El Comercio
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Fecha: enero, 2015
Total normalidad
Alejandro Carantoña 26-01-2015 | 12:24 | 0

Que se halla en su estado natural, dicho de una cosa, es que se ajusta a la «normalidad». Lo dice la Real Academia en su Diccionario, ese best-seller que aún esta semana se veía obligado a defender el director de la institución, Darío Villanueva, ante algunos esfuerzos por que la RAE trampee acepciones vergonzosamente asentadas (como la de «gitano» equiparado a «trapacero»). Venía a decir Villanueva que el Diccionario es una obra descriptiva, y que por tanto ha de dar cuenta de «todas las palabras que existen» y no solo de las bonitas. De lo contrario, hablaríamos de «censura», según Villanueva. Hay que tratarlo, pues, con «normalidad».

Como planteamiento es refrescante, pero obvia que una obra como el Diccionario de ideas afines de Fernando Corripio está proscrito por muchos colegas de profesión, a pesar de su calidad general, por lindezas como las asociadas al concepto de «Homosexual», que incluyen «Invertido», «Desviado»,«Nefandario»… y «total normalidad».

O sea que no es normal. Y decir de la homosexualidad que no es «normal» no deja mucho lugar a debate: es una burrada catedralicia aunque solo sea por pura estadística. Pero habría que preguntar, en relación a este asunto, cuántos ciudadanos consideran esta opción “normal». Y posiblemente los resultados darían, como poco, miedo: puede entonces que Corripio no estuviera lanzando un órdago ideológico, sino reflejando otra vergüenza en la idiosincrasia patria.

Este ejemplo es extremo, es verdad, pero nos sirve de puerta de entrada para plantear la cuestión en todo su alcance: ¿Qué es, pues, «lo normal»? Porque en apariencia normal es casi todo y, «total normalidad”, un sintagma tan asentado (y, ejem, expresivo) como los consabidos marcos incomparables. Visto el tino de la RAE a la hora de dar una definición de lo “normal”, por lo pronto tendremos que apañárnoslas solos para dar con su contenido exacto.

Una búsqueda rápida por la prensa de los últimos días revela que lo «normal» igual no lo es tanto, porque «total normalidad» es la coletilla que sigue, rodea y recubre la salida de Bárcenas de la cárcel y todo el meollo que rodea a la causa en la que anda metido; «total normalidad» es la que reina en el Palau de les Arts de Valencia, dice la consejera de Cultura, después de que el martes pasado la Fiscalía Anticorrupción ordenase entrar a saco en el coliseo lírico y detuviese a sus máximos responsables; «total normalidad» es la que impera también en el Montepío de la Minería asturiana tras el ciclón Villa y compañía; y «total normalidad» era la que había, finalmente, en el PP de Gijón hasta antesdeayer, cuando un juez tumbó el último congreso celebrado.

La normalidad, naturalidad o como se le quiera llamar es un concepto que entre los unos y los otros se han ocupado de arrinconar en un callejón apartado y vapulearlo hasta dejarlo sin sentido. Esto, sumado a cierta mojigatería lingüística y desorientación generalizada, nos está dejando sin un punto de referencia quizás equivocado, pero bastante necesario: deberíamos decidir de una vez por todas qué es «lo normal», porque si es esto, vamos de cráneo. Otrosí, pensándolo bien, no hay que obviar que «lo normal» probablemente resulte ser sereno, plácido o tranquilo. Pausado, meditado. Aburrido, casi: y eso, se mire por donde se mire, sí que está perfectamente descartado de nuestra idiosincrasia. Será que no somos normales…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 25 de enero de 2015.]

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Haendel desenchufado
Alejandro Carantoña 19-01-2015 | 10:00 | 0

No, espera, suena demasiado bien. Como a disco. Pero… Sí, sí, está cantando. Un momento, esa mano, ¡esa mano! No, no está tocando. El batería sí, si no sería demasiado obsceno. ¿Cómo pueden estar sonando dos guitarras a la vez? ¡Pero si eso está desenchufado!

La escena se produjo esta semana, codo con codo con R., presenciando sin mucha atención primero y con la mandíbula por los suelos después la sublimación del show business: una de las ahora conocidas como «bandas tributo» o «de versiones» —léase imitadores de grupos conocidísimos— que, no contentos con fusilar el producto, lo estaban haciendo en playback. Absoluta fascinación, porque ni R., ni C., ni los músicos presentes en la sala podíamos dejar de preguntarnos cómo podía alguien tener tantísimo valor.

Que lo hagan Alaska, Chenoa o alguno de esos habitantes del gran escenario solo tiene como riesgo que el micrófono se les caiga, pero hacerlo a escasos centímetros del público y pendiente de un instrumento, además, requiere de un cuajo nunca visto. Hacia el tramo final del espectáculo, y a petición de un avezado espectador, sí tocaron ellos porque no tenían las pistas grabadas. Y, claro, no sonaba a disco: ni coros, ni público entregado, ni nada. Se les caía, pero algunos aplaudieron la honestidad de que, al menos, aquello no fuese enlatado.

No obstante, cuando logramos sacar la cabeza del debate y apartar la mirada de los indescriptibles triles de manos y pies, lo que había era una sala considerablemente llena y un público que se lo estaba pasando en grande bailando, coreando y jugando a su vez a ser el público de la banda emulada, ajenos al descaro con el que ponían una grabación. Felices y pasando un buen rato.

Esto fue poco después de que, también con R. y con C. y con un auditorio lleno, el martes nos estallaran en la cara todos los fuegos artificiales de Forma Antiqva, mitigados tan solo por la textura acuosa del resto del programa: esencialmente, Haendel en estado puro. Elevado, elegante, fino, macarra, sugerente, gamberro, ágil, divertido y, obviamente, en riguroso directo.

Es evidente que las emociones que provocaron en los respetables —a quien poco le importan tempos y dinámicas, y que guardan más similitudes entre sí de las que parece— son diferentes, pero no dejan de estar basadas en lo mismo: una recreación, cada cual con sus singularidades. La una, enlatada y trufada de recuerdos; la otra —la que los tres preferimos— repleta de virtud y frescura. Pero ¿qué derecho tenemos a decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Dónde están los límites no ya de lo culturalmente aceptable, sino de lo artísticamente potable? Siempre nos acaban endosando el sambenito de pejigueros, de perfeccionistas: Porque la respuesta era evidente para R., C. y para mí, pero no parecía quitarles el sueño a toda una tropa que solo quería los éxitos de su juventud y ver a un señor moverse en el escenario.

Que resulte obvio quizás sea una suerte para nosotros, pero da, como poco, que pensar que muy pocos se enterasen del engaño; que se considere antagónico o menos exigente o de menos valor al grupo «tributado» que al mismísimo Haendel (resulta que al primero se le puede atropellar; al segundo, no): el mismo sentido de escuchar música (siempre para disfrutar primero, para aprender después) ha empezado a perder valor merced a atajos creativos de toda clase. ¿Habrá más disfrute que la pura y simple diversión?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 18 de enero de 2015.]

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Ahora en serio
Alejandro Carantoña 12-01-2015 | 10:00 | 0

El terrorismo, como ese que lleva sacudiendo nuestro mundo desde el miércoles (porque no, no se ha acabado), tiene muchas cosas, pero no tiene una definición. En más de setenta años, la ONU no ha conseguido llegar a un consenso, de modo que muchos se han apropiado de él de una forma más o menos aprovechada y torticera. En España —y en Francia es prácticamente igual—, aquello que diferencia a los delitos de terrorismo de los demás es que quienes los cometan tengan como objetivo «subvertir el orden constitucional o perturbar gravemente la paz pública». Así que, ahora en serio, a pesar de lo ambigüo de la definición, el terrorismo no son las cláusulas abusivas de las hipotecas ni las leyes más restrictivas, como hemos leído en demasiadas ocasiones en los últimos dos años. Terrorismo es esto: es arrasar una redacción y sembrar el miedo, el caos y la perturbación en toda una comunidad. Terrorismo eran los GAL, y terrorismo era el de ETA. Terrorismo no es multar, condenar o incluso censurar tuits irresponsables, vídeos o portadas. Eso, por grave que sea, es otra cosa.

Ahora en serio, sin frivolidades de medio pelo: es posible e incluso necesario no estar a favor de las publicaciones de ‘Charlie Hebdo’, y decirlo alto y claro. Hoy más que nunca, hay muchos que no somos Charlie ni lo hemos sido nunca, que no compraremos ni leeremos tantas y tantas publicaciones, escritos supuestamente satíricos u opiniones que ni nos gustan ni nos suscitan la menor de las simpatías y que, a veces, nos parecen perfectamente prescindibles. Eso no justifica en ningún caso lo que ha ocurrido ni debería viciar —en ningún sentido— lo que viene ahora: casi ganaremos más demostrando una posición sana y crítica y contraria a Charlie Hebdo que suscribiéndonos. Porque lo que apoyamos no es ni lo que dice ni deja de decir, sino el hecho de que pueda hacerlo. Y poder decirlo nosotros también.

Alguien comentó con tino que la sola mención de la «provocación» que suponían las caricaturas de Mahoma es el equivalente teológico al «llevaba la falda demasiado corta». Nadie tiene derecho a arrebatar una vida ajena, en ninguna circunstancia y bajo ningún concepto. Ni siquiera aunque todo lo anterior fuera cierto; independientemente de la opinión que nos merezca Charlie: hay que sacar el contenido de sus portadas del debate.

El vídeo de ese ser que remata en el suelo a un agente bien merecería ser cortado —por respeto— pero, en cuanto a deontología periodística, bien merecería ser repetido en bucle y hasta la saciedad para dejar de trazar comparaciones ridículas: es el documento más elocuente de los últimos diez años (más o menos desde las grabaciones de las explosiones de Atocha) para dar su correcta dimensión a las cosas, para no malgastar conceptos peligrosísimos, para entender la irresponsabilidad que supone tanto coquetear con ciertos eslóganes («El miedo va a cambiar de bando») como imponer a los autores de estos penas de prisión que rivalizan con las de terroristas en prácticas.

Es decir, que sirve también y sobre todo para recordar que casi todas las batallitas periodísticas de corto alcance deberían palidecer ante lo ocurrido y sus posibles consecuencias, que repican como aquello que desgraciadamente ya conocemos pero con una escala, ahora, global, terrible y susceptible de despertar posturas más peligrosas si cabe.

Hay que aprender a disentir de nuevo, a discutir, a tomar perspectiva. A reírse, a callarse y a no hacerlo. A darnos cuenta que esta guerra —que ya lo es— es la nuestra. Y que no podemos perderla. Ni perdernos…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 11 de enero de 2015.]

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Siempre a tiempo
Alejandro Carantoña 05-01-2015 | 11:27 | 0

Hasta para empezar y acabar los años tenemos hambre de catarsis, hambre de uvas. Se calcula que aproximadamente medio millón de andaluces aún viven, por este motivo, en 2014: esos que trataron de cruzar el año con Canal Sur y se atragantaron, en cambio, con publicidad.

Este incidente, que se añade a los múltiples despropósitos que se han dado en las retransmisiones televisivas de año nuevo, viene a certificar esa costumbre tan española de que todo tenga un momento, uno muy concreto: somos uno de los pocos países en los que tan solo unos cincuenta y cinco segundos y la mano abotargada de un realizador de televisión separan un año del otro.

Solemos desearnos, por estas fechas, salud y dinero —lo segundo para derrochar lo primero, cuentan—, pero no lo que resulta ser lo más importante según este gen tan nuestro: el tiempo.

El tiempo es el enemigo que batir en una San Silvestre, y tiempo es el que le va a faltar al reloj pasado mañana, cuando Sus Majestades se hayan retirado hasta el año que viene y haya que volver a los quehaceres diarios con los regalos a medio disfrutar. Tiempo es el que le van a sobrar a los interminables minutos de espera antes de esa noticia ansiada, de esa entrevista de trabajo tan arduamente preparada para 2015.

Son esos diez minutos de más que, de media, pasamos en la cama cuando suena el despertador, pero también esos años de menos con los que cuenta el calendario cuando se trata de acabar, pongamos por caso, la Autovía del Cantábrico. Ese tiempo legislativo, administrativo e irreal, tan español.

Siempre estamos deseando controlar lo que parece a nuestro alcance: la salud y el dinero, asuntos más o menos tangibles directamente ligados a otras dos facetas, más amplias, e igual de indomables: trabajo y servicios (públicos, se entiende). Así, hace por estas fechas cuatro años que a la catarsis navideña seguía una catarsis política —el nacimiento de Foro Asturias—, en medio de un terremoto (temporal). Y para celebrarlo, ¿qué mejor que otro? ¿Qué mejor que la constitución de un nuevo partido con la novedad por bandera y la catarsis por alimento? ¡Nuevos tiempos!Casi nada de lo que sucede lo hace a tiempo, o al menos al tiempo deseado: mientras que las oportunidades (y los años) suelen llegar mucho antes de lo ansiado, los tragos más difíciles de digerir suelen marcharse con una parsimonia excesiva.

Este año también contaremos con la visita de Marty McFly, en Regreso al futuro II directo desde el año 1989 (¡en el que empezaron las obras de la Autovía!). En un monopatín volador, con unas zapatillas que se atan solas, bebiendo un refresco «automático», comiendo una pizza autohidratada por Black&Decker (!) y la posibilidad de volar sobre el tramo Unquera-Llanes.

Nada de esto ha llegado a tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo: siempre tiempo, que es al final lo que, sea en forma de infraestructura o de lista de espera, más alto figura en las listas de promesas de año electoral.

Y todo ello sin que dejemos de ser los líderes en perderlo (los menos productivos y los que más horas pasamos sentados esperando nadie sabe qué). Y todo ello, deseándonos mutuamente ganar mucho más de todo menos de lo fundamental en este año, como en todos los demás. Exacto: ojalá 2015 nos traiga todo el tiempo del mundo. Nos va a hacer falta para saborearlo.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 4 de enero de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.