El Comercio
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Fecha: febrero, 2016
Un chagall en la oficina
Alejandro Carantoña 29-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Dmitry Ryboloblev era un oligarca ruso, millonario como un estereotipo, que se mudó a Suiza hace veinte años. Cuenta la anécdota, recogida por el New Yorker, que cuando se compró la mansión correspondiente en el mejor barrio de Ginebra descubrió que el anterior propietario la había acondicionado para su colección de arte. Por eso, ya que había unos apliques en la pared, estimó que era el momento de comprar alguna cosita para que le diese la luz y no desperdiciarlos. Como no tenía mucha idea, acudió a la esposa del dentista de su mujer para que le hiciese las gestiones oportunas. Al punto, se decantó no por un póster de alguna película de Tarantino o por una marina de tres al cuarto, no: Aunque no le sonaba ni de oídas, acababa de adquirir Le Cirque, de Chagall, por seis millones de dólares para que hiciese bonito en el salón.

Nadie duda de lo que un chagall puede costar, pero en este caso resulta bastante obvio que gastarse seis millones en él equivale a hacerse una tortilla con caviar y regarla con kétchup. Sobre esto mismo reflexiona un estupendo documental de 2006, Who the fuck is Jackson Pollock? (¿Quién coño es Jackson Pollock?): esa es precisamente la pregunta con la que arranca la historia de una camionera que, por accidente, acaba teniendo lo que quizás sea un pollock en el salón. Por cinco dólares. A partir de ahí, una cruzada por saber si las manchas sobre el lienzo son genuinas o imitaciones, sin método científico que valga para acreditarlo y sin más argumentos que los aportados por expertos en Historia del Arte. A la buena señora, en cualquier caso, le parecía un horror.

Así, el mercado del arte es el mejor para ejemplificar un mal endémico, y uno que últimamente tiene contra las cuerdas judiciales a no pocos políticos españoles: que si aeropuertos, que si loterías, que si obras de arte, que si sobrecostes… El último, ayer mismo, cuando en las páginas de este periódico Ana Moriyón devolvía al primer plano el misterioso caso de la web electoral de Isabel Pérez-Espinosa, del PP, para su campaña de 2011: con motivo de la declaración de Mercedes Fernández en el juicio por el caso Pokémon, recordamos que una empresa de comunicación facturó 25.000 euros por hacer esta página, mientras que off-the-record se reconocía que no valía ni una octava parte.

Aunque en este asunto concreto las sombras de corrupción son evidentes, tenemos otros casos de servicios artísticos, creativos o literarios de dudosa tarificación a mansalva, o, al menos, poco establecidos. Por ejemplo, cuando en 2009 el Principado sacó a concurso la traducción al asturiano y al inglés de su portal informativo, lo hizo con un presupuesto tope de 600.000 euros (IVA excluido), a razón de 200.000 euros al año, a razón de 547 euros al día. (El presupuesto adjudicado para los servicios de traducción jurídica al español para toda la administración de justicia asturiana otorgado en 2015 es casi una cuarta parte.)

El problema de todo este maremágnum poco regulado y sin colegios de ninguna clase (solo los periodistas han hecho un esfuerzo en este sentido) es que resulta en una liberalización desbocada, opaca y sin apenas criterios técnicos que establezcan qué, cómo o por qué contratar a un traductor, comprar un cuadro o subvencionar un concierto de rocanrol, tanto en la esfera pública como en la privada: no sabemos cuánto cuesta nada porque tan pronto una web vale 3.000 como vale 25.000; y traducirla, cinco veces lo que costó hacerla. Y salvo debacle, viaje subvencionado o causa judicial, así seguimos. Y seguiremos.

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Eco en un seto
Alejandro Carantoña 22-02-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Cuando estudiábamos Traducción Literaria, derrochábamos siempre una o dos sesiones en hablar de cómo traducir una frase. Luego llegó la realidad: una hora para traducir aquello en lo que, normalmente, invertíamos días o semanas cuando estábamos estudiando. Pero no corramos tanto; aún vivíamos en el idilio de la traducción ideal: con más o menos ampulosidad, construíamos razonamientos interminables para escoger entre tipos de coche de caballo o respetar la ensoñación de la materia flaubertiana en su volcado al español (y así y todo éramos felices). Y buena parte de aquello lo habíamos aprendido, consciente o inconscientemente, de una figura extraña, espesa y que vivía muy bien de construir ese tipo de razonamientos: se llamaba Umberto Eco.

Eco inspiraba a los estudiantes de Lingüística y de Traducción con insólita facilidad, porque era un superventas pero era, también, un hombre de una sabiduría enciclopédica, teórica, capaz de apisonar al más dispuesto. En Decir casi lo mismo, que es libro de referencia para traductores en ciernes, Eco se entretiene explicándonos hasta qué punto les ha amargado la vida a sus traductores en infinidad de idiomas con un seto que aparece en el Péndulo de Foucault, con un maldito seto que es, en realidad, una referencia a Leopardi de una importancia capital para él. Y que cuando uno está estudiando le resulta fascinante, porque nunca se ha imaginado que un señor capaz de bucear en códices del medievo y urdir tramas semióticas tan complejas pueda sacar, de ahí, un oro de los quilates que tiene El nombre de la rosa y llegar con él a tantos millones de lectores. Infunde esperanzas, en la medida en que hay un mundo inaccesible y remoto en el que a los traductores se los llevan de viaje a conocer al autor; les dan tiempo, medios y referencias para producir obras redondas: existe un mundo desconocido más allá de los barrotes de la traducción para ayer y mal pagada.

En el ámbito estrictamente literario, Eco supuso un terremoto similar e igual de contradictorio: alguien dijo de él que era el hombre que había logrado convertir el aburrimiento en una cualidad literaria. Y razón no le faltaba, se pongan como se pongan los puristas, porque no hay novela de Eco que sea fácil de terminar ni hay estructura literaria que resista un análisis liviano e intuitivo; siempre ha de ser sesudo y concentrado. De esa manera, y solo de esa manera, se le puede disfrutar. Quizás cuando se es joven, que es cuando de más tiempo se dispone, uno puede consagrar dos meses de su vida a penetrar en esos setos laberínticos y eruditos.

Puede ser, entonces, que lo más importante en el legado de Umberto Eco no tenga tanto que ver con sus aportaciones académicas en en ámbito de la semiótica y de la teoría lingüística —cuya solidez ya se ha visto cuestionada—; que no resida tanto en novelas llamadas a ocupar anaqueles esenciales; sino que se encuentre en la manera de estar en el mundo, de afrontar el trabajo intelectual y de interactuar con la sociedad. Hay muchas sombras y rumores que le rodean (relativos sobre todo al trato dispensado a algunos colegas y traductores) y que son más propios de una figura mediática que de un hombre encerrado en su despacho escribiendo sobre el condenado seto leopardiano.

Lo que le hace excepcional, entonces, es no haber perdido su esencia, rigor y densidad mientras que era capaz de generar debate, acudir a fuentes insólitas y a menudo despreciadas por otros y proponer, en definitiva, una manera de acometer el trabajo intelectual que es una aspiración necesaria. Y es una aspiración, una cima, un equilibrio necesario, que se le debe a él.

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Era una excusa
Alejandro Carantoña 15-02-2016 | 10:00 | 0

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En contra de lo que dicta el sentido común —u opinólogo, al menos— he aquí la locura de esperar una semana para escribir sobre el espectáculo de títeres que tan revuelto tiene Madrid y alrededores.

Este tiempo ha bastado para que el IBEX subiese y bajase —más bien lo segundo— lo indecible y, como ya es costumbre, para que el mundo apenas se desplazase de su eje, a pesar de aquello que están empeñados en vendernos como catarsis final.

Lo del chiringuito tiritero- madrileño-carmenero a pie de calle olía a fiasco informativo desde el minuto dos, pero eso no ha supuesto ningún inconveniente para que se organizase la mundial en portadas, tertulias e incluso prodigiosos programas televisivos muchísimo más largos de lo debido, para al final quedar en agua de borrajas.

Pasados los días, parece que ya empieza a decantarse el meollo del asunto, divido a su vez en dos partes jugosas y, como siempre, muy alejadas de donde se suponía que iba a estar el debate en un momento inicial: primera: ¿Hacían apología de algo estos anarquistas titiriteros? Segunda: ¿Es proporcionado el castigo?

La respuesta a la primera cuestión parece un rotundo no. Se trata más bien de una «boutade», tan frecuente como prescindible en el mundo artístico. Y que además gozaba, potencialmente, de un impacto irrelevante y frívolo. Pescozón por jugar con las cosas de comer pero, por lo demás, debate inexistente donde los haya. Sí conviene llamar la atención, no obstante, sobre el hecho de que buena parte del guirigay se haya organizado por la costumbre podemita de jugar a un discurso agresivo y contundente durante demasiado tiempo: tanto amenazar con que viene el lobo que, cuando uno entra disfrazado de ídem, lo muelen a palos sin preguntar.

Segunda cuestión: el castigo es desproporcionado y vacuo. Absurdo. Durante muchos años —y aquí mismo lo escribí con motivo del estupendo documental Ciutat morta hace un año— ha valido la pena evitar frivolidades en torno a ciertos asuntos, como el terrorismo o la violencia policial. Había que tomárselo muy en serio —critiqué a los autores del documental por aprovechar un premio como plataforma de reivindicación— y había que evitar, sobre todo, que las voces críticas para con lo peor del sistema abriesen la puerta a verse desautorizadas: una reflexión anulada es una reflexión perdida.

Es exactamente lo que ha ocurrido: que más que cometer un error garrafal con su espectáculo, los programadores y el Ayuntamiento de Madrid han abierto la puerta a que el establishment político que quieren combatir entre en tromba contra ellos. En concreto, han sustanciado el mensaje —que no es baladí— de que si bromas, frivolidades o reflexiones parecidas se hubiesen producido en sentido opuesto (el bebé de Bescansa) sí se hubiese exigido y justificado un acto de censura igual o mayor al que se han visto sometidos ellos.

Después de todo, de todo el ruido y las portadas y las tertulias, posiblemente este artículo no contenga nada de novedoso o de disonante con respecto a lo que alguien haya escrito ya. Nada más que esa inconsciencia, en los tiempos en que vivimos, de esperar algo más de siete días para formarse una opinión (y expresarla) sobre algo que prácticamente nadie ha visto, sobre lo que la mayoría no sabe prácticamente nada y sobre lo que, ay, pesa la sospecha clara de ser más una palanca de opinión que un asunto realmente importante. En fin: era una excusa.

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Apocalipsis sanitario
Alejandro Carantoña 08-02-2016 | 10:00 | 0

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El tabaco mata, según la Organización Mundial de la Salud, a unos seis millones de personas al año en el mundo. Así, la OMS ha emitido un informe muy recientemente en el que localiza y ataja el auténtico núcleo del problema: Hollywood (!). Efectivamente, la solución radica en hacer presión para que las películas en las que aparece gente fumando sean recomendadas para mayores de edad: de hecho, en España ya se han hecho inmensos progresos en pro del bien común elevando su precio en torno a un 600% en los últimos 25 años, prohibiendo su consumo en bares y otros lugares públicos y pixelando «palitos de cáncer» en cualquier aparición televisiva.

Lo que la OMS calla, sin embargo, con respecto a esta terrible pandemia, es que en España por ejemplo el consumo de tabaco no solo es legal entre mayores de edad, no solo recauda mediante impuestos lo suficiente como para cubrir el presupuesto de tres ministerios, sino que —esto es lo mejor— es el propio Estado quien lo vende, en realidad. Así, con lo recaudado por un lado, financia campañas contra su consumo por el otro y elabora informes por otro más. Por el camino, se lleva un buen pellizco. Y por eso la solución pasa por que en las películas no salga gente fumando.

Cuesta entenderlo. De verdad que cuesta, y bastante: y por eso, es de suponer que de esos hiperdiplomáticos y muy políticamente correctos polvos lleguen estos extraños lodos, en forma de epidemias mundiales —estas, sí: léase zika, gripe aviar o ébola— en las que la máxima autoridad sanitaria mundial siempre y sin excepción comete errores de comunicación gravísimos.

Por ejemplo, aquellas provisiones de medicamentos para una hecatombe sanitaria que nunca se produjo, y que costó un buen dinero a las arcas españolas; por ejemplo, este zika que amenaza con mermar la demografía de un continente entero durante años; y, en otra muestra reciente de confianza y fiabilidad, el cierre en falso del brote de ébola: tras descorchar el champán por el fin del brote el 14 de enero, el día 15 se producía una nueva muerte por la enfermedad en Sierra Leona.

La profundidad y dificultad que tiene la gestión de todas estas crisis es indudable, insondable para muchos, pero se tiñe de desconfianza cuando viene combinada con estos artificios intrincados e incomprensibles: veamos, si así se pueden evitar seis millones de muertes, ¿por qué demonios la única solución posible, ambiciosa y de alcance pasa por atacar las películas en las que se ve a gente fumando? ¿Por qué la OMS jamás ha emitido una recomendación de carácter legislativo que prohíba, anule o erradique el tabaco de la faz de la Tierra?

Es un misterio. Y uno sospechoso, uno que hace creer que los focos de preocupación se desplazan en función de intereses más bien ocultos. Vaya, esos focos de inquietud siempre acaban siendo los mismos, siempre se acaban traduciendo en censura encubierta, cosmética. Sea en pro de la salud humana o de la libertad religiosa, pero censura a fin de cuentas.

Siempre según la propia OMS, las campañas antitabaco tienen una incidencia de entre el 7% y el 16%, un porcentaje de efectivad ínfimo. Eso sí, muy ruidoso, muy aparatoso, muy llamativo. Muy de hablar sobre ello en familia, en público o en prensa —como ahora— para no hablar de otras muchas cosas que seguro que tienen una importancia capital. Y que no salen en las películas.

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Rus y el mínimo
Alejandro Carantoña 01-02-2016 | 10:00 | 0

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Hay estampas que son ejemplos significativos; y otras que son, abiertamente, estereotipos. Ocurría en aquella estupenda película, La caja 507, que empezaba a adelantarse a lo que más tarde fue Crematorio, la fabulosa serie basada en el universo corrupto-mediterráneo de Rafael Chirbes, que se adelantaba, a su vez, a lo que ahora estamos viendo y leyendo a diario. Pero esta vez, en la prensa: esta vez es real.

Está por ver si la colección de altos cargos —en este caso, del Partido Popular— que han sido detenidos esta semana en la operación Taula, y que están en estado de imputación, investigación, escrutinio o comoquiera que se llame ahora, son culpables. Pero es inevitable que a personajes como Alfonso Rus los envuelva un aura, sí, de estereotipo, de dinero a manos llenas tintado de colores oscuros: «O votáis a Arias Cañete u os pego una paliza» y ese llamamiento a celebrar una victoria con «champán y mujeres» (risas de fondo), dicho con ese tono igualmente estereotípico, son detalles de hemeroteca que harán recordar a más de uno a más de un personaje que se habrá cruzado en el camino a lo largo de su vida.

Aunque no ha llamado especialmente la atención, el Consejo de Europa ha publicado esta semana un informe, elaborado por el comité de derechos sociales, que quizás sin saberlo pone el foco sobre los miles de pequeños ruses que aún pululan por España.

Ha dicho el Consejo de Europa, en su evaluación de las condiciones laborales y salariales de menores de edad y «aprendices» —o sea, becarios– que España debe garantizar (y no lo hace) que perciban como mínimo el salario mínimo interprofesional, esto es, 655,20 euros al mes en 14 pagas. Llama también la atención sobre el hecho de que exista una diferencia salarial entre mayores y menores de edad únicamente por este motivo; y sugiere (ejem) que la remuneración vaya en aumento y que no sea inferior, jamás, al salario mínimo.

Ya solo por el baremo económico se puede intuir por dónde van los tiros: hablamos, primero, de lo interesante que sería capturar con vida para su estudio científico a un solo becario al que le hayan ofrecido esos 655,20 euros (o 764 al mes, en doce pagas) de primeras. No es muy complicado imaginar a algún pequeño rus llamándolo «chaval» —no se sabe su nombre: en cuanto acabe el contrato vendrá otro— pidiéndole café, fotocopias o algún recado; saludando con un cachete en la cara o pasando a su lado, atravesándolo con la mirada como si no existiera. Ni dinero, ni atención, ni aprendizaje —porque lo que obvia el informe es que en pocos o ningún caso se tutela efectivamente al aprendiz—.

Nuestro pequeño rus está bien situado socialmente y se percibe en cierto pedestal de intocabilidad que no tiene por qué ser impepinablemente delictivo, pero que sí lo aúpa un par de escalafones en el universo del poder: «Alfonso, te quiero, c***, te quiero», le decía «uno de Pontevedra» entre risotadas altas y un penetrante olor acolonia mezclado con aroma a puro.

Tampoco se piense que este es el único patrón por el que vienen cortados; solo es el último que ha caído en desgracia, ese al que en esta época le ha tocado la extinción por vía judicial y administrativa: antes, los pequeños ruses ofrecían ferraris a quien les ayudase a mantener la posición. Ahora, basta con ofrecer una pequeña parcelita de poder, un espacio mediático o un escaño en el Congreso. Ya ni siquiera se trata de acariciar bolsillos: ahora, basta con alimentar egos.

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.