El Comercio
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Dudamel de perfil
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Alejandro Carantoña | 07-05-2017 | 13:22| 0

Existe un camino rápido —el de hacer mucho ruido— y otro muy seguro —no hacer ninguno—. El primero pasa por que cada vez que haya ocasión, y siempre escudándose en el compromiso, la claridad de ideas o la conciencia artística, se den titulares potentes. Se genera polémica, se atrae atención, se arma ruido y se acaban vendiendo libros, discos, esculturas, cuadros o poemas por palés, independientemente de su calidad.

El otro extremo abunda en la música clásica, en la ópera, en el cine, y en general en cualquier forma de producción cultural que implique a muchos agentes, muy poderosos, y que exija movilizar recursos (y dinero). Es una odiosa forma de cortesía mal entendida, de ultracorrección, que desemboca en silencios clamorosos y en existencias apacibles: así, sin pisar callos, es como se recorre el camino más seguro hacia cierto tipo de éxito.

A Gustavo Dudamel, el director de orquesta venezolano al frente del programa musical para jóvenes de El Sistema —organización estatal—, que acaba de dirigir el concierto de Año Nuevo en Viena, le ha acabado estallando en las manos la situación en su país. No es que su postura haya variado especialmente: lo han hecho las circunstancias en Venezuela. Pero Dudamel, hasta este mismo jueves, se ha empeñado en mantenerse de perfil. Ha tenido que morir uno de sus músicos para que tomase postura.

Activistas y opositores al régimen chavista lo acusan de equidistante (en el sentido más peyorativo posible) y de haber guardado silencio no por garantizar el funcionamiento de El Sistema y, de algún modo, cambiar las cosas desde dentro, sino con el fin de ordeñar su posición privilegiada mientras que fuese posible. Él siempre se ha defendido con el argumento de que lo importante eran los chavales.

Sin embargo, la situación en Venezuela se ha vuelto tan insostenible que el pasado 25 de abril Dudamel emitió un comunicado en vídeo a través de las redes. Entonces, hacía «un llamado a los líderes políticos a encontrar las vías necesarias para encontrar una salida a esta crisis». Hubo quien lo interpretó como un atrevido toletazo a Nicolás Maduro; pero, en general, ha sido interpretado más bien como un medido recurso para salir del paso.

Esta semana, con la muerte de Armando Cañizares Carrillo, han cambiado muchas cosas. El jueves, Dudamel escribía: «Hago un llamado urgente al Presidente de la República y al gobierno nacional a que se rectifique y escuche la voz del pueblo venezolano. Los tiempos no pueden estar marcados por la sangre de nuestra gente.»

Es la primera vez que se significa de un modo tan contundente. Para algunos sigue sin ser bastante; para otros, la diferencia estriba en que ya no se trata de una opinión política, sino de una crisis humanitaria. Llegados a este punto, la realidad venezolana y la confusión mediática han desplazado los hechos: todo se ha convertido en una opinión. Dudamel, que ya no está de perfil, ya es un héroe para algunos y un traidor para otros.

Algunos (muy pocos) logran recorrer carreras enteras sin verse envueltos en una situación así. Para ellos, es un éxito sortear todos estos peligros, ahorrarse la incomodidad de ser odiados, criticados, aupados, condenados, aplaudidos, examinados o condecorados. No obstante, esto suele conllevar una dejación de funciones palmaria: la crítica (que no el insulto, el odio, la furia) va en el cargo. Bien lo sabe William Kentridge, el flamante Premio Princesa de las Artes y valiosa pieza en la configuración de una Sudáfrica respirable. Sirva de ejemplo él, sirva de ejemplo lo ocurrido: por incómodo que resulte, a veces estar de perfil no es una opción.

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Incompatibles sin problema
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Alejandro Carantoña | 30-04-2017 | 14:00| 0

Hace ya tres años que saltó la liebre de las incompatibilidades entre la enseñanza y la práctica artísticas, cuando a Aarón Zapico le fue denegado el permiso para «saltarse» una clase que impartía en el conservatorio, doblar la esquina, entrar en la catedral y dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias en el Mesías de aquel año.

Desde entonces, su situación particular no ha cambiado mucho. Por eso hace un par de semanas desató una campaña mediática y de firmas con el fin de que el consejero de Educación y Cultura, Genaro Alonso, tomara cartas en el asunto. De momento, sin éxito.
Excluida de la ecuación la obviedad de que es más que pertinente que los docentes de artes actúen, toquen y existan todo lo posible, y dejando también a un lado el prestigio o renombre del artista en cuestión (amén del ruido que pueda hacer), lo más llamativo de este caso y de todos los demás es la calma de los responsables directos. El jueves Alonso afirmó en la Junta General del Principado, preguntado al respecto, que en los últimos tres meses solo se han rechazado cuatro de las cincuenta solicitudes de compatibilidad presentadas, pero que así y todo seguirán «buscando una solución». Dicho de otro modo, afirmó que el problema no existe.
Es una forma de ver las cosas que recuerda también a los últimos avatares de Laboral, donde nada ocurre y la sentencia en contra por los despidos de sus trabajadores no es relevante y todo está encauzado y da lo mismo el cierre durante tres meses al año y tres días a semana. La lista es larga.

Previsiblemente, el siguiente discurso tendrá que ver con que existe una alianza política u oscuros intereses, cuando la realidad es que ninguna de las voces discordantes con las políticas del Principado lo hace a mala fe ni, mucho menos, alineada con algún grupo de la oposición. La prueba está en que errores se cometen siempre y en todos los estamentos, y que por tanto nunca falta la crítica respetuosa e incluso solidaria, ostente quien ostente el poder. (Harina de otro costal es la gracilidad con la que algunos personajes se han subido a estos trenes.)

Sin embargo, y en el caso concreto del área de cultura, se perpetúa una tendencia a intuir oscuros propósitos en los actos ajenos. Pero esta perspectiva no se aguanta: el consejero bien podría haber reconocido que el problema es grave y buscarle una solución (no solo anunciarlo); también está a tiempo de apearse de la defensa numantina del modo en que se han hecho las cosas. Con naturalidad y calma: esto no es Fomento, no es Empleo, no es Sanidad, no hay tantos intereses en juego ni potentísimos sindicatos afilando las armas. No le va a costar caro.

Hay que tener claro que en el ámbito cultural español en general y en el asturiano en particular lo que reina es una voluntariedad a prueba de bombas. A diferencia de otros campos, como la enseñanza, los culturetas regionales lo tienen fácil para migrar hacia aguas más cálidas: incluso la cainita Madrid es más agradecida. Sin embargo, eligen quedarse, toquen barroco o rocanrol, pinten cuadros o compongan diccionarios, y o bien nuestros líderes son tan cándidos como para creer que vivimos en la tierra de las oportunidades, o bien no se han preguntado por qué. Quizás esa respuesta se parezca mucho a la de la pregunta que nos ocupa: ¿Qué interés tienen en dar clase y conciertos a la vez? Así las cosas: ¿Quién tiene mayor interés en desfacer el entuerto?

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Rinocerose en Gijón: Guitarra y cacharro
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Alejandro Carantoña | 29-04-2017 | 09:11| 0

Y ¿por qué no? ¿Por qué no montar un concierto redondo sobre la simbiosis de guitarra y bajo y batería, madera y acero y parches, con los temidos instrumentos de la electrónica? La respuesta es Rinocerose, la banda francesa que el jueves ofreció un contundente y generoso concierto en la gijonesa sala Albéniz.

Los Rinocerose, en cuyo germen están Jean-Philippe Freu y Patou Carrié, inventaron esto hace más de veinte años. Por ahí vienen las tablas, la solidez y un sonido perfecto (con las voces de Freu algo enterradas; no así las de Bnann Watts), amén de un repertorio sólido y muy bien repartido en hora y media larga, con dos bises.

El público, en torno a tres cuartas partes de la sala, era buena muestra de lo que supone este grupo: amplio rango de edades y de expectativas. Había sitio para bailarlo, pero los de Montpellier tampoco iban a dejar con hambre a quienes aprecian, de su sonido, el fundamento «clásico» con el aderezo experimental.

El bajo de Carrié es posiblemente el mejor hallazgo, el engarce entre todas las piezas. Allá donde la mayoría de grupos tienden a sacrificar este instrumento en primer lugar en cuanto se les pone a tiro una base pregrabada o un octavador, Rinocerose apuestan por mantenerlo y potenciarlo, con una ejecución limpia y perfecta. Encima van montadas tres guitarras mimadas y precisas, sin ruido, muy limpias. Y, para rematar la tostada, programaciones equilibradas y una mezcla de percusión y batería que viste y arropa. Todo suma. Pero esto solo para abrir boca en el primer tramo del concierto.

Entonces, con las cartas sobre la mesa y un sonido definido, el recital se convirtió en una sucesión de experimentos: cuatro guitarras, ningún bajo, percusión y voz; guitarra española, dos eléctricas, bajo, batería y programaciones; y así sucesivamente. Al término, quien iba buscando los temas reconocibles o bocados de su último trabajo, Angels and Demons, se fue satisfecho; quien esperaba dejarse llevar y bailarlo sin más, también.

Sorprende que, tanto tiempo después, este grupo con una base de seguidores sólida y fiel siga sin tener el predicamento suficiente (menos aún en su país). Quizás les falten himnos o les sobre osadía a la hora de cruzar fronteras musicales, pero desde luego tienen mucho más que decir que demasiados que han intentado usar su fórmula y se han quedado en la simple sustitución de guitarras por cacharros. Ellos pueden con todo.

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Variante tabacalera
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Alejandro Carantoña | 23-04-2017 | 14:00| 0

Siguen saliendo camiones y camiones cargados, vaciando, excavando, preparando esa obra que nunca termina. Se remueve la maquinaria, cruje la piedra, se «actualizan» plazos y presupuestos y los contratiempos se suceden. Parece que esto nunca va acabar. ¿Hablamos de la Variante de Pajares o del edificio de Tabacalera en Gijón?

De cualquiera de las dos, después de que este jueves el ayuntamiento playo haya reconocido que las obras de consolidación del emblemático edificio no estarán terminadas para este mes de agosto, como se preveía, sino que tienen un nuevo horizonte en principios de 2018. Con el previsible mareo de perdiz en torno a su uso es posible que nos situemos en 2019 y, por tanto, en nuevo año electoral. Salvo que la actual corporación logre un acuerdo sobre el nuevo uso o relleno y lo deje atado —escenario improbable—, volverá a rodar la pelota, y así pasarán otros dos años que sitúen la ansiada apertura en 2021.

Es el mismo año en que estará listo el macrotúnel, siendo optimistas, según se nos contó también esta semana. La cosa está, sin embargo, en que la gran infraestructura y la recoleta fábrica de tabacos llevan sometidas a escrutinios, idas y venidas prácticamente la misma cantidad de tiempo, cuando salta a la vista que la complejidad de darle viabilidad a la primera es enorme y, en el caso de la segunda, puro trámite. Pero ahí seguimos, encallados, y viendo la grúa girar sobre una Cimavilla que languidece.
Probablemente esta sea la primera vez en décadas que el Ayuntamiento de Gijón se enfrenta al reto de erigir un equipamiento cultural en mitad de una crisis económica, y que encima Tabacalera constituya, en el ámbito asturiano, el primer reto de creación completo de los últimos diez años. Todo lo demás han sido actuaciones para tratar de mantener lo heredado de tiempos de bonanza con más o menos éxito (léase Laboral).

La respuesta al reto es una sucesión de dudas sin resolver; un peloteo en el que conviven la opción de la consulta ciudadana, cosmética y no demasiado rigurosa, y la voluntad, expresada por la alcaldesa el pasado jueves, de servirse de Tabacalera como contenedor del Festival de Cine, de un auditorio y de otras carencias de la ciudad. Pero si algo está claro, además de la falta de acuerdo, es que a día de hoy no hay prisa por concluir el equipamiento, visto que en el consistorio nadie acaba de tener clara la senda que debe tomarse.
Entre tanto, el tiempo corre, aunque no lo parezca. El balón de oxígeno que supondría un proyecto así es urgente para la ciudad y el barrio, toda vez que estuviese bien trabado, firmemente asentado en el sector cultural y convenientemente liderado por la administración. Ni siquiera es una cuestión de dinero o de política —los dos grandes males que aquejan al túnel de marras— sino de análisis, de diálogo y de entusiasmo. Lo primero se puede conseguir con profesionales; lo segundo, con calma; pero lo tercero solo puede salir de pulsar las teclas adecuadas y al alimón.

Es lo que más complicado se antoja en estos tiempos de supervivencia, de egoísmo, de falta de altura de miras: igual que una infraestructura como la variante tiene un principio y un fin, una entrada y una salida, conviene empezar a asumir que los lugares como Tabacalera solo pueden ser si son invadidos, tomados, disfrutados y exprimidos por las ciudades enteras. De otro modo, no serán: solo nos quedará, allá por 2030, otro cascarón medio ahogado para los anales del despropósito y la desproporción. Aunque, al menos, habrá un túnel por el que escapar.

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Inédito y original
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Alejandro Carantoña | 16-04-2017 | 14:00| 0

Mientras que las colas para ver el Guernica, de Picasso, inundaban el centro de Madrid para volver sobre lo infalible o conocer lo esencial, alguien encontraba otro inédito de algún autor fundamental, añadiendo otra tarea cultural a la lista. Cada semana se alternan los aniversarios, centenarios y efemérides para guardar, como la del famoso cuadro, con los hallazgos de supuestos prodigios hasta ahora desconocidos de nuestros primeras espadas: el último del que tenemos noticia, de este mismo jueves, un libro con treinta y seis poemas de Juan Ramón Jiménez que nunca habían visto la luz. Y así, semana sí y semana también: que si un velázquez por acá, que si un disco de los Beatles por allá…

Pura mercadotecnia, después de todo: apenas se han dado casos en que estas oportunas resurrecciones no hayan beneficiado a algún pariente ocioso y hayan dejado el sabor de la indiferencia en los espectadores, lectores o seguidores. Por lo general, si una obra había pasado a mejor vida o había sido olvidada había buenos motivos para ello.

Sin embargo, en todos los ámbitos de la cultura se hace cada vez más frecuente aferrarse a estos clavos ardiendo, a estos caballos de batalla: el fenómeno va desde esta necesidad por contar, recontar y volver a contar otra vez algún acontecimiento histórico sin aportar muchas novedades al respecto hasta la moda por resucitar series de televisión, cine, cómic o novela para arrastrar a sus seguidores originales y forjar nuevas generaciones detrás.

Es más, hace poco se publicitó que Pepe Carvalho, el esencial personaje del desaparecido Manuel Vázquez Montalbán, va a volver a las librerías el próximo año, pero será merced a la pluma de otro autor. Ya ni siquiera habrá un esfuerzo por maquillar el engaño, sino que se prometerá una refundación de la saga, una continuación prescindible, un reconfortante asidero al pasado,  un ejercicio de estilo que a lo mejor interesa a alguien, pero por motivos que poco tienen que ver con lo genuino y necesario.

Hay quien achaca esta corriente a la falta de ideas del tiempo en el que vivimos, pero en realidad no se debe a nada que no se haya producido siempre: a explotar el miedo (lógico y natural) a lo desconocido, a escapar del riesgo comercial y también, por qué no decirlo, a que ya hayamos aupado a la categoría de «clásicos imprescindibles» tantas cosas que casi hay que dedicarse a ellas a tiempo completo.

Si mezclamos estos tres factores, resulta que antes de poder empezar a contemplar nuevos cuadros o descubrir nuevos autores debemos descubrir y aprehender todo lo de los «clásicos», lo cual ya conlleva un trabajo notable. Si, además, la gallina de los huevos de oro sigue poniendo con un goteo de inéditos o de resurrecciones, la tarea se multiplica: ahora hay que leerse otros treinta y seis textos de Juan Ramón antes de poder permitirse olvidar Platero y yo y pasar a algo más interesante.

No se nos ofrece alternativa ni escapatoria: mientras que grandes empresas sigan copando el panorama e Internet siga suponiendo un factor de competencia añadido para las artes, el riesgo seguirá disminuyendo y esta falta de frescura seguirá ganando terreno, hasta que el refrito se instituya y domine el mundo de una vez por todas.

Son tantos defendiendo y reivindicando tantas cosas, tan diversas, y al mismo tiempo, que se nos ha arrebatado el criterio y se ha proscrito quejarse, por ejemplo, del timo que suponen las vueltas de tuerca anuales a Michael Jackson, al fondo beatle o a tantos y tantos subproductos literarios, amén del estropicio de Star Wars.

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Fuera del mundo
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Alejandro Carantoña | 09-04-2017 | 16:57| 0

Tanta es la distancia con la que vemos a ETA en el retrovisor que en el último barómetro del CIS, publicado esta semana —la de la escenificación del desarme—, la banda terrorista ni siquiera aparece. Últimamente, en el capítulo de preguntas de respuesta espontánea sobre los mayores problemas de España, del primero al tercero, obtenía unas décimas. Ya, ni eso: el sucedáneo más próximo es el terrorismo internacional y los encuestados, entre los que lo han señalado como el primer, segundo o tercer problema más grave, suman apenas el 0,6% de inquietos.

Podemos dar a ETA por derrotada, relato de su defunción incluido, merced a la insistencia de quienes nunca dejaron de contestarla, a quienes nunca perdieron el valor de narrarla y, también, a cierta capacidad adquirida para sacar su discurso de nuestro mundo: para procurarles un destierro.

Mientras, la nueva amenaza a nuestra parcela de civilización —ese yihadismo retorcido y torvo— le asestaba a Europa un nuevo hachazo el viernes, en Estocolmo. De Norte a Sur y de Este a Oeste, entre la preocupación y la furia, se le busca un antídoto a esta nueva manera de ataque, insólita y desconocida en estas dimensiones y hechuras: han cambiado las normas de circulación en el espacio Schengen esta semana, se han multiplicado los recursos policiales y militares, pero sigue faltando el relato con el que aquí se le ha dado la puntilla al terrorismo: la capacidad de sacarlos del mundo, de desterrarlos.

Existe miedo, como vemos en la estrambótica campaña electoral francesa, a dar ese paso, a ejercer ese destierro: los tambores xenófobos que recorren el continente no son sino una concesión al discurso del enemigo, a ese que pretende imponernos. Y en su terreno nunca se puede ganar: hay una diferencia sustancial entre hablar de ellos y hablar en sus mismos términos.

Este es precisamente el motivo por el que la literatura, la música, el arte y el teatro que visten y conforman Europa son tan esenciales en este momento; porque, en el plano del discurso, somos invencibles. Si desplazamos todo eso, si nos lo quitamos de debajo de los pies, nos estamos arrebatando solos el mismo suelo que nos pretenden quitar: no habría que olvidar que ETA solo tuvo atisbos de victoria y solo pudo existir mientras que consiguió que reinase el ruido o acaso imponer su silencio.

Es tan evidente que este nuevo enemigo está intentando lo mismo que por ahí hay que empezar la defensa. Basta de competir por ver quién sufre más, quién tiene una opinión más contundente sobre qué pasa y por qué pasa, basta de tratados de barra de bar sobre lo que son las religiones y la historia de los pueblos: la respuesta a esta encrucijada está en ese libro que tanta pereza nos da leer, en esa película que no vamos a ver o en ese museo que no se nos ocurre pisar si no es para colgarlo en Instagram.

Volver a esos fundamentos, volver a esa idea nuclear y primera —y no tratar de componernos una personalidad por simple oposición a la barbarie— es lo más importante que podemos hacer. No hace falta mucho más que entender qué se está atacando, sin importar el quién o el dónde o el por qué, y tener claro que eso es sagrado, y protegerlo, y abrazarlo, y reivindicarlo.

Ese ataque tiene que ver fundamentalmente —ya lo vimos con Palmira— con las vértebras de un pueblo, que vienen a ser su cultura. Por eso no es ni frívolo ni irresponsable consumirla y celebrarla hoy: es, de hecho, lo más valioso y valiente que podemos hacer.

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Libertad de tuiteo
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Alejandro Carantoña | 02-04-2017 | 13:00| 0

La guarnición es una sentencia de la Audiencia Nacional contra una tuitera por bromear con el atentado que mató a Carrero Blanco; y el filete, el símbolo que ha nacido: una chica de 21 años a la que, según ha declarado estos días, le han «arruinado la vida» con este proceso. No ha rechazado ninguna petición de entrevistas, no ha escatimado en calificativos para con la sentencia y, así, ha contribuido involuntariamente a alimentar un rifirrafe ya desvirtuado, desnortado y enquistado. Ha completado el plato que unos y otros necesitaban para alimentar el griterío una semana más.

Una condena como esta es de lo peor que le podría haber ocurrido. Ahora bien, a partir del momento en que su nombre saltó a la palestra ha empezado el otro juicio, que casi es peor: en las últimas horas hemos podido leer análisis que van desde el «se lo merecía» hasta una oscurísima conspiración transfóbica en las altas esferas de la judicatura, cuando lo que ocurre es que la libertad de expresión y el Código Penal son asuntos tan complejos y llenos de matices que resulta complicado enfocar el debate e intercambiar opiniones con algún fundamento. (Huelga decir que prácticamente nadie se ha leído la sentencia.)

No obstante, se antoja muy difícil compartir que en España sea posible semejante dureza y semejante condena. A partir de ese punto, y con eso claro, solo cabe intentar que algo así no vuelva a suceder. Y de todos los caminos posibles para lograrlo —se entiende que ese es el objetivo de la tuitera condenada a partir de este momento—, posiblemente el peor de todos sea dejarse retratar con un líder político (sea quien sea: esta vez, el más rápido ha sido Pablo Iglesias) y alimentar la inquina: o bien se sabe muy bien en qué liga y con qué oponentes se está jugando, o bien aceptar el grado de exposición que le han propuesto a Cassandra Vera conduce únicamente a abundar en el daño causado.

El jueves, por ejemplo, a las pocas horas de ser condenada, Carlos Alsina la entrevistaba en la radio. Y, toda vez que había dejado clara su oposición a la sentencia, le preguntó a la tuitera si acostumbraba a desear la muerte de quien no pensaba como ella, al hilo de un supuesto tuit en el que deseaba que a Cristina Cifuentes le clavasen un piolet en la cabeza (dijo que no recordaba haberlo escrito, que seguramente era falso). Terminada la entrevista, Vera presentó en su Twitter la pregunta como afirmación y, por tanto, puso en boca del periodista una afirmación. Este le respondió por el mismo medio, pidiéndole que reconociera que le había hecho una pregunta y no una acusación, ante lo que ella volvió a arremeter con que estaba «fuera de lugar y basada en rumores».

Al cabo de pocas horas, la tuitera en cuestión dejó de negar tan categóricamente que nunca hubiese escrito aquel mensaje, y en su lugar se enzarzó en un duelo dialéctico con Cifuentes acusándola de transfóbica. El tuit sobre la entrevista de Alsina ha desaparecido.
Total, que ninguno de estos dos episodios restan un ápice de injusticia a lo que le ha ocurrido pero, visto y aclarado que el otro juicio se ha desatado ahora, es posible que esta forma de conducirse (a medio camino entre la mentira, el olvido y el desorden) no haga sino brindar argumentos a quienes ya la tienen en su punto de mira; obstaculice una movilización social unánime, firme y clara contra la sentencia y a favor de su indulto; y en último término no sirva sino para agravar la situación.

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Por un IVA cultural del 35%
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Alejandro Carantoña | 26-03-2017 | 14:00| 0

La travesía por el desierto ha terminado: cinco años después de multiplicar el IVA a la Cultura prácticamente por tres (hasta el 21%), el Gobierno ha anunciado este jueves que en 2017 lo bajará otra vez al 10%. En los presupuestos generales que verán la luz en menos de una semana ya vendrá reflejado; así como —esto aún no está confirmado— una subida en la dotación cultural.

En estos cinco años ha dado tiempo a que cayesen multitud de proyectos por la imposibilidad de absorber el pelotazo a cualquier previsión que supuso aquella subida. Los que han sobrevivido salen reforzados, y pueden celebrar, pero lo más probable es que esta reducción no se note en el bolsillo del espectador hasta que hayan recompuesto sus finanzas por completo. Y van a tardar.

La Cultura ha sido, durante estos cinco años, una vaca bastante cómoda a la que ordeñar. Ahora, se le agradecen al sector los servicios prestados con una ventaja fiscal, con algo más de dinero y con la crucial negociación de un Estatuto del Artista —que no costaba dinero, solo esfuerzo—. Cuando nuestros ojos vean todas estas contrapartidas, lo que queda de la Cultura en España estallará de júbilo, y podremos seguir con nuestras apacibles vidas de diletantismo y creación.

Sin embargo, con las ventajas van a volver también las críticas, el sambenito del privilegio y las palabras cargadas contra esta o aquella manifestación artística. En este sentido, igual que en otros muchos, casi sería más deseable que el ministro Méndez de Vigo saliese a saludar con entusiasmo no una bajada, sino una nueva subida que colocase el IVA a la Cultura en el 35%.

Bienvenido fuera el tipo impositivo más alto del mundo si con eso la Cultura se garantizase, por ejemplo, un régimen contributivo a la Seguridad Social y a Hacienda ajustado a los ingresos, respetuoso con los meses valle de cualquier ejercicio creativo, si con ello los escritores pasasen a existir en el repertorio de actividades económicas del Ministerio de Hacienda y si así quedasen cubiertas las bajas laborales del mundo de la danza. Ojalá un IVA del 35% reinvertido en parte en facilitar la educación cultural desde Primaria, y no solo en cosméticas salidas del aula y hueros programas de acercamiento; ojalá, si los conservatorios fueran templos con las ventanas abiertas de par en par y fábricas de excelencia.

Con qué gusto se recibiría el sablazo si eso garantizase, por tanto, que iba a haber público en cantidades industriales y que las artes y oficios afines podrían ser una carrera académica y profesional como cualquier otra. Que subiese el IVA al 40% si con ello se barriera la casa, escampasen las injerencias y el futuro se abriese.

En lugar de todo eso, el IVA vuelve prácticamente a su cauce previo crisis, y la Cultura respira aliviada. Podemos volver a ser quienes éramos antes porque esto no ha sido nada más que un mal sueño, un dardo lanzado por Cristóbal Montoro que ahora alguien nos quita de la espalda. El mundo se equivocaba y nosotros, artistas, teníamos razón: si esta idea cala, corremos el riesgo de volver atrás con todo lo bueno que había; también con todo lo malo. Ojalá no tenga que subir el IVA otra vez, más incluso, para que entendamos la importancia de la lección que nos han dado estos años: que toda prudencia es poca; que toda osadía es riesgo; que no hay en quien confiar; y, sobre todo, que si se quiere que esto no vuelva a ocurrir no se puede esperar al siguiente susto para cambiar.

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Los misterios de Laboral
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Alejandro Carantoña | 24-03-2017 | 12:28| 0

Qué tiempos aquellos, no tan lejanos, en los que lo importante no era tener el presupuesto más escaso, sino el equipamiento más enorme. Ahora se estila más bajar en sede parlamentaria a la factura de la luz, como hizo anteayer el viceconsejero de Cultura, Vicente Domínguez, a cuenta del cierre de Laboral durante más de la mitad del año, días en mano. Ya habrá tiempo de poner el foco en estas cosas que tiene la intendencia (qué tiempos aquellos, tampoco tan lejanos, en que era una compañía eléctrica quien pagaba actividades en el centro…), e incluso de ponerla en todos los asuntos que han inquietado al resto de fuerzas políticas: en la comparecencia de Domínguez importaron la luz (a él y a los «amigos de la nave del misterio»), el número de visitantes (a Foro y Ciudadanos), los dineros (Izquierda Unida) o la imagen (PP), con la conclusión casi unánime y nada indisimulada de que estamos a punto de asistir a su cierre definitivo. Quizás, de hecho, lo más elocuente fuese que cada vez que intentaba abrir un libro o elaborar una cita sus señorías se lo impidieran: allí, ya lo sabíamos, no se iba a hablar de Cultura sino de derecho societario y laboral, y acaso de algún poltergeist.
En este sentido, Domínguez espantó algunos espíritus con sus palabras, pero desveló que no habrá celebración por los diez años del centro y nos explicó que la ristra de sentencias en contra de Laboral por el despido de personal han constituido un ahorro. En efecto, los doscientos cincuenta mil euros que habrá de abonar el centro en este concepto son treinta mil menos de lo que hubiese costado contratar a los profesionales despedidos de manera irregular. Y si, dado que sus puestos eran «superfluos» en muchos casos, según dijo, y ellos, unos petulantes por llamarse «coordinadores» (esto solo lo insinuó), las cuentas son claras y el ahorro, un hecho. De otra manera, es un desastre.
Añade dolor a este panorama, tan beligerante como improductivo, que justo ahora se cumplan los diez primeros años de vida del centro: ahora los festejamos soplando austeras velas, redimensionando cosas; entonces, hace nada más que un lustro, rebosaba por exceso o festejaba inconsciente. Hoy llenamos páginas con facturas y balances; hace cinco años, lo hacíamos con lo único que tiene que importar a un centro de arte y creación industrial: cómo ha ocurrido, y a esta velocidad, sí es todo un misterio.

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Larra y los Goya
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Alejandro Carantoña | 19-03-2017 | 15:00| 0

Con tanta gana y tan grande se quiere contentar al público que, desesperados en la búsqueda de fórmulas, los artistas empiezan a rendirse a la solución definitiva: que sea el propio público quien haga su trabajo por ellos. Este jueves, la Academia del Cine ha anunciado un concurso de ideas abierto para la próxima gala de entrega de los Goya, el año que viene. En lugar de hacer autocrítica y dejar de leer las redes sociales, han preferido poner en manos del mejor postor la próxima ceremonia. (Y no son los primeros: así nos luce el pelo en Eurovisión.)

Al principio, parecía que lo del concurso de ideas solo era un buzón condescendiente donde los espectadores pudieran descargar sus frustraciones; luego, al ver las bases —en las que se abre la puerta a que cualquier propio se ocupe de la ceremonia entera y verdadera—, se tiene la impresión de que es una salvaguarda para que cuando alguien critique los próximos Goya se le pueda responder: «Y ¿por qué no se presentó al concurso?»; y, finalmente, visto lo arbitrario del asunto, uno concluye que es simplemente una dejación de funciones a la desesperada.

Las bases piden abiertamente una propuesta económica —un talismán para no negociar con empresas privadas, sino para que estas presenten un proyecto de negocio provechoso—, pero no dan otra pista, más allá de «impulsar la promoción nacional e internacional del cine español». A cambio, hay que enviar un título y contenido de la propuesta, subrayar las novedades con respecto a galas anteriores e incluir un plan de financiación. Ah, y hay que tenerlo hecho para el 28 de abril, escenografía, guión y números musicales incluidos (aunque no se hayan estrenado las películas nominadas).

Obviamente, se reservan el derecho de dejar el concurso desierto. Pero, en caso de que alguien gane, se producirá la enorme injusticia de que la Academia quedará relevada de toda responsabilidad sobre los premios si salen mal (y recaerá en quien haya elaborado esa minuciosa propuesta). Si sale bien, por el contrario, la Academia siempre podrá vanagloriarse de haber elegido este sistema de producción.

Total, que lo más probable es que se lo lleve José Luis Moreno. Un absoluto especialista en producir espectáculos de horas y horas a bajo coste: es de suponer que eso es lo que se pide. O que algún telespectador se eche al monte, o que ¡ah, sorpresa! una cadena de televisión privada (¿Telecinco, quizás?) ponga a Risto Mejide a reñir a Almodóvar. Cualquier cosa, con tal de garantizarse que el público ha hablado, que Twitter estará contento.

A vueltas estamos con esa equivocada idea de que lo que diga el público estará bien, como si eso democratizara o hiciera mejor cualquier iniciativa cultural o creativa. No, eso es falso, y ya lo escribió Larra, y sigue siendo verdad: «Concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial como se pretende», y «que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que lo componen», y «que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar por impresiones pasajeras», y «que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana.» Que han pasado nada menos que 185 años desde que escribiese estas palabras: «Con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad» y seguimos erre que erre.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.