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Fecha: agosto, 2015
Aprenda quien pueda
Alejandro Carantoña 31-08-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Aquel viernes de diciembre de 2013, Aarón Zapico, profesor en el conservatorio de Oviedo, tenía permanencia —una jornada laboral sin clases—. Tenía que salir antes de tiempo, un par de horas antes del trabajo, en el último día antes de las vacaciones de Navidad. Se dirigió a la administración para pedir un permiso. Se lo denegaron: si salía antes, debía renunciar a su plaza como profesor de clave. ¿El motivo de los novillos? Cruzar la plaza de la Corrada del Obispo, doblar la esquina a la derecha y entrar en la catedral: Tenía que dirigir a la Orquesta Sinfónica del Principado en el Mesías de Haendel en la catedral.

Este año, Aarón —el mayor de los tres hermanos que integran el núcleo de Forma Antiqva— ni siquiera ha solicitado una plaza a la que sabe que tendrá que renunciar dentro de un mes, o de dos, en cuanto tenga que dar un concierto que interfiera con su labor docente. Y como él, tantos otros: en Asturias, quienes interpretan y enseñan tienen que hacer malabarismos, a menudo meterse en un insondable pozo administrativo y, casi siempre, acabar renunciando a la docencia reglada.

Esta misma semana, él no ha sido el único atropellado por la desidia política en la enseñanza de artes —musicales, en este caso— en el Principado: al filo de los plazos, la Consejería publicaba los destinos de los profesores interinos para este curso, recibiendo diecisiete de ellos, por error, plaza en el conservatorio de Oviedo cuando deberían cubrirse en el de Gijón. Un error lo tiene cualquiera, pero en lugar de arreglarlo con la máxima presteza, lo que ha seguido es un sainete de tintes informático-administrativos y el consiguiente anuncio, por parte de la Consejería, de que no se subsanará hasta mediados de septiembre, en segunda convocatoria. Esto significa que los diecisiete profesores no podrán realizar los exámenes de septiembre. O que el alumnado tendrá diecisiete profesores menos.

Por mucho que este proceso se ajuste punto por punto a la legalidad, el resultado es un desconcierto generalizado entre quienes quieren aprender música; unos mecanismos oxidados, y de dimensiones soviéticas, que escamotean cualquier control de calidad; y, sobre todo, una carrera de obstáculos para quien quiera y pueda enseñar: porque las plazas publicadas in extremis, a diez minutos de empezar el curso, pueden conllevar mudanzas y traslados de ciudad de la noche a la mañana.

En España, la enseñanza musical de todos los niveles es como un preadolescente entusiasta atrapado en el cuerpo de un anciano achacoso, de uno que se mueve con dificultad y que no cuenta con ayuda: no puede ser que se castigue la trayectoria profesional, o la experiencia, o la voluntad, o la juventud, o el entusiasmo, cuando son el mayor de los tesoros para un alumno que empieza: ¿Qué mayor acicate hay, para el que duda de sus capacidades, para el que no quiere practicar, que saber que algún día podrá tocar en salas de conciertos o en orquestas o en televisión? ¿Qué mejor ánimo y ejemplo que el que sale del aula, del propio conservatorio?

Lo más sangrante de todas estas situaciones es que han resultado en toda una generación —y vamos camino de la segunda, o quizás de la tercera— de músicos frustrados, si no mediocres, salvo un puñado de obstinados o afortunados que acaban por sobrevivir a un sistema tan injusto como aparatoso. Y lo más sangrante es que ellos, los que llegan a la otra orilla en una milagrosa alineación de apoyos voluntariosos, figuran en lo más alto de la lista de hitos de una política cultural, y educativa, que ya lleva demasiado sin hacer nada por ellos.

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Metaintolerancia
Alejandro Carantoña 24-08-2015 | 9:00 | 0

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Lo hemos visto ocurrir infinidad de veces. Es como un efecto mariposa ideológico: alguien dice —o piensa, o ambas cosas— algo y el aleteo de sus neuronas acaba por desencadenar aquello que se vende como desencuentro, pero que no tiene otro nombre más que censura; y censura, encima, de la peor clase: la ideológica.

Le ha ocurrido (y des-ocurrido) al artista estadounidense de origen israelí Matisyahu, cuya participación estaba anunciada para el festival Rototom, que se celebra este fin de semana en Castellón. La fecha se acercaba y empezaba a tomar cuerpo la presión ejercida por el grupo BDS (Boicot, desinversión y sanción a Israel) en la región. Muchas gestiones y cinco cancelaciones de otros artistas después, la organización del Rototom optó por supeditar la participación de Matisyahu a que este emitiese un comunicado condenando las acciones militares israelíes en Gaza y reconociendo el estado palestino. Matisyahu ni siquiera contestó. Fue descartado. A pocos días de empezar el festival, el Rototom se disculpó y dio marcha atrás. Al cierre de esta columna, estaba previsto que actuase en el festival, después de todo.

Lo ocurrido con Matisyahu no es nuevo —más bien frecuente en los últimos tiempos—, y precisamente en un reportaje publicado en The New Yorker esta misma semana le ponían nombre al fenómeno. Kelefa Sanneh, que firmaba la pieza, recogía el término propuesto por Kirsten Powers: quedaba bautizado como «metaintolerancia», un (peligroso) mecanismo lógico según el cual la intolerancia es aceptable cuando está dirigida contra alguna forma de intolerancia.

Es de lo más dañino porque, como relata Sanneh, se trata de un sistema de censura y condena pública que está al margen de las leyes, y que se sirve solo de la publicidad y de la acción (a veces del escarnio) para hacer valer un punto de vista determinado.
Aquí lo hemos visto en tiempos recientes: en octubre de 2013, Albert Pla dijo a ese periódico: «A mí siempre me ha dado asco ser español […]. Me gustaría que los catalanes fuéramos independientes y que en Gijón se estudiase el catalán por cojones.» A renglón seguido, el equipo de gobierno de Foro decidió rescindir el contrato de alquiler del Teatro Jovellanos (cuando Pla, encima, iba a taquilla, conque el consistorio ni siquiera se estaba jugando los dineros en la operación). Intolerancia contra el intolerante.
Pocos meses después, la Policía acabó cargando contra una manifestación convocada a las puertas del mismo teatro para boicotear a la compañía de danza israelí Sheketak. Y protestaban por el mero hecho de que los bailarines fuesen israelíes —o sea, intolerantes—, según reconoció al día siguiente de los altercados el portavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Gijón, Francisco Santianes: «No tenemos nada en contra de ese grupo, ni sabemos qué pensamientos tiene», reconocía en este periódico el 26 de julio de 2014, antes de justificar el boicot.

En los tres casos, alguien se apropia de la razón, y lo hace sin basarse en ningún precepto recogido en nuestro ordenamiento jurídico, sino en aquellas convicciones que estiman correctas. Actúan en consecuencia, siempre dentro de la legalidad, pero bordeando la frontera de la censura y poniéndole algunos palos en la rueda a la libertad de expresión de los unos, de los otros y, sin saberlo, a la suya propia.

Entre tanto ruido, al final, fue el representante de Pla quien fue a dar el clavo con el diagnóstico más preciso: «Las gentes del teatro», dijo, «tienen derecho a desvariar». Y casi, casi, tienen el deber de hacerlo. Aunque no nos guste.

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Más caléxicos
Alejandro Carantoña 17-08-2015 | 9:00 | 0

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Aun cuando creíamos haber huido lo suficientemente lejos de la actualidad —hasta los confines de agosto—, nos seguía pisando los talones. Ni siquiera aquí, a orillas de la Costa Verde, hemos logrado sortear durante estos meses de verano la enésima y aburrídisima polémica política: primero fue la Semana Negra; y ahora, como nueva incorporación que va ganando enteros en la clasificación, las declaraciones de Carlos Zúñiga, el empresario de la plaza de toros de El Bibio, de Gijón, que fue a meterse en un berenjenal de órdago por su cuenta y sin ayuda. Muy meritorio: «Las fiestas del Orgullo Gay sí que hacen daño a la vista de los niños», dijo.

Semejante salida de tono provocó un incendio en la planta noble del Ayuntamiento de Gijón, que Zúñiga se ha ido ocupando de apagar con abundante gasolina a lo largo de la semana, hasta darle, así, dimensiones institucionales y políticas de primer orden, manifestaciones, manifiestos y enfrentamientos incluidos.

Este tipo de cosas —los toros, la Semana Negra, la franja azul de la camiseta del Sporting, etc.— parecen ser la sal y la pimienta de los meses de verano, como para no perder la forma polemista en vacaciones. Y, sin embargo, de la arena del debate ha vuelto a quedar excluida, un año más, la cuestión más central y más importante de todas: el modelo de verano que queremos, la forma y diseño que queremos darle, proyectar hacia el exterior y usar como polo de atracción o distracción estival. Nos hemos vuelto a perder en naderías que no merecen mucho más que veinte segundos de atención.

Porque en cambio el concierto de Caléxico del pasado jueves en la Plaza Mayor, abarrotada y quizás insuficiente para la magnitud del evento, dejará un regusto agradabilísimo durante años —sonido redondo, clima clemente, expectativas superadas—. Y todo con un volumen potente y una cerveza en la mano, gravísimos atentados cívicos, ambos dos, permitidos por bula municipal durante las fiestas de la ciudad, como haciendo la vista gorda en honor de la patrona.

Mientras tanto, y a pocos metros, el gobierno municipal ha vuelto a sacar la artillería administrativa para hacer cumplir los horarios de cierre de algunos bares del Centro y de Cimavilla, verificar las licencias de música amplificada y abortar la música en directo espontánea, amén de seguir posponiendo el irresoluble y esquizofrénico problema del consumo callejero de alcohol en esta tierra sidrera.

Así, la forma que adquiere la Semana Grande es la de espacio de libertad o relajación de las normas, como mucho, en el que se polemiza por cuestiones más políticas que culturales. Por lo demás, sigue sin plantearse con claridad y definición qué hacemos con quienes pretenden participar de la Semanona al margen de su programación o plantear alternativas a su oferta. En ningún caso se debe levantar la mano temporalmente con lo diferente; en cambio, está claro que en Asturias en general y en Oviedo, Gijón y Avilés en particular hay una urgencia por hablar de la noche, de los conciertos, de los bares y por llegar a soluciones algo más sutiles que el reparto de denuncias. Es de locos que en un sitio se pueda beber, gritar y corear mientras que a pocos metros y simultáneamente llueven las multas por poner discos o tocar canciones, que las odiosas y nocivas despedidas de soltero puedan campar a sus anchas mientras que la música en directo, y diferente, languidece y perdemos cantera: que los Caléxico —que en mi opinión son ejemplo de proyecto atractivo o, al menos, diferenciador con su presencia en la ciudad—, algún día, también tocaron en un bar.

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Un político en la ópera
Alejandro Carantoña 10-08-2015 | 11:05 | 0

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Wenceslao López, en calidad de alcalde, eligió llevar traje, disfrutar de la ópera y luego señalar que, así y todo, ese título especial fuera de la temporada regular de ópera carbayona era demasiado caro para la ciudad de Oviedo. Ocupó, junto a Roberto Sánchez Ramos —concejal de Cultura—, el palco municipal del Teatro Campoamor, presidiendo así la primera de las dos funciones de Falstaff, de Verdi, el pasado viernes 31 de julio.

Un espectáculo, dijo a posteriori, impresionante, pero cuyo coste juzgó «excesivo» (se han publicado cifras que superan el medio millón de euros de inversión pública). Aún no se ha hecho público el balance económico definitivo ni la venta de entradas.

El sábado también había algún político en la sala. Aunque en su tiempo libre y, por ello, sin que haya trascendido el gusto (o disgusto) del diputado en cuestión con lo que ocurría sobre el escenario y en el foso, ni tampoco su opinión sobre dineros, políticas, y todo aquello sobre lo que poco o nada hay que decir desde el momento en que Muti alzó su batuta.

Nuestro diputado, vestido de polo y pantalones ligeros, escogió ocupar su asiento —en la zona intermedia del teatro— con una antelación que dejaba entrever una mezcla de ritual y de discreción: ni él ni su acompañante salieron al concurrido y muy sociable vestíbulo del teatro en las dos pausas que incluía la función.

Por eso de querer buscar la discreción, porque era en su tiempo libre y, sobre todo, porque de saber su nombre y siglas quizás el acto se cargaría de connotaciones, no diremos de quién se trataba. Solo que es de izquierdas, que ha acreditado su preocupación por asuntos de índole social y que pagó su entrada. Aplaudió al término y, hasta donde podemos sospechar, disfrutó del espectáculo.

Angela Merkel es conocida en Alemania por haber rechazado, siempre y con un rigor estereotípico, las invitaciones a los teatros de ópera de su país. Siempre paga lo que haya que pagar —es una melómana reconocida— y aguanta estoicamente el tipo en los incómodos asientos del festival de verano de Bayreuth, la meca wagneriana (en la apertura de este año, de hecho, se rompió la silla que ocupaba poco antes del descanso).

Manuela Carmena también salió del armario operístico, al poco de ser elegida alcaldesa de Madrid en las últimas elecciones municipales, tras una reunión con los responsables del Teatro Real de Madrid, en la cual les anunció que el ayuntamiento renunciaba a su palco para que la institución pudiese venderlo e incrementar sus ingresos de taquilla.

Aquí, sin embargo, en este Campoamor que sigue teniendo su palco municipal en una posición que preside más el patio de butacas, la «socialité», que el espectáculo en sí, no son muchos los cargos públicos que se han dejado ver por las lides líricas. Y quienes se han declarado culpables del «guilty pleasure» carbayón por excelencia lo han hecho, casi siempre, por motivos ideológicos o de prestigio social en determinados ámbitos. Pocos por motivos artísticos: otro célebre sindicalista ha sido avistado en butaca de general, en la última planta, entrada pagada y en la mayor de las discreciones, de nuevo.

Sería tremendamente positivo que, por encima del ruido que envuelve a la lírica, algunos de ellos —nuestro diputado, nuestro sindicalista— recogieran el guante y dieran un paso al frente; que lo dijeran, que se significasen. Que quedase claro que la ópera puede acoger a cualquiera. Que dejasen claro que esto es, ante todo, cultura, no política. Música, no ruido. Que se adueñasen de ello.

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El incendio
Alejandro Carantoña 03-08-2015 | 9:00 | 0

Es una de las cosas a las que más derecho queremos tener, en estos tiempos digitales. Y quizás esto se deba a que se trata de la que más nos asusta. Es el incendio en general, pero no un incendio cualquiera, no son solo esas llamas que se están comiendo el suroccidente de Asturias o que se llevaron por delante a ocho personas hace unas semanas en Zaragoza. Es el incendio de la memoria, es el olvido, el abandono, el pánico a no ser recordados —o a que nos recuerden como menos queremos—.

Este tipo de miedo es el que activa, casi siempre, los resortes más emocionales. Así, sin necesidad de remontarnos al espinoso asunto de la memoria histórica, esta misma semana hemos vivido un nuevo episodio de agitación, de puro miedo al olvido, con el cierre del Café Comercial de Madrid: los unos, por pena a que dejase de existir; los otros, por celebración de que al fin cayese una empresa desagradable, poco atenta y que vivía de las rentas culturales de otro tiempo. Y todos tienen razón, al menos, en constatar que el olvido se va llevando un cierto Madrid malasañero: el del pijo Comercial, desde luego, pero también el de El Chamizo, otro cierre de esta semana; o el del Estar café, cuyo anuncio de traspaso trascendió apenas unos días antes de que Javier Krahe, que solía ir allí a jugar al ajedrez, muriese. Y sin que nadie temiese, al menos, que fuese a ser olvidado: es un alivio.

Muchas de las cosas que hacemos, tanto como individuos como ciudanos como colectivo, tienen algo de poso en el recuerdo: las ceremonias, los hitos y las celebraciones están llamadas a escribir con letras más o menos grandes líneas que no se deben olvidar, o que no queremos que se olviden. Veamos: los acontecimientos políticos de este pasado curso son «históricos», el calor o el frío también lo son —siempre—, e incluso la llegada de Riccardo Muti, estos dos pasados días, al Teatro Campoamor de Oviedo ha adquirido tintes de «histórica». A buen seguro, de «inolvidable»: por ahí no hay miedo.

Pero cabe sospechar que todos estos acontecimientos —desde el Comercial a Muti; desde los nuevos partidos a los termómetros explosivos— se ganan su inolvidabilidad por ser centrales, centrales en un contexto y un espacio muy concretos. Así, igual que los asturianos acostumbramos a formar parte del selecto club de grandes olvidados de España, madridcentrista donde las haya, incurrimos ahora en el mismo error al mirar más a la costa, y al centro, que a esos montes verdes, pulmonares y nucleares del Suroccidente que se están convirtiendo en carbón (no subvencionado) pasto de las llamas, de las llamas del incendio, y sobre todo, del incendio del olvido colectivo.

Como en esa esquina oronda del Principado no vive mucha gente y el humo no cubre nuestras ciudades, parece que asistimos con una desolación lejana a los incendios, sin mucha más afectación, cuando en dimensiones no difieren mucho al de Òdena, en Cataluña, o al de Ourense, que sí se han ganado su cuota de Historia.
Para rematar la catástrofe, tenemos a los brigadistas encargados de apagar esos incendios en pie de guerra, y todo porque consideran un abuso el trato por parte de la empresa contratante —adjudicataria del Estado— y quieren atención. ¿Por qué quieren la atención? Efectivamente: porque se consideran olvidados.

Esto del recuerdo nos resulta muy incómodo, y aparte de despertarnos ese lado emocional, también saca lo peor, el egoísmo, el deseo por ser recordados (yo, nosotros, todos) por encima de lo demás. Pero hay cosas, como esos montes apartados, que son importantes, aunque no nos parezcan ni históricas ni inolvidables.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 2 de agosto de 2015.]

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.