El Comercio
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Fecha: septiembre, 2015
Manolo, el catalán
Alejandro Carantoña 28-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Bastó con que Pemán escribiese Mis almuerzos con gente importante para que a Manuel Vázquez Montalbán, tiempo después y ya en plena democracia —en los primeros 80—, le diese por crear esa genialidad que es Mis almuerzos con gente inquietante, reverso irónico y mucho más interesante. El libro de Montalbán, que todo periodista debería leer, es un paseo gastronómico razonado por una amplia colección de personajes que le inquietan y un bofetón elegante a la escritura institucionalizada y dócil. Es decir, Bibi Andersen, el duque de Alba, Jesús Quintero, etcétera. Y es, contra todo pronóstico, fascinante. Es una foto fija (y quizás involuntaria) de la Cataluña inmediatamente posterior a la Transición.

Igual que ese libro descolla entre los demás cada cierto tiempo, resulta que también van apareciendo, desperdigadas, novelas de la serie Carvalho oportunamente: El premio, Los mares del sur… Desapercibidos, humildes pero constantes, los libros de Montalbán, como una gota malaya: la foto fija (y de involuntaria no tiene nada) de todas las cataluñas posibles, hasta llegar a esta. La de este domingo.

Cuando era realmente muy pequeño me hice una foto con Manuel Vázquez Montalbán en la Feria del Libro de Madrid. Y lo cuento solo con la reverencia de quien ha podido pasar cerca de un héroe desaparecido, y no con la intención de escribir lo que queda de esta columna refiriéndome a él como «Manolo», que es lo que hacen esos aduladores que alguna vez se lo han cruzado comprando el pan y a los que les ajustaría las cuentas, debidamente, en novelas como ‘El premio’.

El caso es que aquel señor tan grande y que siempre ha escrito tan claro y ha comido tan bien era, en aquellos tiempos y en los inmediatamente siguientes a su muerte (en 2003) el tipo de faro y referente catalán que está en vías de extinción: Josep Pla hace tiempo que calló; las viñetas de Bruguera son, como mucho, un acto de nostalgia; Marsé sigue recluido en su rincón; Vila-Matas ya ha cumplido con su deber; y así se dibuja un largo etcétera de silencios o de relevos generacionales que, puede que simbólicamente, ha culminado esta semana con la defunción de Carmen Balcells.

La colección de personajes variopintos, e inquietantes como diría Montalbán, han dejado su plaza a un paisaje de voces mucho más uniforme y superficial. Los columnistas se han vuelto cortoplacistas y despreocupados; los autores, salvo contadísimas excepciones, nos han dejado huérfanos de opiniones contundentes y transparentes, y han perdido el nervio identitario para sobreponerse al ruido.

Ocurra lo que ocurra hoy en las urnas, la cosa es esperpéntica y el grado de manipulación del discurso se ha vuelto casi insoportable. No desde una perspectiva política, ojo, ni siquiera retórica: simplemente intelectual y literaria. Hace tiempo que cuesta disentir de un punto de vista, de una línea editorial, sin perderle el respeto a quien esté detrás.

Cabía la posibilidad de que esa decencia, esa coherencia casi suicida, fuese recogida por quienes alguna vez, en su juventud, pudieron tener a Montalbán por maestro e incluso hubiesen recibido bula para llamarle Manolo. Que hubiesen sido investidos para tomar las riendas (intelectuales, se entiende) de todo lo que estaba ocurriendo y estaba por ocurrir. Pero no ha sido así: solo de este modo se explica que hayamos llegado a esas bochornosas peleas de banderas y esperpentos varios. Solo se explica por haber perdido (y hay que volver a él) a Manolo, el catalán.

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Humor o naufragio
Alejandro Carantoña 21-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Mucho se ha escrito —y demasiado se ha dibujado— sobre la fotografía del niño sirio muerto, ese que ya tiene un nombre y un apellido que se repite con demasiada familiaridad. Agotados del niño, a por lo siguiente: el refugiado de la zancadilla y la reportera húngara más famosa de la Historia.

En este juego tan banal, en este paseo de anécdota en anécdota sin entrar en el debate de fondo, no se sabe muy bien qué hace que el respetable se aburra de un tema y pida otro con voracidad. Quizás los temas se agoten cuando la cosa se empieza a complicar, esto es, cuando los periodistas rigurosos empiezan a rascar el trasfondo y toca entrar en matices. Ese es el momento elegido para cambiar de tercio.

Es lo que ocurrió con el niño: que todo estaba tan dicho que solo quedaba desmontar la foto, la foto en sí, o empezar a desbarrar. Esto último es lo que ocurrió en Francia, donde Riss firmó dos bromas utilizándolo como leitmotiv: la primera, muy gráfica, muestra al niño con un cartel de McDondald’s que reza: «Dos menús infantiles por el precio de uno»; la segunda dice: «La prueba de que Europa es cristiana: Los cristianos caminan sobre las aguas; los niños musulmanes, se hunden».

Es muy difícil leer este humor a este lado de los Pirineos, pero en Francia, aparentemente al menos, se estila mucho: Un famosete de medio pelo saludó la celebración de Sergio Ramos de la victoria española en baloncesto del jueves con una fotografía del 11-M. Ja, ja.

Pero volvamos a los dos chistes con el niño muerto. ¿Saben quién los publicó? ¿Dónde? Efectivamente, fue en Charlie Hebdo el pasado 9 de septiembre y Riss, que los firma, es el actual director del semanario tras los atentados de enero. Esta vez, aparte de cundir como reacción una solemne lluvia de amenazas legales, también parece haber prendido el eslogan opuesto al de aquel frío mes de enero: Ahora, «Je ne suis pas Charlie» se lleva más que su contrario.

Sería muy provechoso, aunque ahora no interese y estén más candentes otros temas (Cataluña, el toro de la Vega, las elecciones generales, Podemos, etcétera, ¡qué sueño!), que alguien preguntase a alguno de los millones de líderes y no tan líderes mundiales que se manifestaron en París aquel día: «¿Qué opina de esta viñeta? ¿Volvería a dar su apoyo a Charlie Hebdo

El mandatario, quien fuese, diría que la libertad de expresión es una cosa muy europea, pero a la vez —a menos que tuviese en muy poca estima su trabajo— tendría que escandalizarse un poquito. Luego empezaría a echar humo por las orejas. Finalmente, y casi con toda seguridad, le estallaría la cabeza.

Es difícil asegurar sin más contexto cuál es la intención profunda de esos dos chistes, pero posiblemente incluya, entre otras, la de volver a muchos contra el espejo. A muchos de los que hace tan solo nueve meses, que es muy poco tiempo, eran incapaces de decir bien alto que no eran Charlie pero que eran mucho menos partidarios de los matones asesinos. Posiblemente una de las intenciones —o eso espero, porque si no la cosa tiene difícil explicación—fuese que todos los millones de suscriptores que quisieron mostrar que les encantaba una revista que no conocían en absoluto sientan auténtica repulsión; que quizás asuman que es posible (y necesario) aborrecer lo mismo que se respeta. Pero como tampoco es cuestión de pararse a pensar mucho, ahora solo cambiaremos de tema. Ahora, solo, cambiaremos de canal. Y a otra cosa.

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¿Independientes?
Alejandro Carantoña 14-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Pase lo que pase dentro de dos semanas, en este mes de septiembre van a nacer más periódicos que naciones en la Península Ibérica. Con el nuevo curso, estos, aquellos y los otros retoman el esfuerzo por recomponer el panorama mediático español, con prestigiosos creadores de opinión y un discurso que repite más que el salmorejo avinagrado. Los demás se empeñan en refundar el mapa.

Igual que hace una semana se hacía urgente acudir a la Cultura o al acervo patrimonial para entender qué está pasando con la crisis migratoria siria, hoy nos encontramos con un fenómeno parecido —en lo tocante a los medios de comunicación—, pero intramuros.
La manifestación y la celebración de la Diada catalana han reavivado, este viernes, el debate sobre si tienen que quedarse o es urgente que se vayan; si hay que volver sobre la matraca constitucionalista de los referendos y elecciones plebiscitarias o si hay que tirar de código penal; si les estamos robando o nos están robando ellos a nosotros.

Pero en mitad de este enorme batiburrillo de corte ministerial, que por fortuna para muchos llena tertulias, páginas de opinión y editoriales radiofónicos, a algunos nos da por acudir no a la sección de Política, sino a la de Cultura.

Allí encontraremos, con suerte, a algún rey del exabrupto titulando barbaridades en un sentido o en otro, o quizás a alguien de talante más conciliador apelando al cariño de las civilizaciones. Con todo, será difícil encontrar un análisis punzante, una reflexión efervescente sobre lo que es una nación y para qué sirve. En el mejor de los casos, para estos asuntos se tira de catedráticos en Derecho que saben mucho de lo suyo, pero se echan en falta escritores, teatreros y autores en general que quieran o sepan proponer verdades —verdades abstractas, artísticas, en fin— para que cada cual llegue a una conclusión. Tarea, por cierto, muy distinta y harto más complicada que tomar una posición y defenderla mediante el arte.

Parece que, tanto hablando de una crisis de refugiados o de migrantes como charlando sobre la oportunidad de que un territorio se desgaje de España entra por la ventana un politólogo, un geoestratega o un experto a secas para desalojar del debate a todo el que no posea una pátina científica, por endeble que sea.

Los cálculos y ditirambos de corte palaciego resultan muy atractivos en el contexto opinador y mediático, pero les falta —a todas luces— un fondo cocinado a fuego lento que los dote de sentido, de peso, de relevancia. Vamos a ver: ¿cómo pueden quedar fuera de las discusiones, de cualquier clase, los autores, pintores, teatreros o incluso cocineros de este lado y el otro? ¿Cómo podemos rebajarlo y reducirlo todo a 1714, el 3%, la presión fiscal?

Hay un fulgor allá a lo lejos, como decía, que tiene que ver con los Boadella, Marsé, Vila-Matas, Piqué (!), Loquillo, Adriá, Mendoza, y da igual. Todo acaba reducido a tomar una posición de las que se construyen más en manifestaciones, televisiones, e indigestas retahílas mañaneras que en procesos pausados y de largo aliento.

Todos los que vivimos tan lejos —físicamente— como cerca —por trabajo y amistades— de Cataluña sabemos que este viernes pasado y el domingo de dentro de dos semanas no va a pasar nada. Nada digno de mención, nada que pase de la anécdota. Nada que, más allá de los periódicos que nacen con frenesí en este septiembre, vaya a quedar en nuestra memoria. Y mucho menos en nuestras hemerotecas.

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Europa, la insensible
Alejandro Carantoña 07-09-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.
Lo peor no es lo que nos remueve, sino que no hayamos podido dejar de sentirnos culpables. La foto, la foto que todos hemos visto esta semana, la foto del niño ahogado en la playa que ha abierto prácticamente toda la prensa y sobre cuya oportunidad hemos hablado más de la cuenta estos días.

La foto de la vergüenza, la foto que ha sacado a relucir lo insolidarios que hemos sido. Con ella, se despierta un sentimiento de culpa inmediato por no haber hecho nada hasta ahora; y también uno mayor ahora que nos movilizamos deprisa y corriendo. Ese sentimiento de culpa crecerá aún más cuando, dentro de un año, hayamos olvidado toda la voluntariedad de occidentales que estamos sacando a relucir ahora.

La pasividad política nos exaspera: cuando ocurren estas cosas, parece que nos damos cuenta de pronto de lo insensibles y cómodos que nos hemos sentido al dejar olvidada en un despacho nuestra solidaridad y, lo que es más grave, nuestra propia sensibilidad de seres humanos.

Aunque en un primer momento el cuerpo nos pida apelar a esas estructuras e instituciones —las políticas— para canalizar la ayuda, desde este rincón de las páginas de Cultura conviene recordar, más allá de todo lo dicho por quienes saben de migraciones y geopolítica, que corren muy malos tiempos para la sensibilidad y las emociones. La frivolidad, la superficialidad y la urgencia nos han sumido en un tiempo oscurísimo, en un tiempo en el que ya ni las novelas ni las sinfonías parecen tener el poder de cambiar el mundo o tener nada que ver con ese niño y con tantos otros miles.

Debería darnos la misma vergüenza, ahora, mirar atrás y ver que en tiempos mucho más lúgubres y primitivos que estos las guerras se libraban en los campos de batalla, pero también que se ganaban —en las conciencias, al menos— mediante aldabonazos que solo podían surgir de una pluma o de un cincel.

Antes, por aquel entonces, esto que hoy llamamos Cultura apenas tenía nombre, y aún estaba muy lejos de ser una cosa institucionalizada y de la que casi parece de mal gusto hablar en tiempos de penuria. Por aquel entonces casi mitológico, se daba por hecho que alguien seguiría escamoteando cuadros a un régimen asesino o seguiría, con terquedad, tratando de poner en pie una Enciclopedia de corte tan científico como intelectual, porque lo que hoy llamamos Cultura era consustancial al ser humano.
Mentar a los poetas solo se convierte en un acto de egoísmo cortoplacista cuando o bien no los tenemos buenos, o bien no sabemos apreciarlos: es lo que está ocurriendo hoy, aquí y ahora, cuando solo sabemos mirar a los periódicos, opiniones, gobiernos y púlpitos para evaluar o sentir una imagen tan estremecedora como la que nos ha encharcado los pulmones de rabia esta semana.

Antes, por aquel entonces mitológico, acudiríamos a algún otro faro, a algún faro alegórico, literario o musical para entender y repudiar la crisis que empieza a lamer nuestras fronteras. Hoy deberíamos poder acudir a esa novela que no habla necesariamente con los datos en la mano, sino que es capaz de verbalizar por nosotros la maraña de sentimientos que nos atenaza. Hoy deberíamos poder mirar un cuadro, escuchar una música que, a través de la más pura e inocente de las bellezas, nos despojase del miedo a plantarle cara lo peor de nosotros mismos. Necesitamos espejos que nos pongan contra las cuerdas: El drama, sin ellos, se hace mayor todavía.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.