El Comercio
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Fecha: febrero, 2015
Cultura de juzgado de guardia
Alejandro Carantoña 23-02-2015 | 10:00 | 0

Suele decirse en estos casos que no hay detrás motivos políticos, sino técnicos. Personales, en muchísimas ocasiones. Cabría añadir, también, judiciales: así, punto por punto, ha sido la cascada de explicaciones tras el enésimo cese accidentado en la cultura asturiana, el del hasta el pasado lunes (¿o el anterior?) director de Laboral Centro de Arte y Creación Industrial, Óscar Abril Ascaso.

Abril había llegado hace cosa de un año al centro gijonés, escogido por un equipo y refrendado por un gobierno que lo ha puesto en la calle aduciendo una desconcertante «falta de confianza mutua» para llevar a cabo su cometido. A renglón seguido de estos motivos técnicos, aquello de que no hay motivos políticos. Y, finalmente, el factor judicial: Abril ya ha presentado una demanda por despido improcedente.

Algo pasa no ya en Laboral —que suma, con Abril, cuatro directores en menos de ocho años de vida— sino con la cultura pública en esta región, en la que cuesta encontrar la foto del reemplazo amistoso, fluido y sereno entre directores de instituciones culturales.
Basta hacer un repaso a los ceses y nombramientos de esta accidentada legislatura que termina (contando desde las elecciones autonómicas y  municipales de 2011) para observar la inquietante coincidencia: enero de 2012, cese fulminante de José Luis Cienfuegos al frente del Festival Internacional de Cine de Gijón. Despido, bronca, juicio(s). Centro Niemeyer, por esas mismas fechas, ídem. Y con bola extra, en forma de comisión de investigación parlamentaria. Museo etnográfico de Grandas de Salime, en 2011: juicio, visto para sentencia este mismo mes. ¿Nombramiento de director para el Museo de Bellas Artes de Asturias en 2013? Bueno, un insulso intercambio de cartas y agrias discusiones más o menos públicas.

Podría argüirse que son casos muy distintos entre sí, pero el patrón se repite una y otra vez: el gestor es declarado no adecuado y la situación, entonces, toma la senda de los juzgados o tribunales en la jurisdicción más apropiada. Hay para elegir, desde lo laboral hasta lo penal, pasando por lo contencioso-administrativo.

El caso de Laboral es especialmente clamoroso porque, más que dar la impresión de que este desfile de directores no obedece al brujuleo político da la sensación de que responde, en cambio, a una doble política mucho más peligrosa: aquella que atañe a la cosa pública por un lado y otra, más opaca, que rige lo específicamente cultural.

No se trata de señalar culpables ni de sacar colores, porque esta agitación sistemática afecta a todos los partidos y a todos los niveles (municipal, autonómico y nacional, y aún agradeciendo que no haya diputaciones en medio). Así que, excluida la personificación, solo caben tres explicaciones posibles: una, los procesos de selección están mal diseñados; dos, la cultura es un imán para la incompetencia y la trapacería; o tres, aún no se ha entendido que la cultura es algo sagrado, institucional y en palabras del director de cine J.A. Bayona «cuestión de estado».

Voto por la tercera, visto que siguen siendo habituales los nombramientos y ceses de cargos técnicos (como la dirección de un museo o de un teatro o de un festival) en función de criterios de toda clase, pero que nunca, o casi nunca, se asientan en pliegos de condiciones precisos, públicos y cristalinos. Es decir, casi nunca se producen por acontecimientos o comportamientos que no fuesen conocidos en el momento de firmar el contrato inicial. Es inquietante y el remedio no es sencillo, pero sí evidente: más cultura y menos política(s). Y menos jueces, por favor.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 22 de febrero de 2015.]

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Cómo (no) recoger un premio
Alejandro Carantoña 16-02-2015 | 3:45 | 0

Mientras que el pasado fin de semana muchos se quedaban sin sacarse el selfi más ansiado en la gala de los Goya, Xavier Artigas y Xapo Ortega, directores del documental Ciutat morta, conseguían muy lejos de allí la foto con la que habían soñado.

Es la imagen de un Xavier Trias (alcalde de Barcelona), algo sobrepasado, con el premio Ciutat de Barcelona en la mano mientras que Artigas y Ortega se alejan de él sin siquiera mirarle. Artigas no puede contener una inquietante sonrisa de satisfacción, fruto del revuelo provocado por su acto.

Ambos escogieron hacer el desplante público —aunque aceptaron los 7.000 euros con que está dotado el premio «para investigar los abusos policiales»—para darle, así, visibilidad a la misma causa que venía blandiendo Ciutat morta: la muerte de Patricia Heras.

Por hacer un rápido resumen, lo que el documental explica es demasiado fuerte para ser aceptable, o aceptado: el 4 de febrero de 2006, durante el desalojo de un local ocupado, un agente de la Guardia Urbana resulta herido de gravedad por un golpe en la cabeza y, de hecho, queda en estado vegetativo. Esa noche se detiene a varias personas (ninguna de las cuales tiene, en apariencia, nada que ver con el hecho, ya que estaban en la calle y el golpe parecía debido a la caída de una maceta desde lo alto del edificio desalojado). Ahora vienen las curvas: a una distancia considerable de allí, una achispada Patricia Heras se cae de la bici, se hace daño y es llevada al mismo hospital que los detenidos. Allí, en un batiburrillo espléndido, se la llevan a ella también y la acusan de lo mismo que al resto de detenidos. ¡Y la condenan! A raíz de lo vivido, Heras se arrojó por la ventana en abril de 2011, un año después de salir de prisión. Para todo lo demás, vean el documental. Es muy fácil de conseguir.

Pocas cosas podía haber más incómodas para Trias que entregar ese premio. El documental le deja en pésimo lugar en todo lo tocante a la gestión de la crisis que siguió a la muerte de Heras y en la extremadamente turbia política de ocultación en torno a los abusos policiales. Trias se ha limitado a repetir, desde que ‘Ciutat morta’ estalló mediáticamente en enero de este mismo año (gracias a la petición de uno de los personajes que aparecen de que se impidiese por vía judicial la exhibición de cinco minutos de metraje) que es un producto «partidista» y con «fines políticos». En la cinta se advierte, con todo, que ni el ayuntamiento ni la Guardia Urbana ni la familia del agente herido han querido participar.

Sea como fuere volvamos al premio. El documental es objetivamente bueno, está bien realizado y plantea una verdad, descubre un hecho noticiable con solidez. Plantea un debate, en fin, y suscita preguntas. Es decir que, en su propósito y alcance, es un éxito. Bien por el premio, pues.

Pero entonces, de golpe y porrazo, Ciutat morta se diluye en lo mismo que los Goya de todos los años. Se une al club de los Premios Nacionales rechazados, y lo hace con esa inquietante sonrisa ladeada de Artigas: el fuste que tiene este documental, de lo mejorcito que hay, queda herido de gravedad por el arranque de ego de sus responsables.

Lo hace porque está muy feo no recoger el premio y sí los 7.000 euros que comporta. Suena precioso esto de «investigar los abusos policiales», pero ni Artigas ni Ortega explican en qué exactamente se van a invertir: ¿en pagar sueldos? ¿En terminar de lanzar su carrera como documentalistas? ¿Dejarán pues de ser una ONG? Entonces todo lo que ellos descubran de hoy en adelante será gracias a… pues al premio que (no) rechazaron y al establishment contra el que luchan. Y eso no es luchar. Eso es un manual de cómo (no) recoger un premio. Una lástima.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de febrero de 2015.]

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La quitanieves del Musel
Alejandro Carantoña 09-02-2015 | 10:00 | 0

Hay tres frases que, aun en pleno frío, tienen el poder de hacer hervir la sangre de cualquiera, especialmente si se utilizan en el escenario de un teatro o en la redacción de un periódico: en el número tres, «Qué más dará si nadie se fija»; en segunda posición, un lucido «Pero es que a mí nadie me lo había avisado» —pronunciado fumando en una gasolinera, tostando pan en la ducha, etc.—; y, como colofón, la favorita entre todas las demás: «Esto siempre se hizo así».

Los acontecimientos que se han venido sucediendo en torno a la obra de ampliación del puerto del Musel (que prosiguen su escalada en la antología de la chapuza regional con la intervención de la Audiencia Nacional esta misma semana) quizás acaben teniendo la virtud de la legalidad, pero por lo pronto reúnen la vergüenza de esas tres posturas cada vez que un responsable abre la boca en defensa de la gestión realizada: igualito que ocurre a este otro lado de la barrera.

Ocurre con la gestión de los escándalos públicos en general —y la de los relacionados con infraestructuras en particular— que ponen de relieve, entre otras muchas cosas, una serie de tics perfectamente arraigados en nuestra sociedad, y que aún están pendientes de ser resueltos. Estos tres, en concreto: aquí hablamos de unos 700 millones de euros, el equivalente a en torno un 20% del presupuesto total del Principado para este año, pero el discurso que se oculta tras el desastroso manejo de la situación —y de su justificación— es extrapolable a cualquier otra esfera de la vida pública, privada y profesional.

Veamos: hasta la fecha, participan de este festival ni más ni menos que la Fiscalía Anticorrupción, el juzgado Central de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional y la Oficina Europea de Lucha Contra el Fraude de la Comisión Europea (casi nada). La respuesta de la Autoridad Porturia gijonesa es un ladrillo de 600 páginas que viene a justificar que todo está conforme a «los documentos contractuales» —o sea: «Pero es que a mí nadie me lo había avisado»—.

La trastienda, con todo, incluye el «Esto siempre se hizo así» y el «Qué más dará si nadie se fija», visto que ninguno de los implicados en aquella obra faraónica ha puesto aún el dedo sobre la tecla clave: que un sobrecoste de más de 200 millones de euros es una barbaridad (en una obra presupuestada en 579). Que la reacción, pues, se centre únicamente en la legalidad, en la letra pequeña y en escurrir el bulto es lo auténticamente grave: eso, que no es más que tratar de arreglar el entuerto y velar por no hacer más daño a las maltrechas arcas regionales, es lo secundario. Lo primero de todo es levantar la mano y asumir las culpas; reconocer, aunque sea, que si las cosas siempre se han hecho así quizás sea el momento de cambiarlas; que si ha habido que volver a planificar toda una obra quizás no estuviese bien pensada desde el primer instante; y que sí que da más porque, aunque no hubiese nadie mirando, las cosas solo pueden hacerse de dos maneras: bien y mal. Y la primera suele ser la más indicada (a la par que barata y sencilla).

Hay algo en la idiosincrasia de todos los desmanes que van cuajando en Asturias, como la nieve que acompaña este febrero gélido, que se lleva repitiendo desde hace mucho tiempo y y en muchos ámbitos. Es algo que, por desgracia, no se cura con denuncias, investigaciones ni comisiones: la nieve no se derrite con palabras candentes. Solo con sal, pala y empeño. Que es como se hizo siempre…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 8 de febrero de 2015.]

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Comisión de agradecimiento
Alejandro Carantoña 04-02-2015 | 2:51 | 0

Gracias, muchas gracias: Mariano Rajoy, hace hoy siete días, se paseaba (virtualmente) por las casas de todos los españoles para darnos las gracias por el esfuerzo que estamos haciendo en la salida de la crisis. Por otro lado, ayer, aunque todo sea sospechosamente ambiguo y similar, Podemos y Pablo Iglesias celebraban una no-manifestación que, en el fondo, sirve según ellos mismos para dar las gracias a todas aquellas personas cuyo apoyo ha permitido erigir en tiempo récord un no-partido en la no-oposición con un no-líder como cabeza visible, que es Iglesias.

El pobre Pedro Sánchez, último en llegar a esta orgía de agradecimientos, ha hecho suya la técnica, utilizando el «gracias» indiscriminadamente y a discreción: Sánchez agradece las propuestas, agradece los apoyos y agradece la participación de los de su partido. Así, con la lección bien aprendida, tampoco hacía mucho más que dar las gracias cuando fue mediáticamente atropellado por aquella familia catalana en el programa Salvados. «No me fío de usted», decía el patriarca con el gesto torcido. «n;Gracias», respondía el otro. Gracias, muchas gracias. Siempre gracias.

Las normas de la cortesía fijan aquello de que es de bien nacidos es ser agradecidos, puro pensamiento profundo que a buen seguro habrá calado en los gabinetes de comunicación de todo el país: primero, en el caso del PP. «Y ahora, aparte de devolver la extra por fascículos a los funcionarios, bajar un 2% el IRPF y acabar alguna autopista… ¿Qué hacemos?» Dar las gracias. Estupendo. ¿Gracias de qué, por qué? ¿Gracias porque no haya habido una guerra civil en la útlima lgislatura? ¿Gracias por haber hecho lo único posible, que era aguantar el tirón? ¿Gracias por venir? ¿Gracias? ¿”Gracias”? ¿De verdad?

Sirva Rajoy como cabeza visible, por presidente. Pero nadie se debe librar del dedo acusador del maltratado español (como idioma, digo) cuando el agradecimiento ha sido sometido a semejante vapuleo: está tan generalizado, e injustificado a un tiempo, que se ha convertido en una mera coartada para la incompetencia. Hoy, ahora, se da más las gracias de lo que se pide perdón: es como si en el centenar de casos de corrupción documentados y juzgados en democracia los acusados hubiesen dicho al juez, en un trámite vergonzante —pero aséptico y pasajero—, que gracias por haberles hecho darse cuenta de su error.

Por suerte, esta semana ha ocurrido algo por lo que creo que la mayoría de los ciudadanos, contribuyentes, jóvenes y hastiados en general sí estamos íntimamente agradecidos: es el carrusel de personalidades que está desfilando por la comisión de investigación de la fortuna de Villa en Junta General del Principado. No sabemos muy bien a quién hay que darle las gracias por tan majestuoso espectáculo, porque su auténtico valor reside en el ridículo que están haciendo algunos al negar lo evidente; otros, al tratar de esquivar lo inevitable; y los últimos, y peores, al revolverse como gato panza arriba ante lo obvio.

Es posible que pocos de ellos, al igual que la mayoría de los que hoy dan las gracias puerta por puerta o manifestación por manifestación, acaben sentados ante un juez, pero al menos habrán tenido ocasión de saber lo que se siente al no poder ampararse en el mero desgaste de la lengua, en un perdón muy poco sentido o en las lágrimas de cocodrilo. En que un «gracias» no sea bastante…

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de febrero de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.