El Comercio
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Quattrocento: Tres
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administrador | 02-04-2007 | 23:27


Ya hay portada (sí, el “ya” es fina ironía), de mi Quattrocento, lo que quiere decir que pronto estará listo (sí, el “pronto” es un adverbio), lo que quiere decir también que después de tardar bastante más de lo deseado (casi tanto como los otomanos en espantar a los sabios bizantinos), acabé de dibujar toditas las páginas del proyecto. Costó, sí, no habré de negarlo, pero ha sido un largo y tortuoso placer. Y lo he dicho en el mejor de los sentidos.
Además de la portada adjunto una página de la última historia que me quedaba por enseñar, el relato de misterio protagonizado por dos hermanas particularmente parecidas. El pez que aparece circunstancialmente en la viñeta grande no es Gill (buscar la referencia), es un primo que conoció en la quinta boda de una anguila promiscua.

Si todo sigue su curso más o menos en junio saldrá a la venta el interfecto, vendrá llenito de dibujos por las dos caras, tendrá bocadillos de sobra, onomatopeyas a raudales, diálogos a cascoporro y hasta líneas rectas hechas sin regla. Y cuatro sencillas historias de andar por casa. No se apuren, que en la fecha exacta de publicación les aviso otra vez.
Espero les guste.



Sobre el autor Daniel Castaño
Por si a alguien le importa lo bastante como para reclamar, aquí presento las señas: Daniel Castaño, ilustrador, dibujante de cómics, humorista gráfico, farolero y ñoño practicante. Nací en el sur, allá abajo de casi todo, en un lugar tan chico como bien lindo al oriente de su homónimo cauteloso. Asturiano por parte de mi padre Aniceto y gallego de mi madre Amalia, adoptado por la tierrina hace tanto que ni me acuerdo. Estudié en la Escuela de Arte de Oviedo, y trabajé algunas veces aquí, en El Comercio, y algunas veces allá, en Gráficos y otros sitios perecederos. Ahora tengo treinta y unos cuantos, aunque me gusta aparentar que no me importa aparentar bastante menos de lo que me gustaría. En realidad allá por los 16 encontre mi cima, creo. Con eso y con todo me paso la vida dibujando. De chico pensaba que para cuando tuviera edad de merecer, podría ver los frutos de mi inversión en tanto tiempo perdido entre dibujos. Perdido, que no añorado. Cuando llegue a esa edad, se lo cuento.