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Autor: Serondina
SAN BRAS: EL PRESENTE
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Pilar Arnaldo | 06-02-2017 | 6:52| 0

El viernes pasado se celebró en la localidad de Tuña, Tinéu, la feria de San Bras, la primera del año en el Suroccidente astur y una de las citas importantes para ganaderos y gente de los pueblos en general. De lo que supuso esta feria en el pasado y de cómo era ya hablé en la columna anterior, así que hoy voy a tratar la realidad de la feria en el presente.
Como mercado de ganado, San Bras ya no es ni la sombra de lo que era. Las formas de compra- venta de animales han variado bastante y cada vez menos ganaderos acuden con sus reses a las ferias. Hoy el ganado se vende prioritariamente en casa o incluso a través de contratos de venta con las distintas cadenas de supermercados. Apenas unas pocas reses de vacuno y algo de equino es lo que nos podemos encontrar en la que era, hasta hace poco tiempo, la feria que marcaba los precios del año para las siguientes.
Sin embargo, la gente sigue acudiendo en masa a San Bras. No solo los pocos que quedan en estas pequeñas aldeas sino muchos de los que emigraron en los años sesenta, setenta y ochenta a las ciudades del centro de Asturias. Estas personas, hoy jubilados en su gran mayoría, y muy apegados a la tierra que los vio nacer, son los que contribuyen a llenar este tipo de eventos que, sin su presencia, resultarían inviables por la escasa población de los lugares en los que se celebran.
Porque una feria como esta es mucho más que la compra-venta de ganado. Es ser espectador de esos pocos o muchos tratos que se produzcan, es encontrarse con los vecinos, degustar una buena merienda, recorrer los puestos de productos asturianos y sobre todo, comprar buenas naranjas, las mejores, que ya sabemos que San Bras es el patrón de las enfermedades de la garganta. Y volver a los lugares de residencia bien cargado de anécdotas e historias que amenizarán, durante unos cuantos días, los paseos por la Losa de Oviedo o las tardes en los centros sociales de los distintos barrios.
Es muy importante que sigamos todos acudiendo a las ferias y fiestas que se celebran en nuestros lugares de origen. Se trata de un pequeño gesto que contribuye a mantener estos acontecimientos tan significativos para un mundo en declive al que todos tenemos la responsabilidad de preservar. ¡Salvemos nuestros pueblos! No esperemos que otros lo hagan por nosotros.

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SAN BRAS: EL PASADO
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Pilar Arnaldo | 30-01-2017 | 12:07| 0

La primera gran feria ganadera del año en el Suroccidente astur es la de San Bras –Así, “Bras” con r ,que es su nombre tradicional y no “Blas” como se empeñan ahora en poner en carteles y otros anuncios-, en Tuña, el 3 de febrero.
Intentar siquiera dar una pequeña idea de lo que está feria significaba para la gente de la zona, en el espacio de una columna, es tarea bien complicada, pero procuraré hacer una aproximación.
San Bras siempre fue, principalmente, feria de vacuno y equino. Era muy importante porque, al ser la primera del año, marcaba los precios para las futuras. Pero para la gente de todos estos territorios colindantes con Tuña (valle del Ríu Xinestaza, parroquia de Merías, parroquia Quintana, Partíu de Sierra, parroquia de Agüera, Las Alzadas de Tinéu …) era mucho más que una feria. Presentarse en San Bras con una pareja de bueyes bien cuidados y pertrechados con sus buenos aparejos era, seguramente, el súmmum del orgullo campesino, la línea que marcaba el éxito social y profesional, el distintivo de los triunfadores.
Apenas empezaba el año, la gente de estos pueblos ponía la vista en el gran día. San Bras se pensaba, se imaginaba, se discutía, se soñaba. En el chigre, en los filazones, en los encuentros casuales en caleas y caminos era el tema de conversación. Tan importante acontecimiento trascendía, como no podía ser menos, a nuestra región. Quien circulara por la estación de Atocha madrileña en fechas cercanas al 3 de febrero podía sorprenderse si, al acercarse a un corrillo de mozos, se encontraba con que estaban todos exaltados tratando algún ejemplar de ganado vacuno. Eran los hombres de L’Abedul, que durante el invierno se marchaban a Madrid de mozos de estación para aportar un dinero muy necesario para la economía familiar. Trabajaban allí buena parte del año y regresaban en verano para las tareas fuertes del campo. Pero, faltaría más, hacían un paréntesis en su ocupación invernal para venir a San Bras. Y, por supuesto, con el entusiasmo de la venida empezaban allí mismo, entre ellos, los tratos de las reses que los esperaban en sus cabañas asturianas. Que luego el animal respondiese o no a las expectativas ya era otra historia.
San Bras era también una buena merienda. La fecha lo propiciaba, ya que estaban las matanzas recientes y había abundancia de carne. Por supuesto, el lacón llevaba el protagonismo. Quien no dispusiera de un buen lacón cocido y un potente bollo preñado mejor no se dejaba ver por la feria. Eran épocas de escasez, pero quizá debido a ello, se ponía especial atención en ser muy arrogante en estos eventos. Era este otro de esos puntos en los que se jugaba el prestigio de la casa campesina, en este caso de la mujer, que era la encargada de todo lo relacionado con la alimentación de la familia.
Por supuesto, la feria también se aprovechaba para la fiesta y el cortejo. Las mozas y mozos casaderos esperaban ansiosos este día que luego culminaba con buenos bailes en Tuña, en El Bolichero y El Pipo, y en La Pontecastru, en Casa Alonso. Y finalmente, el regreso, con bolsadas de naranjas de Soutu los Infantes, que no serían las mejores del mundo pero sabían a gloria, porque tenían el privilegio de ser las únicas que se comían en todo el año. ¡Otros tiempos!

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IVIERNU
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Pilar Arnaldo | 23-01-2017 | 9:25| 0

Por estas fechas del calendario, con el trigo y el centén ya sembrados, poca tarea había en nuestro mundo campesino tradicional. El invierno es el descanso del labrador, el único periodo de ocio y reposo abundantes, especialmente si nieva.
La nieve paraliza casi del todo el trabajo del campo. Los animales permanecen en la cuadra y prácticamente la tarea del día, para los hombres, se resumía en echar de comer a las vacas. También había que sacarlas al agua y para ello se elegían, de todas las posibles fuentes o lugares para beber, aquel que por alguna característica especial tuviese el agua más tibia. Y a las vacas paridas había que llevársela a la cuadra, templándola previamente en el fuego.
Pero el periodo de nevada también constituía una preocupación grande para la familia campesina. Podían ser unos cuantos días completos en los que había que tirar de las reservas de hierba curada y estas nunca eran lo suficientemente abundantes. Era, pues, necesario administrar bien los recursos porque nunca se sabía cuántas nevadas más podían venir ese invierno. O incluso, de primavera. Para evitar agotar las reservas, la hierba se alternaba con paja, narvaso de maíz o nabos que se sacaban de entre la nieve y se calentaban en la l.lariega. El trabajo más duro que se presentaba durante una buena nevada era, evidentemente, el de quitar la nieve. Había que espalar y abrir “güelga”, es decir, dejar una parte de los caminos que se necesitaban transitar despejados.
Pero el resto era ocio. Eran los días de los grandes filazones, de gente en el chigre a cualquier hora, de sabrosos caldos con los huesos de las matanzas recientes y de fervidinos de vino blanco. De contar historias y jugar grandes partidas de brisca. Si además había un buen fuego, como solía ocurrir, la situación era sumamente atrayente. ¿No creen?
La gran preocupación era que la nevada pillara a la gente desproveída. Ya lo dice el cantar:

Tengo carne na panera,
tengo yerba nel payar,
tengo l.leña no l.liñeiru,
nieva si quieres nevar .

Así que estando bien pertrechados de alimento para las personas o el ganado y leña para calentarse, podía ser una ocasión feliz, un ocio impuesto que siempre venía bien. Pero era necesario administrar recursos. Si había menos actividad también había menos gasto energético. Eso, por lo menos, pensaba un paisano de L´Abangu que, al despertar una mañana y descubrir una gran nevada, se levantó, y pasó por las habitaciones donde dormía su familia con el siguiente mensaje: ”Hai una gran nevada, l.levántome you a echar de comer a las vacas ya vós quedai na cama tola mañana, asina aforramos una comida” de . Pues tenía bastante razón el hombre. A menor gasto energético, menor ingesta de calorías es necesaria. Un auténtico experto en gestión de recursos.

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POR NUESTROS GANADEROS
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Pilar Arnaldo | 16-01-2017 | 8:43| 0

Mañana, martes, se celebra la festividad de San Antón –san Antonio Abad- patrón de los animales y de los ganaderos, aunque este último patronazgo se lo disputa con San Isidro Labrador, que también lo es de los agricultores. Como no parece haber acuerdo sobre cuál de los dos es oficialmente, yo propongo que sean ambos, porque andan los ganaderos bastante necesitados de protectores, si tenemos en cuenta la situación en la que se hallan.
Así que, sin despreciar a San Isidro, hoy le pido a San Antón por nuestros ganaderos asturianos y, especialmente, por los de la Comarca Suroccidental, desde donde escribo. Le pido por ellos porque son la base y puntal del mundo rural y, si desaparecen, desaparecen nuestros pueblos. Esto es indiscutible. Sin la actividad ganadera a las aldeas les quedan los días contados, porque no existe ninguna otra profesión que pueda sustituir a esta para traer vida al campo asturiano.
Y es obvio que lo que necesitan los ganaderos es poder vivir de la ganadería. Para ello es necesario que perciban un justo pago por los productos que comercializan: la carne y la leche. No es de recibo que se le abone al productor el kilo de ternera menos que hace veinte años, no en términos relativos, sino absolutos. O que se tenga que vender la leche a precios por debajo del coste de producción. Es absolutamente inadmisible que los que producen los alimentos se empobrezcan para enriquecer a los que los distribuyen.
Pero hay otros muchos problemas. No se pagan los daños de la fauna salvaje como se tienen que pagar. Para el ganadero todos son trabas y, además, está siempre a expensas de que el guarda de turno quiera, o no, certificar la muerte o los perjuicios en los cultivos. Conozco un caso particular de un ganadero al que no le acreditaron la muerte por ataque de oso en dos ocasiones, la primera porque el animal estaba casi entero devorado y la segunda porque el depredador apenas había comido un trozo. Están también las campañas de saneamiento con sus falsos positivos, que tantos quebraderos de cabeza dan a los propietarios de los animales; la burocracia, ingente, engorrosa y carente de sentido; la lucha desproporcionada contra un matorral que día a día invade y cerca, no solo el espacio, sino el ánimo y la confianza del ganadero.
Pido respeto y consideración para los hombres y mujeres del campo, su papel es importante para mantener nuestra soberanía alimentaria, nuestros pueblos, nuestros paisajes y ecosistemas y nuestra economía. Que las altas instancias divinas los protejan porque las otras – las humanas- parecen haberlos abandonado hace tiempo.

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LAS PANDORGADAS
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Pilar Arnaldo | 09-01-2017 | 12:31| 0

Con la llegada del Año Nuevo, y hasta el Antroxu, comenzaba en nuestros pueblos del Suroccidente la época de las pandorgadas. Eran las famosas mascaradas de invierno que, con diversas variantes, se repiten en buena parte de la región o incluso de la mitad norte de España. Se trataba de una comparsa, formada por hombres jóvenes, que se disfrazaban de una serie de personajes fijos y salían por los pueblos de la comarca a pedir el aguinaldo.
Una de las últimas pandorgadas que se recuerda por esta zona la protagonizaron los mozos de Villar de Zuepos y San Esteban, en el concejo de Belmonte de Miranda. Tuvo lugar por Año Nuevo, en la primera mitad de la década de los cincuenta. El primer lugar que visitaron fue Alcéu, en la parroquia Quintana. Llegaron muy temprano, al amanecer, y el recuerdo de la persona que me lo refiere, mi madre, Carmen Rubio, es de que el pueblo aún dormía cuando oyeron venir, por el camino del Cutrión, a la comparsa. Lo recuerda con intensa emoción. Todo el mundo se echó fuera de las casas para recibirlos. Se trataba de una fiesta inesperada que llenaba, durante unas cuantas horas, el pueblo de alegría y jolgorio. Para cuando llegaron al lugar habitual de reunión, la Calea, ya estaban todos allí, niños, adultos y viejos, esperándolos. Encabezaba la comitiva el ful.lequeiru, vestido con pieles y largas melenas, que llevaba una vara de avellano con un fuelle de piel de cabra u oveja atado en la punta. Hacía mucho ruido, ya que portaba unos cuantos cencerros atados a la cintura. Era el más beligerante de todos y perseguía a la gente con la vara, especialmente a niños y mujeres jóvenes. Había otros personajes más pacíficos como el galán y la dama – una elegante pareja- que paseaban cogidos del brazo. O la jardinera, que traía un cesto con flores de papel y colocaba, con gran amabilidad, una en la pechera de cada espectador. Otro de los personajes de los que había que huir era la escardadora, que pasaba la escarda a las mozas por las piernas. Había médico y sacamuelas, cura, niñera con criatura en brazos, sastre que iba midiendo a la gente con una cinta, gitana que echaba la buenaventura y los encargados de pedir el aguinaldo: un ciego y su criado. Los acompañaba un gaitero, el único que no iba disfrazado.
El ciego pedía limosna casa por casa y tenía un repertorio amplio de coplas para variar en cada una de ellas. A María Jenaro, una vecina de Alcéu, le cantaba:

Dios le dé suerte señora
y San Antonio tamién,
para dar muchas limosnas
a tolos ciegos que ven.

Pasaban el día en el pueblo, recogiendo el aguinaldo que consistía en dinero – escaso por aquellas épocas- y sobre todo, comida. Por la tarde, con lo que sacaban, encargaban la cena en una casa y después había fiesta. En ella aparecían ya sin los disfraces, con la gran sorpresa -sobre todo de los niños- por la transformación. Festejaban durante buena parte de la noche y abandonaban el lugar acompañados de los cánticos de despedida de las mozas.
Eran las formas de diversión de nuestros antepasados, ritos que transgredían el orden natural de las cosas, que celebraban el final de un ciclo y el comienzo de otro y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Por eso es tan importante recuperarlos y dar noticia de ellos. Estas son nuestras tradiciones y no los Halloween o Papá Noel que abrazamos con entusiasmo y nada tienen que ver con nuestra cultura.

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional