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Fecha: julio, 2015
Un euro a la Semana
Alejandro Carantoña 27-07-2015 | 11:56 | 0

Primero, la pelea. Luego, la debacle: ya con la XXVIII Semana Negra cerrada, no merece la pena tratar de escamotear un análisis urgente, y en el que hay que insistir tanto como sea necesario.

Para empezar por lo general, y saludándolo ante todo como un síntoma de la buena salud del verano cultural gijonés, observemos que hemos acabado por tener tantos festivales en verano como carreras populares el resto del año. Y bien sabrá cualquiera que haya salido a contar «runners» por el Muro que no son pocas.

Esta eclosión llegó a su culmen el año pasado cuando, por azar o por inquina, Metrópoli y la Semana Negra coincidieron en fechas. La organización del veterano festival negro, haciendo gala de su característica susceptibilidad, vio en esto un ataque frontal por parte del ayuntamiento forista (según la Semana Negra siempre hay alguien intentando destruirla). Metrópoli y el ayuntamiento lo negaron, pero la espita estaba abierta y, por no perder las buenas costumbres locales, competimos antes que hablamos.

Como las comparaciones son inevitables —aparte de odiosas—, a algunos nos dio por contraponer balances. El resultado fue que el uno no debía temer al otro, más bien al revés: Metrópoli y la Semana Negra son, por naturaleza, festivales lo suficientemente dispares como para poder coexistir, y eso que ambos ofrecen comida, bebida y conciertos. Eso nos hizo preguntarnos si no acabarían por absorberse o fusionarse, habida cuenta de que —tal y como se ha visto este año— no son pocos los hosteleros y músicos que están presentes en ambas citas.

Gracias a la brecha, el hermanamiento ni ha ocurrido ni tiene pinta de ir a ocurrir: Aceptada esta realidad ¿qué podrían, al menos aprender los unos de los otros? Aquí es donde encaja la pelea, y el largo historial de eso que la dirección de la Semana Negra llama «normalidad»: aunque se dice que por la Semana Negra han pasado cinco veces más visitantes que por Metrópoli este año, el caso es que en el festival recién llegado no hay constancia de ninguna pelea, coma, tiroteo o electrocución. Y eso ¿por qué? ¿Por los horarios, porque son más civilizados, porque hay una unidad militar en el recinto?

Sospecho que es por el euro y medio que cuesta la entrada de Metrópoli, frente a la gratuidad de la Semana. Con algo tan nimio (que además difícilmente va a dejar a nadie fuera), se ahorraría (o se reforzaría) el trabajo de toda esa legión de trabajadores desbordados, y cuya situación ha sido denunciada públicamente por varios de ellos en esta edición, como el músico Xabel Vegas, a raíz de la pelea de marras.

Además, con ese euro y medio (¡o un euro: precios populares!) la Semana podría mejorar, y renunciar tanto a los impresentables que van a montar su Vietnam particular como al dinero de algunos hosteleros y feriantes perfectamente prescindibles, por marrulleros, si no directamente por violentos.

Es lo que este incidente revela: que no es menos democrático, menos de izquierdas ni menos combativo evitar que la gentuza dinamite lo que algún día fue un buque insignia, un mascarón cultural y festivo que ha crecido con muchos de nosotros. La Semana Negra necesita alimentar el entusiasmo y la confianza de quien la ha perdido (que no son pocos) y, sobre todo, sobre todo, cerrar la fractura que desde hace años se viene abriendo entre quienes están a favor y quienes están en contra: la Semana Negra, por mucho que insistan los unos, los otros, y los de más allá, no necesita a sus enemigos para existir. Con un euro, bastará.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 26 de julio de 2015.]

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Aquí abajo (cantando)
Alejandro Carantoña 20-07-2015 | 9:00 | 0

Lo único que trae una nube en Sevilla, hoy, es una vaharada de turistas y un viento de esos que remueven cuarenta sudorosos grados alrededor, que funden la suela de los playeros contra el adoquinado y que convierten en un insulto aquella llamada desde Asturias que dice: «Hace mucho calor aquí».

En Sevilla, hoy, hay un enorme cartel azul, en la autovía de entrada, que indica que de aquí a Gijón se llega por la siguiente salida. Previo paso por Mérida, claro, novecientos y muchos kilómetros mediante, claro: pero a Gijón se llega por allí, como si estuviera a la vuelta de la esquina.

Primero, esa natural cercanía resulta chocante. Luego, resulta perfectamente lógico que aquí, igual de lejos de Madrid que en nuestro querido Norte, Varoufakis y lo que queda de sanfermines no sean sino anécdotas lejanas, exóticas, y que la portada del diario local sea para un horrible suceso en las fiestas o ferias de turno —llámense como se llamen— y, la polémica, para los primeros días en el Ayuntamiento de las nuevas corporaciones.

Es curioso que el mismo recelo que llueve hacia los flamantes hospitales universitarios de por allí arriba se deslice hasta alguno de los de por aquí abajo, aquí donde las carrilleras son carrilladas, los cañones de cerveza son sevillanas y los bocatas de lomo son serranitos. O sea, aquí donde se toman las terrazas al salir de trabajar, como allá, con una ligera diferencia de entre 25 y 30 grados de temperatura y una perpetua guitarra flamenca (frente a una gaita perenne).

Aquí abajo —se sorprenden unos guiris de Santander (!)—nos entienden al hablar y comprendemos la carta de principio a fin; es más, nos hacemos al ritmo sevillano tan deprisa que surge una extraña complicidad nacional con los locales, una que supera en un suspiro a los vanos intentos de los franceses o los alemanes por entender qué demonios es una pringá casera. Nos miramos con un guiño: compango comemos todos, España era esto, y el director del Festival de Cine ye de Gijón.

Esta semana, allí arriba, ha estado Teresa Berganza inaugurando los cursos de verano de la Fundación Princesa de Asturias y reivindicando, entre otras cosas, que puestos a hacer concursos de televisión para cantantes (y no tanto), se haga una distinción entre los de pop y los de «clásica», decía, cantantes «interesantes» estos. La gran injusticia, el eterno esterotipo, se vería así perpetuado: que los de clásica, los que como ella han revolucionado el mundo con cierta perfección y un esfuerzo ímprobo, acaban siendo «los de arriba», mientras que quien canta como Dylan o susurra como Cohen termina por ser «el de abajo». Lo cual no siempre deja de ser verdad, si bien es cierto que asumirlo como tal, gruesamente, sería algo así como dejar a los asturianos en el lugar de los refinados guardianes de las esencias culturales —y encima, con una temperatura estable—; frente a ese estereotipo del sevillano vago, planchado por un clima obsceno, que se come más eses que aliños al cabo del día.

Luego resulta que nos entendemos casi a la primera, que un guiño y un codazo nos bastan para sentirnos primos hermanos. Luego resulta que quizás nos llamemos norteños o zureñoh, clásicos o modernos, pero sobre todo resulta que por A o por B podemos comer arroz con bugre del Cantábrico y cenar cincojotas con aceite y tomate —y desayunar cazón en adobo, y merendar ventresca a la parrilla—. Y que estamos, después de tanta frontera, en el mismo equipo: nos llamemos como nos llamemos; cantemos lo que cantemos.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 19 de julio de 2015.]

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Cines son centros
Alejandro Carantoña 13-07-2015 | 9:00 | 0

Ha hecho falta que ocurriera lo inevitable y se confirmase lo sospechado para que, como de costumbre, nos diéramos cuenta de lo que estaba en juego. Solo con el cierre definitivo de los Cines Centro de Gijón, que se producirá esta tarde, el desconcertado director del Festival Internacional de Cine de Gijón, Nacho Carballo, y el común de los espectadores empiezan a vislumbrar la capital importancia que tenían aquellas salas recoletas, envejecidas y estrechas en la vida cultural de la ciudad y de la región. Eran el embudo: cada una de sus salas recibía el nombre de otros tantos cines gijoneses desaparecidos. El Festival, dice Carballo, está a punto de atomizarse, de «acercarse a los barrios», por llamarlo con finura, y ya avanzaba esta semana que «se acabó lo de ir andando a todo»: en Gijón, así, ya no quedan más cines que los de La Calzada.

La desaparición de los Cines Centro supone, asimismo, el cerrojazo al último de los cines que quedaba en un centro urbano en Asturias: ahora solo es posible ir a fríos y tecnologizados y carísimos establecimientos a las afueras, como si viviésemos en Los Angeles, antes que en ciudades donde hasta antesdeayer había cines de barrio, cines con encanto y a los que, cuentan los sabios, apetecía ir por algo más que por la película de turno —que es lo único que hubiera podido vencer a Internet: una experiencia, un lugar, un punto de encuentro—.

De aquellos polvos, de los polvos de la modernización postindustrial del centro de Gijón en los años 90, estos lodos: Así, allí donde la muchachada echaba la tarde en billares y bolos y maquinitas antes o después de una película, ahora hay provectos ciudadanos en un centro de mayores dependiente de la Consejería de Bienestar Social. A pocos metros, donde antes hubo un cine (el Arango), luego una fábrica de sueños que dispensaba belleza al peso, ahora solo hay rastros de carteles desvaídos y una puerta cerrada a cal y canto. Y más allá aún, se ve el colosal complejo Hernán Cortés —con su cine—, reconvertido en un Casino de altos vueltos que ha acabado siendo, por fin, una sala recreativa a medio gas y con escaso interés allende nuestra región. Y para acabar, entrando en la calle Corrida, la última re-víctima: el cine Robledo, transformado en un restaurante de comida rápida que también ha levantado el vuelo (dejando tras de sí una tienda de ropa, al parecer) para aterrizar encima del emblemático Oasis, en la playa. Tiendas, centros de mayores, restaurantes y cascarones vacíos. Y así, en toda Asturias.

La solución que ahora ha puesto encima de la mesa Carballo, igual que se hiciera en su día con el Teatro Arango, ha sido que el Ayuntamiento intervenga para garantizar que, al menos, el Festival de Cine sigue teniendo su casa. Pero con esto no basta, ni siquiera con una fórmula cuasi mixta: así fue cuando se dejó el café Dindurra en manos privadas pero con ciertas condiciones que asegurasen que no se iba a desnaturalizar del todo (y se desnaturalizó).

Así, de todos los linajudos locales de ocio de otro tiempo que algún día fueron el pulmón de Gijón, y que le daban al centro una razón de ser, un motivo para ir a visitarlos, parece que solo conservan su esencia —con todo lo que ello implica— el Teatro Jovellanos, la discoteca Dragón y, quizás, ese túnel hacia una dimensión paralela que son las galerías de la calle Asturias. Cada uno en su medida, son templos funcionales heredados de otro tiempo, supervivientes a las inclemencias del cacareado progreso. Y todo gracias a una sola cosa: personalidad, centro, encanto. ¿Lo habremos perdido para siempre?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de julio de 2015.]

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La mordaza
Alejandro Carantoña 06-07-2015 | 3:48 | 0

Rodrigo García es uno de los más importantes directores teatrales del momento, en parte, quizás, por haber padecido algo tan común como la polémica más acerada. Y, recientemente, la censura por la peor de las vías: la administrativa.

García ocupó la atención mediática, primero, en abril de este año. Entonces estrenaba en París un espectáculo en el que un actor, debidamente adiestrado por un chef de Lastres, mataba, abría, cocinaba y degustaba un bugre en escena. Las asociaciones animalistas pusieron el grito en el cielo y García, también: «Que quede claro desde la primera línea», escribía en su página web, en letras enormes: «Sois completamente imbéciles».

El asunto quedó zanjado y la polémica, servida, mientras que el espectáculo seguía adelante: muchos espectadores no se sentían cómodos con la escena (que era precisamente lo que buscaba García, hablar de matar para comer). Esta misma semana, también, uno de los teatros de ópera londinenses (la Royal Opera House) ha vivido otro episodio de incómoda polémica, una versión actualizada del monumental follón organizado por David Alden y su Mazeppa de Chaikovski en la English National Opera en 1984 (La matanza de Mazeppa, la llamaban), del de Calixto Bieito y su sonadísima escena del descampado en Un ballo in maschera en el Liceu de Barcelona, en 2000, o de Hans Neuenfels y su Idomeneo de Mozart en la Deutsche Oper de Berlin en 2006, autocensurada temporalmente por miedo al fanatismo islámico —en la escena final aparecían las cabezas de todos los dioses, incluido Mahoma—. Ahora le ha tocado el turno a Damiano Michieletto, un jovencísimo director de escena italiano que lleva ya una buena temporada buscando su gran follón. Lo ha ido a encontrar, como digo, en la Royal Opera House con Guillermo Tell, de Rossini, donde ha insertado una escena sexualmente violenta en el tercer acto para subrayar las brutalidades de la guerra descritas en la ópera (y de la cual el público había sido previamente informado).

En estos cinco casos hubo polémica, se pidieron cabezas y, en último término, el espectáculo siguió adelante: en París, Londres, Barcelona y Berlín los responsables de los teatros salieron al paso de las críticas, algunos de ellos asumiendo el coste de dejar sus cargos por huir de la más temida de las censuras: la autocensura.

El mes pasado, García estrenaba un nuevo montaje, pero esta vez en el Madrid gobernado por los muñidores de la oficialmente llamada Ley de Seguridad Ciudadana. En esta ocasión, cuatro hámsters eran remojados en un acuario «durante diez segundos» y unas ranas chapoteaban en fango, con el fin, entre otras cosas, de «mostrar las relaciones de poder entre el hombre y la naturaleza». Una vez más, los animalistas protestaron. Pero esta vez todo acabó más deprisa, con una fulminante llamada del Área de Protección Animal de la Comunidad de Madrid al Centro Dramático Nacional, productor del espectáculo y, en teoría, blindado contra presiones externas: iban a sancionarles con entre 600 y 100.000 euros a menos que las dos escenas desaparecieran del montaje. No que se replanteasen: que desapareciesen. García las cortó.

Sirva este rodeo, puesto en otro contexto distinto del callejero, protestón y revolucionario, para que nos paremos a pensar en lo incómodo y lo irresponsable y lo innecesario y lo diferente y lo que nos estorba. En que a veces, incluso aquellas en las que hay que intervenir, no se puede hacer con trazo grueso, hechuras moralistas y holguras excesivas: al final todo eso, tan incómodo, solo puede hacernos mejores.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 5 de julio de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.