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Fecha: octubre, 2015
Yo estuve allí
Alejandro Carantoña 26-10-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

La arruga en la chaqueta, esa arruga cincelada por horas de avión, por el jet-lag y el cansancio. Eso sí es tradición de los Premios Princesa. El campeón de este año, con un surco de dos dedos de hondo en la espalda, ha sido Francis Ford Coppola. Se bajó del coche, escuchó una gaita tocando el tema principal de El Padrino, percibió el desembarco de masas eufóricas en la entrada del hotel Reconquista y empezó a bizquear. Cuando ya iba a refugiarse a su madriguera ovetense para los siguientes días, la directora de la Fundación, Teresa Sanjurjo, le invita a hacerse unas fotos. Suspira.

Casi todos los premiados que han venido a Oviedo son lo suficientemente venerables como para que les incomoden sobremanera los tumultos improvisados: ahí han estado Lledó, Duflo, Padura o el propio Coppola, entregados a la causa en los homenajes, clases, tertulias, entrevistas o galas, pero visiblemente más encorsetados cuando la cosa iba de atender lo mejor posible a una marabunta inopinada, hambrienta de fotografías, autógrafos o guiños a cada rincón. De titulares, de frases: de motivos, de bocados que han servido para atestiguar, a lo largo de esta semana, que yo estuve allí. Yo participé, yo le toqué, yo me lo crucé en un pasillo y todos deberíais saberlo. Y lo sabréis porque me tenéis en Facebook, en Instagram y en Twitter. Yo estuve allí: no importa el qué, el cómo o el para qué; importa el quién.

Al hilo de este fenómeno, decía otro de los premiados, Jimmy Wales, el cabecilla de Wikipedia, que Internet no es el peligro en sí mismo, sino el uso que hagamos de él. «Cuando era pequeño teníamos la televisión. Mi padre me decía: “Deja la televisión y sal a jugar”». Y «padres», en este sentido, no tenemos: posiblemente, mientras que Lledó advertía del riesgo que corre este mundo nuestro de hiperpoblarse de imbéciles, estábamos demasiado ocupados grabándolo en vídeo para escucharlo después o colgarlo en Youtube.

Esta capa abusiva, mitómana, es la causante de que en Oviedo sea complicado salir a la calle sin topar con una estatua (unos extranjeros de visita, recientemente, fascinados, paseaban exclamando: «¡Un perro! ¡Mafalda! ¡Un señor con maleta! ¡Un culo!»); y de que en Gijón nos vayan creciendo símbolos, carne de estudio fotográfico, por las esquinas.

A priori todo esto no tiene nada de malo. Pero, ahora que van pasando los años con nuestras cámaras de fotos en los bolsillos, sí empieza a resultar preocupante cómo la urgencia por preservar y compartir con los más allegados ha dado paso al exhibicionismo más descerebrado e invasivo.

Por no ofender: esta misma semana, el miércoles 21 de octubre de 2015, era el día que aparecía en Regreso al futuro para el viaje en el tiempo desde 1985. Bien, pues tanto el miércoles como el martes, en que apareció el último adelanto de la nueva entrega de La guerra de las galaxias, es de suponer que muchos nos entusiasmamos con estos dos guiños «pop» de otro tiempo; disfrutamos; lo vimos. Lo recordaremos.

No obstante, miles o millones de contactos que pueblan las redes sociales han sentido una necesidad imperiosa (y no siempre entusiasta, que aún lo explicaría) de repetir el chiste, de buscar un chascarrillo, de arrogarse un triunfo reciclando el prestigio ajeno. De colgarse del cuello de un premiado, o de un rey, solo para poder decir: «Yo estuve allí». Y no escuchar nada, y no aprender nada, y apenas recordar quién es ese señor. Quizás, si les escuchásemos, no nos quedaría duda alguna de la importancia de que estén aquí.

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Tacto
Alejandro Carantoña 19-10-2015 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Un amigo medita sobre un error valiosísimo: «Logré entender que me la di por entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que observar primero y reaccionar después, con calma», aprendía.

Una reflexión así valdría para casi cualquier orden de la vida, pero quizás esta semana que empieza, más que nunca, haya que aplicarla a los baños de masas y a los paseíllos multitudinarios, que parecen haberse convertido en la última moda de la batalla institucional. El presunto clamor de un lado y de otro que nos ha ensordecido durante esta última legislatura, para entendernos, se han convertido en la carta blanca que parece justificar cualquier enfrentamiento, ruptura, fractura o postura incluso.

Y no va solo la cosa por el ensimismado trasiego de Artur Mas de camino a declarar ante el juez esta misma semana, sino al revuelo organizado en torno a los Premios Princesa de Asturias, que ya han comenzado y que prometen polémica a raudales —para asombro de los premiados e invitados— a lo largo de la próxima semana.

Es la primera ocasión que el tripartito de izquierdas ovetense ha tenido para tomar postura ante un acontecimiento que se pretende, ante todo, cultural, pero obviamente impregnado de connotaciones políticas, ideológicas e institucionales.

Las últimas declaraciones han sido confusas, o quizás matizadas —es donde cabe más de una interpretación donde cada cual entiende lo que quiere entender—: Ana Taboada, vicealcaldesa de Oviedo (Somos), dijo que ceder espacios a los Premios, sí, pero que entregar dinero, no: que se lo paguen. Así, ha surgido una polémica sustanciosa y se ha caldeado el ya de por sí poblado manifestódromo de La Escandalera para el próximo viernes.

El resultado de estas declaraciones (y la airada reacción de Graciano García, director emérito vitalicio de la Fundación), volviendo a la sabia lección, ha sido ante todo de ruptura, de enfrentamiento. Quizás a medio plazo sea un resultado constructivo, pero por lo pronto se ha puesto en contra a todo un sector de la sociedad que, para empezar, disfruta con los Premios y los apoya; y, para seguir, rechaza frontalmente que lo eduquen o lo reconduzcan.

No se trata aquí de evaluar si a los Premios se les deben otorgar 350.000 euros, 350 o 350 millones de subvención; ni siquiera de plantearse su existencia o su oportunidad en el tiempo en que vivimos. Simplemente, en los albores de esta revisión profunda de lo que es Oviedo y lo que se quiere que sea, toca hablar de los tiempos y del tacto. Del arraigo —o del enquistamiento—, del diagnóstico, del cálculo.

Seguro que ni Taboada ni nadie en la nueva Corporación, que tiene a gala un programa de cambios de calado en la cultura de la ciudad, quieren perder a un solo actor de los que participan de ella, se llame como se llame y sean cuales sean sus preferencias. Seguro que empezar la construcción de su Oviedo prometido no empieza por expulsar o extirpar a nadie ni a nada, sino que tiene como fundamento la conciliación, el diálogo y la toma de decisiones comunes.

Por eso, por muy cargada de razón o muy aclamada que sea una propuesta; por muy democrática y justa que sea, su implantación siempre tiene que comenzar por el principio: por la seducción. Ante todo, tacto.

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¿Quién es Svetlana Alexiévich?
Alejandro Carantoña 12-10-2015 | 11:55 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Lunes. Prácticamente nadie en España sabe quién es Svetlana Alexiévich, pero suena fuerte en las apuestas para el Premio Nobel de Literatura 2015. Martes. Alexiévich es bielorrusa y encabeza las quinielas. Miércoles. Ya es Alexiévich, y su apellido debería sernos tan familiar como el de Murakami, el Meryl Streep de las nominaciones al Nobel —Mery Streep ha ganado el Oscar solo tres de las diecinueve veces que ha sido nominada: Murakami es el eterno casi ganador del premio Nobel de Literatura—. Jueves, Alexiévich gana el Nobel de Literatura. Y para entonces ya está consolidada como «Alexiévich» (¿se escribe así?) o, como escribía apresuradamente en Twitter un periodista cultural madrileño, «la Kapuscinski bielorrusa». Muy elocuente.

Dice Wikipedia que solo existe una traducción al español de su obra, la de Voces de Chernóbil, escrito en 1997, editado en España solo después de que recibiese el premio de la crítica en Estados Unidos, casi una década más tarde. A la hora de la concesión del Nobel, ocupaba el puesto 14.015 en el listado de libros más vendidos en Amazon.

Es muy probable, por no decir seguro, que tanto este único libro publicado en español como todo el resto de la obra de Alexiévich hayan marcado un antes y un después en la literatura universal. No en vano, es muy, muy poco habitual que el Nobel de Literatura recaiga en gentes preocupadas por escribir no-ficción antes que novela o poesía, así que algo tiene que haber en la creación de Alexiévich que valga la pena descubrir. Valga el Nobel, así, para hacerlo.

Con todo, y desde el más absoluto desconocimiento de quién es esta autora o en qué consiste su trabajo, me pregunto si hubiéramos oído o sabido de ella de no haber sido localizada y traducida por alguien en Estados Unidos, nuestro proveedor oficial de culturas exóticas. Es más, posiblemente ni siquiera la trayectoria atesorada por Alexiévich en un país tan cercano (¡y lejano!) como Francia hubiese servido para que se convirtiera en un nombre familiar para nosotros.

Hoy, domingo, ya es tarde. Porque desde el jueves es Alexiévich y es una de las cronistas más importantes de la historia del universo mundo, aupada por el jurado de un premio tremendamente prestigioso a los anaqueles del recuerdo. A las 13.03, hora española, quedó prácticamente prohibido reconocer que no se sabía quién era esta mujer y cuáles eran los focos de su trabajo: todos han corrido mucho para escamotear, bajo la alfombra, el hecho de que nadie le hubiese prestado atención hasta este momento.

La prueba fehaciente es la urgencia con la que van a empezar a aparecer traducciones de libros suyos (antes de Navidad, posiblemente, y retraducciones, casi seguro), y esto es algo que debería hacernos reflexionar a quienes hacemos, amamos y consumimos libros todos los días: ¿cómo puede ser que entre las decenas de miles de libros que se publican anualmente en España no haya habido más espacio que ese, raquítico, que ocupa un volumen de poco más de 300 páginas? ¿Cómo puede ser que el periodismo cultural y literario, tan global y cultivado, no haya tenido tiempo u oportunidad de reproducir una de sus crónicas hasta este momento?

Así, que aún hoy nos estemos preguntando quién es Svetlana Alexiévich solo puede significar dos cosas: o bien que a quienes entregan el Nobel se les ha averiado la máquina de razonar, o bien que nuestro sector editorial se ha caído con todo el equipo en su tarea de localizar, traducir y proponer excelencia. Solo lo sabremos cuando hayamos contestado a la pregunta crucial: ¿Quién es Svetlana Alexiévich?

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Ozores, al fin
Alejandro Carantoña 05-10-2015 | 9:00 | 0

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Quizás haberle dado a Antonio Banderas el Goya de Honor el año pasado lo haya precipitado todo. Y quizás esa decisión —darle el premio a toda una vida a un actor de 55 años— sirviese para hacer inventario de ancianos mucho más ancianos, olvidados en el olimpo del cine español, a los que había que premiar antes de que empezasen a morirse.

Al ponerse a rebuscar, allí, en un rincón, aparece un señor de labios graciosos y característicos, muy, muy mayor: es Mariano Ozores y tiene 88 años. Si en cada año que lleva vivo hubiera rodado una película, aún le faltarían nueve (su filmografía está compuesta por 96 títulos), y por cada año que lleva vivo, un millón de personas ha ido a un cine a comprar una entrada para ver una película dirigida por él. Ahí es nada.

La noticia ha sido de esas que tienen más eco y desatan más entusiasmo entre sus propios colegas de profesión que entre el común del público: esto, este cariño entre los que hacen cine antes que entre quienes dicen ir a verlo, pone sobre el tapete dos realidades tan incómodas como injustas.

Primera, que Ozores era un genio sin cortapisas al que el tiempo no ha sabido premiar en condiciones. Un genio por el reconocimiento que le brinda toda una generación de actores, directores y creadores, y un genio por su grado de productividad, de atractivo para el público que inundaba las salas por y para sus películas.

Segunda, o bien el público no tiene memoria o bien se han vuelto unos estirados sin remedio. La crónica de cualquier periódico al día siguiente de la concesión del premio (o sea, el viernes) está teñida de una condescencia insultante, apresurándose a explicar que todo tiene un trasfondo sociológico y haciendo de menos al valor cinematográfico de la producción de Ozores.

Porque con Alfredo Landa o José Luis López Vázquez, actores ambos que también recibieron sus Goyas de Honor, se podía esgrimir aquello de la versatilidad y del alucinante contraste entre el típico papel dramático crepuscular y las comedias alocadas de juventud. Con Ozores no: Ozores siempre ha sido incómodo por esas dos verdades, porque daba al público lo que quería y nunca ha hecho daño a nadie con ello —esto es importante, porque marca la diferencia con la telebasura que facturan hoy las televisiones—.

Profundizar en las razones de su humor o ponerse a descifrar las películas de Gracita Morales desde una perspectiva histórico-social es lo único que queremos saber hacer, como niños avergonzados tras revolcarse en un charco de barro. Ozores, sencillamente, escogió un camino creativo que casa mal con la intelectualidad a marchas forzadas que venimos tratando de imponernos desde finales del siglo pasado, igual que ha ocurrido con la revista (ahora se llevan los musicales), con la zarzuela o con el entretenimiento más puro y más duro.

De esta quema de lo «popular» se ha salvado, y por los pelos, Lina Morgan; posiblemente porque el esnobismo biempensante sí podía tolerar el perfil de mujer luchadora y trabajadora. Pero Lina —«mi Lina», que dijo aquel— no abrió ni un solo suplemento cultural con su fallecimiento. ¿Cuántos, ahora, merecerá el cine de Mariano Ozores?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.