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Fecha: abril, 2016
Motivos para leer
Alejandro Carantoña 25-04-2016 | 7:00 | 0

Van apareciendo, por acá y por allá, aquellas novelas de la Serie Carvalho de Vázquez Montalbán, aquellas de portada negra con su nombre, su cara, su título y una foto pequeña. Las del «amigo catalán» al que siempre hay que volver en semanas como esta, la de la reunión de Puigdemont y Rajoy (¿o era al revés?). Casi todas son urgentes, que no descuidadas: El premio es una buena broma, pero Sabotaje olímpico es la guinda de un pastel descacharrante y ácido sobre la megalomanía española de los 90. Escrito a toda prisa sin perder ni un gramo de contundencia. El lector sabía que al poco volvería Carvalho con sus recetas y sus inefables manera.

Entre las clasificaciones de libros más vendidos ayer, día de Sant Jordi, no hay atisbo de nada parecido ni en las listas de ficción ni en las de no ficción: en las primeras, libros superventas en torno a algún asunto conflictivo o de moda: templarios y sectas, asesinatos sin resolver o tiernos paseos por el lado romántico de la vida que olvidaremos antes incluso de haber empezado a leer. Solo descolla un poquito Vargas Llosa, con otra vuelta de tuerca a su Perú. Bueno.

En no ficción mandan la cocina, la autoayuda y el running, las medicinas del alma de nuestro tiempo. Quizás algún ensayo puntual, o una crónica sobre periodismo: quedan atisbos lejanos de Manuel Chaves Nogales o de Ramón J. Sender, que vuelven a estar de moda; alguna relectura pertinente de los clásicos y, aún a falta de datos oficiales, intuyo que un subidón en las adquisiciones de ‘quijotes’ para hacer bonito en la estantería.

Esto en el lado festivo de la vida, en plena calle. En el otro lado, el institucional, don Fernando del Paso lee su discurso en Alcalá de Henares ante el Rey, que ensalza nuestra lengua compartida. La tuna toca para celebrarlo al término del acto, al que acuden académicos, presidentes y personalidades de chaqué.

Y el jueves, en el Congreso de los Diputados, han estado celebrando por su lado a Cervantes. El cantaor Miguel Poveda, unos cuantos actores y música barroca en directo. En concreto, de la suite burlesque de Quixotte de Georg Philipp Telemann, una estupenda elección para exaltar el sentimiento patrio: no en vano, Telemann era oriundo del Imperio Austrohúngaro.

La sensación de molicie, la falta de frescura. La de que otro año más es todo más bien igual o de que podría ser más animado, menos previsible. Que a la vista de una portada no supiésemos ya cómo va a terminar la novela en la que estamos a punto de gastar más de veinte euros (con un diez por ciento de descuento); que el Quijote adquiriese movimiento y vida y relevancia hoy (ojalá Terry Gilliam consiga terminar su ansiada película al respecto); que las ceremonias y actos institucionales fuesen bien visibles y bien compactos, bien variados y bien actuales. Que todo fuese, en definitiva, algo relevante y festivo y necesario.

Quizás sea mucho pedir, o quizás se prefiera descartar la nostalgia antes de dejarse vencer por ella. Quizás no sea posible pedir que vuelvan aquellos días en los que las editoriales no tenían miedo ni de editar libros que no fuesen a vender por cientos de miles. Aquellos días en que los lectores (que, estos sí, se contaban por cientos de miles) exigían su dosis perpetua de escritura —no de tuits, ni de columnas deslavazadas, ni de blogs— para entender mejor el mundo que les rodeaba. A los grandes talentos se les pedía a un tiempo que coronasen de prestigio las editoriales, pero también que fuesen críticos, exigentes y, caramba, que ejerciesen su oficio. ¡Por ellos!

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 24 de abril de 2016.

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Quien mató a Rambal…
Alejandro Carantoña 19-04-2016 | 7:00 | 0

Hoy hace cuarenta años que alguien mató a Alberto Alonso Blanco. Es decir, a Rambal. Era domingo de Resurrección y eran las dos de la madrugada del incipiente lunes: en su casa, en lo que hoy es la plaza de Arturo Arias —el Lavaderu, vaya— alguien lo acuchilló hasta matarlo y luego le prendió fuego a la casa.

Los (pocos) datos conocidos ya han sido exprimidos hasta la exasperación sin que haya sido posible dilucidar quién mató a esa institución gijonesa, tal y como recordaba Olaya Suárez en las páginas de El Comercio de este domingo. Quizás la noticia a día de hoy, entonces, sea que nunca lleguemos a saber quién mató a Rambal. Ni por qué: quizás nunca reconstruyamos, pues, ese Gijón subterráneo y sugerente que aún no tiene un relato fraguado. La leyenda se ha visto agrandada por este motivo, aunque muchos jóvenes no hayan oído hablar de ella. Como escribía Luis Miguel Piñera en Raros, disidentes y heterodoxos (KRK):

 

Lo cierto es que la rumorología hablaba desde el primer momento de un asesino homosexual perteneciente a la clase alta de la ciudad, de un joven de unos 25 años «hijo del regidor de una villa asturiana», de un portugués, de un joven forastero que preguntó por Rambal en Cimavilla el día antes…

 

La casa ya no existe. El personaje ya no existe y el barrio, si me apuran, tampoco existe: al recién llegado a Cimavilla no lo recibe el menor atisbo de lo ocurrido y lo vivido en este barrio. A los pocos meses se empieza a percibir la vida que transpira, y su historia y maneras empiezan a calar con el primer invierno. Con la sobriedad jocosa de la cuaresma y la calidez del amagüestu, ya es fácil hacerse una composición de lugar completa. Y surgen las preguntas de fondo: ¿Por qué hay un edificio enorme y abandonado en mitad del casco antiguo? ¿Por qué la casa del chino se llama así? ¿Por qué en lo que era una pescadería brillante ya solo se pueden pagar multas y hacer trámites?

La antigua Tabacalera, derruida. Foto: Luis Sevilla/El Comercio.

A tenor de lo leído, Rambal encarnaba un barrio que envejece y que, cuentan, ya no es el que era: reivindicamos nuestras termas romanas y nuestro mar y nuestra gastronomía presuntamente excelente, pero muy pocos de nuestros visitantes saben de la raigambre del Antroxu, del patrimonio oculto y pasado y, en general, de cierto capital humano que tiene mucho que ver con el carácter norteño, marino, huraño, amable, guasón, rudo, decidido y peleador del barrio y de sus gentes. De sus rambales, por ejemplo.

La no reivindicación de su figura y la escasez de documentos al respecto (¿dónde está la gran película?) explica, en gran medida, las dificultades que seguimos arrastrando para poner en marcha algo tan fácil como sería resucitar la Tabacalera y derribar el muro que separa la ciudad del cerro.

Xixón Sí Puede (marca local de Podemos) quiere crear una comisión para revitalizar el barrio, algunos artistas y músicos tratan de impulsar una plataforma para convertir el edificio de Tabacalera en una contribución viva al barrio, y el PP de Gijón considera, por su lado, que lo mejor que nos podría ocurrir es que Tabacalera se convirtiese en un hotel de cinco estrellas. Los museos son un gasto, dicen, y un hotel sería un buen negocio, dicen. Lo dudo.

En cualquier caso, el debate lleva encallado demasiado tiempo. Y posiblemente sea porque a los «raros o disidentes» como Rambal se los saca de ese debate (no se habla de ellos, no se los ensalza, como si fuesen paseantes en lugar de fuerzas vivas), mientras que los unos y los otros tratan de moldear el carácter de la ciudad.

El inefable carácter playu no es propiedad de nadie. De ningún partido, de ninguna ideología: es propiedad de la ciudad y de quien la construye, que no es más que quien la habita. Esto, que tan a menudo se olvida, ha implicado que el lado más odioso de las convicciones se haya ido apropiando, por turnos, del patrimonio de la ciudad: desde sus calles y sus nombres hasta su patrimonio industrial y su historia; desde sus ilustres (Jovellanos) hasta sus fiestas e hitos (Festival de Cine, Antroxu, Semana Grande…) Embarrancamos demasiado en lo irrelevante y no rascamos en lo sustancial: Que quien mató a Rambal mató bastantes más cosas.

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Alejandro Carantoña 18-04-2016 | 7:00 | 0

A Jessica Valenti le gusta ser la primera. «Cuando descubres que eres la mejor en algo, habitualmente te sientes feliz», escribió en el diario británico Guardian este jueves. «Pero no creo que ese sea el caso», proseguía, «cuando en lo que sobresales es en ser la más odiada».

El periódico se ha embarcado en un ambicioso e interesantísimo proyecto sobre el acoso en Internet. Para ello, ha encargado un estudio estadístico de alrededor de 70 millones de comentarios escritos por los lectores entre los años 1999 y 2016 en su página web, de los cuales un 2% (en torno a 1,4 millones de textos) fueron eliminados o rechazados por los moderadores. Aquí viene lo interesante: al cruzar esos datos con los periodistas o autores a los que iban dirigidos insultos e invectivas, resultó que los diez menos atacados eran hombres. Y que de los diez más odiados, ocho son mujeres. Valenti, que escribe sobre cuestiones de género, la primera. Y todavía hay más: los dos hombres restantes son negros.

Con los datos en la mano, se hace algo complicado afirmar que los dardos son gratuitos o aleatorios: lo que este estudio revela, en cambio, es que la comodidad del anonimato y la distancia que provoca la pantalla sacan lo peor de alguna gente (poca en términos relativos; mucha en términos absolutos). Valenti va más allá: si a esta hoguera se suman las redes sociales, el resultado es extenuante. «Estoy harta de reírme del asunto y hacer caso omiso», dice. No es la única: en su despliegue, el periódico británico recoge otros muchos casos de periodistas, profesionales o sencillamente personas corrientes que por un motivo u otro se convierten en el blanco perfecto para las redes sociales y los comentarios hirientes.

Todo este potaje nació como una herramienta participativa, pero se ha ido deformando hasta convertirse en un instrumento que a menudo resta más valor del que aporta y que pervierte más que ilumina. Como medidas de choque, quizás las del New York Times sean las más eficaces: los hilos para dejar comentarios solo están abiertos durante 24 horas y están controlados por moderadores humanos; los comentarios más valiosos por su contenido se premian y ensalzan; y, por supuesto, el insulto o el ataque no están permitidos. Así, han conseguido dirigir y crear conversaciones.

De esta manera, lo que hace tan solo diez años era coto para algunos ociosos camuflados entre gente más serena ha ido tornando en algo extremadamente más peligroso para los jóvenes: el ciberacoso. Como recuerda el especial, en 2008 se celebró el primer juicio en Estados Unidos; en 2009 un adolescente fue condenado en Reino Unido. Etcétera: quizás no haga falta recordar lo que ocurrió hace justo ahora tres años en Gijón, con una alumna de 14 años que sufría acoso en el colegio.

Concluye Valenti que ella, al menos, tiene la fortuna de escribir sobre lo que le importa y contribuir de un modo u otro a mejorar su sociedad. Que hace tiempo que dejó de leer lo que se decía sobre ella en la sombra porque, como bien recordaba el editorial del Guardian, no hay que olvidar que la inmensa mayoría de lo que se vierte con bilis desde detrás de un teclado nunca ocurre en la vida «real». Pero poco a poco se ha ido infiltrando, se ha ido convirtiendo en moneda de cambio: en Twitter ya solo descollan los «zascas» —respuestas ingeniosas, autosuficientes y ácidas—; en Facebook casi siempre hay algo (alguien) de lo que reírse; y en los comentarios y blogs vale más un buen zurriagazo urgente («Es como hablan los jóvenes») que la calma y la mesura.

Este artículo apareció publicado en la edición impresa de El Comercio del domingo 17 de abril de 2016.

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Paseos y preguntas
Alejandro Carantoña 11-04-2016 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

No hay periodista que se precie que no tenga ganas de un buen Watergate o de irse a una guerra. En cambio, suelen darle más pereza las tareas rutinarias y pesadas, pero que acaban por volverse imprescindibles: por ejemplo, recorrer la calle Uría de Oviedo contando hidrantes. Averiguando si funcionan, cuál es el protocolo de actuación, qué puede salir mal y qué es imposible salvo negligencia palmaria. Parece que la muerte del bombero Eloy Palacio en el incendio del jueves fue perfectamente evitable. Parece, a tenor de las informaciones que van saliendo a la luz, que es muy probable que se produjesen negligencias graves.

El periodismo sirve para plantear dudas y lanzar cuestiones, y también sirve para evitar circunstancias como estas a veces: aparte de todo lo sucedido, alguien dejó de hacerse esas preguntas; el último filtro de control sobre la realidad (que es el que ejerce el periodismo) falló. Nadie dio un paseo por la calle y se hizo la pregunta oportuna en el momento concreto; a nadie, en todos estos años, se le ocurrió plantearse: «¿Y si hubiese un incendio en la calle Uría?»

Sin embargo, en estos tiempos de pactos y ordenadores destruidos, (cierto) periodismo parece estar rabioso por haberse perdido su Watergate, su guerra, su escándalo de la década. Ese periodismo de paseos y preguntas está en horas bajas, ante el mucho más seductor periodismo de datos que empezó con Wikileaks, se hizo mayor con Falciani, maduró con Snowden y ahora envida con los papeles de Panamá, revelados hace una semana tras meses de trabajo.

El equipo ahí inmerso, en la vertiente española, lleva un año encerrado en dos sedes en polígonos industriales a las afueras de Madrid, rebuscando entre datos obtenidos de una fuente anónima y proponiéndonos historias más o menos relevantes (en España, salvo para Montoro, aún no ha aflorado ninguna auténticamente escandalosa).

Tienen el continente, y el contenido, que son datos aportados por una parte interesada (no hay filtración desinteresada) y además los van a filtrar según un criterio de «protección de la fuente» y de la «privacidad de los implicados». Es decir, este nuevo periodismo obtiene once millones de documentos de un bufete de abogados panameño por vía anónima (quizás seleccionados, por tanto); los selecciona y filtra a su vez y nos los presenta como lo último en periodismo y salud democrática.

Obviamente es un trabajo necesario, relevante, y jugoso; pero también lo es que no hay que confundir el periodismo de filtraciones —esto es, que un señor misterioso te abra conversación por Internet y te envié dos terabytes de información—, que se centra en verificar, ordenar, presentar y comunicar un material bruto de proporciones gigantescas con el periodismo, insisto, de paseo y pregunta.

Ese es el periodismo más cansado, trabajoso y por ende caro: ese es el periodismo que implica tener a redactores leyendo los boletines oficiales a diario, preguntando y recontrapreguntando en registros, almacenes y parlamentos hasta hacer saltar la liebre. Es, quizás, el periodismo menos glamuroso y «global» —no es tendencia en Twitter, no derroca gobiernos— pero es una de las formas más nobles y relevantes de información: porque es la que descubre, en un momento dado, que si se produjese un incendio en un edificio de madera de la calle Uría de Oviedo no habría fuentes de agua cerca para sofocarlo. Es un suponer, uno remoto, de eso que «nunca pasa». Que no es noticia. Que no importa. Hasta que importa demasiado.

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Cumplir ochenta
Alejandro Carantoña 04-04-2016 | 9:00 | 0

En funciones es la serie de artículos de opinión que, cada domingo desde noviembre de 2014, aparecen en la sección de Cultura de la edición impresa de El Comercio, y cada lunes siguiente, aquí.

El pasado lunes no fue un día cualquiera. No lo fue en Madrid y no lo fue en Arteixo: el pasado lunes, el uno en Galicia y el otro en la capital, dos hombres cumplían ochenta años. Concretamente, el segundo más rico del mundo, Amancio Ortega, y el primer escritor más comentado de España y de América Latina, Mario Vargas Llosa. Los dos lo hicieron en el trabajo. En la oficina. A su manera.

A Amancio Ortega su hija Marta (cuenta el Faro de Vigo) le organizó una sorpresa en forma de montaje digno de los Rolling Stones en Cuba: pantallas gigantes, cámaras por doquier y un paseíllo de empleados que en la más multitudinaria intimidad le dieron un aplauso y una tarta. Los que no pudieron saludarle (no por ganas, dice el periódico, sino porque son 4.000 los empleados de Arteixo) pudieron seguir los fastos en directo. No ha trascendido nada más. Amancio Ortega, recordaba el artículo, es el segundo hombre más rico del mundo y tiene 130.000 empleados en todo el planeta. Silencio y un discreto runrún, eso sí, sobre si se trata de un oscuro personaje de cuernos retorcidos o de un monumento al orgullo empresarial español. Es fácil imaginarlo obviándolo todo, dejándose agasajar y sí, emocionándose. Fin.

Mario Vargas Llosa, en cambio, acuñó una nueva modalidad de cumpleaños, variante del cumpleaños masivo, que podría perfectamente pasar a llamarse «cumpleaños de Estado» a partir de este momento. Un hotel carísimo de Madrid y casi cuatrocientos invitados, especialmente poderosos o famosos: Felipe González, José María Aznar, James Costos, Federico Jiménez Losantos, Albert Rivera, Iñaki Gabilondo, Sebastián Piñera. Etcétera.

En esta ocasión, la fiesta no solo conllevaba la morbosa presencia de Isabel Preysler, sino que se extendió aún un par de días con simposios y conferencias. Con más presidentes (Rajoy también) y más hablar sobre todo y sobre todos. Como broche, el recital acústico «Nobel contra Nobel», un dueto sobre literatura y geoestrategia, aproximadamente, entre Vargas Llosa y Orhan Pamuk que ha hecho las delicias de la prensa cultural.

Decía el escritor peruano que no entendía muy bien la atención mediática que está recibiendo últimamente, como si lo más normal fuera celebrar bautizos y comuniones en el Villa Magna con expresidentes de la mitad del mundo en habla hispana presentes. Insistía en su amor para con Isabel Preysler, dejando entrever que quizás el romance (y haberse dejado hacer un contundente reportaje en ‘¡Hola!’) tuvieran algo que ver en esta circunstancia.

Sea como fuere, la casualidad en fechas viene a traer al primer plano a dos octogenarios célebres. Al uno, al de Arteixo, lo vigila la Comisión Nacional del Mercado de Valores y unos cuantos organismos desperdigados; al otro, solía vigilarlo su mujer Patricia. De él, no obstante, como escritor y voz crítica, se espera que sea capaz a su vez de vigilar a personajes como el primero o como a los mismísimos invitados a su cumpleaños: se puede entender que alguien como Ortega apueste por la discreción, la opacidad incluso, y por cierta flema gallega para llevar sus asuntos; pero se antoja imprescindible que alguien arroje luz, ficcione incluso sobre su perfil. Y nada.

Lo mismo se puede aplicar a políticos, banqueros, embajadores o en general a casi cualquiera invitado por Vargas Llosa a celebrar su 80 cumpleaños: Frivolidades aparte, ¿con qué pulso o autoridad puede diseccionar ahora América Latina, España, el mundo del ayer y el del mañana?

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Sobre el autor Alejandro Carantoña
Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.