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SIN SERVICIOS BANCARIOS

Tenemos mucha suerte los habitantes de estas zonas rurales y, especialmente, los del Concejo de Tineo, pues vamos a ser los más ahorradores del mundo. Y este hecho positivo y provechoso para nuestro futuro se lo debemos a las entidades bancarias con representación en la zona. Digo esto porque, últimamente, una tarea tan habitual y sencilla como sacar dinero de una cuenta corriente se puede convertir en algo tan lento y complicado que, ante las dificultades, habrá quien abandone si no es absolutamente imprescindible y quede esa cantidad que se iba a llevar en el banco engrosando felizmente sus ahorros. Y así es como se ahorra, por las buenas o por las malas. Si ni siquiera puedes sacar el dinero del banco, mal lo vas a gastar.
Tengan en cuenta que estoy hablando de personas mayores que no usan tarjeta de crédito ni ninguna otra forma de pago que no sea en efectivo.La política de los bancos de los últimos años de cerrar sucursales y recortar personal fue llevada al extremo en estas zonas rurales, de manera que, en la actualidad, realizar cualquier trámite en las oficinas de algunos bancos en Tineo se puede convertir en una pesadilla y más si no se dispone de grandes cantidades de tiempo. Algunas entidades, como Liberbank -que es el caso mas sangrante por ser la que más representación tenía en el mundo rural y la que mas recortó- cerraron el 70% de sus sucursales, es decir, de cuatro dejaron una y esa con un déficit de personal considerable.
Así es que, cuando los sufridos habitantes de estos pueblos acuden al banco, tienen que hacer colas kilométricas y armarse de paciencia para tirarse allí media mañana. Si protestan, la disculpa es que hay muchas operaciones que se pueden hacer en el cajero o con la banca online. Y yo pregunto: ¿creen ustedes que las personas mayores de los pueblos de por aquí, que son la mayoría de los habitantes, van a realizar sus operaciones en un cajero o a través de internet? ¿Desconocen que se trata de un entorno rural con una población envejecida que no sabe funcionar con este tipo de aparatos y además les causan verdadero pánico, y más en algo relacionado con el dinero que tantos esfuerzos les costó adquirir a lo largo de su vida? Eso sin contar que, muy a menudo, los cajeros tampoco funcionan.
Me dijeron hace poco en una entidad bancaria de Tineo – distinta de la anteriormente citada- que, igual que teníamos que esperar la cita para el médico o la lista de espera para una operación, había que esperar en el banco y, si era necesario, llamar antes y pedir día. Bueno, la comparación se las trae.
Habría mucho que decir de esto, pero lo primero es que parece que se les olvida que ellos son entidades privadas que hacen negocio con nuestro dinero y que nosotros somos clientes y nos deben una atención adecuada. Pero de qué nos vamos a extrañar si esto no es más que otro de los muchos casos de flagrante abandono y desprecio del mundo rural. Y los que nos representan tan tranquilos y callados.
¡Cómo si todo funcionase de maravilla!

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LA BOLLA

Hoy, primer lunes tras la Semana Santa, todavía flota en el ambiente de las casas del Suroccidente astur el olor dulce de la masa de las bollas o rosquillas de Pascua.
En Asturias, en Pascua, es costumbre que los padrinos regalen a los ahijados “la bolla” que puede ser cualquier presente: ropa, dinero… La tradición manda que se les dé hasta que se casan. A partir de este momento, los padrinos quedan libres del compromiso. El hecho de que a este regalo se le llame bolla vienen de que, tradicionalmente, se regalaba una bolla de pan dulce. Se trata de un pan amasado con leche, harina, huevos, mantequilla y azúcar. En las casas campesinas se hacía una buena hornada de bollas ya que era costumbre regalarlos, no solo a ahijados, sino a familia, vecinos y amigos.
El amasado de los bollos dulces constituía una gran preocupación para la mujer de la casa que se jugaba mucho en ello. En primer lugar por el coste económico que suponía. Se gastaba la manteca acumulada durante una larga temporada. Lo mismo ocurría con los huevos, que se quitaban de otros usos para juntarlos para estas fechas. Además se usaba una buena cantidad de leche y, sobre todo, de azúcar, que había que comprar y suponía un desembolso que alteraba las precarias economías domésticas. Así que, ese día, el ama de casa quedaba liberada de cualquier otra tarea para dedicar todo su esfuerzo y concentración en la elaboración de las bollas, rosquillas o pan sobao –que era otra de las denominaciones que se le daban-. Pero, aunque las mujeres campesinas estaban acostumbradas a amasar y cocer su propio pan aproximadamente cada quince días, este era más complicado por la dificultad de los ingredientes. Era necesaria mucha pericia para que quedara en su justo punto, esponjado, y también en el grado exacto de cocción. Si la que lo elaboraba se descuidaba un segundo, “lo llevaba el forno”, es decir, se pasaba de cocido o incluso se quemaba un poco por fuera. Eso sí, si la fornada salía bien, era motivo de orgullo porque, con la costumbre de intercambiar las bollas, en cada casa se juntaban unas cuantas distintas y era habitual establecer juicios sobre cuál era la mejor. Era bien conocido, en cada zona y en cada valle, quienes eran las mejores amasadoras de pan de la Pascua.
Aunque hoy hay unas cuantas panaderías que los comercializan, todavía muchas mujeres en los pueblos conservan esta tradición dulce, entrañable y amistosa. Un detalle más de nuestra rica y variada cultura tradicional que ojalá nunca se pierda.

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BENDICIONES MÚLTIPLES

La fiesta cristiana del Domingo de Ramos gozaba, en estos pueblo del Suroccidente, de una trascendencia especial. Esa mezcla de religiosidad y superstición que caracteriza nuestra cultura campesina tenía, en estas fechas, uno de sus máximos exponentes con la bendición de los ramos, el agua y el pan y su utilización como ahuyentadores de males y protectores de la casa campesina.
Se comenzaba con la bendición de los ramos. Acudía la gente de los pueblos a la iglesia o capilla respectiva cargada con buenos manojos de laurel florido. Era necesaria una gran cantidad de ellos pues luego había que repartirlos por toda la casería. Para los niños se preparaba un ramo especial adornado con cintas de colores y caramelos, rosquillas –de aquellas que se vendían por las ferias- o cualquier otra golosina, cosidos a las hojas. Se remataba con una naranja clavada en la picota. El orgullo y la alegría con que aquellos niños de antaño portaban este ramo cargado de golosinas que luego, una vez celebrada la misa y bendecido por el cura, se comerían, es difícil de explicar desde la perspectiva de la época actual. Pero había otro motivo que hacía del día ramos una fecha realmente especial: la costumbre de estrenar ropa. En unos tiempos en los que lucir vestido nuevo no era algo frecuente, se esperaba esa fecha con verdadera ilusión. La responsabilidad de que los miembros de la familia lucieran impecables, especialmente los niños y las jóvenes, recaía -una vez más- en la mujer de la casa, que se daba buenas sesiones de costura para cumplir con la tradición. No quedaba más remedio, si no quería aparecer a ojos de la vecindad como una inútil. Ya lo dejaba bien claro el refrán: “La que nun estrena en ramos/ ye que nun tien manos”.
Pero las bendiciones no se acababan aquí. Durante la semana santa, el jueves, conocido como día de las tinieblas, además de tocar carracas y dar palos en el suelo de la iglesia, se bendecía el agua. Iban los parroquianos con recipientes llenos, se echaba en la pila y el cura la consagraba. Luego se recogía y se guardaba en casa. Con ella mojaban ramas de laurel y las arrojaban en cada tierra recitando el siguiente conjuro : “Marchai sapos, ratos y toda la munición/ qu´ehí vos vei l´agua bendita y el ramu de la pasión”. También se bendecían todos los animales, cuadras, hórreos, aperos de labranza y, por supuesto, la vivienda familiar.
Finalmente, el sábado, le tocaba el turno al pan. De nuevo a la iglesia con las fogazas a bendecir. Después, comía un trozo cada miembro de la familia y se daba también uno a cada uno de los animales domésticos.
Así quedaba todo santificado y protegido de enfermedades, accidentes, plagas, o cualquier contratiempo. En la casa campesina tradicional, personas, animales y propiedades formaban una unidad indisoluble y de todo ello se cuidaba con celo y diligencia. Y si la protección venía de las altas instancias divinas, mejor que mejor.

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¿QUÉ ESTAMOS COMIENDO?

Recientemente ha saltado a la prensa un escándalo alimentario de esos que ponen la piel de gallina a cualquier consumidor medianamente precavido. Brasil, el mayor exportador de carne de vacuno del mundo, estaba vendiendo carne podrida. Sí, así como suena, carne podrida. El proceso era el siguiente: esa carne en mal estado se lavaba con detergentes y luego se “maquillaba” con diversos productos, muchos de ellos reconocidos cancerígenos. Y a punto para consumir. Los destinatarios: la Unión Europea y Asia, principalmente. Pero no crean que el tal fraude fue cosa de un día; se venía haciendo desde hace dos años por lo menos.
Son cosas de la globalización. En Asturias tenemos una carne excelente, de una raza óptima de vacas, criadas en los ricos pastos de nuestras montañas y sometidas a continuos controles de calidad. Sin embargo, a menudo, nuestros ganaderos encuentran dificultades para vender las reses. El mercado está saturado de esas otras carnes importadas de lugares tan lejanos que no hace falta que estén podridas para que su calidad sea dudosa. Un producto fresco que atraviesa medio mundo antes de llegar a nuestra mesa nunca puede tener la calidad de uno que viene de apenas unos pocos kilómetros. Sin contar el impacto ambiental que todo ello supone. Pero no es solo una cuestión de lejanía. Las leyes, en esto, como en tantas otras cosas, rayan el absurdo. A las ganaderías de aquí se les exigen altos parámetros de calidad y, como ya dije, el control es riguroso. Sin embargo no hay ningún problema en permitir la venta de carne de lugares en los que no existen ninguno de esos controles y exigencias. ¿Tiene algo de sentido todo esto?
Eso sí, mientras tanto, nos pasamos el día anunciando a bombo y platillo que vamos a implementar medidas para proteger el mundo rural, evitar la despoblación y no sé cuántas cosas más. Y creamos organismos para ello. Pero todo en abstracto, porque atajar los problemas concretos no es costumbre por estos lares. Pues nada. Abandonemos todo lo nuestro –ya queda bien poco- y comamos esos “maravillosos” productos importados que tan bien nos saben. ¡Que aproveche!

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SEMENTERA

Amanece un día espléndido de primavera y, por estas aldeas del Suroccidente astur, nos preparamos para una de las tareas más importantes del año: la siembra de las patatas. Es sabido que la patata ocupa un lugar primordial en la casa campesina y una buena cosecha es siempre un motivo de alegría y orgullo. Es alimento principal en nuestra mesa, de hecho es uno de los ingredientes del plato mas típico de esta zona: el pote. La patata en Asturias se come a diario en variadas recetas y acompaña siempre a cualquier plato de carne o de pescado. Pero es usada además para la alimentación de los animales, especialmente de los cerdos. También la comen las gallinas y, en ocasiones, se daba a las vacas.
Así que lo primero es preparar la semilla. Las patatas del año anterior, “gal.lizadas”, es decir con yemas o brotes, se parten en dos o tres trozos. Cada uno de ellos dará lugar a una nueva planta. Después, a abonar bien la tierra. Ya lo dice el refrán: “Dios ya´l cuitu pueden muitu/pero sobre todo, el cuitu”. La siembra es un trabajo complejo, como todos los del campo, y se requiere de varias personas. Es necesario arar la tierra -l.labrar-, lo que, tradicionalmente, se hacía con l.labiegu romano movido por tracción animal -una pareja de vacas o un caballo, asno o mulo-. La labor de l.labrar corresponde normalmente al cabeza de familia. Otra persona tiene que dirigir los animales – “andar delantre las vacas”-. Se necesita también alguien que meta el cuitu en el riego y, finalmente, la persona que siembra, labor que suele realizar la mujer de la casa. Con gran cuidado de que no vayan ni muy juntas ni muy separadas, concentrada, atenta, digna y muy convencida de que le va en ello el bienestar de su familia, deposita en el surco las semillas. Después, a comer o merendar –según la hora- y celebrar la alegría de la siembra. La conversación de esos días, en los encuentros con los vecinos, siempre será “si las patatas llevaron, o no, buena sementera”.
Posteriormente vendrán los sucesivos trabajos. Primero, acachar, unos quince días después. Se deshacen los terrones que quedaron y se deja la tierra bien lisa. Entre tres semanas y un mes, aproximadamente, dependiendo del tiempo que haga, nacerán las plantas. Ahí ya se ve si estaban bien sembradas. Cuando estas están a media altura, hay que sal.lar. Se trata de remover la tierra y arrimarla al tallo, así como de arrancar las malas hierbas. El último trabajo es arriandar, que consiste en remover ligeramente la tierra. Y, finalmente, a principios de septiembre, se recolecta el fruto.
Esta tarea es de las que todavía se mantienen muy vivas en nuestros pueblos. Hoy es posible comprarlas a precios muy asequibles, pero la calidad es bien distinta. Sin contar con la satisfacción de la cosecha, esa emoción ancestral de sembrar, ver crecer y recolectar nuestros alimentos. Mientras podamos y no nos llegue la famosa polilla guatemalteca o cualquier otra plaga bíblica de esas que pululan por este nuestro mundo globalizado.

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MALA LECHE

Hay un proyecto, ya muy avanzado, para construir en Soria la mayor granja lechera de todo Europa. Se trataría de un auténtico monstruo lácteo con 20.000 vacas y unas cifras de mantenimiento que ponen la piel de gallina a cualquiera que tenga una mínima sensibilidad medioambiental: un gasto de cuatro millones de litros de agua al día y 368.000 toneladas de excrementos generados, como una ciudad de cuatro millones de habitantes.
Pero tiene más costes que los ambientales este macroproyecto. Los promotores venden a bombo y platillo la idea de que van a crear 250 puestos de trabajo. Pero, si se crean estos y se destruyen tres veces más, poca ventaja va a traer. Porque inventos de este tipo son la puntilla que va a acabar definitivamente con el campo español. Una explotación así supone el cierre de muchas empresas familiares de leche que no van a poder resistir esta competencia desleal.
Dice Paul Samuelson, un prestigioso economista estadounidense, que el mercado no tiene corazón. A esta frase algunos añaden la coletilla “y los gobiernos no tienen cabeza”. Pues nunca mejor dicho. Porque lo que está fuera de duda es que unas pocas explotaciones de este tipo, lácteas o de carne -que ya hay planes para ellas, sin ir mas lejos aquí en Asturias- y de nuestro sufrido mundo rural no va a quedar nada. Desaparecerá de la faz de la tierra como desapareció el Macondo de García Márquez, pero con la diferencia de que el nuestro está poblado de seres reales que sienten y padecen.
Por una parte, nuestros gobernantes desde hace una temporada nos están vendiendo la moto de la preocupación de la despoblación rural con comisionados, reuniones, proyectos… y, por otra, permiten este tipo de explotaciones más propias de lugares como China o EE.UU. que van a acabar con lo poco que queda de nuestros pueblos. Decimos una cosa y hacemos justo la contraria. De esquizofrenia total.
Anda un sector amplio de la población muy preocupado por la supervivencia del lobo y el oso. Pues yo creo que estas dos especies, afortunadamente, no tienen ningún peligro de extinción. Pero sí lo tienen los pequeños ganaderos de los pueblos que mucho me temo que no lleguen a la mitad del siglo en curso. ¿No se los podrá declarar especie protegida y dedicar grandes recursos a su supervivencia? A lo mejor es la solución para ellos. Quizá dentro de unos años, los promotores de turismo organicen actividades de avistamiento de ganaderos y poder fotografiar a uno de ellos sea todo un triunfo. ¡Cosas veremos!

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Sobre el autor Pilar Arnaldo
Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional