El Comercio
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La séptima puerta
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Alejandro Carantoña | hace 16 horas| 0

Tenía el sanguinario Barbazul un castillo con siete puertas, que a la joven Judit le fue descubriendo de una en una. Escapa, le decía, vete, pero no te vayas: ella le preguntaba por qué lloraban las paredes, por qué estaba ensangrentado el inmenso tesoro, y por qué escondía un lago de lágrimas. Y qué necesidad tenía de un arsenal, de una cámara de torturas. Al cabo, tras la séptima puerta, el gigante Barbazul le mostró a Judit la verdad: la colección de mujeres que habían pasado por sus manos grandes, enfermas y mortales de necesidad.

Harvey Weinsten. (EFE)

Harvey Weinsten. (EFE)

En las últimas dos semanas, ha salido a la luz algo que todo el mundo sabía: que el productor Harvey Weinstein, uno de los hombres más poderosos de Hollywood, lleva al menos treinta años abusando, de muchos modos y en muy diversos grados, de actrices, colegas y subordinadas. Nadie había dicho nada —especialmente, los medios—, pero era al parecer conocido que la séptima puerta de Weinstein es multitudinaria y aterradora: ahora, que se ha abierto, tiemblan los cimientos de muchas cosas. Quizás de los mismísimos Estados Unidos.

La comparación con el gigante Barbazul no es casual. Así, como un hombre tremendo y apabullante lo han descrito muchas de sus víctimas, como la actriz Asia Argento. Cuentan que al trauma lo siguió la culpa, por haberse «rendido» en un momento dado a la potencia, al poder y a la abyección del monstruo: hay historias terroríficas que quien tenga estómago puede encontrar en el New York Times del 5 de octubre y en el New Yorker del día 10, los dos artículos que han destapado la caja de los truenos.

Cuenta el propio New Yorker que hacía años que querían publicar la historia, pero que nunca habían podido por la falta de testimonios de gente que estuviera dispuesta a dar la batalla abiertamente: tirarse a la piscina contra Weinstein apoyándose solo en fuentes anónimas era suicida. Ahora, como en un efecto dominó, se ha acabado el silencio y se han quebrado las complicidades, y todo Hollywood (y todo el mundo) se ha visto empujado a tomar postura.

Ahora bien, se queda muy corta la explicación de que este silencio era posible por el poder que tenía Weinstein —del mismo modo en que es demasiado rastrero preguntarse por qué las actrices no lo habían denunciado antes—: hay, consideraciones criminales aparte, una constatación terrible de lo que es normal, aceptable o necesario en el ámbito profesional (pero sobre todo en el artístico).

Esta es la cara oscura, turbia a más no poder, de un sector (el cultural, artístico y de entretenimiento) que se enorgullece de su secretismo bien entendido, que celebra que el público no vea las entretelas. El problema es que es justo ahí donde depredadores y villanos como Harvey Weinstein encuentran refugio, acomodo e incluso apoyo.

El pacto de silencio trasciende la excepción —este caso es la prueba— y el mero machismo sistemático —esto roza la psicopatía—: se instala, más bien, en el fascinante pero temible mundo de la máscara, y atañe a la verdad bajo la superficie de las cosas. La máscara, la mentira, el embuste tienen una cara amable y positiva; pero tienen una, negra y sangrienta, que solo se da cuando no se habla lo suficiente, no se escucha (o no se quiere escuchar) y cuando todo falla, cuando el mundo se vuelve un lugar salvaje y descontrolado.
Lo más aterrador de Barbazul no es el personaje en sí, su incapacidad patológica para cambiar: es que su presencia opaca a la de Judit, que termina, por supuesto, perdida tras la séptima puerta.

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Unos premios atípicos
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Alejandro Carantoña | hace 16 horas| 0

La próxima vez que veamos al Rey hablar, salvo desgracia, imprevisto o cataclismo, va a ser en un escenario, el del Teatro Campoamor. Será lo inmediatamente siguiente a su comparecencia de la semana pasada, dedo enhiesto de reproche y rabia, y por tanto será la primera vez que Felipe VI oficie como entregador de premios en mitad de un huracán.

Quizás alguien hubiera previsto que, como es habitual, los Premios fuesen a efectos políticos una suerte de megacóctel, un cordial y solemne encuentro anual en el que llevarse bien, saludarse, y preguntar qué tal va todo: quizás lo esperable era que en el desfile del jueves pasado el asunto catalán ya hubiese escampado, y que en la fiesta de Oviedo de esta semana pudiesen felicitarse de lo lejos que quedaba la crisis. No parece que vaya a ser así.

Si los Premios se han caracterizado por algo es por una placidez institucional a prueba de manifestaciones, por ejemplo: no hay crítica, crisis o pitada a las puertas del teatro capaz de quebrar la serenidad de la Fundación, para exasperación de sus detractores. Lo mismo ocurre con el Rey y con la Corona. Pero también es cierto que nunca se ha dado —ni siquiera en lo más álgido de la crisis económica— que hubiese una convulsión política e institucional como la presente, que sin duda hace imposible mirar para otro lado.

Esto, que no es inherentemente bueno o malo, sí conlleva que al menos el tradicional discurso del monarca en la ceremonia vaya a tener que tratar sobre el tema preferido de España estas semanas, y que habrá una cantidad extraordinaria de ojos puesta en sus alusiones y mensajes velados. Al mismo tiempo, se dará la circunstancia de que entre los premiados esté la Unión Europea, y de que Adam Zagajewski, un poeta con una o dos cosas que decir sobre el concepto de patria y de nación, recoja el galardón de las Letras.
Conque todo se va a convertir un semillero de titulares jugosos, pero en un contexto que se apetece cultural (y no político o institucional). Es una buena oportunidad, habida cuenta de la abundancia de actividades programadas, para que se abra un espacio de reflexión sobre tantas y tan variadas cosas como las que nos llevan preocupando un mes, si no más, y sobre todo lo que nos queda por delante: esta vez, no hay escapatoria, no hay corrección institucional ni balsa de aceite posible ante lo que sucede, y por lo tanto es de esperar que los Premios crezcan un poco más, que se empapen de actualidad y que, ora de manera excepcional, ora como inauguración de una nueva etapa, asuman un papel más destacado en el debate público.

El primer salto en este sentido se produjo hace pocos años, cuando la Fundación instauró la costumbre de preñar de actividades la región para que todo el mundo pudiese ver, tocar, escuchar a su premiado favorito, y así procurar sacudirse el elitismo. Ahora llega el siguiente, que es gestionar la condición de altavoz de los Premios, y no solo de la Corona, y dotarlos del empaque cultural, de la multiplicación de voces (incluso, o sobre todo, de las discrepantes), para que de Asturias pueda salir algo, un mensaje, una imagen, lo que sea. Algo definido y concreto, que seduzca y ayude a que el debate se mueva en alguna dirección y que esta ceremonia, que adorna la ciudad y entretiene a algunos, funcione también para resolver problemas y moderar las discusiones (y empujarlas, promoverlas). ¿No es eso para lo que sirve la cultura que premian?

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Hable el pueblo
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Alejandro Carantoña | 01-10-2017 | 08:33| 0

Tiene bastante guasa que esta semana alguien haya organizado una cacerolada a las puertas de Telecinco porque no les gusta que no les dejen seguir esta edición de Gran Hermano veinticuatro horas diarias, con un canal habilitado al efecto. Fue un fracaso, como se apuraron en contar los medios con la candidez suficiente como para enviar a algún juntaletras al lugar de los hechos, y que completaban sus crónicas con un intrigante «pero sigue el boicot en las redes sociales».

Esta expresión tiene mucha miga, porque invita a preguntarse qué cosa es un «boicot en las redes sociales». Se entiende que se trata de mucha gente escribiendo simultáneamente lo en desacuerdo que está con la dirección del programa mientras que lo ve. Por lo tanto a Paolo Vasile, capo de la cadena, le pueden echar encima tantos «boicots» como gusten mientras que ese pozo negro y sin fondo siga siendo tan rentable como hasta ahora.

Alguien en mi vecindario consume a diario, a un volumen suficiente como para que acompañe algunas jornadas de trabajo, una abundante ración de Telecinco por las tardes, de Sálvame y similares. Lo completa con un par de episodios de la telenovela de sobremesa y, si no hay recados por la mañana, con uno de esos informativos de cuatro horas que los presentadores locutan como si estuviese a punto de acabarse el mundo.

Todo, desde esos subproductos noticiosos matutinos (¡qué contentos se ponen cuando, cada tanto, tienen una noticia que dar!) hasta los rituales de Telecinco, esa berrea indescriptible, ha ido entablando una relación cada vez más gomosa, más amplia con lo que dice «la gente»: la prueba, en efecto, la tenemos en lo que ahora se conoce como «boicot», y en la ligereza con la que en televisión se dice haber pulsado la indignación, el entusiasmo o el sentir de cuarenta y siete millones de personas de un solo vistazo.

En el principio de los tiempos tenía incluso gracia aquella Lola Flores dirigiéndose a «toda España». Pero es que así era: se dirigía a la nación para pedir una peseta a cada ciudadano y así saldar sus deudas con el fisco, y nadie en todo el país se quedó sin verla.

Acuñada la expresión «toda España», empezó a cuajar y pasó a los programas del corazón, donde el famoso de turno dirigía su mensaje, de nuevo, a Península, Canarias y Baleares. De ahí saltó a la telerrealidad, donde acostumbran a cantarse las cuarenta para que se entere toda España. Y, por último, a este reciente invento que mezcla el periodismo, el espectáculo y la «comunicación»: discursos institucionales aparte, ya hay un buen montón de gente dirigiéndose a toda España en su rinconcito dominical, en su altar tertuliano, en su entrevista rutinaria.

Es probable que la deformación en cuanto a magnitudes llegase para quedarse en el 15M, cuando una plaza abarrotada bastó a los analistas más avezados para interpretar no ya a España, sino todo el momento entero de El Cairo a Manhattan: ahora, hasta aterrizar en este domingo, se ha librado una batalla sin cuartel por saber quién representa la voz de Cataluña, por explotar el clamor. Por supuesto que, según se nos cuenta, esta voz solo puede ser una, la voluntad de los catalanes es monolítica y mayoritaria (en un sentido u otro: he ahí la cuestión por dilucidar).

Ahora, han sido los líderes los que se han referido a España como «toda España» y a Cataluña como «toda Cataluña», como Lola Flores, como en la bazofia catódica, dándose codazos por ese grial que es el manojo entero de voluntades, la razón definitiva. Y mientras, el dueño de la cadena contempla crecer la audiencia: ahí se las den todas.

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No controles
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Alejandro Carantoña | 24-09-2017 | 18:36| 0

Era noviembre de 2010 y Borja Cobeaga había desembarcado en el Festival Internacional de Cine de Gijón con No controles, aquella almibarada y estupenda comedia romántica. Entonces no había Ocho apellidos vascos, el panorama era otro (más relajado) y Cobeaga, lo contó en la rueda de prensa final, tenía un proyecto que se temía nunca iba a poder hacer: se llamaba Fe de etarras.

El cartel de la discordia.\EFE

El cartel de la discordia.\EFE

Contaba Cobeaga que poco importaba cuántos espectadores llegase a acumular. En España, reflexionaba, nadie se atrevería a financiar un proyecto como ese por el revuelo que se montaría, y con los muertos de ETA aún demasiado recientes. Puso como ejemplo de la sinrazón española una película que se había estrenado en Reino Unido dos meses antes, Four Lions. Aquella joya se reía abiertamente del terrorismo y de la paranoia post 11 S y de los inmigrantes reconvertidos al islam radical por moda: son torpes, son decididos y no dan una. El final, con todo, es amargo y deja una reflexión valiosa. Es una película recomendable, valiente y, en efecto, impensable por estos lares.

Volviendo a Cobeaga: razonaba por tanto que nadie le iba a pagar su película. Ahora, siete años después, ha encontrado en el portal Netflix su mecenas esperado. Estos, lejos de arredrarse, lo han apostado todo a una campaña publicitaria que de momento solo consta de un cartel: el cántico «Yo soy español» tachado tres veces, en pleno centro de San Sebastián.

Cobeaga está en silencio; Netflix no ha tenido que hacer más: los unos, los otros y los de más allá se han ocupado de cebar la polémica sin más ayuda y, lo que es más gracioso, sin tener ni la más remota idea sobre el argumento o el enfoque de la película. Ha sido leer la palabra «etarras» y se acabó lo que se daba, la guerra total, la fiscalía.

Pues bien, en aquel encuentro, Cobeaga nos lo contó. Había un puñado de periodistas que, al término de la explicación, tenían serias dificultades para escribir recto en sus libretas de la risa: ‘Fe de etarras’ versaba, según él, sobre un comando de ETA destinado en Madrid que tiene que quedarse en un piso franco mientras que preparan un atentado, con tan mala fortuna que les toca en suerte la presidencia de turno de la comunidad de vecinos.

Es abono, con buen gusto y talento, para una comedia negra, negrísima, que a buen seguro no va a ensalzar nada —pregúntenle a los batasunos que aún quedan circulando por ahí la gracia que les hace esta sinopsis— y que a lo mejor incluso sirve para que los más jóvenes del lugar se enteren de lo que aquí ocurrió. A lo mejor ayuda a poner en su contexto las cosas, a reírse y aprender y, de paso, dejar de frivolizar. Veremos.

Harina de otro costal es la estrategia de comunicación de Netflix, que con una mezcla de chulería y desenfado (excesivo, a veces) se ha propuesto molestar, hurgar y suscitar enfados desaforados que ayuden a su expansión. Pero con eso Cobeaga no tiene nada que ver.

Hábil, tras haberse visto expuesto con un par de éxitos inopinados, ha preferido seguir callado hasta que el propio público pueda evaluar su trabajo. A lo mejor, hasta que a más de uno se le caiga la cara de vergüenza por la algarabía que está armando sin haber visto ni un tráiler, ni una escena, ni un tratamiento de guión, nada más que una lona sin importancia. Es mucho más interesante invertir tiempo en desentrañar por qué ha tardado, al menos, siete años en ver la luz. ¿Por qué? Y ¿por qué ahora?

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Dos Marías
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Alejandro Carantoña | 15-09-2017 | 16:52| 0

Ya hay suficiente gente que ha leído Berta Isla, la nueva novela de Javier Marías, como para saber que valía la pena comprarla y leerla. Yo lo hice el viernes, después de haber paseado por un extenso artículo, el enésimo quizás, que cargaba contra las posturas que el autor defiende en sus columnas dominicales, de lo más comentado y tumultuoso de los fines de semana.

Al emprender la lectura de Berta Isla, a las pocas páginas, ya se atisba una forma de escribir que poco o nada tiene que ver con los consabidos ritmos del columnismo. Ni siquiera se adivina mucha vocación de ir a explicarnos nada que no sea una historia, un relato.
No obstante, en la ronda de actos de promoción de este libro, Marías no solo no ha procurado hablar más de literatura que de actualidad, sino que ha entrado con todo a la batalla. Con naturalidad, sí, pero es posible que también con unas ganas traviesas de hurgar donde tanto molesta a algunos indignados profesionales.

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La novela tiene un aspecto fantástico, escarpado, arduo y bastante extenso. Pero transpira, desde el primer párrafo, literatura: y como bien señalaba un colega esta misma semana, es un error garrafal confundir las posturas del Marías columnista con las del Marías autor —que no deja de ser su auténtico oficio—. Calculaba este amigo que poca gente de la que le zurra por lo uno le leerá lo otro, y que eso es una lástima porque no deja de ser un escritor monumental. Que la ideología y la opinión lo aparten es, en efecto, una pena.

Sin embargo, en ese barrizal en el que se está convirtiendo la opinión se percibe cada vez más urgencia y menos cuidado: si bien a Marías se le supone altura literaria porque no tiene Internet —y se entiende que se distrae menos en tonterías— y porque tiene muchas tablas, a sus detractores más jóvenes y virulentos (sobre todo a la que me refiero, la del principio, la del artículo interminable) se les nota demasiado la falta de cuidado, de amor por la escritura y de mimo en los textos. Sin entrar a su fondo: no estamos hablando de trufar los artículos de erratas o de carecer de recursos expresivos; estamos hablando de no saber poner las comas en su sitio y de separar, sistemáticamente, sujeto de predicado.

Así se consuma la paradoja de que de un autor innegablemente bueno, como es Marías, se diga que ha escrito un artículo «malo» o «abominable» por su fondo, mientras que de aquellos que le responden sin ton ni son, pero con tino ideológico, se pueda decir que son «fantásticos» y «buenísimos».

Así va muriendo la literatura o la van matando, en la medida en que el rasero para consumir textos tiene cada vez menos que ver con su calidad y más con los postulados de quien esto o aquello firma. Buena parte de la culpa la tienen las prisas, pero no cabe duda de que también cargan con alguna responsabilidad los autores que, como Marías, andan metiéndose en camisas de once varas no sin criterio, pero sí en menoscabo de la pura literatura.

Hay otro amigo escritor, buenísimo, que hace tiempo decidió no dar su opinión si no era en sus novelas. Autocensura, dirá alguno; libertad, contesta él, para que nada le empañe la vista al lector: no tiene ninguna necesidad de hacer proselitismo, de cargar contra nadie, de imponer su visión del mundo. Solo tiene ganas de escribir lo mejor posible. Lo demás, ya está probado, es accesorio. Innecesario, incluso.

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Verano 2017
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Alejandro Carantoña | 10-09-2017 | 16:43| 0

De entre todo lo que está ocurriendo, un nombre y un título, el hilo que zurce todo lo bueno entre la tormenta: Carla Simón y su Verano 1993, que esta semana ha sido elegida como la película para representar a España en los Oscar. Es, aparte de una película extraordinaria (según dicen quienes la han visto), una colección de buenas noticias.

La primera cuenta de la ristra completa tiene que ver con Simón: para empezar, tiene 31 años. Es, a primera vista, la directora más joven en representar a España en los galardones de la Academia, y visto el apabullante palmarés que ya atesora la cinta (entre otros seis, tiene el Premio a la Mejor Ópera Prima de la Berlinale) se intuye que es más por méritos propios que por la reivindicación gratuita de viejas glorias o por tratarse de un fenómeno de moda. Su testimonio servirá, por tanto, para promocionar y animar a los nuevos talentos, especialmente en un mundo tan complicado y convulso como es el del cine español.

La segunda buena noticia es que ha servido para desenmascarar algunas vergüenzas: por ejemplo, que a pesar de todo ese palmarés fuese relativamente complicado verla (la distribuye la independiente Avalon). Ahora, por fortuna, las copias se van a multiplicar: en la cartelera asturiana figura como estreno este fin de semana. Quizás, del mismo modo en que con poca suerte boquearon los Cines Centro de Gijón sus últimos estertores, los programadores y distribuidores de gran consumo vean abierta la senda de lo diferente, que vuelvan a poner huevos en esa cesta y, esta vez, cuaje.

Otra buena nueva más, en la misma línea: el flamante director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Alejandro Díaz Castaño, ya supo ver antes de que saltase la primicia que Simón era una apuesta segura, y el certamen le dedicará un foco en la próxima edición de noviembre. Es un acierto pleno, por tanto, antes incluso de empezar: un saludo inmejorable.

Cuarta, y no menos importante: la película está rodada en catalán. Una vez más, se trata de una decisión genuina y sincera tanto de la directora como de la Academia del Cine que ahora la respalda: Verano 1993 cuenta una historia personal e íntima, engarzada directamente en la vida de su autora. Es decir, supone un retrato natural de un lugar natural contado con naturalidad. A lo mejor, una hermosa manera de recordar que se puede hacer cine en catalán sin que se acabe el mundo.

Todo esto, sin haberla visto, y por tanto sin entrar a valorar el contenido de la cinta. Tan solo lo que la rodea, las sensaciones que transmite y lo que supone para todo un país: el mismo día que se anunció la candidatura, el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo, anunciaba una bajada del IVA al cine del 21% al 10%, para jolgorio de los académicos que festejaban a Simón. Al poco, el Ministerio rectificó la noticia y señaló que se trataba más de un «deseo» que de un anuncio, y se acabó la alegría: el cine sigue siendo el único sector con el tipo impositivo más alto.

Por pedir, no estaría de más que Simón pasase el corte hasta Hollywood y que en un gesto de arrojo (que se antoja imposible) ganase un Oscar, y que con todo eso en la mano y en la mente, se abriese un debate serio y profundo y una celebración honda y sincera sobre las posibilidades que tiene nuestro cine.

Esto último ya forma parte de los anhelos evanescentes, casi del cuento de la lechera, pero ¿cómo no albergar esperanzas con tan buenas noticias juntas?

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La hormiga y el cañón
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Alejandro Carantoña | 04-09-2017 | 07:51| 0

Hace nueve días, un visitante grabó a una hormiga en la urna de la Dama de Elche, y Compromís no tardó ni una semana en exigir al Gobierno central, Senado mediante, que la devolviese a su lugar de origen. Esta desidia, decían, solo era otro síntoma de la «avaricia y desgana» del Ejecutivo, poco antes de que los conservadores del Museo Arqueológico Nacional recordasen al respetable que la efigie es de piedra caliza, tiene veintiséis siglos y una hormiga no supone una gran amenaza.

Esos mismos días de agosto, una expedición subacuática estaba consiguiendo un hallazgo de los que concitan orgullos y un sinfín de posados para la foto: habían pescado de una profundidad superior a un kilómetro dos cañones del Nuestra Señora de las Mercedes, el pecio hundido en algún lugar de la costa portuguesa. La nave, del siglo XVI, lleva dando que hablar desde hace una década, cuando fue encontrada en secreto por una empresa de cazatesoros estadounidense.

La dama de Elche, a salvo.

La dama de Elche, a salvo.

Estaba llegando el PP a la Moncloa, Wert a Cultura y los ministerios se acababan de refundir tras los años de zapaterismo, conque salvo algún que otro seguimiento exhaustivo y minoritario, pasó bastante desapercibido que el Ministerio estuviese litigando por recuperar la enorme cantidad de monedas que los cazatesoros se habían llevado a Miami.

Esto se logró en 2012. Quizás por los tintes militaristas de la hazaña, o porque tendemos a dar el patrimonio por sentado, o porque simultáneamente se estaba desenmarañando el surrealista robo del Códice Calixtino, la historia fue olvidada.

No obstante, cuando tres años después el robo de Santiago quedó visto para sentencia y aquel electricista fue condenado a diez años de cárcel, todas las miradas se volvieron hacia un hombre que se hizo tremendamente popular: no era el ladrón; era aquel señor de bigote blanco y chaleco reflectante que se hartó a conceder entrevistas tras entregarle el códice al deán de la catedral. Era Antonio Tenorio, el inspector jefe de la Brigada de Patrimonio de la Policía Nacional, que nos enseñó que teníamos semejante cosa. Y no solo eso, sino que en materia de patrimonio, trascendió, somos un país con tanto y tan abundante que tenemos una vastísima red de profesionales consagrada a él.

Todos ellos, igual que los que este mes van a emprender las obras en la Biblioteca Nacional de España o los que han resuelto el misterio de la hormiga en el aledaño Museo Arqueológico, no son políticos. Igual que tampoco lo son los responsables del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena que acaban de pescar esos tesoros; ni siquiera los moradores del Archivo de Indias de Sevilla que han permitido entender, documentar y localizar el pecio.

Todos ellos dependen de un Ministerio voluble y maltratado por los rigores presupuestarios, de uno que se apresura a sumar tantos y que, según cómo se lleve con el responsable de Hacienda de turno, logra más o menos recursos para ese ejército callado.

Es sorprendente que aún haya dudas sobre el valor de Estado y la estatura de toda esta gente, que sin solución de continuidad da la matraca por el románico o recupera bacons hurtados y a la venta en pleno rastro madrileño. Sea pues la pelea por el arte político, crítico y puntero, pero también el brindis por la profusión de tesoros y los esfuerzos denodados de quienes se mueven por pasión. A todos esos a los que no les vemos las caras muy a menudo y que son las auténticas hormigas: están en la base de todo lo que hoy, en Cultura, es posible.

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El distinto
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Alejandro Carantoña | 28-08-2017 | 12:26| 0

El En tiempos no muy remotos (hace un mes) esto hubiera sido un fanal de racismo, pero hoy es la celebración de la libertad. Se trata, por supuesto, de la inconmensurable competición desatada por ver quién se ríe más y mejor del yihadista que nos amenaza desde un vídeo, y que ha dado pie a todas las chanzas posibles.

La mayoría tienen bastante gracia. Pero la mayoría, también, se apoya en imitar un acento que en cualquier otro rincón del mundo hubiera supuesto mofa intolerable, y que sin embargo aquí, desenmarañando el terrorismo, goza de carta de la naturaleza.

Es extraordinariamente difícil asimilar cómo un discurso construido solo sobre estos memes y la foto (desgarradora y preciosa) del padre abrazando al imán han bastado para digerir lo ocurrido en Barcelona anteayer, como quien dice: especialmente desconcertante, por ese motivo, es que opiniones y sentires se hayan ramificado hasta el infinito en tan poco tiempo, en un cóctel explosivo de nacionalismo, terror y almas descarriadas.

Hace una semana, cayó en la pantalla un capítulo de la serie de Larry David en el que el protagonista silba el lamento de Siegfried, de Wagner, a las puertas de un cine. «Disculpe», le dice un viandante, «¿es usted judío?» Ante la respuesta (evidentemente) afirmativa, el viandante empieza a recriminar a David que silbe melodías de uno de los «mayores antisemitas de la Historia», amén del compositor favorito de Hitler. El capítulo termina con David contratando a una orquesta para tocarle la melodía de marras bajo el balcón.

La broma es un poco enrevesada, porque a Wagner nos lo ha inscrito en la memoria Woody Allen («Me entran ganas de invadir Polonia»), pero también porque no hay muchos espíritus con hambre de escalar la catorce monstruosas horas del Anillo del Nibelungo o de buscar el grial con Parsifal o de morir de amor a largos tragos del filtro de Isolda, del acorde sin resolver.

En el festival de Bayreuth, que el compositor instauró para sí y en el que cada verano se presenta su repertorio, hay tres óperas que se evitan, excluidas por él mismo de su canon: una es La prohibición de amar y la segunda es Las hadas, por verlas como pecados de juventud; la otra, Rienzi, era la favorita de Hitler. También un pecado juvenil, pero uno que ahora está preñado de connotaciones que harían fibrilar al indignado viandante.

No obstante, bajo toda la prisa y la deslumbrante megalomanía de Wagner, superadas las cinco horas largas que durará la función de Siegfried en Oviedo con sus pausas a partir del día 6, hay unas pocas páginas de música extremadamente lentas, unas que (si sigue todo el mundo despierto) alumbran una reflexión total, conmovedora, sobre lo que es el amor y el prójimo y el otro, una reflexión que no cabe en un envase más pequeño porque ya es, de por sí, incompresible.

Esta vez, el muchacho de barba imposible ha ido a topar con la tropa de la urgencia, y en pocas horas nos había ayudado a olvidar los atentados. Vamos a pasar a otra cosa, o a lo peor algunos de nuestros intelectuales de salón nos van a proponer un ensayo tramposo erigido sobre el eje Occidente-Oriente y todo lo que hemos hecho mal.

Pero lo vamos a sortear rápido, toda vez que el problema se mitigue y septiembre arranque la semana que viene. Lo vamos a hacer sin haber entendido mucho, sin vocación de hacerlo. Wagner seguirá siendo antisemita y el ISIS, una pandilla de frikis con capacidad de grabar vídeos. Tan simple, tan falso y tan prescindible. Tan fatuo, hasta la próxima.

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Barridos y vencedores
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Alejandro Carantoña | 21-08-2017 | 11:13| 0

Hemos logrado contarlo casi todo, y contarlo bien. Hemos hecho crónicas certeras, fotografías precisas (aunque excesivas) y nos hemos montado un relato aceptable de todo lo que ha ocurrido en esta España post 11M que, no tan casualmente, corre paralela a los Estados Unidos post 11S en muchos aspectos. Lo hemos hecho todo, todo menos imprimirlo en letras de oro y grabarlo en el pequeño gran mausoleo de las tragedias que forjan la Historia.

El viernes, hubo un Enric González taimado y de vuelta, cargado de oficio, que hizo las delicias de los lectores al hablar de su Rambla de un modo personal, fragante y delicioso, pero sin orillar el periodismo notarial por el que en tiempos lo amaron. No hubo mucha más poesía o literatura en los atentados del jueves, en ese puro reducto de horror que fragua héroes y desenmascara a miserables al mismo ritmo.

Hubo un nombre que a González le vino a la pluma de inmediato, que a lo mejor nos ha venido a todos: es ese Vázquez Montalbán tantas veces citado y añorado, y que quizás para diciembre ya tendría una buena novela sobre lo que acaba de ocurrir. Ibáñez, de no prodigarse tan poco, posiblemente nos brindaría un mortadelo más, que nos habría sorprendido o nos hubiera hecho descubrirnos carcajeándonos en mitad de esta molicie. Y Pijoaparte algo tendría que comentar, cigarro en ristre.

A lo mejor esto son ensoñaciones, pero preocupa que el más frío de los fríos jueves de Madrid, trece años y medio después, siga sin su historia. Andamos construyendo el relato a trompicones, sobre la marcha, añadiendo puntualizaciones prescindibles a los hechos según se van conociendo. «Lo condenamos y es horrible, pero…». «Estamos con las víctimas y compartimos su dolor, pero…». Pero, pero, pero, sin afirmación, con afectación, emergencia, trabando el relato sin ton ni son y esperando que esto solo haya sido un mal sueño.

No lo es. Tenemos una estirpe gloriosa y desnortada de autores que ya van siendo capaces de contarnos lo sucedido, pero cunde una impotencia sin nombre al ver que nos faltan ficciones que, dentro de doscientos años, contribuyan a comprender lo que hoy sentimos, vemos, callamos y gritamos a un tiempo. Tenemos todos los hechos ordenados y archivados, claro está, pero sigue sin constar en acta —cuando es lo fundamental— el fresco que habla de las bondades, de las vilezas y de los prismas que ha impreso en el siglo XXI esta nueva encarnación del horror.

Porque esto, todo esto, nos ha ido barriendo y derrotando a medida que nos minaba y nos limitábamos a tuitear una consigna, a guardar un minuto de silencio o a menear la cabeza con resignación al leer las últimas noticias. Todo esto, amén de lo que hayamos crecido o de que el independentismo haya cuajado o de que la avaricia haya derrumbado el mundo o de que ETA ya no exista o de que el arte solo pueda ser político, todo esto, carece de valor sin observaciones pausadas que puedan agitar miradas. Nada va a cambiar, ni a mejorar, ni a empeorar, mientras que sigamos en la convicción de que vivimos en una plácida balsa de aceite que de cuando en cuando se ondula por atentados como el del jueves.

Mientras sigamos librando contiendas más o menos efímeras y tontorronas entre nosotros, a cuenta de cualquier cosa, seguiremos actuando como es natural y esperable. Pero necesitamos —esto es un llamamiento— de una crónica suprema, superior, de una gran historia que dé cuenta del laberinto en el que nos hemos metido y del que no nos quieren ver salir.

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Levy y los líos
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Alejandro Carantoña | 11-08-2017 | 18:40| 0

Alguien que sabe de lo que habla dijo una vez con ironía que, en lo respectivo a cultura, prefería mil veces un Gobierno de derechas que uno de izquierdas. Según su razonamiento, era posible que a la derecha le importase menos la Cultura y más las materias «serias», pero que precisamente por eso se entrometía mucho menos en los actos de creación.

A la izquierda le atribuía un mayor interés y más dotación presupuestaria, pero también y por ese motivo un intervencionismo extremo y perjudicial.
Dijo todo esto en voz muy baja y dejó claro que era mejor no repetirlo, seguramente consciente como era de que se trata de una generalización de trazo grueso y consecuencias imprevisibles. Esta conversación se produjo hace años, cuando la cultura ya se estaba convirtiendo en un ring de límites definidos y en un terreno de juego político evidente, claro. Cuando en las secciones de Cultura de los periódicos ya se iba dejando de hablar, paulatinamente, de los lanzamientos y novedades por su calidad y se guardaba la política para la sección del ramo. Cuando se empezaron a preñar de ideología y de cargas de profundidad las reseñas y la música ya necesitaba manual de instrucciones, que es justo en lo que ahora andamos.

La cuestión es que en las últimas dos semanas, en la revista literaria Zenda han aparecido sendas entrevistas a Eduardo Madina, ex socialista desde unos días antes, y a Andrea Levy, del Partido Popular. Hablaban sobre libros y literatura con ese tono distendido que es habitual en los políticos que no sean Mariano Rajoy (envarado e incómodo en estas lides). Madina no decía demasiado, no había revelaciones más allá de que empezó leyendo a Roald Dahl y que Cortázar le gusta mucho. Hasta cierto punto, esa entrevista pasó desapercibida.

Una semana después le tocó el turno a Levy. Aquí se le ocurrió decir que Lorca la había hecho revolucionaria, literalmente, y a partir de ese punto la cosa se desmadró. La llamaron de todo, pero sobre todo caló el mensaje de que alguien del PP no podía leer a Lorca, mucho menos admirarlo y, evidentemente, carecía de la potestad para sentirse así ante sus escritos. Huelga decir que poco se habló del resto de autores, entre los cuales se encontraba John Fante, un tipo fascinante y aún no lo suficientemente leído en España.

Todo esto lo dejó dicho en una finísima columna Alberto Olmos al poco tiempo, mientras que en algún recóndito lugar de las ideologías torcidas se afilaban los cuchillos para contraatacar con otra polémica estival. Esta vez, el titular era que el Instituto Vasco de la Mujer quería prohibir ciertas canciones machistas: en apariencia, un buen chorro de gasolina a la hoguera de las ideologizaciones interesadas.

Al cabo, se descubrió que lo único que había hecho el Instituto era una lista en Spotify de canciones recomendadas: ni rastro de torvas intenciones. Sin embargo, ya había nacido una ocasión demasiado jugosa como para dejarla pasar, para asignarles planes de dominación mundial y así cimentar este ambiente de paranoia cultural.

La cuestión es que aquella frivolidad sobre las izquierdas, las derechas y la cultura ha ido adquiriendo un nuevo sentido: casi seguro que de ser un tuit se tomaría demasiado en serio e incluso le podría servir hoy de base a algún ocioso para una teoría más amplia, a una que explique quiénes somos, qué hacemos, sentimos y pretendemos por el simple y otrora inocente acto de consumir lecturas, películas, discos y obras de teatro. Incluso, qué osadía, por que nos gusten o conmuevan antes de pasarles varios algodones ideológicos. ¿Estamos en guerra?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.