El Comercio
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Fecha: abril, 2017
SIN SERVICIOS BANCARIOS
Pilar Arnaldo 24-04-2017 | 3:36 | 0

Tenemos mucha suerte los habitantes de estas zonas rurales y, especialmente, los del Concejo de Tineo, pues vamos a ser los más ahorradores del mundo. Y este hecho positivo y provechoso para nuestro futuro se lo debemos a las entidades bancarias con representación en la zona. Digo esto porque, últimamente, una tarea tan habitual y sencilla como sacar dinero de una cuenta corriente se puede convertir en algo tan lento y complicado que, ante las dificultades, habrá quien abandone si no es absolutamente imprescindible y quede esa cantidad que se iba a llevar en el banco engrosando felizmente sus ahorros. Y así es como se ahorra, por las buenas o por las malas. Si ni siquiera puedes sacar el dinero del banco, mal lo vas a gastar.
Tengan en cuenta que estoy hablando de personas mayores que no usan tarjeta de crédito ni ninguna otra forma de pago que no sea en efectivo.La política de los bancos de los últimos años de cerrar sucursales y recortar personal fue llevada al extremo en estas zonas rurales, de manera que, en la actualidad, realizar cualquier trámite en las oficinas de algunos bancos en Tineo se puede convertir en una pesadilla y más si no se dispone de grandes cantidades de tiempo. Algunas entidades, como Liberbank -que es el caso mas sangrante por ser la que más representación tenía en el mundo rural y la que mas recortó- cerraron el 70% de sus sucursales, es decir, de cuatro dejaron una y esa con un déficit de personal considerable.
Así es que, cuando los sufridos habitantes de estos pueblos acuden al banco, tienen que hacer colas kilométricas y armarse de paciencia para tirarse allí media mañana. Si protestan, la disculpa es que hay muchas operaciones que se pueden hacer en el cajero o con la banca online. Y yo pregunto: ¿creen ustedes que las personas mayores de los pueblos de por aquí, que son la mayoría de los habitantes, van a realizar sus operaciones en un cajero o a través de internet? ¿Desconocen que se trata de un entorno rural con una población envejecida que no sabe funcionar con este tipo de aparatos y además les causan verdadero pánico, y más en algo relacionado con el dinero que tantos esfuerzos les costó adquirir a lo largo de su vida? Eso sin contar que, muy a menudo, los cajeros tampoco funcionan.
Me dijeron hace poco en una entidad bancaria de Tineo – distinta de la anteriormente citada- que, igual que teníamos que esperar la cita para el médico o la lista de espera para una operación, había que esperar en el banco y, si era necesario, llamar antes y pedir día. Bueno, la comparación se las trae.
Habría mucho que decir de esto, pero lo primero es que parece que se les olvida que ellos son entidades privadas que hacen negocio con nuestro dinero y que nosotros somos clientes y nos deben una atención adecuada. Pero de qué nos vamos a extrañar si esto no es más que otro de los muchos casos de flagrante abandono y desprecio del mundo rural. Y los que nos representan tan tranquilos y callados.
¡Cómo si todo funcionase de maravilla!

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LA BOLLA
Pilar Arnaldo 19-04-2017 | 4:00 | 0

Hoy, primer lunes tras la Semana Santa, todavía flota en el ambiente de las casas del Suroccidente astur el olor dulce de la masa de las bollas o rosquillas de Pascua.
En Asturias, en Pascua, es costumbre que los padrinos regalen a los ahijados “la bolla” que puede ser cualquier presente: ropa, dinero… La tradición manda que se les dé hasta que se casan. A partir de este momento, los padrinos quedan libres del compromiso. El hecho de que a este regalo se le llame bolla vienen de que, tradicionalmente, se regalaba una bolla de pan dulce. Se trata de un pan amasado con leche, harina, huevos, mantequilla y azúcar. En las casas campesinas se hacía una buena hornada de bollas ya que era costumbre regalarlos, no solo a ahijados, sino a familia, vecinos y amigos.
El amasado de los bollos dulces constituía una gran preocupación para la mujer de la casa que se jugaba mucho en ello. En primer lugar por el coste económico que suponía. Se gastaba la manteca acumulada durante una larga temporada. Lo mismo ocurría con los huevos, que se quitaban de otros usos para juntarlos para estas fechas. Además se usaba una buena cantidad de leche y, sobre todo, de azúcar, que había que comprar y suponía un desembolso que alteraba las precarias economías domésticas. Así que, ese día, el ama de casa quedaba liberada de cualquier otra tarea para dedicar todo su esfuerzo y concentración en la elaboración de las bollas, rosquillas o pan sobao –que era otra de las denominaciones que se le daban-. Pero, aunque las mujeres campesinas estaban acostumbradas a amasar y cocer su propio pan aproximadamente cada quince días, este era más complicado por la dificultad de los ingredientes. Era necesaria mucha pericia para que quedara en su justo punto, esponjado, y también en el grado exacto de cocción. Si la que lo elaboraba se descuidaba un segundo, “lo llevaba el forno”, es decir, se pasaba de cocido o incluso se quemaba un poco por fuera. Eso sí, si la fornada salía bien, era motivo de orgullo porque, con la costumbre de intercambiar las bollas, en cada casa se juntaban unas cuantas distintas y era habitual establecer juicios sobre cuál era la mejor. Era bien conocido, en cada zona y en cada valle, quienes eran las mejores amasadoras de pan de la Pascua.
Aunque hoy hay unas cuantas panaderías que los comercializan, todavía muchas mujeres en los pueblos conservan esta tradición dulce, entrañable y amistosa. Un detalle más de nuestra rica y variada cultura tradicional que ojalá nunca se pierda.

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BENDICIONES MÚLTIPLES
Pilar Arnaldo 10-04-2017 | 10:11 | 0

La fiesta cristiana del Domingo de Ramos gozaba, en estos pueblo del Suroccidente, de una trascendencia especial. Esa mezcla de religiosidad y superstición que caracteriza nuestra cultura campesina tenía, en estas fechas, uno de sus máximos exponentes con la bendición de los ramos, el agua y el pan y su utilización como ahuyentadores de males y protectores de la casa campesina.
Se comenzaba con la bendición de los ramos. Acudía la gente de los pueblos a la iglesia o capilla respectiva cargada con buenos manojos de laurel florido. Era necesaria una gran cantidad de ellos pues luego había que repartirlos por toda la casería. Para los niños se preparaba un ramo especial adornado con cintas de colores y caramelos, rosquillas –de aquellas que se vendían por las ferias- o cualquier otra golosina, cosidos a las hojas. Se remataba con una naranja clavada en la picota. El orgullo y la alegría con que aquellos niños de antaño portaban este ramo cargado de golosinas que luego, una vez celebrada la misa y bendecido por el cura, se comerían, es difícil de explicar desde la perspectiva de la época actual. Pero había otro motivo que hacía del día ramos una fecha realmente especial: la costumbre de estrenar ropa. En unos tiempos en los que lucir vestido nuevo no era algo frecuente, se esperaba esa fecha con verdadera ilusión. La responsabilidad de que los miembros de la familia lucieran impecables, especialmente los niños y las jóvenes, recaía -una vez más- en la mujer de la casa, que se daba buenas sesiones de costura para cumplir con la tradición. No quedaba más remedio, si no quería aparecer a ojos de la vecindad como una inútil. Ya lo dejaba bien claro el refrán: “La que nun estrena en ramos/ ye que nun tien manos”.
Pero las bendiciones no se acababan aquí. Durante la semana santa, el jueves, conocido como día de las tinieblas, además de tocar carracas y dar palos en el suelo de la iglesia, se bendecía el agua. Iban los parroquianos con recipientes llenos, se echaba en la pila y el cura la consagraba. Luego se recogía y se guardaba en casa. Con ella mojaban ramas de laurel y las arrojaban en cada tierra recitando el siguiente conjuro : “Marchai sapos, ratos y toda la munición/ qu´ehí vos vei l´agua bendita y el ramu de la pasión”. También se bendecían todos los animales, cuadras, hórreos, aperos de labranza y, por supuesto, la vivienda familiar.
Finalmente, el sábado, le tocaba el turno al pan. De nuevo a la iglesia con las fogazas a bendecir. Después, comía un trozo cada miembro de la familia y se daba también uno a cada uno de los animales domésticos.
Así quedaba todo santificado y protegido de enfermedades, accidentes, plagas, o cualquier contratiempo. En la casa campesina tradicional, personas, animales y propiedades formaban una unidad indisoluble y de todo ello se cuidaba con celo y diligencia. Y si la protección venía de las altas instancias divinas, mejor que mejor.

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¿QUÉ ESTAMOS COMIENDO?
Pilar Arnaldo 03-04-2017 | 5:03 | 0

Recientemente ha saltado a la prensa un escándalo alimentario de esos que ponen la piel de gallina a cualquier consumidor medianamente precavido. Brasil, el mayor exportador de carne de vacuno del mundo, estaba vendiendo carne podrida. Sí, así como suena, carne podrida. El proceso era el siguiente: esa carne en mal estado se lavaba con detergentes y luego se “maquillaba” con diversos productos, muchos de ellos reconocidos cancerígenos. Y a punto para consumir. Los destinatarios: la Unión Europea y Asia, principalmente. Pero no crean que el tal fraude fue cosa de un día; se venía haciendo desde hace dos años por lo menos.
Son cosas de la globalización. En Asturias tenemos una carne excelente, de una raza óptima de vacas, criadas en los ricos pastos de nuestras montañas y sometidas a continuos controles de calidad. Sin embargo, a menudo, nuestros ganaderos encuentran dificultades para vender las reses. El mercado está saturado de esas otras carnes importadas de lugares tan lejanos que no hace falta que estén podridas para que su calidad sea dudosa. Un producto fresco que atraviesa medio mundo antes de llegar a nuestra mesa nunca puede tener la calidad de uno que viene de apenas unos pocos kilómetros. Sin contar el impacto ambiental que todo ello supone. Pero no es solo una cuestión de lejanía. Las leyes, en esto, como en tantas otras cosas, rayan el absurdo. A las ganaderías de aquí se les exigen altos parámetros de calidad y, como ya dije, el control es riguroso. Sin embargo no hay ningún problema en permitir la venta de carne de lugares en los que no existen ninguno de esos controles y exigencias. ¿Tiene algo de sentido todo esto?
Eso sí, mientras tanto, nos pasamos el día anunciando a bombo y platillo que vamos a implementar medidas para proteger el mundo rural, evitar la despoblación y no sé cuántas cosas más. Y creamos organismos para ello. Pero todo en abstracto, porque atajar los problemas concretos no es costumbre por estos lares. Pues nada. Abandonemos todo lo nuestro –ya queda bien poco- y comamos esos “maravillosos” productos importados que tan bien nos saben. ¡Que aproveche!

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional