pensar la Trinidad?

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Alta velocidad
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 28-04-2017 | 10:43| 0

El tren de alta velocidad acaba de cumplir veinticinco años de existencia entre nosotros. Nuestras comunicaciones, cada vez más rápidas, son un símbolo de nuestra manera de vivir. Vivimos de prisa, sin tiempo para dejarlo pasar mientras soñamos con permanecer. La falta de tiempo no deja de perseguirnos ni en nuestro día libre. Tenemos más cosas por hacer que tiempo para hacerlas. La vida no es ahora, sin embargo, más breve que antes. Es que ahora sentimos más que antes su brevedad. Vivir ha sido, en todos los tiempos, una costumbre. Por eso la vida nos ha parecido siempre breve.

Que la técnica nos ofrezca hoy la posibilidad de hacer muchas cosas en poco tiempo no altera nuestra inveterada costumbre, la de vivir mientras sentimos que se nos pasa la vida. Lo que puede alterar, en cambio, es nuestra salud. El estrés es ahora el fondo oscuro de múltiples enfermedades y trastornos. Y ¿qué es el estrés sino la respuesta de nuestro organismo a la falta de tiempo para disfrutar de él? Allí donde la vida se vuelve costumbre, donde ya no es sentida como un milagro cotidiano, un regalo, otro día en vez de un día cualquiera, se queda vacía. Hay que llenarla con lo que sea. Y lo que sea puede acabar desbordándola. No en todas partes ni en todo momento es la vida, sin embargo, una costumbre.

Cada vez que nos asomamos al vacío del dolor o somos elevados a la plenitud del instante el mundo se aleja de nosotros y el tiempo deja de pasar. Para el doliente el tiempo se vuelve insufriblemente eterno. Para el amante la eternidad se vuelve intensamente tiempo. Pero en la eternidad no podemos vivir. Necesitamos la costumbre del vivir cotidiano, aunque nos haga sentir breve la vida. Y más en estos tiempos de la alta velocidad.

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Carta a José Luis
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 21-04-2017 | 11:41| 0

Yo venía de un lugar donde el pasado sigue siendo presente y nada verdaderamente nuevo cabe esperar de cada nuevo día. Así es el mundo separado del mundo, ordenado por una regla y un abad, tan parecido a su opuesto, este mundo sin alma donde todo acaba siendo comparado con algo ya vivido, fantasma de un turbio pasado que sigue siendo presente. Los extremos se necesitan. Necesita mundo el monje y el mundo necesita monjes que amen el mundo, como leemos de Dios, “que tanto amó el mundo que le entregó a su Hijo único”. “Parece que Dios amó el mundo más que a su propio Hijo…como si la entrega de su Hijo fuera consecuencia de su amor al mundo”, te escuché comentar una vez como quien piensa en alto ¡Cómo sabías decir siempre algo nuevo de aquello que todo el mundo repite hasta volverlo viejo!

Más que historia de una vocación, tuya ha sido la de una provocación. Vocación es respuesta a una llamada. Provocación, en cambio, es pura llamada, a la espera de cualquier respuesta. Es salir al paso del que simplemente pasa. Lo has hecho toda tu vida con Dios y con los jóvenes. Escuchabas su Palabra y nos devolvías su eco en forma de llamada, de invitación inesperada, asombrosa. Cuando le comuniqué tu partida de entre nosotros a cierto amigo que yo había invitado a casa meses atrás, me respondió: “una pérdida grande, ya sabes que a mí me dejó asombrado con tan solo una sobremesa…”. Me veo hoy junto a ti, sentados los dos en tu habitación, mientras me preguntas: “Víctor, ¿qué tal estás?”. Nunca me habían preguntado tanto cómo me encuentro hasta que llegué a Peñagrande, la casa central de los hermanos Adsis. Nunca había visto tan amado este mundo nuestro como lo he visto en tus ojos.

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