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MI MADRE, UNA MARAVILLOSA OCTOGENARIA
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Cristina Tuero | 09-06-2016 | 21:14

La protagonista de hoy en mi blog es mi madre. Bien se lo merece. Hoy cumple 80 años. Ahí es nada. Ochenta años de trabajo ininterrumpido, ochenta años de entrega, de sacrificio, de sufrimiento y, por supuesto, ochenta años de felicidad. Mi madre ha sido más una madre de las de ahora que de las de antes, una madre que siempre ha estado en su trabajo, que nunca ha podido compatibilizar vida profesional y familiar, y que, como lo que nos pasa a las de ahora, ha disfrutado poco de sus hijos. Mucho menos de lo que le hubiera gustado.

Lo que mi madre tiene de las mujeres de antes es que es una mujer dura. Nunca la habrás oído ensalzar a sus hijos, nunca le habrás sacado una palabra cariñosa en un momento intrascendente, pero no porque no nos quiera, sino porque el carácter de las mujeres de antes era de otra pasta. Pero mi madre, es mi madre. Merce nació en Quintes, como mi padre y desde bien pequeña supo lo que era tener que ganarse los cuartos. Era la mayor de tres hermanos, con una gran responsabilidad en una familia de aquellas épocas: donde el hombre manda y la mujer obedece. Mi abuela la educó así. Mi madre trabajó cosiendo en casa hasta que se casó con mi padre allá por el año 57. Pudo entrar después a trabajar en un taller de confección donde estuvo unos pocos años y donde aprendió mucho. Yo recuerdo los vestidos que me hacía. Y las chaquetas que me tejía. Para mí era como ir vestida de cualquier diseñador de moda de los de ahora. Pero mucho mejor, porque era de mi madre.

Pero la economía familiar, con el sueldo de mi padre no daba, así que decidió abrir una tienda de ultramarinos en El Coto en noviembre de 1966. Para esa fecha ya había sufrido la pérdida de su primera hija con cuatro añinos. Un capítulo muy duro en su vida que recuerda de vez en cuando con algún “la primera MariCruz decía…”. En la fecha de apertura mi hermana mayor tenía apenas nueve meses. Y durante 28 años mi madre se dedicó en cuerpo y alma a esa tienda. Era cuando se abría todos los días de la semana porque se vendía pan y leche los domingos. Era cuando tener un negocio era estar allí de sol a sol o no servía de nada. Así la conocí yo. Tras el mostrador de la tienda. Cargando cajas de fruta, sirviendo pan, cortando embutidos, recargando sifones, llevando pedidos a los clientes… Trabajando. Y mientras hacía eso, sus hijos crecíamos cerca de ella, pero casi sin ella. Porque íbamos a la tienda a ayudar para poder estar cerca, para poder sentir, incluso cuando nos reñía, que aquella era mi madre. ¡¡Y bien orgullosos que estábamos!!

Hoy mi madre se dedica a mi padre. Sigue siendo dura. Pero con las nietas reblandece. Les hace bizcochos de chocolate, las riñe porque comen poco, porque van poco abrigadas… bueno, realmente, nos sigue riñendo a los hijos porque considera que como madres y padres “no mirais para eses guajes”. Es mi madre. Y realmente cuando eres madre, sabes todo el amor que la tuya te ha podido dar. Cada una a su manera, pero te lo ha dado. Y como mi hija pequeña me dice a mí, para mí, mi madre es LA MEJOR MADRE DEL MUNDO. ¡¡Felices 80, mamá!!