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Fecha: enero, 2016
Primavera Chichos
Alejandro Carantoña 25-01-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El día en que murió David Bowie, las reproducciones de sus canciones en el portal de música Spotify se dispararon un 2.700% y el buscador Google explotó con su nombre. Es de suponer que mi generación, que no es necesariamente la que llevaba fascinada con su música toda la vida, necesitaba algún motivo para llorarle en las redes sociales. O algún dato, al menos.

En tiempos recientes, este fenómeno ha alumbrado el término «postureo» —que la Real Academia no reconoce: remite a «costureo», quizás una sugerencia maliciosa—, que exitende sus tentáculos hacia casi cualquier orden de la vida: a ver quién nos iba a decir que para ver Gran Hermano VIP iba a haber que hacerse un máster urgente en secretos de Estado y servicios de inteligencia; o que para opinar acodados en la barra del bar sobre «los políticos» iba a haber que hacer el esfuerzo supremo de leerse la Constitución, escarbar en el funcionamiento del Congreso de los Diputados y/o, incluso, descubrir qué es la mesa que lo gobierna. Nada que objetar.

Esta semana, el famoso festival indie —por decir algo— Primavera Sound, ha anunciado su cartel para la edición de 2016, que incluye a Radiohead, a Brian Wilson y a los Chichos. Esto no es nuevo: ya en los albores del hipsterismo desaforado, allá por 2014, Raphael encabezó el cartel del Sonorama.

Y nadie dice que los Chichos no sean un supergrupo o que Raphael no sea un artista como la copa de un pino: siglos antes de que hornadas y hornadas de grupos insulsos con guitarristas prescindibles y letras huecas tomasen al asalto «la escena», como gustan de decir los anglófilos, aquellos ya estaban dando conciertos à la Johnny Cash en el penal de Ocaña y, este, arrasando continentes enteros.

Durante mucho tiempo, ni lo uno ni lo otro fueron méritos suficientes para que fuesen considerados como «serios» por un amplio sector del público joven, sino más bien como figuritas de Lladró convenientemente plantadas encima del televisor.

De nuevo, se equivoca quien dude de que el cine quinqui (del que los Chichos fueron motor esencial) es probablemente de lo mejor que se ha producido en España; y se equivoca aún más quien no sea capaz de ver que Raphael inventó (¡y la sobrevivió!) una manera de entender la música que ya querrían para sí muchos.

Así, quizás sea la crisis o quizás sea el aburrimiento de escuchar voces desafinadas y trascendencia aguada, pero hemos empezado a tomarnos en serio a nuestros mayores: ellos estaban ahí antes de que engendros antimusicales como el reggaeton nos invadiesen; y ellos estaban ahíí, hablando de droga y de maltrato y de «lo que ocurre por la noche» eones antes de que la música popular, o independiente, se empezase a recriminar a sí misma su falta de conciencia social.

Críticos como Víctor Lenore (que provocó una buena polvareda con su ensayo sobre el asunto) o Diego Manrique han detectado y comentado el fenómeno, relacionándolo a veces con la comodidad —o vagancia— en la que se ha instalado esta generación de consumidores de Cultura. Ahora, todos saben que algo queda de la faceta «figurita de Lladró» en la invitación de los Chichos al Primavera, pero también sospechan —Manrique lo ha escrito esta semana en El País— que a más de uno se le va a cambiar el gesto cuando entre en contacto con ese mundo. Y si al menos sirve para respetarlo, bienvenido postureo.

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Artista pensionista
Alejandro Carantoña 18-01-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Morir con las botas puestas no es una opción. No, al menos, cuando uno es Premio Nacional de Poesía, premio Cervantes y premio Reina Sofía: al llegar a la edad de jubilación, llegan también las rebajas y es prácticamente obligatorio dejar de escribir. O, al menos, se hace obligatorio dejar de cobrar por ello.

Lo supimos el pasado viernes a través de estas páginas, en una información de Vanessa Gutiérrez relativa al poeta ovetense Antonio Gamoneda. Gamoneda se plantea dejar las letras porque, al parecer, la reforma de las pensiones de 2011 impulsada por el Partido Popular le impide compatibilizar su oficio con el cobro de una jubilación, habida cuenta de que esa actividad le reporta más que el salario mínimo interprofesional (unos vergonzosos 9.000 euros anuales, a todas luces indignos para cualquier trabajador, sea calderero o violinista).

No es la primera vez. El año pasado, ocurrió algo similar con los figurantes mayores de 8 apellidos catalanes, la exitosa secuela de 8 apellidos vascos: la Seguridad Social lanzó una andanada de cartas advirtiéndoles de que se iban a revisar sus casos meticulosamente y que corrían el riesgo de que el (exiguo) estipendio de participar en un taquillazo entrase en conflicto directo con sus pensiones.

Es un acto de ceguera casi obsceno, en cualquiera de los dos casos, estimar no solo que la pensión por jubilación es suficiente, sino que queda «prohibido» completarla con las cuatro perras adicionales que puede aportar alguna tarea artística. En el caso de los figurantes, por echar unas risas; en el caso de Gamoneda, por ponerle en la tesitura de tener que elegir entre dejar de publicar (cosa que ha hecho toda la vida) y dejar de cobrar por ello (cosa insultante para cualquier profesional del ramo).

Seguramente, esta situación se da en muchas otras profesiones, aunque las nuestras tienen mucha más visibilidad. Con todo, lo sangrante de las artes en particular es que somos prácticamente el único país de la eurozona que no contempla las particularísimas circunstancias de los oficios artísticos en su legislación fiscal ni laboral. Es decir, sin hablar ya de asfaltar el camino y subvencionar hasta las cejas las actividades creativas, ni siquiera se atiende la petición de pensar en ellas durante más de veinte segundos y tratarlas con justicia.

En Francia, por ejemplo, cualquier profesional de teatro cuenta con un régimen de intermitencia que le garantiza la posibilidad de cobrar el paro en esas semanas o meses «valle» que tiene, forzosamente, una profesión estacional; en Reino Unido, la tasa de autónomos es una broma al lado de la que se paga en España. Y así en todos los países, en todos los que, de nuevo, ni siquiera han decidido apostar por la cultura, sino evitar meterle palos en la rueda.

Hablamos ahora de Gamoneda porque tiene todos los galones posibles; de los jubliados de ocho apellidos porque han participado en una película de primera magnitud, pero igual que de ellos, podríamos hablar de las hordas de chavales que pretenden poner en pie una banda y odian adaptarse a los dictados de las radiofórmulas (esto es, tocando en salas pequeñas a menudo repletas) o de los escritores con alergia crónica a los «trepidantes thrillers» urdidos a la medida del premio literario de moda.

No es cuestión, una vez más, de aportar volquetes de dinero: es solo cuestión de pensar, brevemente, que también tenemos artistas pensionistas. Y potenciales.

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Parlamento youtuber
Alejandro Carantoña 11-01-2016 | 10:00 | 0

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Trampee y fórrese. No le llevará mucho más que un año. Merced al inefable Vasile y a 3.136.000 habitantes de esta España nuestra —unos 40 diputados de los 350 que conforman el Congreso: fuerza decisiva—, el pequeño Nicolás ha empezado esta semana a cobrar, cuentan, casi el doble que el presidente del Gobierno de España. El doble de su sueldo anual, quiero decir, al mes.

Lo ha hecho por acceder a participar en un programa que consiste en encerrar a algunas pseudoestrellas caídas en desgracia y a diversos monstruitos catódicos para que se destripen entre ellos frente a las cámaras, asunto este que ha roto las redes sociales en su estreno y que ha concitado la atención de esos tres millones largos de personas.

No es, desde luego, una masa crítica ni silenciosa ni despreciable en número, aunque sí bastante inquietante en la medida en que una, y otra, y otra vez esta gallina de los huevos de oro que ya no se molesta ni en disfrazarse de experimento sociológico sigue dando buen resultado. Ya puede estar acabándose el mundo ahí fuera que, sin embargo, Guadalix y demás sucedáneos nunca fallan. Al contrario: crecen.

Se suele cometer el error de reducir estos divertimentos al absurdo, como si fueran cosa de «otros» que no somos nosotros. Los más cínicos quieren emigrar, miran con altivez este subproducto y con condescencia a sus espectadores.

El porqué de su éxito sigue siendo un misterio, pero las consecuencias son palpables: a nadie se le escapa que algo tan accesible, tan al alcance de la mano —o de ese teléfono móvil que usan prácticamente el 85% de los menores de edad de este país— define la manera en que se relacionan con el mundo e influye, y mucho, en su manera de entenderlo.

Los personajes modélicos de esa España en ciernes son un niño estafador y un puñado largo de chavales que, provistos de una cámara y un micrófono, ganan el triple de dinero que sus padres lanzándose dardos venenosos a través de las redes sociales y de vídeos —no de blogs: escribir no vende—. Estos chicos triplican en audiencia a los de Guadalix. En efecto: el ‘youtuber’ con más seguidores de España tiene 15 millones de suscriptores. Se llama elrubius y también ha vendido 40.000 libros en pocos meses. Esos 15 millones equivaldrían a los votos cosechados por los tres primeros partidos del Congreso (255 diputados de 350: la mayor mayoría absoluta de todos los tiempos).

Y también rompió a llorar en el programa de Risto Mejide, que le entrevistó el año pasado, cuando reconoció que había estado un año encerrado en su casa cuando seguidores y detractores le localizaron y acamparon a su puerta, queriendo más rubius del que Internet les podía proporcionar (y eso que cuelga vídeos con una frecuencia prácticamente diaria), y también resultó que toda esta gloria, tan íntima, tan llena de vísceras, tan bañada en dinero rápido y tonto, es en realidad una burbuja, la primera gran burbuja que se encuentra la generación que viene detrás.

No, ni los millones de consumidores de estos productos merecen condescencia ni, como se dijo en su momento, toda esta vorágine acabaría cayendo por su propio peso: hay que empezar a asumir que hay gente que es o será decisiva que firma libros sin haber leído ni uno —¡y a mucha honra!—; hay que preguntarse, aunque solo sea por un momento: ¿Qué ocurriría si a cualquiera de ellos le diese por pedir el voto?

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El vecino francés
Alejandro Carantoña 04-01-2016 | 10:00 | 0

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A medida que ocurría, casi en directo, él lo visualizaba. Había estado tocando en el escenario de la sala Bataclan; y tenía un buen amigo que lo había hecho la víspera de aquel viernes aciago de noviembre. Justo el día anterior. Son franceses. Por eso, aunque no quería, al cabo de unos días se autoinfligió las fotos del interior de la sala, tomadas poco después de la masacare: «Es muy doloroso, pero prefiero verlo a imaginarlo. Ça va être là toujours, siempre va a estar ahí».

Faltan tres días para que se acabe el año en el Suroccidente francés y, aunque la vida parece seguir fluyendo como el Garona, hay un algo inexplicable —y asfixiante— en las últimas bocanadas de 2015: hay un comerciante que mira de reojo a quien entra en su tienda, porque las amenazas de baja intensidad que recibió en el pasado se han hecho una realidad muy plausible en los últimos meses; hay guardias de seguridad que revisan cada bolsa, y cada bolso, para permitir el acceso a un centro comercial; y hay que bajar al aparcamiento por las escaleras porque los ascensores están condenados, en el marco de la operación Vigipirate. Toda la calle de acceso a la sinagoga está cortada y custodiada por policías y militares, a los que es fácil encontrarse tanto en la frontera —discretos, eso sí— como en las ciudades.

Aparentemente, no pasa nada; nada más que otro comerciante ha puesto un cartel manuscrito en la puerta de su tienda defendiendo con furia que haya colocado la bandera durante semanas tras los atentados de París: «Le drapeau français est le symbole le plus important de liberté», la bandera francesa es el símbolo más importante de libertad. Parece que hasta en eso hay zozobra, hay duda. Hay una pregunta —si nos atacan, ¿a quién atacan y por qué?— por responder.

Francia, ya a dos días de que acabe el año 2015 y semanas después de la cicatriz que le han hecho, da la sensación de haber optado antes por obviar el enorme dilema de identidad y de seguridad propia al que se enfrenta, como un adolescente temeroso, antes que de tirar por la calle de en medio. Sacan más fuerzas, hablan del asunto, abren con normalidad los bares y las tiendas pero hay algo, definitivamente, que no es normal: en la tarde de Nochebuena, en Ajaccio, en Córcega, se desató el caos en un barrio de inmigrantes que ha traído consigo fortísimas manifestaciones contra la inmigración por todo el país, como latidos ensimismados contra su propia naturaleza.

Camina por la cuerda floja bajo una apariencia de normalidad; nos hace temer, a quienes la queremos, de que igual ese tipo anchote y grandón que nos trataba con condescendencia a medida que nos hundíamos en una crisis de proporciones bíblicas haya recibido ahora una paliza enorme, y prefiera lamerse las heridas en un rincón cargado de orgullo y cabezonería a tendernos la mano a los convencinos del Sur.

Al volver a cruzar la frontera —y el año ya se acaba mañana: ¡ha llegado 2016!— nos descubrimos transitando las autopistas del Norte entre incendios y bajo una luna enorme. Bilbao aguarda con los brazos abiertos; Gijón, con los bares llenos. Recorres San Lorenzo, asistes a la entrañable polémica por las terrazas de Oviedo y sabes que por mucho desgobierno que haya, por todo lo que nos falte por hacer, estás en casa. Y que tenemos una suerte inmensa de que así sea. Y que, después de todo, quizás no lo hayamos hecho tan mal —como pueblo, como comunidad, como país— cuando tocaba.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.