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Autor: victormarquezpailos_450
Limón y miel
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 12:26| 0

He pasado el día en Villaconejos, un pueblo de la provincia de Madrid, en la vega del Tajo. Allí vive mi amigo Javier, con su familia. Acabados sus estudios universitarios en Historia del arte, debió de sentirse, como yo mismo veinte años antes, raro, solo, en medio de tantos parecidos, y se presentó, una tarde cualquiera, en mi monasterio. Perseveró en él durante seis o siete años y fue por entonces cuando empezamos a conocernos. Yo le vi crecer, cambiar, mudar su candorosa timidez novicia, hacerse un hombre sin vergüenza de haber llamado a una puerta por primera vez. Traté de enseñarle filosofía y lo que conseguí fue su amistad.

La amistad es el principio de la filosofía, como de la teología lo es el amor, el de los esposos o el de los con Dios casados. La docencia ha sido, a veces, el final de una y otra, pues no es fácil encontrar un profesor de filosofía que sea filósofo o un teólogo entre los profesores de teología. Nosotros nos hemos hecho amigos discutiendo con juvenil ardor, el de su veintena bien cumplida y el de mis cuarenta sin complejos. Ambos somos, sin duda, tan sesudos como testarudos, idealistas de los que saben, no obstante, que las ideas son necesarias para entender la vida. Los que presumen de no necesitarlas, dentro y fuera de los claustros o academias, engordan su ego en el pastizal de los tópicos y las modas sin momento. Su mente es una pradera en eterna primavera.

De mi amigo he admirado, ante todo, su frescura y su llaneza. De aquellos campos que rodean su pueblo, entregados al cultivo del melón y el olivar, espera uno hombres así, capaces de llamar a las cosas por su nombre. Javier tiene guasa, chispa y gracia para jugar con palabras, tiempo para el paseo, a pie o en bici, por llanadas y colinas, caminos de Villaconejos a Chinchón o Aranjuez. En un tiempo sin raíces como el nuestro, en que todo se usa o se tira sin haberse desgastado, él venera la memoria de su pueblo, con sus romances viejos y canciones olvidadas.

Rebasada, ahora apenas, la treintena, se sabe coplas y jotas, unas dulces y otras ácidas, ritmos y tradiciones que sus mayores han perdido sin nostalgia. “Lo que no es tradición es plagio”, le gusta repetir. Y no le falta razón. Escuela hace falta, y mucha, para mejorar a los buenos. Da gusto oírle rasgar las cuerdas de su guitarra en Limón y miel, que así se llama el coro de sus paisanos, todos viejos y mozos. Cae la tarde, una tarde cualquiera como aquella en que llegó al monasterio con su timidez novicia. Javier ama su pueblo, su gente, su historia y a ellos ha vuelto después de seis años fuera. ¿O son ya siete…? ¡Qué importa! Acaso buscara fuera, en cierto monasterio, lo que sigue llevando dentro: la música de su alma para este tiempo vendido, en cuerpo y alma, al dinero.

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Adsis
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 12:25| 0

Su nombre es “presencia”. Hoy esta palabra ha cristalizado en expresiones como “hacer acto de presencia” o “tener una buena presencia”. Brilla por su ausencia, fuera de estas expresiones comunes, la más honda de todas las palabras que se nos ha dado pronunciar a los presentes. Sin ella ya no sabemos decir lo único que podemos hacer por los demás: estar ahí, a su lado, cuando nos dejan o nos necesitan.

Hoy es Pascua, la fiesta de la Presencia. Hace poco oía yo decir a un predicador cuaresmal que, por su muerte, la vida de Jesús había sido un fracaso “aparente” porque la Resurrección es el final feliz de su historia. Difícilmente cabe expresar mejor la entrega, que hemos hecho todos, de la presencia a la apariencia. El que pareció primero un fracasado se aparece ahora a los discípulos como el Resucitado. Nada es lo que parece: ni aquí abajo ni en la gloria de lo alto. Por mi parte, yo devuelvo la apariencia a la presencia.

Así estaban, de consuno, al principio de su historia, cuando unos griegos encontraron la manera de pensar lo que sentían por el ser y la verdad. Como hace siglos que filósofos son apenas unos pocos y creyentes, sin embargo, casi todos, no extraña el olvido en que descansa aquella antigua tradición que declaraba filósofo al cristiano y hombre al buscador enamorado del bien y la verdad. Ahora es tiempo de triunfar. El que más sabe, tiene o puede, el que más hace o promete que se hará, enseña a distinguir a los demás la verdad de la apariencia. Pero la verdad sin apariencia, desnuda y objetiva, científica o política, ¿a quién puede ya entusiasmar? Inhóspita, expulsa refugiados. Adsis, “presencia”, es, sin embargo, el nombre de unos hombres y mujeres que se aman y acogen de verdad.

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Un sevillano en Huerta
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-03-2016 | 10:28| 0

Yo amo los lugares, las ciudades desiertas, los pueblos que han llenado de ansia páginas de la historia, sus calles empedradas, sus plazas desplegadas entre el cielo y la tierra, sus templos consagrados a una fértil memoria, sus casas hacinadas junto a alguna muralla, sus parques y jardines, de recuerdos sembrados, no por nada de lo que en ellos veo cuando los visito sino por los ojos que los vieron antes que los míos.

Por eso, cuando volví a Sevilla por última vez, no pudo con mi nostalgia su luz sin dueño. Allí seguía todo su encanto de albero y azahar en primavera tal como lo había sentido más de diez años antes, cuando pisara con mi amigo las calles de su ciudad natal. La vi entonces toda entera por sus ojos, la vi y me la bebí, mientras bebía con él y con su gente una cerveza en el barrio de la Alfalfa. Hay que nacer dos veces para amar el lugar donde se nace. Hay que nacer del todo, tomar distancia, para poder amar, tan siquiera, un poco.

Y mi amigo Antonio Manuel, nacido en Sevilla una vez, ha nacido para siempre sevillano. Tal vez por eso, porque ha nacido del todo y para siempre, no vive allí desde hace tanto. Allí dejó su juventud y su semana santa y, con la austeridad penitencial que allí abrazan los que para vivir han renacido, tomó la senda del ascetismo. Ya son sus ojos, en un cenobio castellano, como dos lámparas para esperar la vida. En vano los buscaré en Sevilla, en vano buscaré al que vive entre los muertos, en vano intentaré hacer mía su hermosura. Ahora el amigo es el amor y los muros de su cenobio hortense el dique en que se aquieta y se remansa mi agridulce nostalgia sevillana.

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El beso
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-03-2016 | 12:15| 0

Era de noche. Volvía cansado de la vida, porque también la vida de los otros cansa si la de uno se expone mucho tiempo, por los oídos y los ojos, a la intemperie de la calle, roto el hogar, desguarnecida el alma. Volvía a mi casa, como quien corre a refugiarse, a bordo de un tren interurbano, lleno de otras vidas y la mía. Me gustaba mirar, curioso de esas vidas entre las que apenas otra más era la que yo, al parecer, vivía. Miraba procurando ver sin ser mirado, entrar donde una grieta hubiera quedado sin cubrir y se hubiera hecho grande en un momento. Nada hay más discreto que unos ojos raudos, de bien simulada indiferencia. Con ellos encontramos siempre lo que menos esperamos. Esta vez también.

Eran dos amantes muy jóvenes, casi adolescentes. Apenas unos pasos me separaban de ellos, tan pocos en la distancia entre mis años y los suyos. Estaba yo sentado y ellos en pie, como un espectador en el teatro. Al principio se oían las palabras. Luego el silencio empezó a decir lo que intentan monosílabos. Hasta que llegó el beso, el sello de todos los silencios. Con el primer beso llegaron los demás, intentos de mejorar lo hecho o completarlo. Los labios del amante fueron pasando de la frente a la nariz, de la nariz a los labios deseados. Con suavidad y calma se miraban uno a otro. Toda la paz del mundo parecía derramada entre aquellos rostros sin ojos para el mundo, para nada que no fuera iluminar la vida a aquella hora del cansancio, cuando, acabado el día, las gentes vuelven a casa del trabajo. Y yo comprendí entonces que la violencia teme la luz pública y que es de noche, sin embargo, cuando suceden los milagros.

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Guervós, el misionero
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-03-2016 | 10:37| 0

Presiente su propio fin, aunque vive como si cada día fuera solo el principio del fin, despertando aun con el alba y desperezándose con los recuerdos, ya crepusculares, de otras mañanas, hermosas porque no se pueden retocar, no están a la vista los ojos deseados y se han ido del cuerpo las fuerzas para acercarse más a ellos y decirles al oído lo que jamás olvidarán.

Verle tendido sobre una butaca al empezar la tarde, oír su voz pausada y su silencio grave mientras mis párpados se cierran de hito en hito porque es la hora de la siesta y pide tregua mi cabeza, es casi una plegaria.

Es un hombre. Es joven su memoria, racimo de instantes desgranados, uno a uno, entre sus dedos, esos dedos invisibles con los que toca el corazón lo que ya no están viendo –lo invisible es invidente, que no ciego, como dicen del amor los que creen haber despertado de su sueño-. Es joven su memoria como solo puede serlo la de un anciano, que sabe vivir porque ha vivido, porque tiene lo único que podemos tener sin que nos tenga y nos domine. Y con ella me voy al Brasil de su misión sacerdotal, a sus mujeres bellas, turbadoramente ciertas, y a los niños de las favelas sin belleza pero con vida, con toda la vida en sus ojos y, en su cabecita, el pensamiento de que la vida es bella, aunque valga, para ellos, menos que, para nosotros, morir sucio y angustiado.

Cuando regreso, pues se hace tarde, me despido de este hombre bueno, que me conduce a una estancia donde duermen unos pocos libros de poemas. Me llevo alguno en el bolsillo. Y, días más tarde, hoy por ejemplo, le dedico mis palabras a este hombre de Iglesia, tan grande y tan pequeño, Juan Guervós, el misionero.

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