Se cumple estos días, en coincidencia con los Juegos Olímpicos de Londres, el vigésimo aniversario de Barcelona 92, efemérides que ha llevado a rememorar aquellos días y el papel de nuestros deportistas en ellos. España vivió un auténtico sueño colectivo en el que los resultados se acumularon como hasta entonces nunca había ocurrido en la historia de la competición de alto nivel, con excepciones individuales. La adecuada planificación llevó a España al sexto puesto del medallero, con 22 trofeos, 13 de ellos de oro, y una treintena de diplomas olímpicos que daban fe del alto nivel al que habían accedido nuestros atletas. Asturias tuvo una destacadísima participación, con los oros de Abelardo, Luis Enrique y Manjarín, en la Selección Olímpica de Fútbol, de los arqueros Alfonso Menéndez y Vázquez Megido y de la jugadora de hockey Masángeles. El impulso que el deporte español vivió fue fruto del trabajo llevado a cabo desde años antes e incentivado por la celebración de los juegos en territorio nacional, con la disposición de los medios necesarios para lograrlo.
El éxito deportivo se sumó a las magníficas instalaciones con las que fue dotada Barcelona y a la no menos destacada organización de todos los pormenores del acontecimiento. La ceremonia inaugural, revolucionaria y magnífica, de la que la del viernes de Londres es en parte deudora, fue un ejemplo del logro común que asombró a los visitantes, impulsó a la ciudad condal al grupo de las grandes urbes del mundo y llenó de orgullo a los españoles, quienes al conseguir la apreciación foránea reconocimos nuestra propia capacidad.
No fueron años exentos de problemas –la actividad humana avanza a través de crisis y conflictos y ninguna época de bonanza carece de sus sombras– y tras superar la virulentísima recesión de los primeros noventa, que afectó de manera especial a Asturias y disparó el desempleo en la región, la senda de crecimiento iniciada por España en los ochenta continuó a lo largo de la década hasta situarnos entre las potencias mundiales.
Las infraestructuras construidas fueron un reflejo de la proliferación con la que España ha ido dotándose de ellas. Tanto que todas las regiones aspiraron a cuadricular su territorio de autovías y a beneficiarse de la alta velocidad ferroviaria que el mismo 1992 unió Madrid y Sevilla con motivo de la Exposición Universal.
Toda esta sabida historia reciente puede llegar a parecer lejana e irreal en estos momentos de zozobra económica y de desestima generalizada. Las infraestructuras y los servicios con los que hemos ido dotándonos, han sido sufragados en parte con deuda que ahora se dispara por la subida del coste y el descenso de los ingresos con los que hacerle frente. Pero todo ello no significa que España sea menos capaz que hace veinte años, o que el modelo social requiera ser demolido hasta sus cimientos.
Probablemente sí sea precisa una reflexión profunda y sensata sobre lo que es esencial en nuestra organización de las cosas públicas, una revisión a fondo de las prioridades comunes y la aceptación de determinadas limitaciones. Sería clave que como hace dos décadas, ese proceso fuera planteado como una responsabilidad compartida, con la controversia que sea necesaria y con las obligadas cesiones por todas las partes.

