El Comercio
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RAÍCES
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Pilar Arnaldo | 05-06-2017 | 07:23

Suele ocurrir, en estos tiempos que corren, que la Asturias rural en la diáspora, los antiguos habitantes de las aldeas desperdigados por las distintas ciudades de la región o del país o por las capitales de municipios cercanos, se reencuentran en los funerales de sus convecinos. Que ya sabemos que en nuestro mundo campesino asistir a entierros de parientes, amigos o conocidos, incluso lejanos, es deber sagrado. Pues bien, los vecinos de La Bedul, en el Concejo de Miranda, hartos de coincidir solo en estos actos luctuosos, decidieron crear una forma más amable y reconfortante de encuentro y comenzaron, hace once años, a celebrar una comida anual que acoge a todos los nacidos -o a sus descendientes- en esta aldea de la montaña suroccidental asturiana.
La Bedul, uno de los pueblos más altos del Concejo, situado entre la Sierra de la Cabra y Pena Manteiga, fue en su origen braña de alzada para los habitantes de Las Luiñas, en el municipio de Cuideiru o para los de otros pueblos de Miranda. De la braña pixueta de Teixidiellu o de las mirandiegas de Carricéu y Santa Marina, alzaban en verano a La Bedul. Pero, a diferencia de los vaqueiros de la mayoría de las brañas del Occidente, que continuaron siéndolo hasta la actualidad, o por lo menos hasta que emigraron a los núcleos urbanos, los habitantes de esta aldea abandonaron la trashumancia, vendieron sus propiedades en las brañas de invierno y se establecieron definitivamente en el pueblo hacia el segundo cuarto del siglo pasado. Llegó a ser La Bedul un lugar muy poblado, con unas treinta casas habitadas. Sin embargo, siguiendo la estela de todo el rural asturiano, en los años sesenta y setenta comenzó el éxodo a las principales ciudades de la región, a Madrid y Barcelona , a países de Centroeuropa – especialmente a Suiza- o incluso a lugares situados en nuestras antípodas como Australia.
Pero si algo caracterizó siempre a los vecinos de La Bedul es su especial querencia por el lugar que los vio nacer. Ese orgullo, quizá de raices vaqueiras, por los orígenes. Un amor y aprecio por lo propio que los honra. Y como siempre fueron más amigos de fiesta y jolgorío que de penas y aflicciones, decidieron que ya estaba bien de encontrarse solo en actos tristes. La iniciativa de la reunión partio de Salustiano Rey, de casa Landocho. Con grandes dosis de entusiasmo organizó este evento que tuvo, desde el primer momento, una acogida muy favorable entre sus vecinos. Como era de esperar. Así que, ayer domingo, en su undécima edición, los vecinos de La Bedul se reunieron en torno a una buena comida. Desde el más viejo, Marcelo de La Pasadina, hasta el más joven, Pablo, de Casa Toxos, todos disfrutaron de una estupenda velada en la que contaron historias, recordaron viejos tiempos y bailaron al son de los acordes de su músico preferido, Alonso, que también tiene raíces en este precioso pueblo de montaña.
Enhorabuena por estas iniciativas, tan importantes para reforzar lazos en torno a nuestro mundo rural en declive. Dicen que los seres humanos somos raíces y alas. Ambas son importantes, pero son sin duda las primeras las que nos sostienen.

Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional