El Comercio
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Alta velocidad
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 28-04-2017 | 08:43| 0

El tren de alta velocidad acaba de cumplir veinticinco años de existencia entre nosotros. Nuestras comunicaciones, cada vez más rápidas, son un símbolo de nuestra manera de vivir. Vivimos de prisa, sin tiempo para dejarlo pasar mientras soñamos con permanecer. La falta de tiempo no deja de perseguirnos ni en nuestro día libre. Tenemos más cosas por hacer que tiempo para hacerlas. La vida no es ahora, sin embargo, más breve que antes. Es que ahora sentimos más que antes su brevedad. Vivir ha sido, en todos los tiempos, una costumbre. Por eso la vida nos ha parecido siempre breve.

Que la técnica nos ofrezca hoy la posibilidad de hacer muchas cosas en poco tiempo no altera nuestra inveterada costumbre, la de vivir mientras sentimos que se nos pasa la vida. Lo que puede alterar, en cambio, es nuestra salud. El estrés es ahora el fondo oscuro de múltiples enfermedades y trastornos. Y ¿qué es el estrés sino la respuesta de nuestro organismo a la falta de tiempo para disfrutar de él? Allí donde la vida se vuelve costumbre, donde ya no es sentida como un milagro cotidiano, un regalo, otro día en vez de un día cualquiera, se queda vacía. Hay que llenarla con lo que sea. Y lo que sea puede acabar desbordándola. No en todas partes ni en todo momento es la vida, sin embargo, una costumbre.

Cada vez que nos asomamos al vacío del dolor o somos elevados a la plenitud del instante el mundo se aleja de nosotros y el tiempo deja de pasar. Para el doliente el tiempo se vuelve insufriblemente eterno. Para el amante la eternidad se vuelve intensamente tiempo. Pero en la eternidad no podemos vivir. Necesitamos la costumbre del vivir cotidiano, aunque nos haga sentir breve la vida. Y más en estos tiempos de la alta velocidad.

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Carta a José Luis
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 21-04-2017 | 09:41| 0

Yo venía de un lugar donde el pasado sigue siendo presente y nada verdaderamente nuevo cabe esperar de cada nuevo día. Así es el mundo separado del mundo, ordenado por una regla y un abad, tan parecido a su opuesto, este mundo sin alma donde todo acaba siendo comparado con algo ya vivido, fantasma de un turbio pasado que sigue siendo presente. Los extremos se necesitan. Necesita mundo el monje y el mundo necesita monjes que amen el mundo, como leemos de Dios, “que tanto amó el mundo que le entregó a su Hijo único”. “Parece que Dios amó el mundo más que a su propio Hijo…como si la entrega de su Hijo fuera consecuencia de su amor al mundo”, te escuché comentar una vez como quien piensa en alto ¡Cómo sabías decir siempre algo nuevo de aquello que todo el mundo repite hasta volverlo viejo!

Más que historia de una vocación, tuya ha sido la de una provocación. Vocación es respuesta a una llamada. Provocación, en cambio, es pura llamada, a la espera de cualquier respuesta. Es salir al paso del que simplemente pasa. Lo has hecho toda tu vida con Dios y con los jóvenes. Escuchabas su Palabra y nos devolvías su eco en forma de llamada, de invitación inesperada, asombrosa. Cuando le comuniqué tu partida de entre nosotros a cierto amigo que yo había invitado a casa meses atrás, me respondió: “una pérdida grande, ya sabes que a mí me dejó asombrado con tan solo una sobremesa…”. Me veo hoy junto a ti, sentados los dos en tu habitación, mientras me preguntas: “Víctor, ¿qué tal estás?”. Nunca me habían preguntado tanto cómo me encuentro hasta que llegué a Peñagrande, la casa central de los hermanos Adsis. Nunca había visto tan amado este mundo nuestro como lo he visto en tus ojos.

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ADSIS
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-04-2017 | 11:59| 0

Unos ojos grandes y unos labios carnosos, entreabiertos, eran como las dos ventanas por las que su espíritu se asomaba al mundo. Era solo un niño, quieto para salir en la foto. Ahora, ochenta y tres años después, el niño de la foto preside la estancia donde un anciano acaba de sufrir. Parece, esta vez, asomarse al presente desde su pasado eterno. Él es ahora el anciano muerto. Si hubiera podido contemplar desde el pasado su futuro, si pudiéramos ver nosotros lo que, a veces, entrevemos, ¿sería otra nuestra manera de entender la vida? Yo creo que no, porque entender la vida es algo que se va consiguiendo mientras se vive. Antes, no sería bueno. Después, ya no es necesario.

Creo que no sería bueno entender la vida antes de vivirla porque dejaríamos de jugar. Dejaríamos de ser niños, que es lo que más hondamente somos mientras estamos vivos. Este hombre nuestro, que ahora recordamos sobre su lecho aun tibio, se pasó la vida jugando con las palabras, acariciándolas, componiendo paradojas con ellas, descubriendo analogías, semejanzas ocultas entre términos opuestos. “Las diferencias suman”, le oí repetir poco antes de verle partir hacia el seno del totalmente Otro. Y eso ha sido su vida. Esta ha sido la palabra de su vida, el nombre del movimiento que él solo ha iniciado, Adsis, “presencia”.

Rehusaba el título de fundador, consciente de que fundador es el Espíritu Santo. A nosotros solo nos caben dos posibilidades: dar nombre a nuestros anhelos o confundirlos con nuestras apetencias. De Dios es el fundar, del hombre el confundir. José Luis Pérez Álvarez, fallecido esta semana, vivió hasta el final rodeado de los suyos. Y suyos hemos sido todos, hombres y mujeres viviendo en común porque las diferencias suman y jugar a conjugarlas ha sido el sueño de este niño hecho hombre para siempre.

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Voluntad suicida
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-04-2017 | 10:35| 0

Ya es primavera. Este año se han adelantado la floración y la erupción de lo que vive. Con los primeros calores y los días más largos, más variados en todo –en temperaturas, humores y colores -, no queda ni recuerdo del invierno. El olvido ha empezado a llenar las cavidades de la memoria. El hueco de los que ya no están, el vacío de los que esperan ocuparlo y el abismo de los pensamientos a los que vuelven aquellos y éstos, los que ya no están y los que intentan distraernos, son las cavidades de la memoria.

Con la primavera se asoma el verano, tímido al principio y sin temor después, cuando ya nadie quiere contener su fuego, ni siquiera la noche, tiempo sin tiempo. El verano no cabe en sí de gozo. Por eso cansa cuando se prolonga, invasor del otoño y de su melancolía, agridulce como la vida ya vivida. Agosto agosta. Pero, cuando se adelanta con la primavera, no puede cansar porque no hay sencillamente nada en su lugar. La naturaleza vacía del invierno, el corazón ensimismado del mundo, un poco más con cada ser que reduce a recuerdo su presencia en él, la memoria llena de huecos por todas partes necesitan, más bien, ser completados, que venga alguien a llenarlos de olvido, de luz, de vida nueva.

Y, mientras se van llenando, nos va llegando noticia de huecos que ya nadie ocupará. Son los que dejan en el hogar los que a él no han de volver. Para ellos se han hecho el hospital, la habitación deshabitada, la sala de espera al otro lado de la cual se planea cómo decir lo inesperado. La voluntad suicida de ahorrarnos este trámite, de liberar a otros para el gozo del verano, ¿no es otro fruto de este gozo?

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Mis invisibles
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 31-03-2017 | 08:33| 0

Los han vuelto invisibles pero yo no puedo dejar de verlos. Me gustaría seguir creyendo en el bien común, visible y ondeante con los colores de la patria antes de las elecciones y decisiones transcendentales para todos menos para ellos. Y es que ellos, los invisibles, no van a votar. No cumplen con su deber en las urnas los que han perdido su derecho a la vida. Tan solo, embalsamado en el papel de las proclamas con letra de molde e indeleble tinta, se reconoce su derecho a existir, pero sin nombre ni rostro a la vista. Lo que no se puede ver por la distancia, ¿cómo mirarlo sin ver nada?

Para no verlos ni de lejos, para olvidarlos como el menor de los recuerdos, se les ha abierto una sima en el pasado, una cueva sin salida. No se asfixiarán, así, por falta de aire nuevo, ni volverán tampoco allí donde su mera presencia es ofensiva. El futuro, si perseveramos, es dorado. Inspira, como la espiga que espera la cosecha con su fruto bien granado y su moraleja, hermosos pensamientos. Es de pocos perseverar en el esfuerzo. De muchos, sin embargo, en la dulce indiferencia. Y yo no puedo, ni siquiera, permitírmela.

A mí España no me duele tanto como algunos españoles, ésos que veo cada día a las puertas de mi iglesia. Los veo y los miro, tomo sus manos en las mías y pienso que de ellos es también el Reino de los cielos. Cada vez que paso por la calle hacia su encuentro me distraen escaparates y las mesas a placer de algunos restaurantes. Si esto es lo que hay que ver yo prefiero volverme invisible como ellos. Tanta espiga bien granada no es el futuro en que creo. Por eso, ante las urnas cualquier día, votaré en consecuencia.

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Tienda y parroquia
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 31-03-2017 | 08:29| 0

Ha sido ya una frutería, una tienda de barrio en la esquina de dos calles que se cruzan y que llevan, cada cual, a cualquier parte. De entonces quedan las lunas de sus escaparates y el portal acristalado para ver y ser visibles. Dentro, el espacio al público y la trastienda permanecen porque, si hay algo fácil de sentir, es la falta de sitio, así como su opuesto es difícil de llenar. Sigue siendo, pues, una tienda, lugar de venta y encuentro entre calles ajenas, todas ellas, al rumbo que tome cada uno. Uno puede imaginarse, sin esfuerzo, a las amas de casa de otro tiempo entrando en esta frutería, buscando las ofertas entre precios y cruzando palabras, aquellas con éstas, sobre lo más o lo menos cotidiano.

Las lunas de los escaparates no son ahora transparentes pues ya no hay, al otro lado, producto a la vista. Ahora son biseladas, celajes de cristal cubiertos, por dentro, de cortinas blancas. Solo este detalle y una cruz metálica a un lado de la entrada le advierten al que pasa de que algo ha pasado en la antigua frutería. Pero entremos de una vez a la luz íntima de este templo que ocupa aun la esquina entre dos calles de su barrio. Y es que ahora la tienda de ayer es una iglesia parroquial.

Como es tan poco el espacio es poco lo que cabe. Apenas unos bancos, un Cristo en cruz alzada y una virgen del Carmen, cosas todas traídas de alguna capilla, cerrada para siempre. Pero, ¿qué vemos sobre esa mesita que hace, como puede, de mesa y altar? Es un misal muy grande y solemne, el nuevo que la Iglesia ha promulgado para todos. Aquí se pregunta uno si lo grande no debe su existencia a lo pequeño y cotidiano, como esta antigua frutería.

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Limón y miel
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 10:26| 0

He pasado el día en Villaconejos, un pueblo de la provincia de Madrid, en la vega del Tajo. Allí vive mi amigo Javier, con su familia. Acabados sus estudios universitarios en Historia del arte, debió de sentirse, como yo mismo veinte años antes, raro, solo, en medio de tantos parecidos, y se presentó, una tarde cualquiera, en mi monasterio. Perseveró en él durante seis o siete años y fue por entonces cuando empezamos a conocernos. Yo le vi crecer, cambiar, mudar su candorosa timidez novicia, hacerse un hombre sin vergüenza de haber llamado a una puerta por primera vez. Traté de enseñarle filosofía y lo que conseguí fue su amistad.

La amistad es el principio de la filosofía, como de la teología lo es el amor, el de los esposos o el de los con Dios casados. La docencia ha sido, a veces, el final de una y otra, pues no es fácil encontrar un profesor de filosofía que sea filósofo o un teólogo entre los profesores de teología. Nosotros nos hemos hecho amigos discutiendo con juvenil ardor, el de su veintena bien cumplida y el de mis cuarenta sin complejos. Ambos somos, sin duda, tan sesudos como testarudos, idealistas de los que saben, no obstante, que las ideas son necesarias para entender la vida. Los que presumen de no necesitarlas, dentro y fuera de los claustros o academias, engordan su ego en el pastizal de los tópicos y las modas sin momento. Su mente es una pradera en eterna primavera.

De mi amigo he admirado, ante todo, su frescura y su llaneza. De aquellos campos que rodean su pueblo, entregados al cultivo del melón y el olivar, espera uno hombres así, capaces de llamar a las cosas por su nombre. Javier tiene guasa, chispa y gracia para jugar con palabras, tiempo para el paseo, a pie o en bici, por llanadas y colinas, caminos de Villaconejos a Chinchón o Aranjuez. En un tiempo sin raíces como el nuestro, en que todo se usa o se tira sin haberse desgastado, él venera la memoria de su pueblo, con sus romances viejos y canciones olvidadas.

Rebasada, ahora apenas, la treintena, se sabe coplas y jotas, unas dulces y otras ácidas, ritmos y tradiciones que sus mayores han perdido sin nostalgia. “Lo que no es tradición es plagio”, le gusta repetir. Y no le falta razón. Escuela hace falta, y mucha, para mejorar a los buenos. Da gusto oírle rasgar las cuerdas de su guitarra en Limón y miel, que así se llama el coro de sus paisanos, todos viejos y mozos. Cae la tarde, una tarde cualquiera como aquella en que llegó al monasterio con su timidez novicia. Javier ama su pueblo, su gente, su historia y a ellos ha vuelto después de seis años fuera. ¿O son ya siete…? ¡Qué importa! Acaso buscara fuera, en cierto monasterio, lo que sigue llevando dentro: la música de su alma para este tiempo vendido, en cuerpo y alma, al dinero.

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Adsis
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 10:25| 0

Su nombre es “presencia”. Hoy esta palabra ha cristalizado en expresiones como “hacer acto de presencia” o “tener una buena presencia”. Brilla por su ausencia, fuera de estas expresiones comunes, la más honda de todas las palabras que se nos ha dado pronunciar a los presentes. Sin ella ya no sabemos decir lo único que podemos hacer por los demás: estar ahí, a su lado, cuando nos dejan o nos necesitan.

Hoy es Pascua, la fiesta de la Presencia. Hace poco oía yo decir a un predicador cuaresmal que, por su muerte, la vida de Jesús había sido un fracaso “aparente” porque la Resurrección es el final feliz de su historia. Difícilmente cabe expresar mejor la entrega, que hemos hecho todos, de la presencia a la apariencia. El que pareció primero un fracasado se aparece ahora a los discípulos como el Resucitado. Nada es lo que parece: ni aquí abajo ni en la gloria de lo alto. Por mi parte, yo devuelvo la apariencia a la presencia.

Así estaban, de consuno, al principio de su historia, cuando unos griegos encontraron la manera de pensar lo que sentían por el ser y la verdad. Como hace siglos que filósofos son apenas unos pocos y creyentes, sin embargo, casi todos, no extraña el olvido en que descansa aquella antigua tradición que declaraba filósofo al cristiano y hombre al buscador enamorado del bien y la verdad. Ahora es tiempo de triunfar. El que más sabe, tiene o puede, el que más hace o promete que se hará, enseña a distinguir a los demás la verdad de la apariencia. Pero la verdad sin apariencia, desnuda y objetiva, científica o política, ¿a quién puede ya entusiasmar? Inhóspita, expulsa refugiados. Adsis, “presencia”, es, sin embargo, el nombre de unos hombres y mujeres que se aman y acogen de verdad.

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Un sevillano en Huerta
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-03-2016 | 09:28| 0

Yo amo los lugares, las ciudades desiertas, los pueblos que han llenado de ansia páginas de la historia, sus calles empedradas, sus plazas desplegadas entre el cielo y la tierra, sus templos consagrados a una fértil memoria, sus casas hacinadas junto a alguna muralla, sus parques y jardines, de recuerdos sembrados, no por nada de lo que en ellos veo cuando los visito sino por los ojos que los vieron antes que los míos.

Por eso, cuando volví a Sevilla por última vez, no pudo con mi nostalgia su luz sin dueño. Allí seguía todo su encanto de albero y azahar en primavera tal como lo había sentido más de diez años antes, cuando pisara con mi amigo las calles de su ciudad natal. La vi entonces toda entera por sus ojos, la vi y me la bebí, mientras bebía con él y con su gente una cerveza en el barrio de la Alfalfa. Hay que nacer dos veces para amar el lugar donde se nace. Hay que nacer del todo, tomar distancia, para poder amar, tan siquiera, un poco.

Y mi amigo Antonio Manuel, nacido en Sevilla una vez, ha nacido para siempre sevillano. Tal vez por eso, porque ha nacido del todo y para siempre, no vive allí desde hace tanto. Allí dejó su juventud y su semana santa y, con la austeridad penitencial que allí abrazan los que para vivir han renacido, tomó la senda del ascetismo. Ya son sus ojos, en un cenobio castellano, como dos lámparas para esperar la vida. En vano los buscaré en Sevilla, en vano buscaré al que vive entre los muertos, en vano intentaré hacer mía su hermosura. Ahora el amigo es el amor y los muros de su cenobio hortense el dique en que se aquieta y se remansa mi agridulce nostalgia sevillana.

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El beso
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-03-2016 | 11:15| 0

Era de noche. Volvía cansado de la vida, porque también la vida de los otros cansa si la de uno se expone mucho tiempo, por los oídos y los ojos, a la intemperie de la calle, roto el hogar, desguarnecida el alma. Volvía a mi casa, como quien corre a refugiarse, a bordo de un tren interurbano, lleno de otras vidas y la mía. Me gustaba mirar, curioso de esas vidas entre las que apenas otra más era la que yo, al parecer, vivía. Miraba procurando ver sin ser mirado, entrar donde una grieta hubiera quedado sin cubrir y se hubiera hecho grande en un momento. Nada hay más discreto que unos ojos raudos, de bien simulada indiferencia. Con ellos encontramos siempre lo que menos esperamos. Esta vez también.

Eran dos amantes muy jóvenes, casi adolescentes. Apenas unos pasos me separaban de ellos, tan pocos en la distancia entre mis años y los suyos. Estaba yo sentado y ellos en pie, como un espectador en el teatro. Al principio se oían las palabras. Luego el silencio empezó a decir lo que intentan monosílabos. Hasta que llegó el beso, el sello de todos los silencios. Con el primer beso llegaron los demás, intentos de mejorar lo hecho o completarlo. Los labios del amante fueron pasando de la frente a la nariz, de la nariz a los labios deseados. Con suavidad y calma se miraban uno a otro. Toda la paz del mundo parecía derramada entre aquellos rostros sin ojos para el mundo, para nada que no fuera iluminar la vida a aquella hora del cansancio, cuando, acabado el día, las gentes vuelven a casa del trabajo. Y yo comprendí entonces que la violencia teme la luz pública y que es de noche, sin embargo, cuando suceden los milagros.

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