img
Fecha: mayo, 2015
La rotonda
Alejandro Carantoña 25-05-2015 | 10:00 | 0

Ayer su taxi entraba en la rotonda —casi desierta— sin apenas mirar a los lados, porque iba muy ocupada diciendo al retrovisor: «Bueno, ¿qué? ¿Mañana —por hoy— ganarán o qué?» ¿Qué responder? A través de la ventanilla, una lustrosa fuentona teñida de azul, de esas que han engalanado en los últimos días Oviedo; los restos de un montón de publicidad electoral caduca en un suspiro; un monstruoso anuncio que explica lo de la fuente, y puede que todo lo demás: hoy juegan Sporting y Oviedo, y quien más quien menos sueña con verse la próxima temporada un par de escalafones más alto. ¿Qué responder?

Por alguna extraña alineación de los astros, fuera de esa interminable y azulísima rotonda esta semana también ha habido más motivos para la victoria o la derrota, más opciones de respuesta más o menos rocambolescas: empezamos mirando fuera, lejos, por ejemplo a Siria. Allí vive el horror, pero sobre todo la incertidumbre, aún a la hora de escribir esta columna, a costa de los salvajes del Estado Islámico. Han tomado la ciudad de Palmira como rehén de sus atrocidades y la tienen sumida en algo casi peor que el caos, que es la oscuridad: el hecho de que haga días que nada se sabe de ese puntito del mapa hace intuir que, en los que están por llegar, aterrizarán en nuestras pantallas nuevos vídeos de destrucción patrimonial y cultural y humana. Pero posiblemente no estuviese preguntando por el Estado Islámico. Ni siquiera por Charlie Hebdo, que un par de patadas después de la solidaridad mundial parece empezar a descomponerse y, por ende, a dar la victoria a quien la buscó en su momento.

También cabe la improbable posibilidad de que en el realidad estuviese pidiendo alguna opinión sobre el palmarés del festival de Cannes, que se ha celebrado estos días con el boato y polémica acostumbrados en la glamourosa costa azul francesa; o incluso —más improbable aún— que quisiese saber el parecer del pasajero con respecto al otro festival, el de Cans, que también se ha venido celebrando este fin de semana en O Porriño, provincia de Pontevedra. Simpre con vencedores, y con vencidos. ¿Qué, ganarán?

O puede que la explicación, ya al tomar la salida de la rotonda interminable, estuviese en un mensaje de texto que llegó un par de horas más tarde, uno que hablaba del histórico reto partidista que se plantea cada cierto tiempo, de ese que nunca deja a nadie satisfecho y al que sin embargo nos empeñamos en volver: «¡Aupa Edurne, tú puedes!»

«¿Qué, ganarán mañana? La gente se va a poner contentísima». Estaba claro que ni Estado Islámico ni Pontevedra, ni siquiera Côte d’Azur: era el Oviedo, el Real Oviedo, sobre lo que quería saber. Había que completar con algo, el destino estaba cerca: «Bueno, Slim ha cogido un avión desde muy lejos.»

«En realidad», prosiguió, como aprovechando un pie que venía esperando, «a mí el fútbol no me gusta. Pero mañana va a hacer un día de película, se nos acumulan los eventos y aquí no va a haber quien pare. Así que mañana vamos a hartarnos a trabajar: vamos a ganar», remató con una sonrisa. «¿Dónde vamos?», preguntó enfilando otra rotonda con felicidad. Hoy estará contenta. Porque hoy, pase lo que pase, habrá ganado.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 24 de mayo de 2015.]

Ver Post >
Una furtiva voz
Alejandro Carantoña 18-05-2015 | 9:00 | 0

Dijo que en veinte años de escritura en prensa nunca había despertado semejante animosidad, como sin entender por qué: le estaban lloviendo palos de los traductores en bloque. Qué injusticia, qué suspicacia contra el protagonista —el escritor Juan Gómez-Jurado— cuando él «solo» había firmado las siguientes líneas en su columna de ABC, referentes al doblaje de las películas: «Consumiendo productos para idiotas que no quieren esforzarse, conseguimos convertirnos precisamente en eso. […] Doblar es robarle al actor su voz, al espectador miles de matices y violar el producto final. Y no creo que nadie quiera presumir de tener los mejores ladrones y violadores del mundo.»

Esto ocurrió el fin de semana pasado. Las aguas ya bajaban revueltas, en este sentido, desde el estreno de Refugiados, la nueva serie coproducida entre Antena 3 y la BBC, rodada en inglés y doblada. La crítica la ha despedazado y algunos espectadores achacan, en parte, la pobre impresión que les causó el estreno al doblaje. Conclusión: Hay que acabar con la traducción audiovisual, que es un atavismo franquista.

El runrún de que el doblaje de las películas lo inventó Franco como herramienta de control es más falso que un euro de madera —es anterior, de tiempos de la República—; igual que lo es que somos el único país en el que se doblan las películas. Se hace en toda Europa. Pero a gente como Gómez-Jurado les ocurre que de pronto ven Los Vengadores en inglés y entienden los chistes porque saben inglés y descubren el machaque de la traducción porque saben inglés y escriben artículos porque saben inglés. Es la cruz de la traducción audiovisual, que siempre hay uno en la sala que sabe inglés, italiano, alemán o francés y caza a los traductores, ignorantes, en un renuncio.

No obstante, aún oigo crujir las butacas del Campoamor cuando, durante treinta segundos, falló el sobretitulado de El castillo de Barbazul la temporada pasada, la ópera de Béla Bartók —en húngaro—, ante la perspectiva de que la siguiente hora de música se desarrollase en ese idioma tan hermoso como impenetrable.

O aquella mujer, tan entrañable, que salía emocionada de ver un Elisir d’amore sobretitulado —el enésimo de su trayectoria como espectadora, el primero traducido— epatada porque ella siempre había creído que cuando Nemorino profiere aquello de «M’ama. Si, m’ama, lo vedo» no estaba cantando al amor, sino llamando a su madre desesperadamente.

La gran injusticia de la traducción es, en realidad, esta: que no se trata de una cuestión de vagancia o de asfaltar el camino al analfabetismo lingüístico, sino una propuesta de acercamiento, una posibilidad de volcado que, en el mejor de los casos, ayuda a disfrutar de cualquier producto en nuestro idioma y en toda su amplitud —cultural, intelectual—. Quizás nos hayamos pasado —una encuesta desvelaba, hace unos años, que la mitad de los lectores creían que los libros se escribían en español, siempre—, y quizás falte educación lingüística, como nos recuerdan permanentemente nuestros líderes. Pero eso en ningún caso es culpa de la traducción o del doblaje, ni remotamente: es culpa de un hambre mal despertada y de un déficit de curiosidad palpable: porque ¿cuántos ciudadanos japoneses, australianos, alemanes o canadienses abarrotan las escuelas de español para leer a Gómez-Jurado?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 17 de mayo de 2015.]

Ver Post >
De goles y huelgas
Alejandro Carantoña 11-05-2015 | 10:00 | 0

James Petrillo tenía la mosca detrás de la oreja desde que empezó a tocar la trompeta para una gran compañía. Sabía que él y todos sus colegas estaban ganando menos dinero del que deberían —querían más derechos por las grabaciones—, conque organizaron una huelga que nadie, a priori, creyó que fuesen a tener el valor de llevar a término: Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial unos meses antes, en diciembre.

Pero lo hicieron. Corría el verano de 1942 cuando empezó un parón de la American Federation of Musicians que había de durar dos años, y que impedía a todos los músicos sindicalizados (la inmensa mayoría) grabar en estudios durante el tiempo que estuviesen en huelga (con la única excepción de los discos que se distribuían directamente a las Fuerzas Armadas).

El motivo de fondo era el ninguneo al que la industria los sometía: donde antes había una banda, ahora había un juke-box; donde antes las bases las ponían músicos, ahora empezaban a ser pregrabadas. Y aquello, aparte de injusto, les estaba saliendo caro.
A medida que avanzaba la huelga y que las discográficas se quedaban sin fondo de armario, empezaron a cambiar el rumbo de sus publicaciones: si no había músicos, al menos habría voces. Así que las big-bands empezaron a perder fuste frente a los cantantes; y muchos discos salieron adelante gracias a grupos vocales de acompañamiento, que suplían con la voz lo que tradicionalmente hacía un instrumento.

Al término de la huelga se empezaron a vender más discos que antes, muchos más. Las discográficas habían perdido y los músicos habían ganado en términos y condiciones, pero ya nada volvería a ser igual: donde antes se iba a ver al «jazzman» del siglo acompañado de un cantante, ahora era su cara la que aparecía en las portadas. Con tan mala suerte que además no se les daba del todo mal: Frank Sinatra, se llamaba uno que pasaba por allí.

Con esta huelga y la posterior —con la que quisieron defenderse de la irrupción de la televisión— los músicos estadounidenses lograron su objetivo. Perdieron en el imponderable plano de la relevancia mediática, pero lograron unas condiciones justas. ¿Eran unos pobres diablos o unos avaros sin remedio? ¿Ganaban poco, mucho, regular, suficiente? ¿Cómo se lo tomó el público, y cómo se lo tomaría ahora?

Posiblemente, la respuesta a esta cuestión sea la misma que entonces: que es legítimo que quien cree que algo es injusto pelee contra ello. ¿Alguien lo duda? Lo que ocurre, con los músicos y artistas, es que se tiende a pensar en nosotros como diletantes, que merecemos no ya un trato equiparable al de otras profesiones sino, quizás, ligeramente más injusto: es el peaje por disfrutar con lo que se hace, por tener casi el imperativo de satisfacer al público.

Y ahora, de pronto, aparecen por allí los futbolistas. Repentinamente, igual que Petrillo y compañía entonces, se alzan en armas porque quieren un reparto justo del pastel que producen: televisión, quinielas… Millones, siempre millones. Más millones, y espectáculo a raudales. Es ahora, en este tiempo de estrechez, cuando el público se divide: «¡Ya ganan mucho!», dicen unos; «¡Tienen razón: ¿cuántos espectadores tienen?», contestan otros. Pero a Petrillo, en fin, ya nadie le recuerda por tocar la trompeta, sino por haber ganado aquella guerra.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 10 de mayo de 2015.]

Ver Post >
El patrioturista
Alejandro Carantoña 04-05-2015 | 10:00 | 0

Los terremotos entierran cosas. Cosas como el equivalente a diez germanwings, a mil charliehebdos, a barbaridades de ese calibre; al tiempo que remueven y sacan a la luz otras. Otras muchas, entre las cuales se cuenta, por ejemplo, un artículo de Arturo Pérez-Reverte firmado en 2010 sabe Dios a santo de qué en el que reprocha a los turistas accidentales o accidentados el «síndrome del coronel tapioca», esto es, irse de safari al último confín planetario para toparse con un barranco, un golpe militar o un tsunami e ir a pedirle a papá Estado, entonces, que desfaga el entuerto.

Este artículo olvidado anda bullendo estos días a cuento del terremoto de Nepal y de la movilización, por parte de familias y afectados españoles, para pedir la intervención de las autoridades y que se ponga a salvo a nuestros nacionales. Esa es la (fea, dicen) prioridad. Después, ya irá la ayuda. Quizás esté demasiado fresca la muerte de dos españoles (uno de ellos por orgullo diplomático) en Marruecos hace pocas semanas.

El caso es que Reverte, aparte de la condescendencia que le caracteriza (él estuvo en la guerra, y usted no), pone el dedo en el egoísmo occidental, ese de regusto colonial y de vergüenza tapada. Básicamente —y es una idea extendida, al parecer—, que desde el momento en que un español estaba allí se hizo acreedor del mismo trato que cualquier nepalí en caso de catástrofe.

El gran escritor es un buen ejemplo con esta reflexión, porque con ella pone sobre la mesa algo más hipócrita y profundo y que nos afecta a todos: sin ir más lejos, dos años más tarde fue uno de los más furibundos atacantes del incremento en el IVA a la cultura hasta el 21%, apelando, entre otras cosas, a la identidad nacional y al sentido de Estado para que no se nos llevasen por delante a los plumillas y pintamonas. Exacto: apelaba al mismo sentimiento para poder seguir publicando alatristes que al que ahora apelan las familias de los desaparecidos para que los salven.

Resulta excesivamente contradictorio, cuando situamos ambos problemas en el mismo plano —en el identitario, nacionalista, estadista, como se quiera llamar—, que un zurriagazo a nuestros bolsillos artísticos adquiera unas dimensiones iguales o mayores que diez mil muertos y la destrucción absoluta de un patrimonio riquísimo: ahora que los muertos están frescos, perdidos y enterrados es cuando nos acordamos de Nepal, y sacamos a pasear con gritos, con gritos que tapen la vergüenza de no saber ni ubicarlo en el mapa, una solidaridad impostada y urgente.

Fueran nuestros patrioturistas responsables o no, conscientes o no de lo que estaban haciendo al poner un solo pie en aquel país arrasado, es muy posible que lo hiciesen con la tranquilidad de que iban a tener un hogar, un país y un Estado al que volver; uno que incluso se iba a ocupar de salvarles a ellos con el IVA recaudado; uno que les garantizaría la estabilidad necesaria para ir a gastar, a ayudar o a contribuir a que la vida de los nepalíes fuese ligeramente más parecida a la nuestra.

Imperfecto, feo, colonial, viciado, turbio, corrupto, pero nuestro: quizás, y solo quizás, debamos tomarnos más como algo tranquilizador que obsceno, algo bueno, que nos inquiete más José Luis Moreno que Kim Jong-Un. O al menos, asumirlo. ¿Podemos vivir con ello? ¿Con el hecho, la condena, de ser patrioturistas?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 3 de mayo de 2015.]

Ver Post >
Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.