El Comercio
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ADSIS
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-04-2017 | 11:59| 0

Unos ojos grandes y unos labios carnosos, entreabiertos, eran como las dos ventanas por las que su espíritu se asomaba al mundo. Era solo un niño, quieto para salir en la foto. Ahora, ochenta y tres años después, el niño de la foto preside la estancia donde un anciano acaba de sufrir. Parece, esta vez, asomarse al presente desde su pasado eterno. Él es ahora el anciano muerto. Si hubiera podido contemplar desde el pasado su futuro, si pudiéramos ver nosotros lo que, a veces, entrevemos, ¿sería otra nuestra manera de entender la vida? Yo creo que no, porque entender la vida es algo que se va consiguiendo mientras se vive. Antes, no sería bueno. Después, ya no es necesario.

Creo que no sería bueno entender la vida antes de vivirla porque dejaríamos de jugar. Dejaríamos de ser niños, que es lo que más hondamente somos mientras estamos vivos. Este hombre nuestro, que ahora recordamos sobre su lecho aun tibio, se pasó la vida jugando con las palabras, acariciándolas, componiendo paradojas con ellas, descubriendo analogías, semejanzas ocultas entre términos opuestos. “Las diferencias suman”, le oí repetir poco antes de verle partir hacia el seno del totalmente Otro. Y eso ha sido su vida. Esta ha sido la palabra de su vida, el nombre del movimiento que él solo ha iniciado, Adsis, “presencia”.

Rehusaba el título de fundador, consciente de que fundador es el Espíritu Santo. A nosotros solo nos caben dos posibilidades: dar nombre a nuestros anhelos o confundirlos con nuestras apetencias. De Dios es el fundar, del hombre el confundir. José Luis Pérez Álvarez, fallecido esta semana, vivió hasta el final rodeado de los suyos. Y suyos hemos sido todos, hombres y mujeres viviendo en común porque las diferencias suman y jugar a conjugarlas ha sido el sueño de este niño hecho hombre para siempre.

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Voluntad suicida
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-04-2017 | 10:35| 0

Ya es primavera. Este año se han adelantado la floración y la erupción de lo que vive. Con los primeros calores y los días más largos, más variados en todo –en temperaturas, humores y colores -, no queda ni recuerdo del invierno. El olvido ha empezado a llenar las cavidades de la memoria. El hueco de los que ya no están, el vacío de los que esperan ocuparlo y el abismo de los pensamientos a los que vuelven aquellos y éstos, los que ya no están y los que intentan distraernos, son las cavidades de la memoria.

Con la primavera se asoma el verano, tímido al principio y sin temor después, cuando ya nadie quiere contener su fuego, ni siquiera la noche, tiempo sin tiempo. El verano no cabe en sí de gozo. Por eso cansa cuando se prolonga, invasor del otoño y de su melancolía, agridulce como la vida ya vivida. Agosto agosta. Pero, cuando se adelanta con la primavera, no puede cansar porque no hay sencillamente nada en su lugar. La naturaleza vacía del invierno, el corazón ensimismado del mundo, un poco más con cada ser que reduce a recuerdo su presencia en él, la memoria llena de huecos por todas partes necesitan, más bien, ser completados, que venga alguien a llenarlos de olvido, de luz, de vida nueva.

Y, mientras se van llenando, nos va llegando noticia de huecos que ya nadie ocupará. Son los que dejan en el hogar los que a él no han de volver. Para ellos se han hecho el hospital, la habitación deshabitada, la sala de espera al otro lado de la cual se planea cómo decir lo inesperado. La voluntad suicida de ahorrarnos este trámite, de liberar a otros para el gozo del verano, ¿no es otro fruto de este gozo?

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Mis invisibles
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 31-03-2017 | 08:33| 0

Los han vuelto invisibles pero yo no puedo dejar de verlos. Me gustaría seguir creyendo en el bien común, visible y ondeante con los colores de la patria antes de las elecciones y decisiones transcendentales para todos menos para ellos. Y es que ellos, los invisibles, no van a votar. No cumplen con su deber en las urnas los que han perdido su derecho a la vida. Tan solo, embalsamado en el papel de las proclamas con letra de molde e indeleble tinta, se reconoce su derecho a existir, pero sin nombre ni rostro a la vista. Lo que no se puede ver por la distancia, ¿cómo mirarlo sin ver nada?

Para no verlos ni de lejos, para olvidarlos como el menor de los recuerdos, se les ha abierto una sima en el pasado, una cueva sin salida. No se asfixiarán, así, por falta de aire nuevo, ni volverán tampoco allí donde su mera presencia es ofensiva. El futuro, si perseveramos, es dorado. Inspira, como la espiga que espera la cosecha con su fruto bien granado y su moraleja, hermosos pensamientos. Es de pocos perseverar en el esfuerzo. De muchos, sin embargo, en la dulce indiferencia. Y yo no puedo, ni siquiera, permitírmela.

A mí España no me duele tanto como algunos españoles, ésos que veo cada día a las puertas de mi iglesia. Los veo y los miro, tomo sus manos en las mías y pienso que de ellos es también el Reino de los cielos. Cada vez que paso por la calle hacia su encuentro me distraen escaparates y las mesas a placer de algunos restaurantes. Si esto es lo que hay que ver yo prefiero volverme invisible como ellos. Tanta espiga bien granada no es el futuro en que creo. Por eso, ante las urnas cualquier día, votaré en consecuencia.

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Tienda y parroquia
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 31-03-2017 | 08:29| 0

Ha sido ya una frutería, una tienda de barrio en la esquina de dos calles que se cruzan y que llevan, cada cual, a cualquier parte. De entonces quedan las lunas de sus escaparates y el portal acristalado para ver y ser visibles. Dentro, el espacio al público y la trastienda permanecen porque, si hay algo fácil de sentir, es la falta de sitio, así como su opuesto es difícil de llenar. Sigue siendo, pues, una tienda, lugar de venta y encuentro entre calles ajenas, todas ellas, al rumbo que tome cada uno. Uno puede imaginarse, sin esfuerzo, a las amas de casa de otro tiempo entrando en esta frutería, buscando las ofertas entre precios y cruzando palabras, aquellas con éstas, sobre lo más o lo menos cotidiano.

Las lunas de los escaparates no son ahora transparentes pues ya no hay, al otro lado, producto a la vista. Ahora son biseladas, celajes de cristal cubiertos, por dentro, de cortinas blancas. Solo este detalle y una cruz metálica a un lado de la entrada le advierten al que pasa de que algo ha pasado en la antigua frutería. Pero entremos de una vez a la luz íntima de este templo que ocupa aun la esquina entre dos calles de su barrio. Y es que ahora la tienda de ayer es una iglesia parroquial.

Como es tan poco el espacio es poco lo que cabe. Apenas unos bancos, un Cristo en cruz alzada y una virgen del Carmen, cosas todas traídas de alguna capilla, cerrada para siempre. Pero, ¿qué vemos sobre esa mesita que hace, como puede, de mesa y altar? Es un misal muy grande y solemne, el nuevo que la Iglesia ha promulgado para todos. Aquí se pregunta uno si lo grande no debe su existencia a lo pequeño y cotidiano, como esta antigua frutería.

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Limón y miel
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 10:26| 0

He pasado el día en Villaconejos, un pueblo de la provincia de Madrid, en la vega del Tajo. Allí vive mi amigo Javier, con su familia. Acabados sus estudios universitarios en Historia del arte, debió de sentirse, como yo mismo veinte años antes, raro, solo, en medio de tantos parecidos, y se presentó, una tarde cualquiera, en mi monasterio. Perseveró en él durante seis o siete años y fue por entonces cuando empezamos a conocernos. Yo le vi crecer, cambiar, mudar su candorosa timidez novicia, hacerse un hombre sin vergüenza de haber llamado a una puerta por primera vez. Traté de enseñarle filosofía y lo que conseguí fue su amistad.

La amistad es el principio de la filosofía, como de la teología lo es el amor, el de los esposos o el de los con Dios casados. La docencia ha sido, a veces, el final de una y otra, pues no es fácil encontrar un profesor de filosofía que sea filósofo o un teólogo entre los profesores de teología. Nosotros nos hemos hecho amigos discutiendo con juvenil ardor, el de su veintena bien cumplida y el de mis cuarenta sin complejos. Ambos somos, sin duda, tan sesudos como testarudos, idealistas de los que saben, no obstante, que las ideas son necesarias para entender la vida. Los que presumen de no necesitarlas, dentro y fuera de los claustros o academias, engordan su ego en el pastizal de los tópicos y las modas sin momento. Su mente es una pradera en eterna primavera.

De mi amigo he admirado, ante todo, su frescura y su llaneza. De aquellos campos que rodean su pueblo, entregados al cultivo del melón y el olivar, espera uno hombres así, capaces de llamar a las cosas por su nombre. Javier tiene guasa, chispa y gracia para jugar con palabras, tiempo para el paseo, a pie o en bici, por llanadas y colinas, caminos de Villaconejos a Chinchón o Aranjuez. En un tiempo sin raíces como el nuestro, en que todo se usa o se tira sin haberse desgastado, él venera la memoria de su pueblo, con sus romances viejos y canciones olvidadas.

Rebasada, ahora apenas, la treintena, se sabe coplas y jotas, unas dulces y otras ácidas, ritmos y tradiciones que sus mayores han perdido sin nostalgia. “Lo que no es tradición es plagio”, le gusta repetir. Y no le falta razón. Escuela hace falta, y mucha, para mejorar a los buenos. Da gusto oírle rasgar las cuerdas de su guitarra en Limón y miel, que así se llama el coro de sus paisanos, todos viejos y mozos. Cae la tarde, una tarde cualquiera como aquella en que llegó al monasterio con su timidez novicia. Javier ama su pueblo, su gente, su historia y a ellos ha vuelto después de seis años fuera. ¿O son ya siete…? ¡Qué importa! Acaso buscara fuera, en cierto monasterio, lo que sigue llevando dentro: la música de su alma para este tiempo vendido, en cuerpo y alma, al dinero.

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Adsis
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 20-04-2016 | 10:25| 0

Su nombre es “presencia”. Hoy esta palabra ha cristalizado en expresiones como “hacer acto de presencia” o “tener una buena presencia”. Brilla por su ausencia, fuera de estas expresiones comunes, la más honda de todas las palabras que se nos ha dado pronunciar a los presentes. Sin ella ya no sabemos decir lo único que podemos hacer por los demás: estar ahí, a su lado, cuando nos dejan o nos necesitan.

Hoy es Pascua, la fiesta de la Presencia. Hace poco oía yo decir a un predicador cuaresmal que, por su muerte, la vida de Jesús había sido un fracaso “aparente” porque la Resurrección es el final feliz de su historia. Difícilmente cabe expresar mejor la entrega, que hemos hecho todos, de la presencia a la apariencia. El que pareció primero un fracasado se aparece ahora a los discípulos como el Resucitado. Nada es lo que parece: ni aquí abajo ni en la gloria de lo alto. Por mi parte, yo devuelvo la apariencia a la presencia.

Así estaban, de consuno, al principio de su historia, cuando unos griegos encontraron la manera de pensar lo que sentían por el ser y la verdad. Como hace siglos que filósofos son apenas unos pocos y creyentes, sin embargo, casi todos, no extraña el olvido en que descansa aquella antigua tradición que declaraba filósofo al cristiano y hombre al buscador enamorado del bien y la verdad. Ahora es tiempo de triunfar. El que más sabe, tiene o puede, el que más hace o promete que se hará, enseña a distinguir a los demás la verdad de la apariencia. Pero la verdad sin apariencia, desnuda y objetiva, científica o política, ¿a quién puede ya entusiasmar? Inhóspita, expulsa refugiados. Adsis, “presencia”, es, sin embargo, el nombre de unos hombres y mujeres que se aman y acogen de verdad.

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Un sevillano en Huerta
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 26-03-2016 | 09:28| 0

Yo amo los lugares, las ciudades desiertas, los pueblos que han llenado de ansia páginas de la historia, sus calles empedradas, sus plazas desplegadas entre el cielo y la tierra, sus templos consagrados a una fértil memoria, sus casas hacinadas junto a alguna muralla, sus parques y jardines, de recuerdos sembrados, no por nada de lo que en ellos veo cuando los visito sino por los ojos que los vieron antes que los míos.

Por eso, cuando volví a Sevilla por última vez, no pudo con mi nostalgia su luz sin dueño. Allí seguía todo su encanto de albero y azahar en primavera tal como lo había sentido más de diez años antes, cuando pisara con mi amigo las calles de su ciudad natal. La vi entonces toda entera por sus ojos, la vi y me la bebí, mientras bebía con él y con su gente una cerveza en el barrio de la Alfalfa. Hay que nacer dos veces para amar el lugar donde se nace. Hay que nacer del todo, tomar distancia, para poder amar, tan siquiera, un poco.

Y mi amigo Antonio Manuel, nacido en Sevilla una vez, ha nacido para siempre sevillano. Tal vez por eso, porque ha nacido del todo y para siempre, no vive allí desde hace tanto. Allí dejó su juventud y su semana santa y, con la austeridad penitencial que allí abrazan los que para vivir han renacido, tomó la senda del ascetismo. Ya son sus ojos, en un cenobio castellano, como dos lámparas para esperar la vida. En vano los buscaré en Sevilla, en vano buscaré al que vive entre los muertos, en vano intentaré hacer mía su hermosura. Ahora el amigo es el amor y los muros de su cenobio hortense el dique en que se aquieta y se remansa mi agridulce nostalgia sevillana.

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El beso
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 15-03-2016 | 11:15| 0

Era de noche. Volvía cansado de la vida, porque también la vida de los otros cansa si la de uno se expone mucho tiempo, por los oídos y los ojos, a la intemperie de la calle, roto el hogar, desguarnecida el alma. Volvía a mi casa, como quien corre a refugiarse, a bordo de un tren interurbano, lleno de otras vidas y la mía. Me gustaba mirar, curioso de esas vidas entre las que apenas otra más era la que yo, al parecer, vivía. Miraba procurando ver sin ser mirado, entrar donde una grieta hubiera quedado sin cubrir y se hubiera hecho grande en un momento. Nada hay más discreto que unos ojos raudos, de bien simulada indiferencia. Con ellos encontramos siempre lo que menos esperamos. Esta vez también.

Eran dos amantes muy jóvenes, casi adolescentes. Apenas unos pasos me separaban de ellos, tan pocos en la distancia entre mis años y los suyos. Estaba yo sentado y ellos en pie, como un espectador en el teatro. Al principio se oían las palabras. Luego el silencio empezó a decir lo que intentan monosílabos. Hasta que llegó el beso, el sello de todos los silencios. Con el primer beso llegaron los demás, intentos de mejorar lo hecho o completarlo. Los labios del amante fueron pasando de la frente a la nariz, de la nariz a los labios deseados. Con suavidad y calma se miraban uno a otro. Toda la paz del mundo parecía derramada entre aquellos rostros sin ojos para el mundo, para nada que no fuera iluminar la vida a aquella hora del cansancio, cuando, acabado el día, las gentes vuelven a casa del trabajo. Y yo comprendí entonces que la violencia teme la luz pública y que es de noche, sin embargo, cuando suceden los milagros.

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Guervós, el misionero
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 07-03-2016 | 09:37| 0

Presiente su propio fin, aunque vive como si cada día fuera solo el principio del fin, despertando aun con el alba y desperezándose con los recuerdos, ya crepusculares, de otras mañanas, hermosas porque no se pueden retocar, no están a la vista los ojos deseados y se han ido del cuerpo las fuerzas para acercarse más a ellos y decirles al oído lo que jamás olvidarán.

Verle tendido sobre una butaca al empezar la tarde, oír su voz pausada y su silencio grave mientras mis párpados se cierran de hito en hito porque es la hora de la siesta y pide tregua mi cabeza, es casi una plegaria.

Es un hombre. Es joven su memoria, racimo de instantes desgranados, uno a uno, entre sus dedos, esos dedos invisibles con los que toca el corazón lo que ya no están viendo –lo invisible es invidente, que no ciego, como dicen del amor los que creen haber despertado de su sueño-. Es joven su memoria como solo puede serlo la de un anciano, que sabe vivir porque ha vivido, porque tiene lo único que podemos tener sin que nos tenga y nos domine. Y con ella me voy al Brasil de su misión sacerdotal, a sus mujeres bellas, turbadoramente ciertas, y a los niños de las favelas sin belleza pero con vida, con toda la vida en sus ojos y, en su cabecita, el pensamiento de que la vida es bella, aunque valga, para ellos, menos que, para nosotros, morir sucio y angustiado.

Cuando regreso, pues se hace tarde, me despido de este hombre bueno, que me conduce a una estancia donde duermen unos pocos libros de poemas. Me llevo alguno en el bolsillo. Y, días más tarde, hoy por ejemplo, le dedico mis palabras a este hombre de Iglesia, tan grande y tan pequeño, Juan Guervós, el misionero.

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Libertad de impresión
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Víctor Manuel Márquez Pailos | 02-03-2016 | 14:34| 0

Uno necesita expresarse para comunicarse. Libertad de expresión es algo que solo puede ser entendido como libertad de comunicación, libertad para comunicarse, para decir lo que se piensa por haber pensado ya lo que se dice. La libertad de expresión deja de ser libertad, sin embargo, cuando es malentendida como libertad de impresión, esto es, libertad para impresionar a los demás sin la menor intención de comunicarles nada. Esto se ha aplicado toda la vida a una expresión muy coloquial, “cantamañanas”. El cantamañanas es el que reduce la libertad de expresión a libertad de impresión, la razón a sensación y la vida pública a una exhibición de su vida privada. A la libertad de expresión apelan así quienes no están dispuestos a dar explicaciones a nadie de nada. El anecdotario social de nuestro país en los últimos días nos ha proporcionado todo un elenco de reivindicadores de la libertad de expresión reducida a la mínima expresión, a la libertad de impresionar, provocar, ofender o alarmar. ¿No son precisamente ellos, los abanderados de la libertad, quienes más la están ofendiendo con el pretexto de defenderla? ¿Cómo pueden ser tan libres de expresarse el que da una conferencia como la que desnuda su torso en una iglesia? La libertad no es cualquier cosa. Es un tesoro. No se puede saquear en paz. Otra cuestión es qué hacer con los cantamañanas. Mi propuesta es la indiferencia. La indiferencia pública acabaría con la libertad de impresión. Nadie puede ofender los oídos del que oye sin escuchar. Llevar el asunto a los tribunales, sin embargo, puede acabar convirtiendo en víctima de la libertad de expresión a más de un verdugo de la libertad auténtica. El tiempo es el mejor juez de las causas perdidas: las deja como están. Los jueces, en cambio, ¿quién sabe?

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