El Comercio
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Fecha: junio, 2015
Cultura flotante
Alejandro Carantoña 29-06-2015 | 1:36 | 0

Fue con nocturnidad y sin apenas importancia, porque a todos les supo a poco: «Limita», «Tan solo», aparecían en todas las informaciones en torno al cese de José Ignacio Wert como Ministro de Educación, Cultura y Deporte y su relevo, Íñigo Méndez de Vigo. Nuevo ministro de Educación, chimpún, y hasta las elecciones generales de este otoño o invierno. Entonces, veremos.

De este modo, José María Lassalle sigue siendo el ministro de Cultura de facto, como secretario de Estado del ramo: el Gobierno, en la escuetísima nota que informaba del relevo de Wert, tan solo aludía a su labor relativa a la LOMCE. Ni a la gestión cultural, ni al IVA, ni a nada que se le pareciera. El perfil de Méndez de Vigo, que lleva dedicándose a Asuntos Europeos desde los años 80, tampoco tiene mucho que ver con la cosa artística. Así que Cultura, a día de hoy, sigue sin contar con un ministerio propio. Solo el de Hacienda, quizás.
Es difícil atisbar por qué, y cuándo, se decidió que Educación y Cultura (¡y Deporte!) eran áreas que debían ir en el mismo saco: sería como meter Sanidad y Fomento en una sola cartera aduciendo que, al final, va todo de infraestructuras grandes y presupuestos enormes.

Así, las pocas esperanzas que podíamos albergar de que el criminal IVA del 21% a la Cultura se viese reducido prácticamente se han esfumado, salvo maniobra electoral en otoño. Y lo peor no es eso: lo peor es que, por muy competente que pueda ser el secretario de Estado de turno su capacidad de maniobra (política) es mínima.
Como consecuencia, resulta que la segunda cantera de talento más notable de España —quizás por detrás de la investigación— queda en este tipo de legislaturas, henchidas de macroeconomía y asuntos de los que se dicen importantes, relegada no a un segundo plano, sino al ostracismo más insultante. Está totalmente desprotegida y abandonada a su suerte

Por si todo este daño no fuese abundante y difícilmente reparable, a la hora de poner en pie marcas españa y operaciones cosméticas (¿cosméticas se puede decir?) para fomentar el turismo, la Cultura sigue siendo uno de los grandes bastiones, un polo de atracción innegable que va de Cervantes a la tortilla de patata y del Guggenheim al Teatro de la Zarzuela.

Como única contraprestación institucional para mantener vivo el sector existe una colección de premios y galardones de alto nivel —algunos sin dotación económica, como el Premio Nacional a la Mejor labor editorial—, que desgraciadamente poseen un impacto limitado y que ponen el foco en un sector muy concreto, muy reducido de todo el ecosistema que necesita del apoyo, atención y cariño del Ejecutivo.

Buena parte de la culpa la tienen consumidores y profesionales, que con su tesón por no dejar a la Cultura caer han (hemos) acabado por dar carta de la naturaleza al discurso subterráneo y condescendiente del Gobierno: que, al final, la Cultura siempre sale adelante. Que en tiempos de estrecheces, ahí se puede meter tijera y ocuparse de otros asuntos porque la Cultura, en efecto, es una especie de islote lujoso y autosuficiente que no necesita del Ejecutivo para nada: que flota pase lo que pase y, llegado el caso, se mueve de manera independiente. Como si ahí, al fondo, estorbase poco y produjese bastante. Como si no tuviéramos que plantearnos, en un momento concreto, que no saliese. Entonces, ¿qué ocurriría?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

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Fin de curso
Alejandro Carantoña 22-06-2015 | 9:00 | 0

Con los últimos rescoldos de junio, y más con todas las ventanas abiertas —hoy empieza el verano— y más con una espicha de fondo y más con San Juan a las puertas, se completa una semana más un ejercicio rutinario: preguntarse dónde estábamos hace siete días y dónde estamos ahora.

Algunos, en Asturias, están en el mismo punto aunque bajo un par de palmos de barro y otros, embarrados y en otro sitio, donde no les gustaría estar: en la oposición. Pero esta semana, esta especialmente, tras el chaparrón premonitorio e higiénico del sábado pasado, ha sido la primera de este accidentado año en la que efectivamente no ha pasado nada en España.

Es posible que se produzca un cortocircuito en el éter si una sola persona más vuelve a escribir las palabras «Twitter», «populismo» o «cambio», porque si ya de septiembre a mayo habían recibido un buen vapuleo, los (irrelevantes) acontecimientos acaecidos desde el domingo pasado con el nuevo no-concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid han provocado que la prensa seria terminase de exprimirles las últimas gotas que les quedaban. Por eso ha sido la semana de abalanzarse sobre claves nuevas y frescas, como «bicicleta» y «metro» y madres limpiadoras de colegios, para hablar sobre no-pactos y alcaldes campechanos. Todo un antes y un después en nuestras vidas.

Tras el chute informativo que fueron las elecciones autonómicas y municipales, quedaba al menos la esperanza de que Mariano Rajoy diese un golpe de efecto en su gobierno el jueves pasado, un gran vuelco dramático con el que llenar unas horas más de tertulia. Y nada. Y ¿en el Consejo de Ministros del viernes? Tampoco.

Otros buscaban, al menos, nuevos patinazos públicos y cibernéticos en el ámbito político. Y más vacío: la realidad se resistía a brindar nuevos materiales, obligaba a, siempre sin levantar la vista del ordenador y la tele y la prensa, tirar de fondo de armario con pestazo a naftalina o bien meterse en osadas extrapolaciones greco-españolas.

Por fin ha llegado el momento de proponer una actualización del repertorio, de lanzar a la hoguera este curso, relevante en sí pero ya prácticamente ahogado, desahuciado. Es el momento de empezar a pensar en libros, en destinos, en terrazas y en merenderos; en sidras frescas, parrilladas, amistades desembarcadas y tardes por venir.

Porque da la impresión, desde que empezó el runrún electoral, de que veníamos esperando una montaña rusa de tal intensidad para acabar el curso que, al quedar huérfanos de auténticos sobresaltos, nos hemos sentido desorientados, ociosos y hambrientos de algo más. Así que en lugar de contar que en realidad no hay (casi) nada que contar, se llenan portadas, horas de radio e informativos enteros con acontecimientos que en menos de un año no pasarán de la anécdota.

Decía el recientemente desaparecido Santiago Castelo, poeta primero y ex subdirector de ABC después, que había que empezar a podar páginas de política de los periódicos, porque nadie acudía a las hemerotecas, al cabo de un siglo, en busca de la reacción del grupo municipal X a la decisión del grupo Y. Acudían, en cambio, en busca de crónicas de viajes, de acontecimientos pequeños, de hitos de esos que escriben la Historia fuera de estas cuatro esquinas. Apaguemos, cerremos, leamos. Salgamos: aquí ya no pasa nada.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 21 de junio de 2015.]

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Escribir con corbata
Alejandro Carantoña 15-06-2015 | 9:00 | 0

La gente que escribe con corbata es sospechosa. O mejor, casi ningún escritor que no sea sospechoso lo hace con corbata: es algo más estadístico y visceral que científico, es un noséqué de desconfianza que nace de la imagen del opinador (que son los que más usan tan estupenda prenda) sentado en su trono, rodeado de periódicos y dando forma a sus columnas en almuerzos de alto nivel y escuetas cuartillas que aspiran a regir el devenir del mundo.

La corbata es uno de los peores enemigos de la escritura —y lo dice un fan acérrimo, uno de los que nunca acaba con ella en la cabeza cuando toca usarla: la adoro—, probablemente porque la corbata es la significación de cierta elegancia, en estos tiempos en los que su uso diario está en declive, y porque, así, la corbata implica algo totalmente opuesto a lo que debería ser la escritura: algo desordenado y caótico (como decía Leonard Cohen: «Lo tiro todo encima de la mesa y voy haciendo que emerja un orden, con muchísimo esfuerzo»), algo muscular, íntimo, algo trabajoso.

Viene esto al caso de que Mario Vargas Llosa, perdón, el nobel peruano, es de los que siempre escribe con corbata, se nota. Y no es que no deje de ser un enorme escritor y fiel retratista de su tiempo, pero ¿cuál no será la sorpresa del respetable que hace pocas semanas lo aplaudía en el Teatro Español de Madrid o que busca su guía intelectual en las páginas dominicales de la prensa nacional cuando se lo topa, el pasado miércoles, en la portada de una revista del corazón acompañado de Isabel Preysler?

La primera sorprendida fue su mujer, Patricia, que se apresuró a emitir un comunicado en el que pedía que se respetase su intimidad; luego, vinimos todos los demás: Mario Vargas Llosa, perdón, el nobel peruano, tiene aparentemente un affaire con la socialité por excelencia, con la que se dejó fotografiar y —según ha trascendido— se encontró en un acto en Buckingham Palace (¡en Buckingham Palace!) para luego mantener, juntos y solos, un almuerzo en un restaurante de Madrid.

Mientras que todo este sainete se desarrollaba con luz y taquígrafos, nos enterábamos también de que Leonardo Padura era el nuevo Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015, para alegría de los amantes de la novela negra y creyentes en el poder que aún conserva la literatura de altos vuelos.

Pero para angustia colectiva, de Padura no sabemos qué ha desayunado ayer por la mañana, con quién comparte su tiempo o su vida. Ni siquiera sabemos dónde, o cuándo, ha estado casado: tenemos que vivir con la frustración de no conocer la ciudad y el momento en que va a celebrar sus veinte, treinta o cincuenta años de casado.

De Padura solo sabemos que ha escrito un buen puñado de libros dignos de ser tenidos en cuenta, que le gusta más la conversación que otra cosa y que, dentro de mucho tiempo, será recordado por muchas cosas, pero especialmente por haber diseccionado su Cuba durante un tiempo que ya no volverá. De Padura sabemos, como escribió, que como no es Paul Auster —que como americano solo está obligado a hablar de Letras— todos le piden un análisis pormenorizado de la geoestrategia castrista y un mordisco de la situación de su país, como si llevase corbata. De Padura sabemos todo eso, y no sabemos mucho más. De Padura sabemos que es de los que escribe sin corbata: Que seguramente sea un tipo de fiar.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 14 de junio de 2015.]

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PAUpérrimos
Alejandro Carantoña 08-06-2015 | 9:00 | 0

Sería estupendo que al ir a pasar la ITV o a renovar la cartilla del banco nos pusieran sobre la mesa alguno de los exámenes de PAU, para elegir. Que nos obligasen a superar una de las pruebas a las que esta semana ha tenido que enfrentarse el alumnaje —como llamaba un profesor a los estudiantes— para darnos una hipoteca u obtener la licencia de caza: España se habría quedado sin propietarios y los cotos estarían a rebosar de jabalíes y liebres.

Elegiría el de Lengua castellana y Literatura, o quizás el de Literatura universal. Este año ha caído, en el primero, un texto de Belén Altuna titulado La lengua unisex, acompañado de preguntas. De este llama la atención, primero, lo específico de las cuestiones, que invitan al estudio intensivo la noche anterior más que a zambullirse en la pasión de la lectura y a empaparse de la lengua hasta el tuétano: se pide un desarrollo en unas pocas líneas sobre temas tan refrescantes como la diglosia o el patrimonio lingüístico de España y su reconocimiento constitucional.

Las pruebas de lectura son La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca, y El mercado y la globalización, de José Luis Sampedro. Y para asegurarse de que los sufridos alumnos han aprehendido la lectura en toda su inmensidad —y que no volverán a tocar un libro ni con un palo, se entiende—, se pregunta: «¿En qué época del año transcurre la acción que se escenifica en La casa de Bernarda Alba?» y «Señale por qué no siempre se cumplen las condiciones para un mercado perfecto y qué consecuencias se derivan de ello para el consumidor». ¡Olé!

Con todo, lo más sangrante es que en el texto —amén de que no se emplean las comillas bajas («») que son obligatorias en español— hay un error, uno de esos que penalizan y mucho en la corrección de las pruebas: «Que haya cada vez más gente consciente de los usos y abusos sexistas, también en el lenguaje, que esté alerta ante ellos y que los evite o los denuncie, es una buena noticia.» Esa, última, coma, separa, sujeto, y, predicado. Aparte de ser una construcción extrañísima, es incorrecta. Y por si quedaban dudas, ¡es precisamente la elegida para que los alumnos reformulen su contenido! Pobres: ¿Cómo se reformula lo incomprensible?

El panorama no mejora en los dos exámenes de Literatura Universal —léase anglosajona: William Shakespeare y Henry James son los protagonistas de este año—. Los dos textos son obviamente traducciones, aunque no se indique en ninguna parte quiénes han sido los responsables de bailar un chotis sobre la tumba de ambos autores. Porque los dos tienen delito: el primero, el de Romeo y Julieta, porque a quienquiera que lo copiase le da tiempo, en solo catorce líneas (¡catorce!), a meter una exclamación que se abre y que nunca se cierra, cuando medio folio más abajo se está exigiendo al estudiante pulcritud, precisión y corrección so pena de perder unas décimas de punto que pueden marcar toda su vida académica y profesional futura. En el de James está todo aparentemente en orden, aunque, quizás por equilibrarse con el texto de Altuna, parece haberse espolvoreado por la página otro generoso saco de comas. Entienda y resuma (si puede): «Mi vela, con un chisporroteo, se apagó y, por la ventana, vi que la luz del amanecer la hacía innecesaria».

«2 puntos: Exponga brevemente cómo reacciona usted cuando la obra lo sitúa ante acontecimientos de esa naturaleza.» Pues me abrazo a un libro y lloro amargamente. ¡Pobres estudiantes!

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 7 de junio de 2015.]

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Todo es política
Alejandro Carantoña 01-06-2015 | 10:00 | 0

Algo muy raro ocurrió el domingo pasado, el día en que «el miedo iba a cambiar de bando» (que solía decir Pablo Iglesias antes de volverse moderado) y no fue en las urnas. Porque si bien la participación apenas se movió con respecto a la de las elecciones de 2011 y los resultados fueron más o menos previsibles, la audiencia televisiva sí se movilizó. Y además, a lo grande y de manera imprevisible.

Las cadenas generalistas se pegaron un batacazo notable en cuanto a audiencias —especialmente Televisión Española—, mientras que La Sexta, con el tan anunciado «periodismo incómodo» de Antonio García Ferreras y Ana Pastor servido en abundancia, acaparó un espectacular 16% de cuota de pantalla, que es más del doble de lo que acostumbra a registrar. La televisión pública certificaba así una caída en picado, que la semana anterior había vivido su episodio —y fracaso— más polémico a costa del nuevo programa de Ernesto Sáenz de Buruaga. Buruaga, en efecto, firma un formato de la más vieja de las escuelas, lleno de ideología subterránea y prefabricada y del cual poco, o nada, se puede salvar en términos periodísticos.

Esto provocó una rabieta por parte del presidente de TVE, José Antonio Sánchez, contra La Sexta, a la que llamó «cadena de segunda», mientras que defendía al jurásico Buruaga. Y así, el crítico Ferreras se lanzó en tromba contra Sánchez el mismo lunes llamándole en antena «mamporrero del PP».

Ese mismo día, como ha ocurrido el resto de la semana, El Gran Wyoming batía sus propios récords con el «análisis» de las elecciones, siempre en La Sexta, que vino a ser su acostumbrada leña al PP y amables entrevistas a las tres caras del cambio: Manuela Carmena, Ada Colau y Mónica Oltra.

Durante el resto de la semana esta tónica se ha ido extendiendo por el resto de medios de comunicación, porque lo que está pasando es «sexy» y, a todas luces, vende. Le está yendo mejor a quien apostó por Podemos de antemano, pero nunca es tarde si la audiencia está —y lo está— hambrienta de ilusión, de catarsis y de nuevos aires.

Así, durante los últimos siete días hemos asistido a cómo el «periodismo incómodo», marca registrada, se iba diluyendo en una cosa mucho más complaciente. Está muy claro que, una vez iniciado el cambio, al periodismo le toca cambiar radicalmente de posición y empezar a cuestionarlo todo —que no deja de ser el trabajo de cualquier periodista—. Se supone que el poder siempre encontrará escrutinio y contrapunto en la prensa. Y ahora, que la opción opuesta a lo tradicional ya ha tocado poder… ¿A quién tiene enfrente? ¿A Buruaga? ¿Confiamos tanto como para dejarles sin vigilancia periodística?

El culmen de este peculiar fenómeno llegó el miércoles, en una sola imagen, una muy elocuente: una revista digital de nuevo cuño y contenidos potentes sacaba a la venta tres camisetas con las caras de Colau, Carmena y Oltra. Y rezaba su eslógan: «Compra tu camiseta y ayuda a financiar el periodismo libre». Pero ¿es que nadie ve que el periodismo está siendo, así, menos libre que nadie?

La objetividad no existe, nunca ha existido. Pero el punto hasta el que ha calado aquella máxima de que «todo es política» está haciendo que, gracias a esa RTVE tomada al asalto por el PP y esa Sexta vendida al «cambio», ya casi no tengamos un parlamento y una prensa crítica, sino dos parlamentos: uno en la caja de votar y otro, en la caja tonta.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 31 de mayo de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.