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Fecha: noviembre, 2015
Cultura corrupta
Alejandro Carantoña 30-11-2015 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hagamos un esfuerzo por creérnoslo: es una manzana podrida. El último corrupto, en el sentido que se quiera, del partido que se quiera, es una manzana podrida. Pero algo habrá en el aire cuando la tasa de podredumbre atañe a todos —antes o después— y tiñe del desagradable color de lo «poco ejemplar», como gustan de decir en círculos institucionales, a más frutas de las que debería.
La Cultura y su relación con lo público han sido siempre uno de los mejores caldos de cultivo para ese tipo de corrupción que no se ve y de la que no se habla, por aquello de que, total, es cultura y tampoco importa demasiado.

Así, pelotazos aparte, que esta semana haya salido a la luz —merced a una investigación de El País el caso de los taquillazos inopinados en el cine español viene a tocar uno de los pocos palos culturales que aún quedaban a salvo. Presuntamente, un nutrido grupo de productores y exhibidores se conchabaron para inflar artificialmente el número de espectadores que tenían sus películas, y así tener acceso a las subvenciones concedidas para producciones con determinada cantidad de público.
«Son manzanas podridas», dicen unos —otra vez—. «No podemos criminalizar a la industria del cine», le contaba a Azahara Villacorta J.A. Bayona en estas páginas durante el Festival Internacional de Cine de Gión.

No, claro que no, pero es inevitable que cualquiera de dentro o de fuera del mundillo de la cultura se acuerde, de un solo fogonazo, de Teddy Bautista saliendo detenido de la SGAE en el verano de 2011 por un delito societario, otro de apropiación indebida y otro más de administración fraudulenta; es inevitable acordarse de la hiperturbia salida de Helga Schmidt del Palau de les Arts este mismo año, acusada de prevaricación, malversación de fondos públicos y falsedad documental; es inevitable acordarse de Ciudad de la Luz —aquí mismo nos acordábamos la semana pasada—, de la Ciudad de la Cultura de Santiago…

Claro que no es justo o que no podemos criminalizar a toda la industria, pero el hecho es que el cine español —y más, ejem, cierto cine español— acaba de cavar con maquinaria pesada y bien de dinamita un pozo del que le va a resultar complicado salir: no olvidemos que hasta hace pocos meses Enrique González-Macho, acusado ahora de defraudar más de 700.000 euros en subvenciones a través de sus empresas, era el presidente de la Academia del Cine.

Puede que pronto escampe —judicialmente hablando— pero todos los artistas y creadores podemos estar agradecidos, ya, a estas manzanas podridas de llevar colgado el sambenito de hipersubvencionados y chupasangres durante unos años más. Solo se quiere hacer cultura para robar o para forrarse: si es de manera legítima, pues bien; y si no, una buena subvención, que no amarga a nadie.

El mundo no funciona así. El arte no funciona así. Precisamente Bayona, en su entrevista, aporta otra clave hablando de un tema distinto que resulta fundamental para entender qué ocurre y qué debe ocurrir: «Las cosas que se hacen por dinero, normalmente, no salen bien. Si las haces por dinero, no las hagas».

Quizás entonces el problema no resida en nombres propios o comportamientos reprochables, sino, otra vez (y van…) en la mentalidad, en la insistencia en repetir que no pasa nada porque «son pocos». Pero son. Y mientras quede uno, significa que algo en el ambiente flota que no debería existir.

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Ochocientos apellidos
Alejandro Carantoña 23-11-2015 | 1:14 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Haría falta prácticamente la recaudación íntegra del cine español durante los tres últimos años para pagar los estudios de Ciudad de la Luz de Valencia. 333 millones de euros presupuestados —de los cuales el gobierno valenciano debe 200 diez años después de la apertura del complejo, según datos publicados esta semana—, frente a una recaudación, en 2014, de 131,79 millones del cine patrio. Algo falla cuando con el coste de ese proyecto podría financiarse el Festival Internacional de Cine de Gijón, que empezó el viernes, durante unos tres siglos y medio. Los actuales responsables valencianos se llevan las manos a la cabeza y se preguntan qué hacer con semejante mamotreto, que se hunde lentamente y que parece muy complicado reflotar.

Estos últimos años han servido para demostrar que España se ha hecho un daño irreparable al orillar la cultura de lo pequeño, de lo próximo, que viene a ser la base de una industria sólida y duradera: de los transatlánticos hipertrofiados ya no queda casi nada; mientras que de lo próximo, lo prestigioso, lo querido, sí. Eso es perenne.

No obstante, entre los años 2002 y 2014, el número de cines en nuestro país se redujo desde 1.223 a 710 mientras que el número de pantallas solo decreció de 4.039 a 3.700. Es decir, que la «industria» ha favorecido el cierre de cines pequeños —recordemos que en Asturias ya han sido exterminados por completo— para priorizar los multicines.

Estos no se alimentan precisamente del cine mal llamado independiente, sino, de nuevo, de pelotazos. De pelotazos como Ocho apellidos vascos y de su secuela, estrenada el pasado viernes —también—. Eso no es más que un espejismo inflado por un puñado de títulos y por producciones acaparadas por dos gigantes audiovisuales: récords como ese son dignos de celebrar, pero no de tomar como referencia de lo que debería ser el cine en este país. Es absurdo que se nos pinte el símbolo del euro en las pupilas pensando en que, de seguir así, dentro de unos veinte años todo nuestro cine arrojará un margen de beneficio del tres mil por cien.

Ese tipo de razonamiento, el de la hipereficiencia antes que la cultura, es el que ha llevado a catástrofes como la de Valencia.
De hecho, quizás la comparación más procedente sea otra: con el dinero triturado en la Ciudad de la Luz se hubieran podido producir más de cien veces los ocho apellidos. Y de esas cien, quizás una hubiera resultado un éxito comercial como el que se buscaba; quizás un enorme porcentaje de las demás hubiesen sido fracasos de taquilla pero éxitos morales; y quizás, con todo ello, se hubiese podido tejer una red sólida, industrial y sectorial que alumbrase a creadores cinematográficos por cientos en nuestro país. Competitivos, creativos, sanos, buenos y entregados.

Para eso, hay que celebrar y preservar caiga quien caiga festivales como el de Gijón, que reabre los Cines Centro y que nunca ha pretendido —ni esperemos que llegue a pretenderlo— competir con estrenos ultracomerciales y con grandes estructuras.
Estamos a un paso, en fines de semana como este, de conseguir que la gente vaya a ver a Bond, Han Solo y Borja Cobeaga (!) y que a continuación acudan a ver ese cine recóndito, espeso, minoritario, diferente y tan necesario para acercar a los creadores a su público. Ese público, el día de mañana, será el mismo que dirija, ruede e impulse nuestro cine por encima de los nombres y siglas políticas que estén detrás del certamen. Festivales como este, que ya no pertenecen a nadie más que a su público, solo se hacen indestructibles con tiempo y mimo: ese es un esfuerzo continuado, largo y colectivo. Más o menos, como ocho apellidos por cien.

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Un factótum parisino
Alejandro Carantoña 15-11-2015 | 4:00 | 0

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Hay quien culpa a Mozart de la Revolución Francesa, aunque fuese en parte, por haber concebido algo tan provocador como Las bodas de Figaro en los albores del fin de la monarquía gala: en mitad de una comedia ligera, Figaro y Susanna mandan y ordenan sobre la vida de sus señores. Demasiado para 1786.

Ha querido la casualidad que este viernes, 13 de noviembre de 2015, estuviésemos llevando a cabo el ensayo general de esa ópera en el teatro Campoamor en la temporada de Ópera de Oviedo, y que justo mientras que Europa se partía por la mitad nosotros estuviésemos a diez minutos de enfilar el tercer acto. Mientras que el público que nos rodeaba reía en tiempo y forma, y con ganas, con el Mozart más acerado, más picante y emblemático de esta Europa nuestra, ocurría lo impensable.

Durante la hora y media siguiente, más o menos, todos los presentes vivimos en una realidad paralela, en una de criados que saltan por ventanas para no ser tomados por amantes y de arias maravillosas. Estábamos en el teatro, encerrados, ausentes e inconscientes a la cicatriz que nos estaban haciendo en la cara de París: había algo que importaba más, había una música maravillosa que tronaba por encima del ruido.

A medida que íbamos saliendo del teatro adoptátabamos de nuevo el traje de viernes por la noche —y quizás celebrábamos que justo entonces era el aniversario de la muerte de Rossini, ínclito vecino de París y muñidor de la «precuela» de las bodas mozartianas: ¡El barbero!—. Consultábamos distraídamente nuestros móviles, aprendíamos que ya nada volvería a ser igual, nos quedábamos de piedra.

El primer sentimiento para cualquiera que tenga una mínima vinculación con París es de dolor, dolor inmenso e indescriptible. Pero el segundo, que quizás sea más importante que el primero, es el retumbar de esas risas ociosas y ajenas a todo lo que aún no había ocurrido, a todo lo que aún no sabíamos, a todo lo que estaba por venir.

Somos muchos los que en este teatro y en todos, en los cines, salas de exposiciones, editoriales, mesas de trabajo y estudios nos levantamos cada mañana con un fin mucho más efímero y tonto que cambiar el mundo, que es preservar lo que somos: en el fondo de las catacumbas del teatro de la Ópera de París, en el Palais Garnier, justo debajo del escenario, hay un refugio antibombardeos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial para recordárselo a todo el mundo.

Esa misión —la del búnker de subsistencia— se nos olvida con frecuencia, cuando el día a día llama a la puerta con sus tonterías y las insignificancias del cotidiano empiezan a enturbiar el auténtico sentido de lo que hacemos y del por qué lo hacemos. Por eso es terrible que, desde ayer, permanezcan cerrados todos recintos culturales parisinos: porque han ido a golpear donde más nos duele, que es en la identidad y en la cultura.

Funciones como la de este viernes, que al menos durante unas horas congelan las lágrimas y excluyen el dolor, dan más sentido si cabe al compromiso que muchos tenemos con lo que somos, con nuestro arte, con el puro placer de la sonrisa cuando más falta hace y de la belleza cuando parece que está al borde de la extinción.

Nosotros, al menos, esta misma tarde podremos estrenar. Será la respuesta más contundente y necesaria a un ataque salvaje no al ocio, sino al alimento de una civilización, a aquello en lo que creemos: es aquello, aquel lugar, que tenemos que preservar porque nos habla de lo que somos: Mientras nos siga quedando un Mozart que revivir nos seguirá quedando la esperanza de que podemos con todo. Contra todo.

 

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Lujos
Alejandro Carantoña 09-11-2015 | 10:00 | 0

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El futuro ha llegado, y es un ascensor. Es un ascensor que se ha desarrollado en Gijón, para alborozo de cargos públicos de todo pelaje y rango que esta semana han visitado, con entusiasmo, el centro de investigación y desarrollo que una multinacional tiene en la ciudad. Allí, se ha repetido el guión tradicional en este tipo de acontecimientos: exaltación de la región como punta de lanza del progreso, hecho; proyección «mundial» de lo bien que lo hacemos en Asturias, hecho; recuerdo de la ingente cantidad de recursos y apoyos destinados al desarrollo tecnológico, hecho.

La víspera, a pocos kilómetros, en plena cuenca minera, podíamos presenciar otro acto de corte similar pero hechuras diferentes: digamos que la foto del ascensor gijonés es el antes —el entusiasmo, la proyección, a dónde vamos— y, la del centro Stephen Hawking de Barros, el después: la cruda realidad. El después es un centro destinado a personas dependientes —es público, y de competencia estatal— que, con suerte, abrirá sus puertas con cinco años de retraso (en 2016), tras una inversión que ya se acerca a los 15 millones de euros y un sobrecoste enjundioso. Abrirá con suerte porque, si bien en abril de este año el Gobierno eludía dar una fecha concreta de finalización y apertura, casualmente ahora, a poco más de un mes de las elecciones generales, ya se da por seguro que se abrirá en pocos meses. Veremos.

De nuevo, el guión previsto: allí donde unos ven sobrecostes, otros ven generosas inversiones; allí donde unos ven retrasos, otros ven impedimentos impuestos por las circunstancias; y allí donde se atisba una gestión dudosa, lo que queda son caras de circunspección y el compromiso de «seguir trabajando».

Cierto es que la foto del antes proviene de la empresa privada y la del después, de la pública, pero lo importante no es la comparación sino el uso del lenguaje, el planteamiento retórico. Sibilinamente, el mensaje que se transmite desde las administraciones es que todos estos proyectos son lujos: cuando se inyectan enormes recursos en desarrollo (y un centro como el de Barros lo es) o en cultura, se da a entender que es porque la región o el país gozan de buena salud. Un lujo asequible.

Así, existe una irresistible tentación, en política, de justificar los retrasos, la fuga de cerebros o el naufragio de cualquier proyecto que no sea de pura subsistencia aduciendo, implícitamente, que «no está la economía para derroches». Sin embargo, parece que logros puntuales (y ajenos) ayudan a hacer olvidar el maltrato sistemático a estos sectores: La última prueba de esta realidad paralela y preocupante se encuentra en los datos que el Instituto Nacional de Estadística publicó el pasado viernes.

Según la tabla de salarios medios brutos por profesiones, las actividades profesionales, científicas y técnicas perciben de media 2.129,6 euros y las artísticas, recreativas y de entretenimiento, 1.432,2 euros. Son salarios relativamente altos, teniendo en cuenta las situaciones de pobreza activa que se viven en otros sectores, pero son flagrantemente poco atractivos para profesiones ultracualificadas y que garantizan la supervivencia y progreso de un país: los sueldos medios de todo el sector público son más elevados que estos dos, y los del sector financiero superan con creces los 3.000 euros. Tenemos un problema, y es el enquistamiento del más ajado de los discursos: que sigue valiendo más la pena estudiar «algo de verdad» o sacar una oposición a ponerse creativos, a hacer cosas nuevas, arriesgadas, y sí, imprescindibles.

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Otros 30 años
Alejandro Carantoña 02-11-2015 | 10:00 | 0

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Ferran Adriá, nadie sabe si el mejor cocinero pero desde luego sí el más conocido y catalán, ha estado en Gijón esta semana. Marifé Antuña, que le entrevistaba para este periódico, empezaba la conversación preguntándole si le gustaba lo que se está «cocinando» en Cataluña. Adriá le da un titular: «No hablo de política porque me tendría que ir del país». Y que no hable no es por miedo, llamémoslo así, a represalias, o porque no tenga una opinión formada. Ni siquiera significa que no intervenga en esta nuestra sociedad. Significa que su trabajo es otro: a veces, la mejor manera de cambiar el mundo y de tocar conciencias es hablar de butifarras y de creatividad, antes que de ideologías.

Es, por poner otro ejemplo, una prudencia similar a la que siempre ha dejado traslucir la Federación de Bancos de Alimentos, especialmente al recoger el Premio Príncipe de la Concordia en el año 2012: lo importante no es lo que piensen, decían, ni la ideología de quienes estamos aquí. Lo importante es recoger alimentos para dar de comer a más gente.

Cuando esta sensatez esencial salta por la ventana lo que suele entrar por la puerta es un debate estéril sobre quién tiene razón y quién no, sin importar que el objeto de debate sea la tortilla de patata, las familias que pasan penurias o, allá vamos, el asturiano, el bable, la llingua, la parla asturiana.

Esta misma semana, el hijo de Emilio Alarcos ha abierto en la Universidad de Oviedo con pompa y boato un telón tras el cual llevaba tiempo fraguándose un sainete repleto de personajes extravagantes, de egos desmedidos y de escenas picantes. En apariencia, el argumento de esta apasionante comedia, con trasfondo académico y hechuras de revista musical, es el debate sobre la llingua. Pero lo cierto es que, tristemente, esa no es más que la excusa para que un nutrido elenco de académicos, con sus acólitos, se enzarcen en una pelea que lleva décadas enquistada y que tiene bastante más que ver con posiciones de poder que con un debate serio sobre lenguaje, literatura, identidad y territorio.

Miguel Alarcos y su madre, Josefina, torcieron el gesto durante la presentación de la antología de poesía editada por la cátedra que lleva el nombre de Emilio Alarcos. El motivo fue que una de las autoras, Raquel F. Menéndez, leyera un poema en asturiano. Alarcos hijo dijo entonces que aquello era una «deshonra» a la memoria de su padre y, ya en casa y bien caliente, escribió sobre el asturiano que era una «puta mentira que se aprovecha de la gente de bien y beneficia a políticos y a filólogos paletos».

La madre, Josefina, reaccionó a estas palabras reconociendo que razón no le faltaba a su hijo, pero también que le iba a lavar la boca con jabón por las formas empleadas: «Están cargando sobre sus espaldas un conflicto de hace 30 años», remataba. En realidad, quien ha disparado en las redes y ha ocupado el papel de vicetiple en este espectáculo es Menéndez, la poetisa. Y nació en 1993: quizás, entonces, no es que este conflicto se produjese en los 80 y haya resucitado ahora; sino que nació, se enquistó y ha estado distrayendo a los moradores de Filología en la Universidad de Oviedo y a no pocos satélites durante todo este tiempo.

Porque toda la academia se ha visto empujada a tomar partido con unos o con otros, pero se pueden contar con los dedos de una mano los que han atacado el fondo del asunto con rigor y amplitud de miras: en la nómina de cosas dichas esta semana ni una tiene que ver con lo supuestamente tratado. ¿Habrá que esperar otros 30 años?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.