“El tiempo pasa inexorablemente”…No recordaba de dónde había salido esta frase. Ni siquiera sabía si la había leído o escuchado en alguna parte pero más que una frase para él era una sentencia. Una condena a muerte impuesta por el destino en el momento de su nacimiento. Una condena de la que todos somos partícipes, que nos afecta a todos, y que sólo los aquejados de sensibilidad crónica son capaces de percibir y sufrir día tras día. Él era una de esas personas, un sensible, un blando. Uno de esos que nunca quisieron ir a la “mili” para no convertirse en “hombres”. Uno de esos que tuvo que irse, desaparecer, diluir su controvertida naturaleza en el anonimato de la gran ciudad para no sentirse juzgado por una sociedad hipócrita, retrógrada y aún sumergida en los restos de un fascismo que se había lavado la cara con el jabón del populismo.

