El Comercio
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Fecha: diciembre, 2014
Vade retro
Alejandro Carantoña 29-12-2014 | 10:00 | 0

Hace años, los 28 de diciembre solían traer a estas páginas alguna inocentada. La más notable, un fotomontaje con el puente sobre el río Piles derruido que hizo que no pocos se asomasen con el “ya sabía que era broma” al filo de los labios, pero también cierta inquietud, barrida hoy por el siglo XXI y sus cosas, que le daba sentido a aquella “información”. Conviene ser inocentes –que no ingenuos– toda la vida, para preservar y brindar algo de pureza al mirar las cosas, algo que nos devuelva durante un rato –igual que el puente del Piles– una necesaria capacidad de fascinación, de frescura.

El último proyecto en el que participé –como sobretitulador y con toda la inocencia– antes de empezar a infusionarme en el espíritu navideño fue ‘El barbero de Sevilla’ en la Ópera de Oviedo, que terminó el sábado de la semana pasada. Estaba dirigido escénicamente por Mariame Clément; musicalmente por Ottavio Dantone; sustentado por un amplísimo equipo más o menos oculto a la vista; reído y aplaudido por la inmensa mayoría del respetable y denostado por un pequeño grupo. Este club cuenta con ilustres voces de la región, como el notable escritor, eminente filólogo y ocasional francotirador cultural José Luis García Martín.

Hay una parte del público ovetense que no pudo digerir ese ‘barbero’ por convencionalismos más sociales que otra cosa: en la comentada aria de Rosina, que la soprano canta mientras que se hace la cera, siempre se escuchó un murmullo en el teatro. En la oscuridad, quienes teníamos ocasión de ver las caras a los espectadores detectamos algo muy llamativo: enjoyadísimas señoras de Oviedo que se sonreían con dulzura ante un golpe de efecto en el que se reconocían a la perfección mientras que sus maridos se revolvían en la butaca con nerviosismo.

Otros –los cuatro que montaron una operación abucheo al espectáculo en el estreno, o el propio García Martín– ya conocían de sobra a Mariame y a su trabajo por haberlo visto en el pasado, y no obstante se entregaron en cuerpo y alma a aquello que no estaban dispuestos a disfrutar. García Martín, en concreto, recibía a Clément en estas mismas páginas con un entrañable ‘Vade retro, Mariame’ para luego soltar unos cuantos mandobles, de entre los cuales sobresalía el siguiente: “Era como tratar de escuchar la ópera mientras en el escenario se representa una versión de ‘Sopa de Ganso’, de los hermanos Marx”. Varapalo este que, por otro lado, suena más a elogio que a lo que pretende ser.

Hay cierto conservadurismo inquietante ahí detrás: ¿Debido a un sentimiento de posesión sobre la obra, quizás? ¿A prejuicios? ¿O a lo peor a esperanzas de que el teatro aporte lo esperado, que no sorprenda sino calque una función de hace doscientos años, y que por tanto fracase? Sea como fuere, lo que había, hay y habrá detrás de ese ‘Barbero’, y de la inmensa mayoría de los que se producen en todo el mundo –incluido el del Met que menciona el crítico como estándar de calidad– es rigor y estudio, pero es también y sobre todo cariño, es ternura y es un tipo de sonrisa que quizás solo sea posible en un teatro: es pura inocencia. El cómo es harina de otro costal, y que no corresponde comentar aquí por ser parte “concertante” de la primera parte, que diría el otro. En fin, ¿ha quedado claro que se ha caído el puente sobre el río Piles? ¡Feliz año!

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 28 de diciembre de 2014.]

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Año pícaro
Alejandro Carantoña 21-12-2014 | 11:29 | 0

Quizás usted desayunaría bogavante. Probablemente, sustituiría la lavadora por una estufa en la que quemar la ropa al acabar el día, y esperar cada mañana la nueva remesa recién confeccionada. Pero, ante todo, repítalo, repítalo otra vez: dejaría de trabajar.

Mañana por la mañana se celebra el sorteo de Lotería de Navidad, que es, quizás, el auténtico y novísimo día de San Nicolás, San Pequeño Nicolás, patrón de la picaresca, amo y señor de la frontera que separa la ambición de la avaricia y emblema de toda una generación de españoles.

Unos pocos –no los que necesitan salir de un apuro o vivir merecidamente mejor– lo sueñan con la mirada clavada en objetivos salvajes y en una catarsis total, como todas esas que hemos ansiado y que han moteado el año: Nicolás tiene mucho más de héroe que de villano; más de maestro que de aprendiz, cuando ha conseguido con su corta edad lo que demasiados fantasean con lograr mientras que la vida se les escapa entre los dedos. Y no tanto por tocar el poder como por el manejo de una vida opulenta: el pasado miércoles era detenido en Oviedo un tipo que doblaba en edad al joven liante por intentar su particular y creativa versión, esto es, fotocopiar billetes en su casa y recortarlos con unas tijeras el domingo por la tarde. E intentar colarle uno, para más poesía, a un vendedor de la ONCE.

Este año ha sido especialmente reseñable en los anales de la ambición porque, en junio, un hombre de Parla ganaba el mayor premio de la Historia en España. 190 millones de euros. La gran pasada. Desapareció. No sabemos qué cara tiene ni qué cara se le quedó al descubrirlo, pero quizás fuese de pavor. Seguro que distinta, en todo caso, de la de Ian Galtress, un británico que un par de meses antes perdió el resguardo de un boleto premiado con un millón de euros. Su fotografía es la definición del abatimiento.

Sí podemos volver a escuchar la voz de un hombre, uno que llamó a la radio hace años al borde del llanto porque le había tocado un premio de los que a cualquiera le solucionan la existencia. Su llanto, no obstante, no era de alegría, sino de angustia: era maestro, disfrutaba con lo que hacía y al ver esa cantidad en su cuenta corriente estuvo seguro de que haberse hecho rico le iba a arruinar la vida. En realidad, decía, el premio le había servido para darse cuenta de que tenía todo lo necesario para vivir. Regaló hasta el último céntimo. Un loco mileurista.

Lo primero que hizo la anterior ganadora de un megabote –126 millones de euros– que cayó en viernes fue acurrucarse en el sofá el fin de semana, pasar una gripe y acudir el lunes a primera hora a un trabajo que temía perder. Tenía 25 años y estaba horrorizada.

Mañana hay mucho que compartir, que es lo importante según la tele; mucho que ganar, dicen los ojillos brillantes de todos los nicolases del mundo, y quizás bastante que perder, cuentan todos estos ganadores inopinados. Porque de ganar 400.000 euros, o 4 millones, o 40 millones… ¿Cuántos dejarían de hacer lo que están haciendo? ¿Qué peso nos quitaría de encima esa cantidad de dinero? ¿Qué frustración quedaría presuntamente remediada? Quizás la catarsis deba ser otra, otra distinta a fotocopiar ilusiones, hacer propósitos en el aire, fantasear con la destrucción que inevitablemente sigue al acopio: lo mismo que nos ha traído, en fin, hasta aquí, a tapar unos agujeros con cava y untar la hipoteca con caviar. Mañana, todo es posible. Y sea lo que sea… suerte.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]

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Jaimito contra Google
Alejandro Carantoña 15-12-2014 | 10:00 | 0

Las discusiones de barra sobre el año en que nació Pergolesi ya no dan para nada. Los chistes de Jaimito están de capa caída. Las discusiones –léase apuestas– sobre datos, fechas y otras hierbas se dirimen en pocos segundos con un teléfono móvil. En lugar de contar chistes, se despeja la mesa, se saca el móvil o el ordenador y cada cual aporta el último hallazgo en cuanto a vídeos graciosos. Ni nos miramos ni nos hablamos: solo nos preguntamos ocasionalmente –y por Whatsapp– cómo demonios podía regarse el árbol (¿el bonsái?) de la indignación cuando no existía Twitter.

Esta semana, una empresa privada que se llama Google ha decidido romper relaciones con un buen puñado de empresas privadas que se llaman periódicos, tasa gubernamental mediante. Los medios aducen que el amo de Internet no puede lucrarse con sus contenidos (contenidos: ¿cuándo dejaron de ser informaciones, reportajes y entrevistas?) y el amo de Internet, por su lado, que con impuestos no le interesa mantener esa parte de su negocio. Por el camino, no pocos han alimentado la paranoia cibernética en blogs y redes sociales: en el mejor de los casos, vaticinan una especie de cataclismo de la modernidad, de advenimiento de la naftalina por el portazo a Google. En el peor, que ha triunfado esa misteriosa mano negra llamada manipulación, ese lobby de orondos señores a los que nadie conoce que se encienden puros con billetes de quinientos euros.

Según datos del INE, en España hay tantos usuarios de Internet como gente que acude a votar en unas elecciones (en torno al 70% de la población). Curiosamente, ambos mundos se han sentado juntos a la mesa esta semana en dos ocasiones, y ambos banquetes han resultado de lo más revelador: la primera ocasión fue por el asunto de la tasa Google; la segunda, por el tan anunciado portal cibernético de transparencia gubernamental que nos iba a permitir a los ciudadanos saberlo todo sobre los timoneles de este caos. El primer caso ha puesto de manifiesto que hemos llegado a un punto en el que una guerra entre mercaderes digitales puede alimentar un fabuloso debate sobre la libertad de expresión, certificar aquella erradísima percepción de que todos los medios de comunicación, redes sociales o el propio Google son entes públicos. Y el segundo, que uno de los comensales en esta guerra de los mundos –el Gobierno, muchas de las instituciones– no entiende ni lo que es ni para qué sirven las páginas web.

Al ir a solicitar información al Gobierno por este «novedoso» canal transparente, lo primero que hace el navegador de Internet es advertir al usuario de que el portal es una amenaza –muy tranquilizador–. Una vez metidos en faena, la información es casi igual de accesible que si se sirviera en legajos de papel. Igual que sucede con el portal de transparencia asturiano, en el que hay contratos menores publicados que son directamente copias digitalizadas de los papeles físicos. Pura accesibilidad.

Ha llovido muy poco desde que Internet pasó de ser una herramienta a ser un estilo de vida. No lo suficiente, desde luego, para que sea colocado en la dimensión adecuada por los que lo usamos… ni por los que vamos a votar.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de diciembre de 2014.]

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Pimagán
Alejandro Carantoña 08-12-2014 | 10:00 | 0

A aquella mujer Pumarín le parecía de lo más chic, porque lo leyó en un cartel de la autopista entrando en Oviedo y la velocidad se llevó la tilde: parecía francés. Así, con los labios fruncidos, ese «Pumarín» tan de aquí, con una rotunda ene final, como en «gong», venía a pronunciarse en su cabeza «Pimagán».

El ataque de risa al escuchar esta anécdota duró días, hasta que fue cortado repentinamente por el descubrimiento de que un caballero francés –Christophe Ono-dit-biot, Le Havre, 1975– ha pegado el pelotazo editorial con una picante novela ambientada en parte en Asturias, à la Pimagán. La amante del protagonista, según publicaba este periódico el jueves, lleva una Cruz de la Victoria tatuada en la nalga. Ya se han vendido 200.000 copias en Francia y le han dado dos premios importantísimos. Y no es la primera vez que ocurre en tiempos recientes: el libro más vendido en lo que llevamos de siglo XXI –unos 80 millones de copias– tiene por villano a un tipo criado en Oviedo. Sí, el de El código Da Vinci.

Situemos pues la acción de esta historia en una cálida tarde de otoño en un bar de barrio en Gijón. En el grupo, otro juntaletras que ultima las galeradas de un libro de no ficción comparte ideas sobre novelas que nunca escribiremos. Expone una frustración recurrente entre los plumillas de la región: «Me da noséqué poner “Asturias” en una novela. Y no sé cómo llamarlo, porque, en fin, es Asturias. Pero me atreveré: será Gijón o no será». Profundicemos en el trauma: ya a ciertos músicos de los 90 les daba apuro sonar españoles y a no pocos autores y cineastas, manejar un código que no fuese importado. O impostado, mejor.

Poco a poco se va curando, pero el autor en ciernes no podía evitar lamentarse de que Nacho Vegas hubiese quemado, allá por 2006, la última de las socorridas máscaras: referirse a esto con un ambiguo y elegante Norteña. Ahora, toca buscar o copiar otro alias en pos de la universalidad.

¿Por qué? Pues porque parece, concluimos, que las historias espolvoreadas con otros lugares a los que habitualmente frecuentamos tienen una mayor esperanza de vida, más fuste y mejor alcance; que, si no, se corre el riesgo de caer en una especie de trabajo etnográfico condenado a una edición fea y con algún sello institucional mayor que el propio título, a una balda de biblioteca, a un costumbrismo demasiado alejado de las mieles de los auténticamente grandes: los de fuera. Una paletada espléndida.

Parece que nos da miedo pulsar Asturias empleando una tecla que no sea la de la realidad social, la del retrato, en lugar de usarla como base o trasfondo; desistimos del empeño antes de empezar si no va a ser posible superar a Clarín, desterrar a Jovellanos o rozar la gloria de Ayesta. Para que luego llegue este caballero, plante una Cruz de la Victoria en una nalga y arrase con un exotismo que nosotros mismos desconocíamos. ¿Qué le habrá llamado tanto la atención? ¿Acaso no hay nutrias asesinas en Le Havre? ¿Trepidantes obras públicas a medio hacer? ¿Jugosísimas tramas de novela negra? ¿Buenas historias, a secas? Quizás sea que aquí nos sobran. Las historias, por supuesto; pero también, y sobre todo, los complejos. Escriban, norteños. Escriban sin miedo. Escriban bien.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 7 de diciembre de 2014.]

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Leyendas de museo
Alejandro Carantoña 01-12-2014 | 10:00 | 0

La idea era visitar todos los museos de Asturias para hacer una suerte de guía. Un plan apetecible, hasta que resultó que había más de ciento veinte. Era el año 2012. Ciento veinte edificios, chigres o garajes con tal denominación, o la de Centro de Interpretación. «Pero no todos son museos», lamentaba la directora de uno. El Principado y los ayuntamientos no opinaban lo mismo: de las cuatro decenas que llegué a visitar, solo un ínfimo puñado subsistía sin dinero público. El más memorable de esta categoría era el de la Cera-Infanzón, una casona en San Esteban de Relamiego, cerca de Tineo, en la que su fundador, Celestino de la Cera, trabajaba en un nuevo proyecto: un seiscientos (de verdad) con Carrillo y Fraga en los asientos delanteros y, en la parte de atrás, Felipe González retozando con, ejem, la Pasionaria. Era de lo más refrescante, entre un océano de paneles explicativos.

Hace dos semanas, en las páginas de este periódico volvió a primera plana el asunto de los museos, a raíz de una iniciativa de la Asociación Sendas de Asturias que cifraba en 72 millones de euros los fondos mineros embutidos en proyectos culturales defenestrados, inútiles o nonatos. Metía el dedo en la misma llaga que, entre otros, los grupos de trabajo de Open Lands que recorren y documentan los espacios en desuso en las Cuencas Mineras, en AlNorte.

Esta era una de las pocas burbujas que nos quedaban por pinchar. Los escándalos por todos sabidos y nadie investigados empezarán a precipitar el fin de esa cultura de hacer las cosas y de esa manera de hacer cultura, con la caída de José Ángel Fernández Villa y, esperemos, de toda la troupe como hito fundacional. Lo cultural estaba alimentado por un círculo vicioso y viciado similar a los que desembocaron en ruina total en el terreno económico. Hasta que llegaron las rebajas: antes, mientras que la generación asturiana mejor preparada de la historia asistía a construcciones faraónicas y era bautizada como «leyenda urbana» (léase emigrada voluntariamente de esta tierra de oportunidades), el ayuntamiento más recóndito podía abrir un museo, fletar ni se sabe cuántos autobuses escolares a la semana y ofrecer unas espectaculares cifras de mil, dos mil, cinco mil visitantes anuales (obviando que tuviesen doce años).

Poner sobre la mesa este asunto –a más visitantes, mayor subvención; a mayor subvención, más autobuses– es empezar a ventilar uno los últimos bastiones que le quedaba al viejo mundo, al del firma aquí que es un contrato estándar, al de no te preocupes que esto lo hace todo el mundo. Ese es el plan: que entre el aire, descubrir las cartas, desterrar lo viejo, lo ajado.

Ese «ellos» que hace tan solo dos años se podía blandir con comodidad tras una pancarta o una cuenta de Twitter y ese hambre de ponerle fechas muy concretas a los cambios ya no valen. Ya no vale hablar de «ellos», se llamen Pedro, Pablo, Mariano, Javier… o José Ángel, porque tenemos que ser «nosotros». Integrados, conscientes, vigilantes y al acecho de lo que están haciendo nuestros mayores. Más allá de ideologías, partidos y algaradas varias, es importante que ya no seamos leyenda, leyendas de museo. Para no acabar, esencialmente, en el asiento de atrás de un seiscientos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 30 de noviembre de 2014.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.