La semana pasada, en el metro, pude leer un panfleto que decía que Chile era el segundo país de Hispanoamérica que menos invertía en educación, después de Perú. Lo curioso es que los chilenos se consideran un país muy avanzado.
En la televisión de España veo todos los días a un montón de gente levantando la voz en contra del poder de los mercados y de la situación actual. A pesar de todo lo malo que pueda haber en España somos mejores de lo que pensamos (o menos malos, según se mire). Somos autocríticos, a veces hasta demasiado. Se ha superado un estado de letargo y de conformismo. Veremos en qué acaba todo.
Estando lejos de casa aprendes a valorar más lo propio, o comparándolo con otros países que supuestamente están creciendo, te das cuenta que somos más cívicos de lo que se puede pensar, a pesar de nuestro carácter latino, insolidario y todos los adjetivos que queramos añadir, la mayoría de ellos bien merecidos.
La democracia más antigua de Sudamérica, se merecía algo más que la sociedad aletargada y clasista en la que ha derivado. Es una especie de Norteamérica pero estructurada en castas. Un país que no invierte en educación, ni tampoco en sanidad no puede evolucionar más que hacia la diferencia, cada vez mayor, entre ricos y pobres. Los sindicatos están sobornados a base de privilegios vacíos. Unas leyes que premian al que defrauda a pequeña escala, hasta llegar al absurdo más increíble. Eso sí, siempre y cuando no se enfrenten a la clase dirigente, que tiene muy bien atado y controlado el sistema.
Chile, ha sabido venderse al mundo como un país “europeizado”, pero más bien es un país al estilo USA, con cierto aire lejano a Europa y con las diferencias de clase propias de Hispanoamérica. Tampoco es un sitio tan visitado como para que desde Europa se tenga una imagen real.
Me cuesta imaginar un movimiento como 15M aquí. En el fondo la situación es mucho peor que en España para la mayor parte de la población, pero la gente no sé da cuenta. Quizás porque la mayoría no han viajado mucho, porque en la atmósfera hay un nacionalismo enorme que no les deja ver más allá o porque vienen de una situación que era peor aún.
Quiero creer que en España todavía hay margen para encontrar una solución. Por lo menos somos autocríticos. Debemos continuar presionando a nuestros políticos y no permitir que vuelva el letargo.

