La investigación que la revista “Science” acaba de publicar acerca de las nuevas dataciones de pinturas parietales en once yacimientos de Asturias y Cantabria pone sobre la mesa evidencias de que los rasgos trazados en las cuevas del Cantábrico son, ni más ni menos, las representaciones artísticas más antiguas conocidas hasta el momento. El trabajo, que demuestra una antiguedad diez mil años anterior a lo supuesto para determinados pigmentos, ha sido llevado a cabo mediante un método innovador, el del análisis del uranio torio sobre depósitos de calcita extraidos junto a las pinturas, que soluciona algunas deficiencias de la espectrometría de masas sobre el carbono-14, limitado a las figuras en carbón vegetal.
El estudio ha establecido para una forma circular de El Castillo, en la localidad cántabra de Puente Viesgo, una edad mínima de 40.800 años, y para el negativo de una mano en la misma gruta, 37.300 años. El antropomorfo de Tito Bustillo, una de las pocas formas humanas del paleolítico cantábrico, llevaría entre 29.600 y 35.500 años sobre la estalactita translúcida de la cueva riosellana, y tendría el mérito de ser la representación figurativa y supuestamente humana más antigua que se conoce. Otras pinturas de Les Pedroses, en el mismo macizo de Ardines, y de la propia Altamira, también han sido sometidas al análisis.
El descubrimiento es fundamental para establecer una cronología más precisa del arte primitivo y, por tanto, profundizar en el conocimiento de los primeros humanos, y tratar así de desentrañar algunos de los misterios que les rodean. Como es habitual, cada nueva certeza amplía el campo de los desconocimientos, y en esta ocasión surge la duda acerca de si el autor fue de nuestra especie, el homo sapiens, o pudo participar el neandertal, a quien hasta ahora no se le atribuían habilidades para hacerlo y se creyó anterior a las pinturas y grabados paleolíticos.
A medida de que nuevos estudios sean desarrollados, comprobaremos si, como estableció Henry Breuil, es posible plantear una cronología de los motivos pictóricos en función de su forma y complejidad, o la evolución y el uso de unas u otras técnicas responde a otros estímulos. Fuera cual fuese el motivo que llevó a nuestros antepasados a elegir determinadas paredes y oquedades para plasmar sus signos y figuras, y a seguir haciéndolo a lo largo de miles de años, de lo que hay pocas dudas es de que se trata de representaciones artísticas que, como las grandes creaciones, sumergen al espectador que las contempla en un universo de significaciones que va más allá de lo que en principio representan.
El panel dominado por la gran cabeza de caballo de Tito Bustillo, el Camarín de la cueva de Candamo, o el gran mural de El Pindal y su cierva roja, son algunas de las obras maestras del arte primitivo, parte de esa veintena de yacimientos que hacen de Asturias una de las regiones del mundo en las que -aunque sin la magnificencia de conjuntos como los de Altamira y Lascaux – más riqueza y variedad encontramos. Un tesoro no en vano declarado desde 2008 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco que no siempre es valorado como merece. A las dificultades para visitar algunas cuevas, que no se encuentran habilitadas pese a que hay quien acude a Asturias para conocerlas, se unen, como asegura el director de Investigación de Tito Bustillo, Rodrigo de Balbín, graves carencias en los estudios acerca de la mayoría de ellas. El descubrimiento de que las primeras manifestaciones artísticas de la humanidad, hace cuarenta mil años, están aquí cerca es un motivo suficiente para tratar de enmendar estos olvidos.
El comentario del director
Por Íñigo Noriega
Los albores del arte
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