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Fecha: marzo, 2016
Bruselas por bandera
Alejandro Carantoña 28-03-2016 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Hace algo más de una semana, el tripartito que gobierna en Oviedo decidió que la bandera europea dejase de ondear en el consistorio. La medida —que quizás hubiese pasado desapercibida de no haberse anunciado: tan solo se enroscó la bandera al mástil— era una forma de responder y de protestar por la europarálisis ante la crisis de refugiados que ya dura demasiado, y que por oleadas acapara nuestra atención y nuestra rabia. En efecto, las cosas se están haciendo lo suficientemente tarde, poco y mal como para sacarnos los colores cada pocos días.

El martes, sin embargo, la protesta acabó igual que había empezado, pero esta vez con un silencio avergonzado. La bandera azul y estrellada volvía a ondear porque, pocas horas antes, Bruselas acababa de sufrir uno de los peores atentados de su historia. Se estaba repitiendo y perpetuando lo que ya nos tocó sufrir en noviembre del año pasado y, más remotamente, cuando se produjeron los atentados de Londres, Madrid y Nueva York.

Desde aquel pique en el balcón del Ayuntamiento de Barcelona por ver quién colocaba la bandera más enorme, en los últimos meses las hemos tenido de todos los colores, a cada cual más oportunista y vacua. Idas y venidas en consistorios de toda España con la bandera española, la preconstitucional, la republicana, la del movimiento LGBT o la del pueblo saharaui se han convertido en acciones tan frecuentes que han empezado a perder su sentido. Solo con algo tan terrible como lo sucedido en Bruselas se recupera mínimamente la cordura (o se pierde del todo, pero ese es otro cantar). El resto del tiempo, a dar vueltas en torno a trozos de tela y mástiles.

Porque a priori, las banderas sirven para poco o para muy poco. Como los himnos. Pero se cargan de sentido en la medida en la que se rellenan y empiezan a representar algo. ¿Puede ser que la europea ya no contenga nada más que olor a moqueta y a administración lejana y distante? ¿Puede ser que se hayan apropiado de la española unos pocos —o la Selección de fútbol, en su defecto—? ¿O que la asturiana haya quedado reservada a los nostálgicos que viven muy lejos de aquí?

Hace pocos días, Calixto Bieito, que se acaba de convertir en el director artístico del Teatro Arriaga de Bilbao, explicaba por enésima vez en una entrevista que no tenía intención de irse a vivir allí porque, entre otras cosas, tiene su vida hecha en el centro exacto de Europa: en Basilea. Allí, contaba, se hablan muchísimas lenguas y todo está cerca; allí, decía, uno puede hacer teatro y pasearlo por Suecia, Reino Unido, Francia, España o Estados Unidos. Y todo, pasando por Bilbao.

Hablaba Bieito, de nuevo, de su pérdida de una identidad muy española, burgalesa o catalana y se colocaba en eso que aún resulta algo exótico: en el hecho de ser europeo. Europeo en un sentido bastante amplio y a menudo incomprendido, en un sentimiento que oyéndole hablar o viéndole trabajar se puede llegar a comprender con cierta facilidad pero que, aún hoy, no tiene bandera. Quizás eso lo haga único, o quizás signifique que en algún momento se torció el proyecto de que fuese esa Cultura y esa argamasa las que rellenasen y pegasen una bandera como la europea. Con sus luces y sus sombras; sus hitos y vergüenzas, pero al menos con la coherencia suficiente como para que supiésemos avergonzarnos de no saber qué hacer con nuestras fronteras sin perder de vista qué somos. Es muy peligroso que no lo recordemos a diario: es muy peligroso que solo nos venga la cabeza algo tan obvio en días como el martes.

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No mates pitu
Alejandro Carantoña 21-03-2016 | 10:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

Bajó del coche en zapatillas de andar por casa. Era medianoche pasada, solo alumbrada por el cigarrillo que chupaba sin parar y por una media luna que brillaba como si fuera llena entre nubes rápidas: «No mates pitu pa esti fin de semana», anunció. Al poco, llegaría la Guardia Civil.

Volvíamos a casa desde Oviedo, de fabular primero sobre el arte y la vida, que es lo que debe hacerse en un teatro y a lo que nos hemos dedicado ante los Premios Líricos entregados ayer en el Teatro Campoamor de Oviedo. Luego, como de costumbre, hablamos de cosas algo más terrenas, o comentamos el montaje de turno. Al fin, bajo la media luna que brillaba como si fuera llena entre nubes rápidas, completamos el aterrizaje

comentando los 116 agujeros que laminan la famosa ‘Y’, y que con tanta frecuencia hacen del viaje de vuelta algo bamboleante: Ramón Muñiz los contaba en estas páginas esta semana.

En fin: en nuestro trabajo se pasa de lo más universal, de aquello de la magia del teatro para desayunar al tacto del escenario en la merienda; y luego, ya en el mundo real, se recobra cierto sentido que devuelve el arte, la vida y todo lo que el teatro conlleva a su plano adecuado. Todos estos problemas que asedian, desde los dramas del Egeo hasta los vaivenes del Banco Central Europeo; de las no-rupturas de Podemos al estado de las aceras en Gijón: todo cabe en un teatro y todo cabe en este trayecto.

Esta autopista está hecha una ruina, reflexionamos: un compañero lo explica aludiendo al ensimismamiento al que están sometidos los conductores asturianos, tan raudos y despistados en la querida ‘Y’, y que nos están dejando una inexplicable cantidad de accidentes, incidentes y retenciones en general en lo que llevamos de año.

Al cabo, un golpe seco entre tanta tribulación. O más bien, un golpe mullido, húmedo: una ráfaga de pelaje negro que bajo los faros parece parduzca, que se cruza desde la mediana hacia el carril derecho para luego desaparecer (para siempre). Un goteo veloz de color rojizo sobre el parabrisas y, bajo el chasis, un traquetreo inevitable: Efectivamente, menos de un kilómetro después de comentar lo mal que está esta vía, atropellamos algo.

Al parar, la cosa parece algo más grave: ha hundido la defensa frontal del coche y ha dejado la matrícula doblada como un folio. Los faros se han teñido de un rojo inquietante. Mientras que esperamos a que llegue la asistencia, usamos la misma luz que rompe la negrura del teatro para evaluar los daños, y contemplo la media luna que brilla como si fuera llena entre nubes rápidas: ¡qué buena novela podría escribirse en esta autopista, con este punto de partida! ¡Qué posibilidades para una escenografía, para arrancar una buena dramaturgia!

La Guardia Civil ha seguido el rastro de más de doscientos metros casi hasta aquí y está retirando trozos de jabalí de la calzada de la ‘Y’. Y en las inmediaciones, se detiene el taxi del seguro que ha de ayudarnos a completar el camino hasta casa en esta jornada ya demasiado larga. Se acabaron las fabulaciones, el teatro, las dramaturgias y el Banco Central Europeo. Esto, y que nunca se nos olvide, es Asturias, esa novela en sí misma. «No mates pitu pa esti fin de semana», anuncia muriéndose de risa en zapatillas de andar por casa, chupando el cigarrillo bajo la media luna que brilla como si fuese llena, «porque ahí debes de llevar carne como pa lo que queda de mes». Esto bien merece ser contado: poco después llegaría la Guardia Civil. Y responde: «Por poder, puedes contarlo; pero nadie te va a creer.»

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Denunciados a primera vista
Alejandro Carantoña 14-03-2016 | 10:00 | 0

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Cuando el drama por el drama empezó a no ser suficiente, lo mejor fue llevarlo a los tribunales. Así que no contentos con tirarse los trastos a la cabeza, los colaboradores y tertulianos de los programas de Telecinco establecieron un nuevo campamento base en los juzgados de Plaza de Castilla o en el Supremo para aderezar las insulsas tardes de nuestras grises vidas. Solo relacionadas con la cadena de Vasile, y en una búsqueda veloz, encuentro seis sentencias dictadas por alguna de las salas del Tribunal Supremo en el año 2015, todas relacionadas con intromisión en el honor o en la intimidad, injurias, etc.

Porque incluso a la casa de Gran Hermano VIP ha llegado la moda judicial: el pequeño Nicolás, ese picaruelo por excelencia reconvertido a personaje chusco, participaba hace unas semanas en el reality de Telecinco cuando le tocó ir al plató de Plaza de Castilla a declarar por la famosa comida en Ribadeo con Jorge Cosmen. Pues nada, se le saca de la casa, se le transporta, declara y vuelve. Y todo ello, convenientemente radiado por las ondas.

Y antes de entrar en terreno escabroso, una última joya del mestizaje jurídico-popular brindada por Telecinco: aquella cosa llamada De buena ley en la que un señor o una señora vestidos con toga y con un pequeño martillito dirimían, con aires judiciales, los conflictos entre parejas, vecinos o jefes y empleados. El público también intervenía y daba su opinión, y al final el «juez» emitía un veredicto que la bienintencionada audiencia daba por buena. Hasta el punto de creerse que la justicia, en efecto, era eso.

De todos estos polvos llegan los lodos, los lodos más feos posibles: acaba de concluir la emisión del programa Casados a primera vista, que consiste en casar a desconocidos y luego comprobar si se llevan bien. Una de las concursantes ha denunciado a su pareja por violencia de género. Hasta aquí, el titular. Ahora, la verdad impenetrable: el mensaje publicado por esta buena mujer en una red social, a través de la cual lleva semanas dedicándose a insultarse con su ya ex marido, es de todo menos discreto, es de una redacción cuando menos exacerbada y, tanto en su forma como en su fondo, se parece sospechosamente a los guirigáis mediáticos que cada tarde se organizan en Sálvame. Es algo extremadamente delicado como para dirimir, como mezquinamente están haciendo muchos medios de comunicación, si la denuncia es cierta o falsa; si existe o si es otra vuelta de tuerca al drama escenificado. Pero precisamente por eso —porque el tema es lo suficientemente grave como para tomarlo a la ligera— no debería ser algo digno de redes sociales, capturas de pantalla y platós incendiados, sino de juzgado de guardia.

Eso abre la puerta a la mercantilización de los sentimientos, de los miedos y de las causas. Ese meter el dedito y a ver qué pasa, ese bordear la denuncia pero no pero sí pero a ver y todo se arregla en prime time. Ese enseñar a nuestros chavales que los problemas se arreglan así, gritando mucho y organizando un circo, tiene consecuencias nefastas. En concreto, hace ya casi diez años una mujer fue asesinada por su ex pareja, que había acudido a un programa de telerrealidad a pedirle perdón en directo. Ella no lo aceptó (tampoco dijo al programa que había antecedentes judiciales por medio) y, a los cuatro días de la emisión del espacio, la mató. La cadena dijo que lo había controlado todo, que no sabía cómo había podido pasar. El equipo del programa, devastado. Y el debate sobre dónde se puede y no se puede hurgar, hoy, enterrado. Hasta que vuelva a ocurrir algo igual y volvamos a preguntarnos qué ha podido ocurrir.

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Tiempo de documentales
Alejandro Carantoña 07-03-2016 | 10:00 | 0

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Hacía mucho tiempo que era realmente difícil emocionarse viendo televisión en España. No emocionarse por imaginar, empatizar o por reconocer situaciones. Emocionarse porque habría que estar hecho de hielo para no hacerlo.

Obviamente, los tiros no van por el ridículo atroz del debate de investidura: La Sexta emitió, hace un par de semanas, un documental sobre un grupo de voluntarios españoles que se fueron a Lesbos el año pasado. Se llama ‘To Kyma’ y muestra a personas —por centenares— intentando evitar morir ahogadas en el Egeo, y a aquel puñado de voluntarios voluntariosos intentando no ser arrastrados, ellos mismos, por las olas, mientras que lamentan que Europa dé la espalda a semejante catástrofe. «Para que este mar sea una zona segura para ti, la tierra tiene que ser un infierno.»

Nunca llegamos a ver qué hay al otro lado del mar; tampoco oímos qué tiene Europa, efectivamente, que decir al respecto: el documental es un testimonio necesario de algo que está ocurriendo a nuestras puertas y a nuestras espaldas; y ha servido —si no para hacer una tarea periodística como tal— al menos para que Óscar Camps y sus voluntarios hayan recibido medios y dinero para seguir salvando a gente.

«El documental es el nuevo cine», decía el otro día un colega —que siempre tiene razón—. Nos lanzamos y acabamos hablando de los últimos grandes éxitos, que siempre son series o, más recientemente, documentales. O series documentales, el último pelotazo estadounidense: ‘Making a murderer’, que en diez episodios desmenuza los juicios contra Steve Avery, ha revolucionado el sistema judicial y policial yanqui. Hasta el punto de que Barack Obama se ha visto obligado a pronunciarse sobre el contenido de la serie; pero hasta el punto, también, de que al tratarse de un género que deambula entre realidad y ficción toma partido de manera sutil, sutil pero clara. Por ejemplo, se contaba a posteriori que fue tal indignación que causó en su primera emisión que llegaron riadas de cartas a la oficina de la policía de Manitowoc, cuando los dardos iban dirigidos a la oficina del sheriff de Manitowoc —que nada tiene que ver con el otro cuerpo—.

Por eso allí se ha suscitado cierto debate en torno al poder que atesora la imagen; al poder que tienen estos documentales y sus realizadores. Es el peligro que entraña una presentación cinematográfica: que uno puede ser un Michael Moore, aquel sesgado azote de Bush, y que así todo le tomen por aséptico y justo.

Otros documentales de los últimos diez años se han convertido, allí, en documentos imprescindibles: The Cove ganó un Oscar en 2010 y paró en seco la caza salvaje de delfines en Japón; Blackfish puso el foco sobre las orcas asesinas en cautividad —entre otras, la que mató a un joven en Canarias, en Loro Parque—; The Jinx desveló la mente de un criminal inopinado; Cartel Land nos mostró cómo Peña Nieto financiaba a los cárteles de Michoacán sin contemplaciones; y Seré asesinado nos servía en bandeja el aparataje que rodeó a la muerte del abogado guatemalteco Rodrigo Rosenberg.

Todos ellos descubren temas indignantes, relevantes y que, a veces, dirigen nuestra percepción. A veces, y solo a veces, da un poco de vértigo que un documental pueda movilizar a semejantes masas; pero también es cierto que si experiencias como las de To Kima sirven para algo, se puede pagar el precio. Lo único imprescindible, ahora, es que el único documentalista de prime time de este país no sea Jordi Évole, que atina tanto como pontifica, y que esfuerzos como este, en el Egeo, no dependan solo de los ahorros y la voluntariedad de unos pocos: necesitamos más frescura y más espectáculo. ¡Aire!

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.