El Comercio
img
Violencia en los colegios: son nuestros cachorros
img
Lilián Suárez | 13-10-2016 | 08:50

Siempre que en un colegio ocurre un suceso tan desgarrador como el de la semana pasada en Mallorca –una niña de 8 años fue brutalmente pateada por un grupo de escolares de entre 12 y 14 – saltan todas las alarmas . Es natural.

Cuando un hecho de este tipo llega a la prensa, se convierte al instante en mediático y todo el mundo habla de ello porque nos golpea , nos revuelve las tripas y nos conmociona -tengamos hijos o no-.
En este contexto, “ en caliente”, a mi me resulta enormemente difícil escribir y no suelo hacerlo por múltiples motivos: Pienso en el dolor de los padres, en que hay menores que merecen ser protegidos, en que aún no conocemos todos los detalles del caso y podríamos faltar al rigor, en no parecer irrespetuosa u oportunista…

Hoy, como mediadora, no puedo ni debo dejar de intervenir en el debate público que está teniendo lugar con motivo de lo sucedido. Desde el ámbito de la Mediación , como desde ningún otro, tenemos la responsabilidad social de ayudar a entender el conflicto, a evitar su cronificación y a extraer del mismo un aprendizaje que sirva para no cometer los mismos errores en el futuro. Al fin y al cabo esa es la esencia de nuestro trabajo como mediadores.

Es innato y profundamente humano que nos sintamos espeluznados ante la barbarie , la injusticia y la sinrazón de hechos como este, que nos erijamos inmediatamente en jueces de lo sucedido, que busquemos responsables y que salten a nuestra cabeza y broten de nuestras bocas veredictos y medidas drásticas que habría que tomar para que esto no se repita –porque nadie quiere que esto pase-.
Bien, pues en ese proceder, tan innato como natural, estamos empleando los mismos mecanismos mentales-instintivos que en un momento dado llevan a un grupo de niños a patear, brutalmente, a una compañera que les quitó un balón.
El mecanismo es muy básico: veo un problema y automáticamente busco una rápida solución. No me paro a analizar las raíces del conflicto. No mido. No tengo en cuenta las consecuencias que puede acarrear. No empatizo con el dolor ni con las emociones del otro. Solo veo un problema y “zas”: lo soluciono en el acto.
Eso fue lo que hicieron esos niños. Esos niños que ahora mismo a todos nos horrorizan y a quienes juzgamos- a ellos, a sus padres, a sus profesores-.
Esos niños, son nuestros cachorros.
Lo que hicieron es terrible. Nos da miedo pensar que nuestra hija, que nuestro hijo, llegue un día a casa machacado a golpes, que sus compañeros de clase le hagan sufrir tanto que no quiera ir a la escuela, que deje de estudiar por culpa de unos matones-o matonas- de patio. Pero lo que nunca pensamos es que el matón, la acosadora, los bárbaros, pueden ser los nuestros: de alguna manera, todos son “nuestros”.
Mientras no abramos el prisma y abordemos el conflicto desde la raíz, mientras nos dediquemos a buscar culpables para todo, mientras simplifiquemos la realidad hablando de victimas y agresores, mientras nosotros sigamos igual, nuestros cachorros estarán en peligro.
Cuando en un colegio introducimos la mediación escolar , como método para resolver los conflictos, está demostrado que los casos de violencia y acoso disminuyen , tanto en intensidad como en número. Pero ese no es el fin de la mediación escolar. Esa es la consecuencia.
El descenso de las conductas violentas y la mejora de la convivencia con la mediación escolar , vienen dados porque a esos niños y niñas se les enseñó un método-la mediación- para resolver los conflictos que genera la convivencia, un método, que al igual que los que se enseñan para resolver problemas de matemáticas, tiene unas fases y unas reglas.
Esas reglas son básicas : “ No vale pegarse, no vale insultarse, todo el mundo puede hablar, ser escuchado y debe escuchar a los demás”.
Y esas fases son sencillas y ordenadas: Primero analizar, después estudiar -valorar y finalmente decidir.
Todo ello conducido con unas formas, que son el respeto a los demás, la empatía y la comunicación asertiva.
Así de fácil. No hay más secretos.
Ellos, “Nuestros cachorros” lo entienden enseguida.
Cuando les proveemos de estas herramientas las usan, se involucran, son los y las protagonistas absolutos de esa convivencia pacífica y los encargados de velar en todo momento por éxito del proyecto, de manera que si en un momento dado, un profesor tiene que ausentarse del patio por una urgencia –como parece que ocurrió en este caso- y comienza ,por lo que sea, una pelea –algo por desgracia inevitable entre “cachorros”- , lo que es improbable que pase es que llegue a extremos como este, porque todos y todas saben MEDIAR en el conflicto. Porque saben ponerse en el lugar del otro. Porque firmaron libre y voluntariamente un compromiso contra todo tipo de violencia y cualquier clase de discriminación.
Aprendamos de nuestros “cachorros mediadores”. Pongámonos también en el lugar del otro y antes de juzgar con severidad y sin analizar las causas , estudiemos en profundidad el conflicto que subyace, para que ningún niño o niña más acabe en un hospital por una paliza , para que ningún niño o niña quiera resolver sus conflictos con la violencia…Para que ningún padre ni ninguna madre tengan que sufrir el dolor de ver a sus hijos convertidos en víctimas o en victimarios.